Las claves que te ayudarán a encontrar la felicidad

Perdonarnos hechos del pasado

Muchas personas conservan en su mente imágenes y comentarios de situaciones poco afortunadas vividas a lo largo de los años. En algunos casos, se tratará de episodios en los que alguien les llamaba la atención por algo que supuestamente habían hecho mal. En otros momentos, revivirán situaciones en las que se sintieron tratados de forma injusta y heridos en lo más profundo de su ser. Lo habitual es que la intensidad del dolor sea proporcional a la edad que tuviéramos cuando ocurrieron esos hechos y a la etapa vital que transitáramos.

En la infancia, nuestro bienestar y nuestra seguridad dependen de nuestros progenitores y de las principales personas de referencia de nuestra vida. Algo parecido ocurre con nuestros estados emocionales. Si nos sentimos fuertes, los acontecimientos nos influirán menos que si estamos atravesando una etapa de debilidad.

También nuestro carácter desempeñará un papel determinante. No es lo mismo el niño que presenta un temperamento muy débil y muy dependiente del entorno desde que nace, que el típico niño que se muestra muy seguro desde bebé. De pequeños tenemos pocas defensas y asumimos lo que nos dicen. Esas vivencias, acumuladas a lo largo de los años, terminan condicionando nuestra vida. El entorno cultural y religioso también será determinante.

Si nos educaron para aceptar todo lo que nos decían, sin posibilidad de razonamiento o validación, nuestro espíritu crítico quedó poco desarrollado por no decir anulado y lejos de aprender a perdonar y perdonarnos, cada día nos empujaron a sentirnos más inseguros y más débiles. Esa educación es la responsable de que nos cueste tanto perdonarnos. Esa educación es la que ha hecho que infinidad de personas no sepan quererse, ni valorarse. Personas que se han quedado “pequeñas” y que no han sabido crecer ante las dificultades.

Por el contrario, si desde el principio nuestra educación estuvo basada en una serie de valores, en los que primaba que los niños aprendieran a escuchar, a observar, a pensar, analizar y valorar todo lo que ocurría a su alrededor, el resultado habrá sido muy distinto. Habrá favorecido el desarrollo de personas que se sentirán libres para pensar y seguras para adoptar sus propias decisiones. Personas generosas que habrán aprendido a perdonarse y a perdonar, sin dejarse manipular

El resultado de esa educación serán niños, jóvenes y adultos con criterio propio, con espíritu crítico propio, con espíritu crítico, con capacidad para poder analizar con objetividad y juzgar con criterio propio. Esas personas habrán aprendido la importancia de perdonar y perdonarse. Perdonar sin claudicar de sus principios y perdonarse sin provocar su inseguridad, ni potenciar sus miedos.

La principal clave estará en que nos cuesta mucho perdonarnos porque, en algún momento de nuestro desarrollo, no nos enseñaron que detrás de un error casi siempre hay una posibilidad de rectificación, que la equivocación puede ayudarnos a ver el aprendizaje que estaba oculto y que es la confianza la que genera seguridad, mientras que el miedo nos lleva a la debilidad y al fracaso.

En definitiva, ¡aprendamos a perdonarnos hechos del pasado! Si nos arrepentimos de algo que hemos vivido, no nos bloqueemos dándole vueltas y vueltas. Por mucho que lo hagamos, no seremos capaces de cambiar la historia de lo ocurrido. Lo que sí que podemos hacer es reflexionar sobre los hechos, aprender las enseñanzas que encierran, asumir nuestra responsabilidad, perdonarnos por aquello que hoy nos gustaría que no hubiera pasado y, si aun podemos hacer algo por repararlo ¡hacerlo! Lo que no tiene sentido es que “paremos nuestra vida” y no nos perdonemos hechos sobre los que ya es imposible hacer nada en el presente por subsanarlos o compensarlos.

Muchas personas se sienten responsables de lo que ocurre a su alrededor y muchos padres sufren y se sienten culpables de lo que hacen sus hijos o de lo que omiten; culpables de la agresividad que pueden tener o de la falta de control que manifiestan; culpables del fracaso que sufren en los estudios o de la falta de esfuerzo y motivación que padecen. Culpables, en suma, de sentirse impotentes ante la problemática que muestran sus hijos.

Los padres por mucho que lo intenten, no pueden controlar todas las variables, fuentes de información y circunstancias que rodean a sus hijos. Es cierto que el estilo educativo de los progenitores condiciona bastante la forma de ser y actuar de los hijos, pero también es una realidad que, en algunos casos y con determinados vástagos, su influencia es menor.

A veces ocurre que dos hermanos, incluso dos gemelos monocigóticos, que han compartido útero materno, que tienen la misma carga genética, que nacen a la vez, escuchan y viven las mismas experiencias con sus padres, pueden tener caracteres muy diferentes. Uno de ellos llega a ser un ejemplo de sensibilidad, reflexión y generosidad, mientras que el otro, por el contrario, puede manifestar conductas agresivas, hostiles y egoístas.

Es lógico que un padre se sienta preocupado y disgustada ante ciertas conductas y actitudes de su hijo con las que no se identifica; pero una cosa es no compartir la forma de actuar de su vástago y otra muy distinta es sentirse culpable y responsable de sus pensamientos y actuaciones. Cuando algo de nuestros hijos nos preocupa, intentaremos analizar los hechos con objetividad y si nos sentimos desbordados pediremos ayuda profesional. Pero una cosa es pedir ayuda, y otra dejarnos lleva por una culpabilidad que nos hunde y nos debilita.

Ser nuestros mejores amigos

El concepto de amistad es bastante subjetivo, pero la mayoría de las personas coinciden en que amistad es un regalo único e impagable. Los amigos son clave para que las personas se sientan valoradas, reconocidas, apoyadas, acompañadas, mimadas y queridas.

Los amigos auténticos, los de verdad, son generosos y disfrutan ayudando a las personas que quieren y aprecian. Los amigos, con mayúsculas, no pasan factura ni nos reclaman que les compensemos por los esfuerzos y su entrega.

Uno de los principales elementos que dificultad esa amistad interna es el sentimiento de culpabilidad. Con frecuencia nos culpamos por lo que hicimos o dejamos de hacer; por nuestras emociones, actos, hechos, imperfecciones y fallos.

A las personas escépticas les formularia tres preguntas:

  • ¿Hay alguna razón de peso que nos prohibida ser nuestros mejores amigos?
  • ¿Hay algún error que nunca deba ser perdonado?
  • ¿Existe algún obstáculo que nos impida querernos?

 

(información extraída de Las 3 claves de la felicidad : perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida / M.ª Jesús Álava Reyes, 2014)

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