¿Cómo es un ataque de pánico y cuánto dura?

Llamamos crisis o ataque de pánico, siguiendo los criterios del DSM-IV-TR de la American Psychiatric Association, a la aparición repentina de un miedo intenso seguido de una serie de síntomas, de los cuales el sujeto debe tener un mínimo de cuatro para serle diagnosticado. La definición que el DSM-IV-TR hace de la crisis de pánico es la siguiente:

“La característica principal de una crisis de angustia es la aparición aislada y temporal de miedo o malestar de carácter intenso, que se acompaña de al menos de un total de trece síntomas somáticos o cognoscitivos. La crisis se inicia de forma brusca y alcanza su máxima expresión con rapidez (habitualmente en 10 minutos o menos), acompañándose a menudo de una sensación de peligro o de muerte inminente y de una urgente necesidad de escapar”. Los trece síntomas somáticos o cognoscitivos vienen constituidos por:

    1. Palpitaciones o taquicardia
    2. Sudoración
    3. Temblores o sacudidas
    4. Sensación de ahogo
    5. Sensación de atragantamiento
    6. Opresión o malestar torácico
    7. Náuseas o molestias abdominales
    8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo
    9. Desrealización o despersonalización
    10. Miedo a volverse loco o descontrolarse
    11. Miedo a morir
    12. Parentesias (hormigueos o entumecimientos)
    13. Escalofríos o sofocaciones

De igual forma, si seguimos las pautas de diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS), definimos el ataque de pánico como:

“La presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave (pánico) no limitadas en ninguna situación o conjunto de circunstancias particulares. Son por tanto imprevisibles. Como en otros trastornos de ansiedad, los síntomas predominantes varían de un caso a otro, pero es frecuente la aparición repentina de palpitaciones, dolor precordial, sensación de asfixia, mareo o vértigo y sensación de irrealidad. Casi constantemente hay un temor secundario a morirse, a perder el control o a enloquecer. Cada crisis suele durar solo unos minutos, pero también puede persistir más tiempo. Tanto en la frecuencia como el curso del trastorno, que predomina en mujeres, son bastante variables. A menudo el miedo y los síntomas vegetativos del ataque van creciendo de tal manera que los que los padecen terminan por salir, escapar de donde se encuentran. Si esto tiene lugar en una situación concreta, por ejemplo, en un autobús o en una multitud, el enfermo puede en el futuro tratar de evitar esa situación. Del mismo modo, frecuentes e imprevisibles ataques de pánico llevan a tener miedo a estar solo o ir a sitios públicos. Un ataque de pánico a menudo se sigue de un miedo persistente a tener otro ataque de pánico”.

Es conveniente (por parte del autor) transmitir las premisas que necesitas conocer sobre los ataques de pánico, teniendo en cuenta nuestra forma de entender la enfermedad y la salud:

  • Un ataque de pánico es un aviso, una comunicación que nos indica que las estructuras más arraigadas de nuestra supervivencia están en crisis
  • Con el ataque de pánico, advertimos que vivimos en situación de carencia en los afectos que desde muy temprana edad nos indican que estamos a salvo
  • El ADN de nuestra estabilidad se encuentra en los distintos tipos de amor que necesitamos para vivir sintiéndonos seguros
  • El ataque de pánico se refiere a una fisura en estos pilares que nos contienen y nos dan confianza
  • Esta base emotiva desencadena bioquímicas propias de situaciones de emergencia, que nos conducen hacia reacciones súbitas de alarma y amenaza
  • La solución no la encontramos en el dominio del entorno, para poder salir seguros al exterior, es necesario que en nuestro mundo emocional todas las piezas estén colocadas, y nuestros apegos, interiorizados.

Este libro quiere ayudar a cambiar la forma de afrontar una situación que seguro podemos nombrar de crisis vital. Por lo tanto, lo primero que tenemos que tener en cuenta, tanto si hemos padecido crisis de pánico como si no, es que aquellas personas que son capaces de solucionar el entramado que les hace padecerlas son posteriormente mucho más sanas y más conocedoras de su psiquismo y por qué no, después están mejor conectadas con el universo exterior con el que conviven, prueba de ello es saber decir que “no” con mayor seguridad y saben decir más veces que “sí” a más cosas de su vida.

Tras un ataque de pánico, hay un antes y un después. La vida tras una crisis de este tipo siempre es distinta, para bien o para mal ya no es la misma; eso sí, el después no tiene por qué ser negativo si sabes entender el mensaje. Un ataque de pánico son muchos mensajes y todos ellos tienen un denominador común “tu vida ha llegado a un punto de inflexión, a un punto y aparte”. Algo tienes que cambiar. En consecuencia, debes realizar cambios en la forma de relacionarte con tu entorno y sobre todo contigo mismo. Lo único que te sacará de esa sensación de amenaza permanente y por consiguiente de estar bajo peligro vital será:

  • Entender el mensaje
  • Saber cambiar todo aquello que te ha hecho hasta hoy ser no solo dependiente sino incapaz de ser autónomo
  • Darte cuenta de que detrás de un ataque de pánico hay un fallo en el sistema y solo entendiendo el sistema podrás encontrar la solución
  • Somos un sistema de sistemas:
    • Biológico: átomo, molécula, macromolecular, organela, célula, tejido, órgano
    • Psicológico: emocional, cognitivo, conductual
    • Social: pareja, familia, grupo, sociedad, cultura
    • Y sobre todo comunicacional-relacional como la integración de los sistemas anteriores y como escenario en los que éstos se representan.

De esta forma, el ataque de pánico nos indica que el sistema de sistemas identifica que nos encontramos ante una amenaza vital, algo ocurre en alguno de estos sistemas que influye de forma esencial en nuestro sistema global. Como mamíferos, estamos programados con mecanismos de defensa, de tal forma que ante situaciones de peligro vital éstos se disparan para conseguir una respuesta tanto física como psicológica que nos ayude a escapar, y a sobrevivir. De esta forma ante un incendio, un animal que nos ataca, una enfermedad, etc., estamos programados para desarrollar una serie de cambios químicos, psicológicos y sociales que nos ayuden a salir airosos.

No obstante, ante un peligro evidente: ataque de un animal, incendio, accidente, enfermedad, la reacción del que lo padece y de aquellos que conviven con él es de lucha contra el agente o la situación amenazante y en esta lucha saber huir en ocasiones es una buena forma de afrontamiento. En estas situaciones nunca se cuestionará una respuesta de miedo o de evitación. Una situación de peligro vital evidente como la que estamos describiendo puede producir un cuadro de estrés postraumático, pero el sujeto sabe que ha vivido una situación de peligro real y en este caso no evaluará esta vivencia como baladí, y lo más importante, el entorno admitirá y entenderá que la reacción de miedo y la secuela traumática existan.

Sin embargo, en las crisis de ansiedad, tanto la percepción de quien la padece como la de aquellos que conviven con él son distintas. Es habitual encontrar en el entorno del sujeto la permanente creencia de que la respuesta es inapropiada y en muchos casos incoherente, lo que le valdrá la etiqueta de persona débil, que quiere obtener beneficios de atención, o simplemente padece un infantilismo psicológico inapropiado. En definitiva, no se comprende que el sujeto pueda tener una respuesta de tal intensidad ante aparentemente una situación benigna o normal para el resto de los mortales. Por otra parte, el sujeto que lo padece también hace una interpretación de la situación distinta de quien reacciona ante una amenaza tangible. Es bastante habitual que el sujeto crea que lo que le ocurre es propio de una crisis cardiaca, un ataque de asfixia, que se está volviendo loco y está perdiendo el control o que tiene un ataque repentino de diarrea, por algo que ha comido y le ha sentado mal o causa de una intoxicación. Además, queda condicionado a las situaciones en las que se han producido las crisis, de forma que muchas de las cosas que estaba haciendo en ese momento no pueda volver a realizarlas, por miedo a que sea la situación en sí la que produce la crisis. De esta forma encontramos a personas que no pueden quedarse solos, que no pueden salir a la calle, que no pueden viajar en autobús, avión o en tren, que no pueden entrar en lugares donde sea difícil escapar o donde, si sucede la crisis, puedan sentirse observados o no atendidos. En definitiva, el sujeto queda encarcelado ante un miedo especial “miedo a tener miedo”, en muchas ocasiones sin saber a qué tiene miedo realmente y a qué se enfrenta, lo que le lleva a entrar en una espiral en la que simplemente todo aquello que anticipa como propicio para desencadenar una crisis lo evita, aunque con ello desequilibre o pueda perder su vida laboral, familiar y personal.

Y ésta es una de las paradojas de aquel que padece crisis de ansiedad: no solo sufre las crisis, sino que además suele entrar en un mundo de incomprensión y no únicamente por parte de aquellos que le rodean sino también por él mismo, hacia sí. Padeceré crisis de ansiedad implica tener que controlar cada uno de los movimientos cotidianos y el de aquellos que le dan seguridad, además de intentar fingir de cara a los demás que no pasa nada, para que así no se le considere bicho raro.

¿Qué ocurre en un sujeto para tener un ataque de ansiedad? El sistema global de defensa detecta un peligro o amenaza difícil de entender en muchas ocasiones por la lógica racional de aquellos que conviven con quien lo padece, ya que desde la perspectiva racional es un peligro inexistente o absurdo; pero el cerebro del paciente lo vive como tal. El sujeto que vive este tipo de crisis tiene la misma percepción de amenaza que la persona enfrentada a una amenaza tangible. Solo que esa amenaza sucede en un sistema alejado del intelecto y cercano al vigilante permanente de nuestra seguridad global. Habitualmente el sujeto puede pasar mucho tiempo sin percatarse de que realmente lo que le ocurre es que su cerebro vive en una situación de amenaza vital y que todas las sensaciones que tiene no se deben a una crisis cardiaca o a una pérdida de cordura, sino que es la misma sensación que se tendría ante una situación de peligro real. Es en este momento cuando se produce la espiral viciosa que destruye la vida del sujeto, ya que intenta evitar situaciones externas y se expone cada vez menos a situaciones sociales, sin darse cuenta de que la amenaza no es externa sino que realmente está dentro de él, bien por fallos del metabolismo cerebral, bien por estar viviendo una situación psicológica que es interpretada como amenazante en su cerebro y que al final engatilla la química de pánico, la cual pretende activar todas las defensas para poder sobrevivir a la situación amenazante. Es aquí donde aparece un segundo nivel de amenaza, una amenaza para nuestra inteligencia, para nuestra forma de entender la vida desde la razón y desde la lógica, analítica y formal. La razón justifica de forma equivocada y amenazante lo que vive en estas situaciones y este segundo umbral de amenaza es en la mayoría de ocasiones lo primero que tenemos que tratar. El sujeto no entiende lo que le pasa, pero percibe que algo grave le sucede, interpreta que padece una enfermedad o accidente físico y, sin embargo, su organismo está intacto. Esta situación ilógica debe ser encarada desde la lógica del pánico y nunca desde la lógica racional. Intervenir en el pie si lo que tenemos dañado es la cabeza no será buena solución. La amenaza se produce sobre nuestra lógica emocional o biológica y el sujeto intenta resolverlo desde la lógica racional o inteligente de tal forma que la solución suele convertirse en el problema. No matemos al mensajero, no despreciemos esa oportunidad para cambiar aquello que nos hace vivir en la dependencia. Pero para que saques este beneficio de esta situación vital, debes ampliar tu capacidad de conectar con tu interior, con ese universo que normalmente no se tiene en cuenta y que está ahí dentro decidiendo más de lo que imaginas y tanto como lo que puedes sentir.

Batenson definió cambio como “la diferencia que establece una diferencia”. El cambio terapéutico necesita de una posición diferente del paciente para encontrar la solución. Esa diferencia debe comenzar por entender lo que nos comunica el ataque de pánico y después realizar los cambios oportunos indicando al cerebro, que se siente amenazado, que está seguro. ¿Hay mejor meta en el tratamiento psicológico?

(extraído de SOS… tengo miedo a tener miedo: crisis de pánico, fobofobia y agorafobia del siglo XXI, Roberto Aguado Romo, 2009)

 

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