Nombre del autor:Eva María Galán Sempere

¿Qué es el eustrés y por qué puede ser beneficioso?

Cuando escuchamos la palabra estrés, casi siempre pensamos en algo negativo. Pensamos en jornadas interminables, responsabilidades acumuladas, problemas para dormir, cansancio, ansiedad, irritabilidad o esa sensación tan conocida de tener demasiadas cosas pendientes y no saber por dónde empezar. Sin embargo, el estrés no es necesariamente nuestro enemigo. Existe una forma de estrés que puede tener una función adaptativa y ayudarnos a afrontar determinados desafíos: el eustrés. Hablar de eustrés no significa afirmar que el estrés sea bueno en cualquier circunstancia ni que debamos acostumbrarnos a vivir bajo presión. Tampoco significa convertir el sufrimiento en una oportunidad de crecimiento a la fuerza. Significa comprender que la respuesta de estrés forma parte de los mecanismos naturales de nuestro organismo para adaptarse a las demandas del entorno y que, cuando aparece con una intensidad moderada, durante un periodo limitado y ante un reto que podemos afrontar, puede contribuir a nuestra activación, motivación y rendimiento. La clave está en encontrar un equilibrio. Porque una cosa es sentirnos activados ante un desafío y otra muy diferente vivir permanentemente en estado de alerta. ¿Qué es exactamente el eustrés? El término eustrés hace referencia a una respuesta de estrés considerada positiva, adaptativa o funcional. La palabra procede del prefijo griego eu, que significa «bueno», y del término stress, estrés. En términos sencillos, podemos entenderlo como ese nivel de activación que aparece cuando nos enfrentamos a un reto y que, en determinadas circunstancias, puede ayudarnos a responder mejor. Por ejemplo, imaginemos que tenemos que hablar delante de un grupo de personas. Es posible que, antes de comenzar, notemos que el corazón late más rápido, que estamos más atentos, que sentimos cierta tensión o incluso que aparecen los famosos «nervios». Esa activación no tiene por qué ser perjudicial. Puede ayudarnos a estar concentrados, recordar lo que hemos preparado y prestar más atención a lo que estamos haciendo. Algo parecido puede ocurrir antes de una competición deportiva, durante la preparación de un examen, al comenzar un nuevo proyecto profesional o cuando tenemos que afrontar una conversación importante. Existe un desafío. Nuestro organismo lo detecta. Y se prepara para responder. El estrés no siempre significa enfermedad Uno de los errores más habituales es pensar que cualquier respuesta de estrés indica que algo va mal. No necesariamente. El estrés es, en esencia, una respuesta de adaptación. Nuestro organismo dispone de sistemas que nos permiten responder rápidamente cuando percibimos una demanda o una amenaza. El problema no está en que estos mecanismos existan. De hecho, serían fundamentales para nuestra supervivencia. El problema aparece cuando la activación es demasiado intensa, se mantiene durante demasiado tiempo, aparece con demasiada frecuencia o no tenemos oportunidades suficientes para recuperar el equilibrio. Por eso resulta más útil pensar en el estrés como un fenómeno que puede situarse en diferentes niveles. Un poco de activación puede ayudarnos. Demasiada puede bloquearnos. Y una activación mantenida durante largos periodos puede terminar agotándonos. Eustrés y distrés: ¿cuál es la diferencia? Para comprender mejor el concepto de eustrés debemos hablar también del distrés. El distrés hace referencia al estrés que genera malestar y que puede interferir negativamente en nuestra salud y funcionamiento cotidiano. Podríamos resumirlo de una manera sencilla: Eustrés: «Tengo un reto y puedo afrontarlo». Distrés: «Esto me supera y no tengo recursos suficientes para afrontarlo». Pero esta diferencia no depende únicamente de la situación. También influye nuestra percepción. Dos personas pueden encontrarse exactamente ante el mismo desafío y experimentar respuestas completamente diferentes. Para una persona, realizar una presentación puede ser una oportunidad para demostrar lo que sabe. Para otra, puede representar una situación de amenaza que desencadene un nivel elevado de ansiedad. Por eso, cuando hablamos de estrés debemos tener en cuenta tanto las circunstancias externas como nuestros recursos internos y externos. La percepción de control es fundamental Uno de los factores que puede influir en cómo vivimos una situación es la sensación de control. Cuando pensamos que podemos hacer algo para afrontar un problema, la situación puede parecernos más manejable. No significa que tengamos que controlar todo. Eso sería imposible. Significa percibir que tenemos algún margen de actuación. Prepararnos para un examen. Organizar una presentación. Pedir ayuda. Buscar información. Dividir una tarea complicada en pequeños pasos. Hablar con alguien. Cambiar una estrategia. Todas estas acciones pueden aumentar nuestra sensación de capacidad para responder. Por el contrario, cuando sentimos que nada de lo que hagamos puede cambiar la situación, la percepción de amenaza puede aumentar. El eustrés puede aparecer ante situaciones positivas Una cuestión especialmente interesante es que el estrés no aparece únicamente ante acontecimientos negativos. También podemos sentir estrés ante situaciones que deseamos. Una boda. Un viaje. Un nuevo trabajo. Una mudanza. El nacimiento de un proyecto. Una competición. Una entrevista laboral. Una exposición pública. Incluso comenzar una relación puede generar una importante activación emocional. ¿Por qué? Porque nuestro organismo no responde únicamente a aquello que consideramos malo. También responde ante cambios, incertidumbre, novedades y situaciones que requieren adaptación. Y cualquier cambio importante requiere recursos. Por eso podemos estar felices y estresados al mismo tiempo. Podemos tener ilusión y nervios. Podemos estar emocionados y agotados. Las emociones humanas no siempre aparecen de manera aislada. El cuerpo también participa El eustrés no ocurre únicamente «en nuestra cabeza». Cuando nos enfrentamos a una situación exigente, nuestro organismo puede activar diferentes respuestas fisiológicas. Podemos experimentar: Aumento de la frecuencia cardíaca. Mayor estado de alerta. Cambios en la respiración. Tensión muscular. Mayor atención hacia determinados estímulos. Liberación de sustancias relacionadas con la respuesta de estrés. Movilización de energía. Estas respuestas tienen sentido desde el punto de vista biológico. Nuestro cuerpo está preparándose para actuar. En determinadas circunstancias, esa activación puede resultar útil. El problema aparece cuando el organismo permanece demasiado tiempo en ese estado y no dispone de suficiente recuperación. El cerebro ante un desafío Cuando interpretamos una situación como relevante o exigente, nuestro cerebro participa en la evaluación de lo que está ocurriendo. No respondemos únicamente a la situación objetiva. También respondemos a lo que creemos que significa. Por eso nuestras

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¿Creerte experto significa que realmente lo eres?

Es una situación muy frecuente. Personas que hablan con absoluta convicción sobre medicina, psicología, economía, nutrición o educación sin haber estudiado esas materias. Lo curioso es que, cuanto menos saben, más seguras parecen mostrarse. Este fenómeno tiene un nombre dentro de la psicología: efecto Dunning-Kruger. No significa que una persona sea poco inteligente ni que carezca de capacidad para aprender. Se trata de un sesgo cognitivo, es decir, un error sistemático en nuestra forma de pensar que puede afectar a cualquier persona en determinados momentos de su vida. Comprender este efecto no solo nos ayuda a entender mejor a quienes nos rodean, sino también a cuestionarnos a nosotros mismos, desarrollar pensamiento crítico y mantener una actitud más abierta hacia el aprendizaje. ¿Qué es el efecto Dunning-Kruger? El efecto Dunning-Kruger describe la tendencia que tienen algunas personas con escasos conocimientos o habilidades en un área a sobreestimar su competencia. En otras palabras, creen saber mucho más de lo que realmente saben. Al mismo tiempo, las personas con mayor experiencia suelen ser más conscientes de la complejidad de un tema y, por ello, tienden a valorar sus conocimientos de forma más prudente. No es que sepan menos, sino que entienden todo lo que todavía queda por aprender. Este fenómeno fue descrito en 1999 por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, quienes observaron que las personas con peores resultados en diferentes pruebas eran precisamente quienes más confiaban en haberlo hecho bien. Su conclusión fue clara: para reconocer nuestras propias limitaciones necesitamos precisamente las habilidades que nos faltan. ¿Por qué ocurre? Nuestro cerebro intenta ahorrar esfuerzo constantemente. Cuando disponemos de poca información solemos construir explicaciones sencillas que nos permiten sentir que comprendemos la realidad. El problema aparece cuando confundimos esa sensación de comprensión con conocimiento real. Además, intervienen otros factores: Necesidad de sentirnos competentes. Exceso de confianza. Falta de autocrítica. Escasa retroalimentación. Dificultad para reconocer errores. Influencia del entorno y de las redes sociales. Todo ello favorece que algunas personas mantengan opiniones muy firmes incluso cuando existen abundantes evidencias que las contradicen. La curva del conocimiento Una forma muy conocida de explicar este efecto es mediante una curva. El pico de la confianza Cuando empezamos a aprender algo adquirimos unas pocas nociones básicas. Como todavía desconocemos la enorme complejidad del tema, podemos llegar a pensar que ya lo entendemos casi todo. Es el momento en que la confianza alcanza su máximo. El valle de la humildad A medida que seguimos aprendiendo aparecen dudas. Descubrimos conceptos nuevos, excepciones, investigaciones y matices que antes ignorábamos. La confianza disminuye porque somos conscientes de nuestras limitaciones. Paradójicamente, esto suele indicar que estamos aprendiendo de verdad. La subida del conocimiento Con experiencia, estudio y práctica la confianza vuelve a aumentar. Pero esta vez se basa en conocimientos sólidos y en la capacidad para reconocer aquello que todavía desconocemos. La verdadera experiencia suele ir acompañada de humildad. Ejemplos cotidianos El efecto Dunning-Kruger aparece en numerosos ámbitos. En las redes sociales Una persona lee dos publicaciones sobre ansiedad y comienza a dar consejos psicológicos como si fuera especialista. En la salud Alguien consulta varios vídeos en internet y decide que ya sabe interpretar análisis médicos o recomendar tratamientos. En el trabajo Un empleado recién incorporado piensa que podría dirigir perfectamente un departamento sin conocer todos los procesos que implica. En la conducción Muchos conductores creen que manejan mejor que la media, algo estadísticamente imposible. En la educación Un estudiante considera que domina completamente una asignatura tras leer un único resumen, pero obtiene resultados muy diferentes cuando realiza un examen profundo. ¿Significa que los expertos dudan siempre? No. Lo que suele ocurrir es que los expertos conocen la enorme cantidad de información existente. Son conscientes de que ningún conocimiento es absoluto. Por ello utilizan expresiones como: «Hasta donde sabemos…» «La evidencia actual indica…» «Podría haber otras explicaciones…» «Necesitamos más investigación.» Lejos de demostrar inseguridad, estas expresiones reflejan rigor científico. Redes sociales: el escenario perfecto Las plataformas digitales han favorecido la expansión del efecto Dunning-Kruger. Los algoritmos premian contenidos sencillos, llamativos y muy seguros. Las frases rotundas suelen difundirse más rápido que las explicaciones complejas. Además, la cantidad de seguidores puede hacer creer que una persona posee autoridad, aunque carezca de formación en el tema del que habla. Esto puede favorecer la desinformación y dificultar que la población diferencie entre evidencia científica y opiniones personales. ¿Puede afectarnos a todos? Sí. Nadie está completamente libre de este sesgo. Podemos experimentarlo cuando: Empezamos un nuevo hobby. Aprendemos un idioma. Leemos sobre psicología. Descubrimos una disciplina científica. Cambiamos de profesión. Opinamos sobre temas complejos. Todos tenemos áreas donde conocemos poco sin ser plenamente conscientes de ello. Aceptar esta posibilidad constituye una fortaleza, no una debilidad. ¿Cómo podemos evitar caer en este sesgo? Mantener curiosidad Pensar que siempre existe algo nuevo por aprender. Buscar fuentes fiables Consultar investigaciones, profesionales cualificados y organismos reconocidos. Escuchar otras perspectivas Las personas con experiencia pueden aportar información que desconocemos. Preguntarnos qué no sabemos Una pregunta sencilla puede marcar la diferencia: «¿Y si me falta información?» Cambiar de opinión cuando aparecen nuevas evidencias Modificar nuestras creencias no significa ser incoherentes. Significa aprender. Desarrollar pensamiento crítico No aceptar como cierta una afirmación únicamente porque muchas personas la compartan. ¿Qué relación tiene con la salud mental? Aunque el efecto Dunning-Kruger no es un trastorno psicológico, puede influir en nuestro bienestar. Por ejemplo: Puede dificultar pedir ayuda profesional al creer que podemos resolver solos problemas complejos. Puede generar conflictos interpersonales cuando rechazamos opiniones fundamentadas. Puede favorecer la difusión de información errónea sobre salud mental. Puede impedir el aprendizaje al pensar que ya sabemos suficiente. En psicoterapia suele trabajarse el desarrollo de la autoconciencia, la flexibilidad cognitiva y la capacidad para reconocer tanto fortalezas como limitaciones. Estas habilidades favorecen relaciones más saludables y una mejor toma de decisiones. La importancia de la humildad intelectual La humildad intelectual consiste en reconocer que nuestro conocimiento tiene límites. No implica infravalorarnos ni sentir inseguridad constante. Implica aceptar que siempre podemos aprender algo nuevo. Las personas con esta

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¿Estás viviendo la vida que eliges o la que aprendiste a vivir?

A lo largo de nuestra vida tomamos miles de decisiones. Elegimos amistades, parejas, profesiones, lugares donde vivir e incluso la forma en la que respondemos a los problemas. Sin embargo, ¿y si muchas de esas decisiones estuvieran influidas por un «guion» que comenzó a escribirse durante nuestra infancia? Esta es una de las ideas centrales de la Teoría del Guion de Vida, desarrollada por el psiquiatra canadiense Eric Berne, creador del Análisis Transaccional, una corriente de la psicología que sigue utilizándose en la actualidad en ámbitos como la psicoterapia, la educación, las organizaciones y el desarrollo personal. Comprender esta teoría no significa pensar que nuestro destino está predeterminado. Todo lo contrario. Su objetivo es ayudarnos a reconocer aquellos patrones inconscientes que repetimos para poder modificarlos y vivir de una forma más libre y auténtica. ¿Quién fue Eric Berne? Eric Berne (1910-1970) fue un médico y psiquiatra canadiense nacionalizado estadounidense que revolucionó la psicología al proponer un modelo sencillo para comprender cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos con los demás. Su propuesta, denominada Análisis Transaccional (AT), parte de una idea muy práctica: nuestras relaciones están influidas por tres estados del yo que todos tenemos. Estos son: Padre. Adulto. Niño. Cada uno aparece en diferentes momentos de nuestra vida y condiciona la manera en que interpretamos la realidad. Pero Berne fue todavía más allá. Observó que muchas personas parecían repetir situaciones similares una y otra vez, como si siguieran un libreto previamente escrito. A esa repetición la llamó Guion de Vida. ¿Qué es el guion de vida? El guion de vida es un plan inconsciente que comenzamos a construir durante los primeros años de nuestra infancia. No se trata de un documento escrito ni de una predicción mágica sobre nuestro futuro. Es un conjunto de decisiones, creencias y expectativas que elaboramos siendo niños para adaptarnos al entorno familiar y sentirnos seguros, queridos o aceptados. El problema aparece cuando esas conclusiones infantiles continúan guiando nuestra vida adulta aunque ya no sean útiles. Por ejemplo: «Tengo que agradar a todo el mundo.» «Nunca hago nada bien.» «No puedo confiar en nadie.» «Si muestro mis emociones me harán daño.» «Solo valgo cuando soy perfecto.» Estas ideas pueden convertirse en auténticos programas internos que condicionan nuestras relaciones, autoestima y bienestar psicológico. ¿Cómo se forma el guion de vida? Durante la infancia dependemos completamente de nuestros cuidadores. Nuestro cerebro todavía no dispone de recursos suficientes para interpretar lo que ocurre de forma objetiva, por lo que extraemos conclusiones basadas en nuestras experiencias. Un niño puede pensar: «Si mis padres discuten es culpa mía.» Otro puede concluir: «Solo me prestan atención cuando saco buenas notas.» O incluso: «Para que me quieran tengo que cuidar siempre de los demás.» Aunque estas interpretaciones no sean ciertas, el niño las vive como verdades absolutas. Con el paso de los años terminan formando parte de su identidad. Los mensajes que recibimos Según Berne y los autores posteriores del Análisis Transaccional, durante la infancia recibimos miles de mensajes, algunos explícitos y otros implícitos. Estos mensajes pueden favorecer un desarrollo saludable o limitar nuestro crecimiento. Algunos ejemplos son: No molestes. No llores. No pienses. No sientas. No seas importante. No destaques. No fracases. No tengas éxito. No seas tú mismo. Muchas veces nadie pronuncia estas frases literalmente. Sin embargo, el niño las interpreta a través de gestos, silencios, críticas constantes, sobreprotección, comparaciones o falta de afecto. Las decisiones infantiles Una parte esencial de la teoría es que el niño no solo recibe mensajes. También toma decisiones. Estas decisiones tienen sentido en ese momento porque le ayudan a sobrevivir emocionalmente. Por ejemplo: «Si siempre sonrío, mamá estará contenta.» «Si nunca pido ayuda, evitaré que me rechacen.» «Si me esfuerzo muchísimo conseguiré que me quieran.» El problema aparece cuando seguimos actuando igual treinta o cuarenta años después. Los estados del yo y el guion El Análisis Transaccional explica que convivimos con tres estados del yo. Padre Representa las normas, valores y aprendizajes recibidos. Puede ser protector. Pero también crítico y exigente. Adulto Es la parte racional. Analiza los hechos. Evalúa información. Toma decisiones basadas en la realidad presente. Niño Guarda nuestras emociones, creatividad, espontaneidad y experiencias infantiles. También conserva nuestros miedos y necesidades no satisfechas. Cuando vivimos desde el guion inconsciente suele ser el Niño quien reacciona automáticamente, mientras que el Adulto pierde protagonismo. ¿Por qué repetimos siempre las mismas historias? Una de las aportaciones más interesantes de Berne es que tendemos a buscar situaciones que confirmen nuestras creencias. Si alguien piensa: «No soy suficiente.» Es posible que: Elija parejas críticas. Evite nuevos retos. Interprete cualquier error como un fracaso. Ignore sus propios logros. Paradójicamente, el cerebro prefiere lo conocido antes que lo saludable. Por eso muchas personas repiten relaciones similares durante años. Los «juegos psicológicos» Eric Berne describió también los llamados juegos psicológicos. No son juegos divertidos. Son patrones repetitivos de comunicación donde todas las personas implicadas terminan sintiéndose mal. Por ejemplo: Victimizarse constantemente. Culpar siempre a los demás. Intentar salvar a todo el mundo. Buscar conflictos para confirmar que nadie nos entiende. Estos juegos alimentan el guion de vida y refuerzan nuestras creencias. El papel de las caricias Dentro del Análisis Transaccional, una caricia es cualquier reconocimiento que recibimos. Puede ser positiva: Un abrazo. Un elogio. Una sonrisa. Una palabra amable. O negativa: Una crítica. Un insulto. El desprecio. La indiferencia. Berne observó que las personas necesitamos reconocimiento. Cuando no obtenemos caricias positivas podemos llegar a aceptar incluso las negativas con tal de sentir que existimos para alguien. ¿Se puede cambiar el guion? Sí. Y esa es probablemente la parte más esperanzadora de esta teoría. Aunque el guion se construya durante la infancia, no estamos condenados a repetirlo. Podemos revisarlo. Podemos comprenderlo. Y podemos escribir uno nuevo. El cambio comienza cuando dejamos de reaccionar automáticamente y empezamos a preguntarnos: ¿Por qué hago siempre lo mismo? ¿Esta decisión responde al presente o a una vieja herida? ¿Qué necesito realmente? ¿Estoy actuando desde el miedo o desde la libertad? Señales de que podrías estar siguiendo

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¿Qué es la ecolalia y por qué no siempre significa autismo?

La ecolalia consiste en la repetición automática o intencionada de palabras, frases o sonidos que otra persona acaba de decir o que se han escuchado previamente en conversaciones, películas, canciones o programas de televisión. Aunque muchas personas asocian inmediatamente la ecolalia con el trastorno del espectro autista (TEA), la realidad es que puede aparecer en diferentes etapas del desarrollo y en diversos trastornos neurológicos. Lejos de ser simplemente una repetición «sin sentido», hoy sabemos que, en muchas ocasiones, la ecolalia representa un intento válido de comunicarse, organizar el pensamiento o procesar la información. Durante los primeros años de vida es completamente normal que los niños repitan palabras mientras aprenden el lenguaje. Este fenómeno suele desaparecer de manera progresiva conforme desarrollan habilidades lingüísticas más complejas. Cuando la ecolalia persiste más allá de la edad esperada o aparece de forma repentina en un adulto, conviene realizar una valoración profesional para comprender su origen. ¿Por qué aparece la ecolalia? El cerebro aprende el lenguaje mediante la observación, la imitación y la repetición. En algunas personas este proceso se prolonga más tiempo o se convierte en una estrategia principal para comunicarse. La ecolalia puede cumplir diferentes funciones: Aprender nuevas palabras. Ganar tiempo para procesar una pregunta. Expresar necesidades. Reducir la ansiedad. Autorregular las emociones. Mantener una conversación. Mostrar interés por otra persona. Recordar instrucciones. Organizar el pensamiento. Es decir, repetir no siempre significa no comprender. En muchas ocasiones la persona entiende perfectamente el mensaje, pero necesita utilizar esa repetición para elaborar una respuesta. Tipos de ecolalia Ecolalia inmediata Se produce justo después de escuchar una palabra o una frase. Ejemplo: Adulto: «¿Quieres agua?» Niño: «¿Quieres agua?» En ocasiones esta repetición es el primer paso antes de responder. Ecolalia diferida La repetición aparece minutos, horas, días o incluso años después. La persona puede repetir: Diálogos de películas. Canciones. Frases de profesores. Expresiones familiares. Anuncios publicitarios. A menudo estas frases aparecen porque están relacionadas emocionalmente con la situación que está viviendo. Por ejemplo, un niño puede repetir una frase de un dibujo animado cuando siente miedo porque esa frase le transmite seguridad. ¿La ecolalia tiene un propósito? Sí. Actualmente muchos especialistas consideran la ecolalia una forma funcional de comunicación. Puede servir para: Pedir algo En lugar de decir: «Quiero galletas.» Puede repetir: «¿Quieres galletas?» porque esa es la frase que suele escuchar. Decir «sí» Si un adulto pregunta: «¿Quieres salir al parque?» El niño puede repetir: «Salir al parque.» Y con ello está indicando afirmativamente que desea ir. Autorregularse Repetir determinadas frases puede ayudar a disminuir la ansiedad. Sucede especialmente en situaciones nuevas o estresantes. Expresar emociones Algunas personas utilizan frases aprendidas para expresar sentimientos que todavía no saben verbalizar de otra manera. Procesar la información Al repetir una pregunta, el cerebro gana unos segundos adicionales para comprenderla y preparar una respuesta. ¿La ecolalia siempre indica autismo? No. Aunque es muy frecuente en personas con trastorno del espectro autista, no toda ecolalia implica un diagnóstico de TEA. También puede aparecer en: Desarrollo normal del lenguaje. Retrasos del lenguaje. Discapacidad intelectual. Afasia. Demencias. Síndrome de Tourette. Lesiones cerebrales. Enfermedad de Alzheimer. Esquizofrenia (en algunos casos). Trastornos neurológicos. Por ello siempre debe interpretarse dentro del contexto clínico completo. La ecolalia en el trastorno del espectro autista En el autismo la ecolalia suele formar parte del desarrollo comunicativo. Durante muchos años se pensó que debía eliminarse. Actualmente el enfoque ha cambiado considerablemente. Numerosas investigaciones muestran que la ecolalia puede representar una etapa hacia un lenguaje más flexible y espontáneo. Además, muchas personas autistas utilizan la ecolalia para: Iniciar conversaciones. Pedir ayuda. Mostrar emociones. Recordar normas. Explicar experiencias. Anticipar situaciones. Reducir la incertidumbre. Por ello, muchos profesionales ya no intentan eliminarla automáticamente, sino comprender qué está comunicando la persona. ¿Cómo saber si la ecolalia es funcional? Conviene observar: En qué momentos aparece. Qué ocurre antes. Qué sucede después. Si siempre utiliza las mismas frases. Si obtiene algún beneficio comunicativo. Si expresa emociones. Si intenta interactuar. Muchas veces el significado depende del contexto. Una misma frase puede significar: hambre, miedo, cansancio, alegría, deseo de jugar, necesidad de descansar. ¿Cuándo conviene consultar con un profesional? Es recomendable solicitar una valoración cuando: La ecolalia persiste más allá de los tres años sin que evolucione el lenguaje. Existe una pérdida del lenguaje previamente adquirido. Se acompaña de dificultades importantes para comunicarse. Hay problemas para comprender instrucciones sencillas. Se observan otros signos del desarrollo que preocupan a la familia. Aparece de forma repentina en una persona adulta. Una evaluación temprana permite comprender mejor las necesidades de la persona y ofrecer apoyos ajustados. ¿Cómo se evalúa? La valoración suele incluir: Historia del desarrollo. Observación clínica. Evaluación del lenguaje. Evaluación cognitiva. Valoración del desarrollo social. Exploración neurológica cuando es necesaria. El objetivo no es solo identificar la ecolalia, sino entender qué función cumple y cómo favorecer una comunicación más eficaz. ¿Cómo ayudar a una persona con ecolalia? Escuchar antes de corregir Antes de asumir que la repetición carece de sentido, conviene preguntarse: ¿Qué intenta comunicar? Modelar respuestas En lugar de corregir continuamente, resulta más útil ofrecer modelos adecuados. Ejemplo: Niño: «¿Quieres leche?» Adulto: «Sí, quiero leche.» Así aprende nuevas estructuras lingüísticas. Dar tiempo para responder Muchas personas necesitan unos segundos para procesar la información. Evitar responder por ellas favorece su participación. Utilizar frases claras Las preguntas sencillas facilitan la comprensión. En lugar de: «¿Qué te parecería si después de comer fuéramos al parque?» Puede resultar más accesible: «Después de comer iremos al parque.» Apoyarse en recursos visuales Las imágenes, pictogramas, agendas visuales o gestos pueden complementar la comunicación y reducir la necesidad de repetir frases. No ridiculizar Imitar o burlarse de una persona con ecolalia puede afectar a su autoestima y aumentar la ansiedad. La comunicación debe abordarse siempre desde el respeto. ¿Puede desaparecer? Depende de cada persona. En muchos niños la ecolalia disminuye conforme aumenta el desarrollo del lenguaje. En otras personas continúa durante toda la vida, aunque suele hacerse más flexible y adaptativa. El objetivo no debería ser necesariamente eliminarla, sino ampliar las posibilidades

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¿Qué le ocurre a nuestro cerebro durante una ola de calor?

Las altas temperaturas no solo afectan al cuerpo. Cuando el termómetro se dispara durante los meses más cálidos del año, también pueden producirse importantes cambios en nuestro estado de ánimo, comportamiento y bienestar psicológico. Aunque solemos asociar el calor con las vacaciones, el tiempo libre y las actividades al aire libre, la realidad es que las olas de calor pueden convertirse en un importante factor de estrés físico y mental. En los últimos años, el cambio climático ha provocado un aumento en la frecuencia e intensidad de los episodios de calor extremo. Esto ha llevado a investigadores y profesionales de la salud a estudiar con mayor profundidad cómo las altas temperaturas afectan a nuestra salud mental. Los resultados muestran que el calor puede influir en nuestras emociones, aumentar la irritabilidad, alterar el sueño y agravar algunos trastornos psicológicos preexistentes. La conexión entre el calor y el cerebro Nuestro organismo trabaja constantemente para mantener una temperatura corporal estable. Cuando el ambiente es excesivamente cálido, el cuerpo debe realizar un esfuerzo adicional para regular la temperatura interna mediante mecanismos como la sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos. Este esfuerzo fisiológico consume energía y puede generar una sensación de agotamiento que repercute directamente en el funcionamiento cerebral. El cerebro es especialmente sensible a los cambios en el equilibrio hídrico y térmico del organismo. Cuando existe deshidratación o estrés térmico, algunas funciones cognitivas pueden verse afectadas. Entre los síntomas más habituales se encuentran: Dificultades de concentración. Disminución de la atención. Sensación de cansancio mental. Lentitud en la toma de decisiones. Problemas de memoria a corto plazo. Por ello, durante los días más calurosos muchas personas sienten que les cuesta más trabajar, estudiar o mantener el mismo nivel de rendimiento intelectual. El calor y los cambios en el estado de ánimo Uno de los efectos psicológicos más estudiados de las altas temperaturas es su relación con las alteraciones del estado de ánimo. Cuando el cuerpo experimenta calor excesivo durante períodos prolongados, aumenta la sensación de incomodidad física. Esta situación puede generar frustración y disminuir nuestra tolerancia ante pequeños contratiempos cotidianos. Es frecuente que durante una ola de calor aparezcan: Mayor irritabilidad. Impaciencia. Nerviosismo. Sensación de agobio. Cambios bruscos de humor. Muchas personas describen sentirse más susceptibles o emocionalmente agotadas cuando las temperaturas son muy elevadas. Este fenómeno no es imaginario: diversos estudios han encontrado una relación entre el aumento de la temperatura ambiental y una mayor incidencia de conflictos interpersonales. ¿Por qué el calor aumenta la irritabilidad? Existen varias explicaciones. Por un lado, el malestar físico constante dificulta la regulación emocional. Cuando una persona tiene calor intenso, duerme mal o se encuentra fatigada, dispone de menos recursos psicológicos para afrontar el estrés cotidiano. Por otro lado, las altas temperaturas pueden incrementar la producción de hormonas relacionadas con la respuesta al estrés, como el cortisol, generando una mayor reactividad emocional. Además, durante las olas de calor muchas personas limitan sus actividades habituales, pasan más tiempo en espacios cerrados o sufren interrupciones en sus rutinas, factores que también pueden influir negativamente en el bienestar psicológico. El impacto del calor en el sueño Uno de los aspectos más afectados por las altas temperaturas es la calidad del sueño. Para conciliar el sueño, el organismo necesita reducir ligeramente su temperatura corporal. Cuando la temperatura ambiental es demasiado elevada, este proceso se dificulta. Como consecuencia, pueden aparecer: Problemas para dormirse. Despertares frecuentes durante la noche. Sueño superficial. Menor sensación de descanso al despertar. La falta de sueño tiene importantes consecuencias sobre la salud mental. Dormir mal durante varios días seguidos puede aumentar la irritabilidad, la ansiedad y la sensación de estrés. Además, la privación de sueño afecta a la capacidad de regular emociones, favoreciendo reacciones más impulsivas y una menor tolerancia a la frustración. Calor y ansiedad: una relación más estrecha de lo que parece Las personas con ansiedad pueden experimentar un empeoramiento de sus síntomas durante los episodios de calor intenso. Esto ocurre porque algunas reacciones físicas provocadas por las altas temperaturas son similares a los síntomas de ansiedad: Aumento de la frecuencia cardíaca. Sudoración excesiva. Sensación de mareo. Dificultad para respirar. Agitación corporal. En algunas personas, estas sensaciones pueden ser interpretadas como señales de peligro, desencadenando preocupación o incluso ataques de pánico. Además, el calor prolongado puede aumentar la sensación general de estrés, contribuyendo a que las personas ansiosas se sientan más vulnerables emocionalmente. Cómo afecta el calor a las personas con depresión Las altas temperaturas también pueden influir en quienes padecen depresión. Aunque el verano suele asociarse a emociones positivas, no todas las personas experimentan una mejora del estado de ánimo durante esta estación. Algunas pueden sentirse más fatigadas, apáticas o emocionalmente sobrecargadas debido al calor extremo. Los factores que pueden contribuir a ello incluyen: Alteraciones del sueño. Fatiga física constante. Menor energía disponible. Dificultad para realizar actividades habituales. Aislamiento social debido a las temperaturas extremas. La combinación de estos factores puede intensificar algunos síntomas depresivos y dificultar el proceso de recuperación. El riesgo para personas con trastornos mentales graves Las personas que padecen trastornos mentales graves, como esquizofrenia, trastorno bipolar o trastornos psicóticos, constituyen un grupo especialmente vulnerable durante las olas de calor. Existen varias razones: Alteraciones en la percepción del riesgo Algunas personas pueden tener dificultades para reconocer los signos de deshidratación o golpe de calor. Efectos secundarios de la medicación Determinados psicofármacos pueden alterar la capacidad del organismo para regular la temperatura corporal o aumentar el riesgo de deshidratación. Aislamiento social La falta de apoyo social puede dificultar la adopción de medidas preventivas frente al calor extremo. Por este motivo, durante los episodios de altas temperaturas es especialmente importante que familiares, cuidadores y profesionales estén atentos al bienestar físico y emocional de estas personas. Calor, agresividad y comportamiento social Uno de los hallazgos más llamativos de la investigación psicológica es la relación entre calor y agresividad. Diversos estudios han observado que durante los períodos de temperaturas muy elevadas aumentan ciertos comportamientos agresivos y los conflictos interpersonales. Aunque el calor no convierte

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Entrevista a Andrea Anaya psicóloga clínica

La salud mental ocupa hoy un lugar cada vez más relevante en la conversación pública, aunque todavía persisten numerosos mitos y estigmas que dificultan que muchas personas pidan ayuda cuando la necesitan. En esta entrevista conversamos con Andrea Anaya, psicóloga clínica especializada en terapia individual, infantil, familiar y de pareja, para conocer cómo nació su vocación, qué aprendizajes ha adquirido a lo largo de su trayectoria y cuál es su visión sobre algunos de los grandes retos actuales de la psicología. Hablamos del impacto de las redes sociales en el bienestar emocional, de la importancia de acudir a terapia sin esperar a tocar fondo, del papel de las familias en el desarrollo de niños y adolescentes, de los límites saludables y de cómo la inteligencia artificial puede influir en el futuro de la salud mental. Una conversación cercana, rigurosa y llena de reflexiones que pone el foco en el valor del autocuidado emocional y en la necesidad de seguir normalizando el cuidado de nuestra mente. Andrea ¿qué experiencias personales y profesionales despertaron tu interés por la psicología clínica y marcaron el camino hacia la psicoterapia como proyecto de vida? Desde que era niña mi mamá nos llevaba mucho a orfanatos, asilos, a donar juguetes y ropa. A los 17 años entré a ser dama voluntaria en un hospital y ahí sentí una sensación que dije “quiero sentir esto toda mi vida”. No sabía que tenía que estudiar para sentirlo, pensé en medicina, enfermería, pero como no me gusta la sangre en una clase en prepa escuché hablar más de psicología y dije , aquí es . A lo largo de tu trayectoria has trabajado con terapia individual, infantil, familiar y de pareja. ¿Qué aprendizajes te ha aportado cada uno de estos ámbitos y cómo se complementan entre sí en tu práctica clínica? Para mí la infancia lo es todo, pero cuando esa infancia se rompe o tiene fracturas llegan esas heridas a siguientes etapas. Entonces ahí se complementa todo. Claro que puedes tener una buena infancia y tener problemas en otras etapas y se trabajan en terapia pero así es como lo relacionaría . En los últimos años la salud mental ha ganado una enorme visibilidad en redes sociales. Desde tu perspectiva, ¿qué beneficios y qué riesgos observas cuando la psicología se divulga a través de plataformas digitales? Veo demasiados beneficios empezando por la desestigmatización de la misma. El volverla una profesión clínica y cercana sin los tabúes del pasado. Sin embargo los riesgos son que hay gente sin credenciales que mal informa o profesionales poco preparados que desacreditan la profesión. Muchas personas sienten miedo o vergüenza antes de acudir por primera vez a terapia. ¿Cuáles son los mitos más frecuentes con los que te encuentras y qué les dirías a quienes todavía dudan en pedir ayuda? Que los psicólogos son lo para los “locos”, que damos consejos, que solo queremos tu dinero. La realidad es que la terapia es para toda persona que tenga mente y le interese saber cómo funcionan sus pensamientos y creencias. Con la finalidad de sanar y tener una mejor calidad de vida. También hay pacientes clínicos pero son minoría y es una fortuna que exista un área de la salud que los acompañe. Y sobretodo que es más difícil llegar a terapia que estar. En el momento que te sientas, te sueltas. Y si no sabes qué decir, el trabajo del terapeuta es ese, tú no tienes que hacer nada más que llegar. La terapia cognitivo-conductual cuenta con una sólida base científica, pero cada persona es única. ¿Cómo consigues adaptar las herramientas terapéuticas a las necesidades, valores e historia de cada paciente? Yo tengo maestría en terapia cognitivo conductual pero es mi segunda maestría. La primera es en terapia integral que justamente integra distintos modelos de la psicología para saber qué herramientas utilizar según el problema del paciente. Pero incluso en TCC no siempre se van al pensamiento-emoción. Ya ha evolucionado mucho y se van a otras áreas para trabajar el problema. En consulta es habitual encontrar personas que han aprendido a normalizar el estrés, la ansiedad o el malestar emocional. ¿Qué señales nos indican que ya no estamos ante una dificultad pasajera y que conviene buscar apoyo profesional? Cuando el malestar afecta las siguientes áreas: personal, laboral, familiar, social y de pareja si las hay. Puedes acudir a terapia, no necesitas estar MUY mal para querer estar bien Las redes sociales han cambiado la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. ¿Cómo están influyendo en la autoestima, la comparación social y la salud mental de adolescentes y adultos? Muchísimo y es delicado. Los trastornos de la conducta alimentaria han aumentado, así como la ansiedad y la depresión por el uso de redes sociales. La gente se compara más, duerme menos, no se dejan sentir y hay poca validez emocional. Trabajar diariamente acompañando el sufrimiento de otras personas también puede resultar emocionalmente exigente. ¿Qué estrategias utilizas para cuidar tu propio bienestar psicológico y prevenir el desgaste profesional? Si, es una profesión hermosa pero que exige mucho autocuidado. Yo hago ejercicio a primera hora de la mañana, como bien, me doy breaks entre bloques de pacientes, trato de distraerme y hacer cosas que me gusten cuando no estoy trabajando, hidratarme mucho y sobre todo y más importante, dormir bien. Además de ir a terapia donde no hablo de mis pacientes si no de mi. Entre más te cuides y más “limpio” estés por decirlo de alguna manera, más puedes ayudar a tus pacientes La terapia de pareja suele estar rodeada de numerosos prejuicios. ¿En qué momento recomendarías acudir a terapia y qué ideas erróneas crees que dificultan que muchas parejas den ese paso a tiempo? Yo creo que toda pareja debería de ir a terapia para conocerse como equipo y conocer las heridas que detonan al otro. No para dañarlo sino para entenderlo. Lo que pasa con la terapia de pareja es que llegan muy tarde y muy

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Entrevista a Tamara Arroyo psicóloga cíclica

Tamara es psicóloga y psicoterapeuta especializada en trauma, psicoterapia corporal y salud femenina. Desde hace más de veinte años acompaña procesos de cambio y recuperación, integrando distintas corrientes psicoterapéuticas desde una mirada que entiende a la persona como una unidad donde cuerpo, emociones, historia y contexto se influyen mutuamente. A través de Psicología Cíclica y Ágora Vitae también desarrolla formación y supervisión para profesionales, con el propósito de ampliar la comprensión de la salud mental femenina desde una perspectiva integradora, rigurosa y profundamente humana. ¿Cuál fue el momento en el que comprendiste que la psicología necesitaba integrar el cuerpo y el ciclo femenino para ofrecer una comprensión más completa de la experiencia de las mujeres? Más que un momento concreto fue una evidencia que se fue construyendo con los años. En consulta veía mujeres que comprendían perfectamente lo que les ocurría desde un punto de vista cognitivo, pero cuyos cuerpos seguían viviendo en alerta, agotamiento o desconexión. También observaba cómo muchas sufrían porque interpretaban como problemáticos cambios vinculados a su ciclo menstrual, al posparto o a la perimenopausia, cuando en realidad nadie les había enseñado a comprender esos procesos. Entendí que era imposible hablar de salud mental femenina dejando fuera el cuerpo y la biología. No porque el ciclo explique todo, sino porque forma parte de la experiencia de muchas mujeres y dialoga constantemente con su historia, sus relaciones y su contexto. Durante mucho tiempo, la psicología y la medicina han generado gran parte de su conocimiento a partir de investigaciones realizadas mayoritariamente con hombres, asumiendo que esos resultados eran universalmente aplicables. Poco a poco estamos comprendiendo que incorporar la salud femenina no significa crear una psicología distinta, sino hacer una psicología más completa y más precisa. Hablas de la naturaleza, la artesanía y los cuidados como pilares de tu vida. ¿Cómo han moldeado estos tres escenarios tu forma de acompañar a las personas en consulta y qué enseñanzas te siguen ofreciendo hoy? Los tres tienen algo en común: me recuerdan que los procesos importantes no pueden acelerarse. La naturaleza enseña que todo tiene ritmos y estaciones. La artesanía me recuerda el valor de lo imperfecto y del trabajo paciente. Y los cuidados me han enseñado que el vínculo es profundamente transformador. Creo que la psicoterapia comparte mucho con esas experiencias. No consiste en «arreglar» personas, sino en crear las condiciones para que puedan reorganizarse desde sus propios recursos. Tras dos décadas de trayectoria profesional, ¿qué creencias sobre la salud mental has tenido que desmontar en ti misma para seguir evolucionando como psicoterapeuta? Quizá la más importante ha sido abandonar la idea de que comprender un problema basta para resolverlo. Hoy sabemos mucho más sobre trauma, neurobiología y memoria implícita. Hay experiencias que no se modifican únicamente hablando sobre ellas. Necesitan ser vividas de otra manera también desde el cuerpo y desde una relación terapéutica suficientemente segura. Otra creencia que he dejado atrás es pensar que existe un método válido para todas las personas. Cada proceso necesita una escucha distinta, En una sociedad que sigue premiando el rendimiento constante, ¿qué consecuencias psicológicas observas cuando las mujeres intentan vivir desconectadas de sus ritmos biológicos y emocionales? Veo muchísimo agotamiento. Muchas mujeres viven intentando mantener siempre el mismo nivel de productividad, energía y disponibilidad, ignorando señales de cansancio, necesidad de descanso o cambios naturales en su estado físico y emocional. No se trata de afirmar que todas las dificultades psicológicas tengan un origen biológico, ni mucho menos. La salud mental siempre surge de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Pero ignorar cualquiera de esas dimensiones empobrece nuestra comprensión de las personas. Cuando una persona aprende a desconectarse de esas señales para responder continuamente a las exigencias externas, acaba perdiendo también la capacidad de reconocer sus propias necesidades. Eso favorece la ansiedad, la culpa, el burnout y, en muchos casos, una sensación muy profunda de haberse perdido a sí misma. La expresión «Psicología Cíclica» despierta mucha curiosidad. Si tuvieras que explicarla a alguien que nunca ha oído hablar de ella, ¿qué aspectos consideras imprescindibles para entender su verdadero alcance? Psicología Cíclica no significa que todas las mujeres sean iguales ni que todo dependa de las hormonas. Tampoco propone una visión esencialista de lo femenino. Es una forma de comprender la salud mental integrando una realidad que durante mucho tiempo apenas se ha tenido en cuenta: que muchos procesos biológicos femeninos interactúan con las emociones, el estrés, el trauma, las relaciones y el contexto social. Durante décadas, estas variables apenas estuvieron presentes en la investigación psicológica y médica, lo que ha contribuido a que muchas experiencias específicamente femeninas fueran malinterpretadas, invisibilizadas o incluso patologizadas. La Psicología Cíclica propone ampliar la mirada. No sustituye a la psicología basada en la evidencia, sino que incorpora conocimientos procedentes de la neurociencia, la psicología del trauma, la endocrinología y la salud emocional femenina para comprender mejor la experiencia de las mujeres desde una perspectiva integradora. Con frecuencia escuchamos a mujeres describirse como «demasiado sensibles», «intensas» o «inestables». ¿Cómo influye el contexto cultural en estas etiquetas y qué impacto tienen sobre la autoestima y la identidad? Las etiquetas nunca aparecen en el vacío. Muchas mujeres han aprendido desde pequeñas que expresar determinadas emociones es un exceso. Cuando esa mirada externa se interioriza, terminan dudando de sí mismas incluso cuando sus reacciones son completamente comprensibles. Uno de los trabajos más importantes en terapia consiste precisamente en diferenciar lo que realmente pertenece a la persona de aquello que ha aprendido a pensar sobre sí misma. Has estudiado diferentes modelos de psicoterapia corporal y abordaje del trauma. ¿Qué aportaciones únicas encuentras en cada uno y cómo las integras sin perder la esencia de tu propia mirada clínica? Cada modelo aporta una pieza distinta. Algunos ayudan especialmente a comprender el funcionamiento del sistema nervioso; otros ofrecen herramientas muy valiosas para trabajar el trauma del desarrollo, la regulación emocional o la relación terapéutica. Con los años he aprendido que integrar no significa mezclar técnicas, sino construir una forma coherente de trabajar

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¿Sabes cuáles son tus «noes» negociables?

Vivimos en una sociedad que suele premiar la disponibilidad constante, la complacencia y la capacidad de decir «sí» incluso cuando hacerlo implica un gran coste personal. Muchas personas sienten que deben responder afirmativamente a cualquier petición, asumir responsabilidades que no les corresponden o soportar situaciones que les generan malestar por miedo a decepcionar a los demás. Sin embargo, existe una herramienta psicológica esencial para preservar el bienestar emocional: identificar y respetar nuestros «noes» negociables. Lejos de ser una actitud egoísta o inflexible, conocer aquello que no estamos dispuestos a tolerar constituye una muestra de autoconocimiento, autoestima y salud psicológica. Los límites sanos nos protegen, fortalecen nuestras relaciones y nos ayudan a vivir de forma más coherente con nuestros valores. ¿Qué son los «noes» negociables? Los «noes» negociables son aquellas situaciones, conductas o circunstancias que una persona decide no aceptar porque vulneran sus necesidades, principios, derechos o bienestar emocional. No se trata de caprichos ni de exigencias irracionales. Son límites personales que marcan la línea entre aquello que podemos aceptar y aquello que resulta incompatible con nuestra salud mental. Cada persona posee unos «noes» diferentes, ya que dependen de su historia, personalidad, experiencias y valores. Por ejemplo: No aceptar faltas de respeto. No permanecer en relaciones donde exista manipulación emocional. No responder mensajes de trabajo fuera del horario laboral. No renunciar continuamente al descanso para satisfacer las necesidades de otros. No tolerar insultos o humillaciones. No justificar comportamientos abusivos. No asumir responsabilidades que pertenecen a otras personas. Estos límites evolucionan a lo largo de la vida conforme aumenta el conocimiento de uno mismo. ¿Por qué cuesta tanto decir «no»? Muchas personas saben perfectamente qué les hace daño, pero aun así les cuesta poner límites. Las razones suelen encontrarse en el aprendizaje adquirido durante la infancia y en determinados patrones sociales. El miedo al rechazo Existe un temor muy frecuente a dejar de ser querido si se establecen límites. Pensamientos como: «Van a enfadarse conmigo.» «Pensarán que soy egoísta.» «Me quedaré solo.» «Perderé esta relación.» pueden llevar a aceptar situaciones que generan un profundo malestar. La necesidad de agradar Algunas personas construyen gran parte de su autoestima a partir de la aprobación externa. Cuando decir «sí» se convierte en una forma de sentirse valioso, aprender a decir «no» puede resultar especialmente difícil. La culpa Muchas personas experimentan culpa al priorizar sus propias necesidades. Sin embargo, sentir culpa no significa estar haciendo algo incorrecto. En numerosas ocasiones simplemente indica que estamos modificando un patrón de comportamiento muy arraigado. La educación recibida Expresiones como: «Hay que aguantar.» «No seas egoísta.» «Primero los demás.» «Las personas buenas siempre ayudan.» pueden dificultar el desarrollo de límites saludables. Los límites protegen la salud mental Cuando una persona no establece límites suele aparecer un desgaste progresivo. Pueden surgir síntomas como: agotamiento emocional; ansiedad; irritabilidad; sensación de injusticia; resentimiento; baja autoestima; estrés crónico; dificultades para dormir; síntomas depresivos. Paradójicamente, intentar evitar el conflicto con los demás suele generar un conflicto interno mucho mayor. Los «noes» negociables fortalecen la autoestima Cada vez que respetamos un límite personal enviamos un mensaje muy poderoso a nuestro cerebro: «Mis necesidades también importan.» La autoestima no solo se construye mediante pensamientos positivos, sino también a través de las decisiones cotidianas. Cuando alguien ignora continuamente sus propios límites aprende, sin darse cuenta, que sus necesidades ocupan un lugar secundario. En cambio, respetarlos fortalece la sensación de dignidad y coherencia. No todos los límites son iguales Podemos distinguir diferentes tipos de límites. Límites físicos Protegen el espacio personal, el descanso y el bienestar corporal. Por ejemplo: decidir quién puede abrazarnos; respetar las horas de sueño; rechazar actividades que comprometen nuestra salud. Límites emocionales Permiten proteger nuestras emociones. Incluyen no aceptar chantajes emocionales, manipulaciones o culpabilizaciones constantes. Límites laborales Cada vez cobran mayor importancia. Implican respetar horarios, vacaciones, tiempos de descanso y evitar la hiperdisponibilidad permanente. Límites económicos Consisten en decidir cómo administrar el dinero propio sin sentirse obligado a prestar, regalar o asumir gastos ajenos. Límites digitales Vivimos conectados prácticamente las veinticuatro horas. Poner límites puede significar: no responder inmediatamente todos los mensajes; desconectar del móvil; limitar el tiempo en redes sociales; proteger la intimidad. Señales de que necesitas revisar tus límites Existen algunos indicadores frecuentes. Sientes que los demás se aprovechan de ti. Dices «sí» cuando realmente quieres decir «no». Te cuesta expresar desacuerdo. Acumulas resentimiento. Te sientes constantemente agotado. Experimentas ansiedad antes de responder peticiones. Temes decepcionar continuamente. Priorizas siempre las necesidades ajenas. Estas señales no implican que seas una persona débil, sino que probablemente has aprendido a anteponer a los demás sobre ti mismo. Decir «no» no significa ser egoísta Uno de los mayores mitos consiste en asociar los límites con el egoísmo. Sin embargo, el egoísmo implica ignorar sistemáticamente las necesidades de los demás. Poner límites significa exactamente lo contrario: reconocer que tanto nuestras necesidades como las de los demás merecen respeto. Una relación sana necesita dos personas que puedan expresar libremente sus deseos, desacuerdos y límites. Cómo descubrir tus propios «noes» negociables No siempre resulta sencillo identificarlos. Algunas preguntas útiles son: ¿Qué situaciones me hacen sentir constantemente incómodo? ¿Cuándo siento que me estoy traicionando? ¿Qué comportamientos nunca aceptaría hacia alguien a quien quiero? ¿Qué cosas hago únicamente por miedo al rechazo? ¿Qué necesito proteger para cuidar mi bienestar? Las respuestas suelen ofrecer pistas muy valiosas. Aprender a comunicar los límites No basta con conocerlos. También es necesario comunicarlos de forma clara, respetuosa y firme. Por ejemplo: «No puedo hacerme cargo de eso.» «Prefiero que no me hables de esa manera.» «Hoy necesito descansar.» «No estoy disponible fuera de mi horario laboral.» «No me siento cómodo con esa situación.» No es necesario justificar cada decisión con largas explicaciones. En muchas ocasiones, una respuesta breve y amable resulta suficiente. ¿Qué ocurre cuando alguien no respeta nuestros límites? No todas las personas reaccionan bien cuando empezamos a poner límites. Algunas pueden molestarse porque estaban acostumbradas a que siempre accediéramos a sus demandas. Esto no significa que estemos actuando mal. De hecho, una reacción

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Entrevista al Dr. Gonzalo Muñoz Neurólogo Adultos en Chile

La migraña y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) han sido considerados durante años dos problemas de salud independientes. Sin embargo, la investigación más reciente está revelando que ambas condiciones comparten mucho más de lo que se pensaba, desde determinados mecanismos cerebrales hasta factores ambientales que pueden favorecer su aparición y mantenimiento. Comprender esta relación no solo permite realizar diagnósticos más precisos, sino también ofrecer un abordaje integral que mejore la calidad de vida de quienes conviven con ambas. En esta entrevista, el Dr. Gonzalo Muñoz Muñoz, neurólogo de adultos de Clínica Las Condes (Chile), analiza la evidencia científica actual, desmonta algunos de los mitos más extendidos y explica cómo la interacción entre migraña y TDAH está cambiando la forma de entender y tratar estas dos condiciones neurológicas. Durante años se ha considerado que el dolor de cabeza y el TDAH eran problemas independientes, pero ¿qué cambios en la investigación y en la práctica clínica le han llevado a pensar que existe una relación mucho más estrecha de lo que imaginábamos y qué implicaciones tiene esto para los pacientes? Durante mucho tiempo se estudiaron como enfermedades completamente distintas. Sin embargo, en los últimos años han aparecido estudios epidemiológicos muy sólidos que muestran que las personas con TDAH presentan una prevalencia significativamente mayor de migraña que la población general. Además, en consulta es muy frecuente encontrar pacientes con ambas condiciones. (y creo que cada vez lo he ido preguntando y evaluando más en los pacientes). Hoy sabemos que probablemente comparten mecanismos biológicos, como alteraciones en redes cerebrales relacionadas con la regulación de la atención, la modulación del dolor y neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina. Pero por sobre todo, comparten factores ambientales como la privación de sueño, el estrés y la dificultad para mantener hábitos regulares. La principal implicancia es que ya no basta con tratar únicamente el dolor de cabeza. Si el TDAH no se identifica, es posible que el paciente siga teniendo crisis frecuentes pese a recibir un buen tratamiento para la migraña. Cuando una persona con TDAH acude a consulta por migrañas recurrentes, ¿qué señales le hacen sospechar que el trastorno del neurodesarrollo puede estar influyendo directamente en la frecuencia, intensidad o evolución de esas cefaleas? Más que la intensidad del dolor, observo el contexto en que aparecen las crisis. Pacientes que duermen a horarios muy irregulares, olvidan comer durante horas, trabajan bajo hiperfoco, consumen exceso de cafeína o viven con una sensación permanente de saturación mental. También me llama la atención cuando las migrañas empeoran durante periodos de alta demanda cognitiva o cuando el paciente refiere que «no logra desconectar nunca». En muchos casos, al explorar la historia aparecen síntomas de TDAH presentes desde la infancia que nunca habían sido diagnosticados. ¿Hasta qué punto la sobrecarga sensorial que muchas personas con TDAH experimentan a diario puede convertirse en un desencadenante silencioso de migrañas o cefaleas tensionales y cómo puede aprender el paciente a identificar ese patrón? La sobrecarga sensorial probablemente es uno de los factores menos reconocidos. Muchas personas con TDAH pasan horas expuestas a ruido, pantallas, múltiples conversaciones o ambientes muy demandantes sin darse cuenta del esfuerzo que supone para su cerebro. No significa que el ruido provoque directamente la migraña, pero sí aumenta el nivel de estrés fisiológico y reduce el umbral para desarrollar una crisis. Un diario de cefaleas suele ser muy útil (algunos lo hacen en aplicaciones o en papel). Muchas veces el paciente descubre que sus crisis aparecen tras jornadas especialmente caóticas más que por un alimento concreto. Identificar este patrón permite intervenir antes de que aparezca el dolor. En consulta, ¿ha observado diferencias en la forma en que describen el dolor las personas con TDAH respecto a quienes no presentan este trastorno, y qué le enseñan esas diferencias sobre el funcionamiento del cerebro? Sí. Muchas personas con TDAH describen el dolor como una experiencia que invade completamente su capacidad de pensar y funcionar. Les cuesta «poner el dolor en segundo plano», especialmente cuando existe una alta sensibilidad sensorial o emocional. También suelen referir mayor dificultad para anticipar desencadenantes y para mantener estrategias preventivas de forma consistente. Esto refleja que el dolor no depende únicamente de la intensidad del estímulo, sino también de cómo el cerebro procesa la atención, la regulación emocional y la información sensorial. Muchos adultos descubren que tienen TDAH después de años consultando únicamente por dolores de cabeza. ¿Qué errores diagnósticos siguen siendo frecuentes y qué preguntas cree que ningún profesional debería dejar de hacer en estos casos? El error más frecuente es atribuir todos los síntomas al estrés o a la ansiedad sin explorar si existe un trastorno del neurodesarrollo de base. Siempre pregunto si desde la infancia existían dificultades para concentrarse, terminar tareas, organizarse, controlar impulsos o gestionar el tiempo. También pregunto por el rendimiento escolar, la historia laboral y antecedentes familiares de TDAH. El diagnóstico del TDAH es clínico y longitudinal; no aparece de un día para otro en la adultez. Además creo que es extremadamente importante realizar un adecuado tratamiento de la migraña porque esta enfermedad tiene muchos síntomas cognitivos asociados y que no solo aparecen en el momento del dolor. ¿Cómo influye la desregulación emocional característica del TDAH en la percepción del dolor y por qué dos personas con una cefalea similar pueden vivir experiencias completamente diferentes? El cerebro no procesa el dolor de forma aislada. La ansiedad, la frustración, la fatiga mental y la regulación emocional modifican la experiencia dolorosa. En el TDAH existe una mayor dificultad para modular estas respuestas. Eso puede hacer que una misma migraña tenga un impacto funcional mucho mayor que en otra persona. No significa que «les duela más porque sean más sensibles», sino que el procesamiento cerebral del dolor es diferente. ¿Considera que el tratamiento eficaz del TDAH puede reducir indirectamente la aparición de migrañas al mejorar hábitos como el sueño, la organización, la alimentación o el manejo del estrés, incluso sin actuar específicamente sobre el dolor? Sí, y es algo que

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Entrevista a Raquel Córdoba psicóloga especializada en trauma y apego

En esta entrevista converso con Raquel Córdoba, psicóloga especializada en trauma, sobre algunos de los grandes retos de la salud mental en la actualidad: la importancia de comprender nuestra historia personal antes de intentar cambiarla, los tiempos que requiere un proceso terapéutico, los mecanismos de protección que desarrollamos para sobrevivir, el impacto de las redes sociales en la divulgación psicológica y la necesidad de desterrar mitos y etiquetas que dificultan el verdadero autoconocimiento. Con una mirada cercana, rigurosa y profundamente humana, reflexiona sobre el papel de la psicoterapia como un espacio seguro desde el que comprender el sufrimiento, favorecer el crecimiento personal y recordar que el cambio es posible cuando existe acompañamiento, compromiso y respeto por el proceso de cada persona. Raquel tu propia historia personal ha influido en la forma en que entiendes la psicoterapia. ¿Cómo consigues que esa experiencia vital enriquezca tu trabajo sin que interfiera en el proceso terapéutico de las personas que acompañas? Creo que mi historia personal ha sido, sin duda, una parte muy importante de la profesional que soy hoy. De hecho, cuando terminé la carrera de Psicología no me dediqué directamente a la consulta. Pasé varios años trabajando en el ámbito de los Recursos Humanos, posteriormente en comunicación y también como docente en un posgrado relacionado con la psicología. Siempre estuve cerca de esta profesión, pero todavía no era el momento de ejercerla desde la clínica. Hubo una etapa de mi vida en la que toqué fondo. Fue un momento de inflexión muy importante en el que tuve la enorme suerte de encontrar profesionales que supieron acompañarme y sostenerme. Gracias a ese proceso terapéutico pude reconstruirme, comprender mi propia historia y descubrir el profundo poder reparador que puede tener una relación terapéutica cuando se establece desde el respeto, la seguridad y la humanidad. Fue entonces cuando decidí emprender el camino que hoy me ha traído hasta aquí. Entendí que quería dedicar mi vida a acompañar a otras personas a comprender su historia, aliviar su sufrimiento y construir una vida más en paz consigo mismas. Mi experiencia personal me permite conectar con mucho respeto y sensibilidad con el dolor ajeno, pero nunca doy por hecho que la historia de quien tengo delante es igual que la mía. Cada persona es única y vive el sufrimiento de una forma distinta. Precisamente por eso considero imprescindible mantener una formación continua, realizar supervisión clínica y seguir cuidando mi propio proceso terapéutico. Esa es la manera de asegurar que mi historia aporte empatía y comprensión, pero nunca interfiera en el proceso de la persona que acompaño. Si hay algo que mi propia historia me ha enseñado es que nadie necesita que le digan cómo debe vivir su proceso; lo que necesita es un espacio seguro en el que poder descubrirlo por sí mismo. Para mí, ese es el verdadero papel de la psicoterapia y el que intento ofrecer cada día en consulta. Muchas personas llegan a consulta convencidas de que tienen un problema concreto, pero descubren que el origen es muy diferente. ¿Cuál ha sido el aprendizaje más sorprendente que te ha dejado ese contraste entre lo que el paciente cree necesitar y lo que realmente necesita? Cada persona necesita sus propios tiempos, y precisamente por eso me gusta hablar de lo que sucede en consulta como un «proceso terapéutico». Entiendo la intervención psicoterapéutica como un baile en el que hemos de acompañarnos sin correr, prestando mucha atención y respetando los tiempos de cada paciente. Muchas veces, las personas llegan a consulta con una idea muy clara sobre cuál es su problema. Sin embargo, desde nuestro conocimiento como psicólogos, nuestra función es tratar de ver más allá y ayudarles a comprender e identificar no solo qué les sucede, sino también en qué momento pudo originarse y qué es lo que, a día de hoy, puede estar manteniendo ese malestar. Por eso, aunque los pacientes pueden tener una idea muy clara de lo que les sucede, a veces encuentran dificultades para poder trascenderlo. Me gusta pensar que nosotros somos una especie de limpiadores y ordenadores de la mente: ayudamos a arrojar luz sobre aquellos huecos en los que hay mucha sombra y cuyo contenido todavía desconocemos. A partir de ahí, organizamos una intervención a medida, adaptada a lo que necesita cada persona, para acompañarla en la consecución de sus objetivos terapéuticos. En una sociedad que busca soluciones rápidas, ¿cómo ayudas a una persona a aceptar que sanar una herida emocional profunda requiere tiempo, paciencia y, en ocasiones, atravesar momentos incómodos? No todo el mundo está dispuesto a pasar por ello, algo que me parece totalmente lícito. Desde el contexto terapéutico, explicamos cómo funciona este proceso y los retos que puede conllevar, así como los riesgos que puede tener continuar tapando lo sucedido y bloqueando todo aquello que hay debajo de la experiencia. A partir de ahí, es cada persona quien decide hasta dónde quiere llegar y cuál es el momento adecuado para hacerlo, respetando siempre sus propios tiempos y decisiones. Hablas con frecuencia de comprender la historia personal antes de intentar cambiarla. ¿Crees que vivimos en una cultura demasiado centrada en eliminar síntomas y poco interesada en escuchar el mensaje que esos síntomas intentan transmitir? Totalmente, y es algo que veo mucho en mis sesiones, sobre todo al inicio. La desesperanza y el malestar nos generan mucha incomodidad. Tanta, que queremos quitárnoslos de encima cuanto antes. Creo que en esto ha influido mucho la sociedad en la que vivimos, en la que queremos todo de forma inmediata y nos hemos olvidado de cultivar la paciencia. Hoy en día tenemos casi todo a nuestro alcance con un solo clic, y pensamos que con nuestros problemas podemos hacer lo mismo. Pero no existen recetas mágicas ni herramientas emocionales que nos permitan hacer desaparecer el malestar en cuestión de segundos. Hay algo que siempre digo: si eso que te produce tanto malestar lleva instalado en ti tantos años de tu vida, ¿qué te hace pensar que en un par de sesiones

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