Esta entrevista aborda, desde una perspectiva cercana y divulgativa, algunos de los principales retos relacionados con la salud mental en la sociedad actual: la sobreinformación y el sobrediagnóstico, la importancia de pedir ayuda profesional, el impacto de la productividad y el piloto automático, la terapia online, la autoestima, los límites personales, la gestión del sufrimiento y la incertidumbre, la autoexigencia y las señales de alerta emocional. A lo largo de sus respuestas María Bernardo, se plantea la necesidad de comprender el bienestar psicológico de una forma más realista, alejándolo de soluciones rápidas y de la exigencia de estar bien constantemente, y poniendo el foco en el autoconocimiento, el contexto, la prevención y el cuidado tanto de quienes reciben acompañamiento como de los propios profesionales de la salud mental.
Vivimos en una época en la que muchas personas conocen términos psicológicos gracias a las redes sociales, pero también pueden acabar interpretando cualquier comportamiento cotidiano como un síntoma o un trastorno. ¿Dónde crees que está la frontera entre la divulgación psicológica que ayuda a comprenderse mejor y aquella que puede llevarnos a etiquetarnos innecesariamente? Considero que estamos en plena era de la sobreinformación, y eso nos obliga a hacer un trabajo que antes no hacía falta, que es desarrollar criterio para filtrar qué de todo lo que nos llega es útil y, sobre todo, veraz.
Para mí la línea roja está en varios sitios. Primero en creernos a «profesionales» que en realidad no están formados. En dejarnos arrastrar por la moda del sobrediagnóstico, que está haciendo mucho daño. Y en confundir el crecimiento personal con los juicios diagnósticos, que son cosas muy distintas aunque, a veces, se mezclan en el mismo vídeo.
Y luego hay algo que me parece clave, y es lo más incómodo de reconocer: solemos tragarnos sin cuestionar aquello que encaja con lo que ya creemos, o que nos ofrece un atajo rápido a un problema que en realidad es serio. Básicamente es creernos todo aquello que cuadra con nuestras creencias sin cuestionarlas o que nos ofrece atajos rápidos a problemas serios.
Hay personas que pasan años intentando solucionar por sí mismas aquello que les hace sufrir porque consideran que pedir ayuda significa no ser capaces de afrontar la vida. ¿Qué mecanismos psicológicos hay detrás de esa resistencia a pedir ayuda y qué tendría que cambiar en nuestra manera de entender la terapia para que acudir a un profesional se percibiera también como una forma de prevención? Precisamente eso, esperamos a pedir ayuda cuando el malestar ya es insostenible, porque en el fondo no entendemos que ese malestar no tendría que estar ahí.
Con el cuerpo lo tenemos clarísimo. Nadie asume que una rodilla te duela dos años seguidos, ni que tengas dolor de cabeza cada mañana durante meses; vas al médico, te tomas lo que te manden y punto. Pero si llevas meses sin dormir por la ansiedad, o años sin querer salir de casa, parece que es algo que estás eligiendo tú, o que tendrías que poder resolver a base de fuerza de voluntad.
Es algo en lo que hago mucho hincapié con mis pacientes, y creo que resume bastante bien el cambio de mirada que necesitamos. Tener la responsabilidad de ponerte bien no significa que seas responsable de haberte puesto mal.
En una sociedad que premia constantemente la productividad, la rapidez y la capacidad de estar disponible para todo, ¿qué consecuencias observas en las personas que han aprendido a funcionar siempre al límite pero han dejado de preguntarse cómo se encuentran realmente? ¿Puede llegar un momento en el que funcionar aparentemente bien sea precisamente una señal de que algo necesita ser revisado? Exactamente. Se premia ser productivo, llegar a todo, ser ambicioso… cueste lo que cueste.
Y aprender a funcionar en automático tiene, para mí, dos grandes reforzadores. El primero es social, está tan bien visto que los demás solo van a mirar lo lejos que llegas, no cómo estás llegando. Y el segundo es más íntimo, y creo que es el que más pesa a nivel personal; cuando vives en piloto automático, entras en un circuito de evitación que te permite no conectar con tus emociones negativas. Es decir, no parar. Porque parar significaría sentir todo aquello que llevas tiempo esquivando.
Por eso me gusta insistir mucho con mis pacientes en la idea de que funcionar no es lo mismo que estar bien. De hecho, muchas veces funcionar demasiado bien es la primera señal de que algo por dentro está pidiendo que lo mires.
La terapia online ha cambiado la manera en la que muchas personas acceden a la atención psicológica. Desde tu experiencia, ¿qué aspectos de una sesión pueden cambiar cuando el encuentro terapéutico sucede desde el hogar del paciente y cuáles permanecen exactamente igual porque dependen, sobre todo, del vínculo que se construye entre profesional y paciente? La verdad es que la terapia online tiene muchas menos diferencias con la presencial de las que la gente se imagina. Muchos pacientes llegan pensando que les va a costar conectar con el psicólogo a través de una pantalla, y no es así. El vínculo se trabaja exactamente igual, y los profesionales sabemos perfectamente cómo construirlo también en la distancia.
Es más, en bastantes casos, los pacientes se sienten incluso más cómodos, porque están haciendo terapia desde su lugar seguro. En su casa, con su taza de café, con los pantalones del pijama puestos, y esa cercanía suma mucho más a la terapia que ver al psicólogo sentado al otro lado de una mesa.
Para mí el gran cambio positivo de la terapia online es la adaptabilidad. No tener que desplazarte, no tener que cuadrarlo con mil malabares en la agenda, hace que el compromiso terapéutico sea mucho más sostenible. Es muy difícil priorizar la terapia cuando el simple hecho de ir ya se convierte en una tarea más del día que hay que resolver.
A menudo hablamos de autoestima como si fuera una característica que una persona tiene o no tiene, pero nuestra percepción de nosotros mismos puede cambiar mucho dependiendo de las experiencias que atravesamos. ¿Cómo se construye realmente una autoestima estable y qué errores solemos cometer cuando intentamos mejorarla únicamente mediante pensamientos positivos? Construir la autoestima es un proceso largo, pero muy enriquecedor, que en realidad todos hacemos a lo largo de toda la vida.
Para explicarlo bien me parece importante distinguir dos cosas que solemos mezclar, que son el autoconcepto y autoestima. El autoconcepto es la versión «objetiva» de nosotros mismos: “soy bajita, habladora, cabezota.” Y todas esas características no las hemos descubierto solos, muchas nos las ha ido enseñando nuestro entorno. La autoestima, en cambio, es la valoración “subjetiva” que hacemos de esas características. Ser bajita me puede dar igual, o puede ser algo que me avergüence. Ser cabezota lo puedo vivir como un defecto enorme, o puedo entenderlo como que soy muy persistente.
Por eso creo que aquí está uno de los grandes malentendidos, tener buena autoestima no consiste en pensar que eres maravillosa. Consiste en tener una versión realista de ti misma y quererte con todo lo bueno y lo malo que tienes. Igual que queremos a la gente de nuestro entorno, a nuestra pareja, a nuestros padres, a nuestros amigos… sabiendo perfectamente que tienen defectos. Tener buena autoestima es, en el fondo, ser capaz de quererte con incondicionalidad.
Hay personas que aparentemente tienen una vida que funciona, mantienen sus responsabilidades y cumplen con todo lo que se espera de ellas, pero internamente sienten desconexión, vacío o falta de ilusión. ¿Cómo puede distinguirse ese malestar silencioso de una simple etapa de cansancio y qué importancia tiene aprender a escuchar esas señales antes de que se intensifiquen? Como bien dices, es muy importante distinguir entre una mala racha (algo natural, que todos vamos a atravesar en algún momento de la vida) y estar realmente mal.
Para diferenciarlo yo suelo fijarme en tres factores. La causa, la dimensión del malestar y las herramientas que la persona está poniendo en marcha.
Pongamos un ejemplo, me han despedido hace dos semanas. La dimensión del malestar es acorde a lo que ha pasado si estoy triste y preocupada por encontrar un trabajo nuevo. Las herramientas que estoy usando son adecuadas cuando hablo con mi entorno buscando apoyo, intento no quedarme encerrada en casa aunque esté baja de ánimo, me he puesto como objetivo actualizar el CV esta semana… Entonces podemos entender que lo que siento está ajustado a mi realidad y que sigo teniendo recursos para funcionar. Eso es un bache, y los baches se atraviesan.
Ahora bien, cuando el malestar es desproporcionado, cuando no sabemos muy bien de dónde viene, cuando se alarga en el tiempo y, sobre todo, cuando ya no estamos siendo capaces de poner en marcha ninguna estrategia para sentirnos un poco mejor… ahí es donde hay que parar y darle importancia. Porque intervenir en ese momento es mucho más sencillo, y sobre todo mucho más amable, que hacerlo cuando la cosa ya ha ido a más.
En las relaciones personales existe una tensión constante entre cuidar a los demás y no abandonarnos a nosotros mismos. ¿Por qué a algunas personas les resulta tan difícil establecer límites incluso cuando saben que los necesitan y qué ocurre emocionalmente cuando empezamos a ponerlos después de muchos años acostumbrados a complacer? Encontrar ese punto intermedio entre cuidarse y cuidar a al entorno es complicadísimo, y por eso los límites son tan importantes en nuestras relaciones.
Pasa un poco lo mismo que hablábamos antes con la productividad. Igual que se premia el sobreesfuerzo y funcionar en piloto automático, se premia estar siempre disponible para los demás. Y en este punto creo que las mujeres, además, tenemos ese aprendizaje especialmente interiorizado. Nos han enseñado a ser complacientes, atentas, cuidadoras, generosas, empáticas, a anteponer siempre las necesidades del otro a las nuestras… y todo eso se refuerza socialmente muchísimo.
Cuando empezamos a poner límites para tener relaciones más sanas suelen pasar dos cosas. La primera, y la más bonita, es que las personas de tu alrededor lo entienden y la relación mejora enormemente. La segunda es más dolorosa, pero también muy reveladora, y es darte cuenta de que muchas de las relaciones que tenías se sostenían precisamente gracias a tu falta de límites.
Cuando una persona atraviesa una experiencia dolorosa, muchas veces intenta encontrar inmediatamente una explicación, una enseñanza o incluso algo positivo que sacar de ella. Desde la psicología, ¿es siempre necesario encontrar un sentido al sufrimiento o existen momentos en los que el primer paso para sanar consiste simplemente en permitirnos reconocer que algo nos ha dolido? No, para nada. Y creo, además, que es una creencia bastante peligrosa.
A veces, las cosas duelen y ya está. Nos pasa algo horrible que va a dejar cicatriz, y punto. Pensar que tenemos que sacarle una parte positiva o un aprendizaje a todo lo que nos ocurre es, en el fondo, una manera muy cruel de invalidar el malestar propio y el de los demás. Si me han despedido, si se ha muerto mi padre, si me han diagnosticado una enfermedad… no hay una parte positiva en nada de eso. Es normal, y es necesario, que me sienta mal, triste y angustiada.
A partir de ahí, claro que hay que tirar para delante y buscar la mejor manera de seguir con nuestra vida. Pero es que precisamente por eso yo confío tanto en las personas. El ser humano tiene una capacidad de resiliencia impresionante y no necesitamos engañarnos diciéndonos que algo no nos ha dolido para poder seguir adelante. Podemos hacer las dos cosas a la vez, reconocer el dolor y seguir caminando.
La incertidumbre forma parte de prácticamente todas las etapas importantes de la vida, pero hay personas que necesitan anticiparse constantemente a lo que puede suceder para sentirse seguras. ¿Qué relación existe entre la necesidad de control y el miedo a la incertidumbre, y cómo puede una persona empezar a tolerar aquello que no puede prever sin sentir que está perdiendo el control de su vida? No estamos acostumbrados a vivir con incertidumbre, sencillamente porque nuestro cerebro no está diseñado para eso. Estamos diseñados para sobrevivir, y eso implica anticiparnos constantemente a lo que va a venir a continuación. La buena noticia es que ya no vivimos en la selva y no hace falta estar todo el día en alerta, aunque nuestro cerebro siga creyendo que sí.
Para tolerar la incertidumbre, yo suelo trabajar dos ideas con mis pacientes.
La primera es aceptar que, inevitablemente, las cosas pueden salir mal. Por mucho que intentemos controlarlo, no podemos, y lo único que conseguimos con ese sobrecontrol es perder oportunidades de disfrutar del momento. Hagas lo que hagas, algo va a acabar saliendo mal en algún momento, y no vas a poder impedirlo.
La segunda, que para mí es la más potente, es mover ese control de sitio. Dejar de pensar que vas a poder controlarlo todo y empezar a pensar que, pase lo que pase, tienes las capacidades suficientes para resolverlo. Este cambio de perspectiva empodera muchísimo, porque no le estamos diciendo a nadie que deje de preocuparse, algo que además es imposible, sino que transforme esa preocupación en confianza en sí mismo.
En consulta pueden aparecer personas que llevan mucho tiempo siendo extremadamente exigentes consigo mismas y que interpretan cualquier error como una prueba de que no son suficientemente buenas. ¿Cómo se aprende a diferenciar la exigencia que puede ayudarnos a crecer de aquella que termina convirtiéndose en una fuente permanente de sufrimiento? Precisamente aquí es donde entran en juego las emociones. Tenemos que acostumbrarnos a entenderlas como un termómetro interno, como una manera que tiene nuestro cerebro de comunicarse con nosotros y de regular lo que nos pasa.
Ser perfeccionista y autoexigente no es malo. De hecho, creo que ser ambicioso es una cualidad admirable. Pero, cuidado, ser así tiene que hacerte sentir bien. Si un proyecto te apasiona y quieres dedicarle muchas horas, si disfrutas revisando una tarea hasta dejarla perfecta, si eres capaz de equivocarte y aprender de ello para la próxima… entonces es maravilloso.
Ahora bien, si todo eso que acabo de mencionar lo que te genera es angustia, miedo a equivocarte, una obsesión constante con el futuro, envidia y comparación permanente con la gente de tu entorno… permíteme que te lo diga, pero eso ya no es ser autoexigente, eso es ser cruel contigo misma.
Para aprender a diferenciarlo yo suelo proponer una pregunta muy sencilla, pero que da mucha información, y es ¿cómo me siento durante el proceso, y no solo al final? La exigencia sana te deja cansada pero satisfecha, incluso cuando algo no ha salido como esperabas, porque sabes que lo has dado todo. La exigencia que hace daño, en cambio, no te deja disfrutar del camino ni del resultado. Aunque lo hagas bien, nunca es suficiente, y cuando lo haces mal se convierte en una prueba más de que no vales.
Y hay otra pista muy reveladora, que es fijarte en cómo te hablas cuando te equivocas. Si te hablas como le hablarías a una amiga que ha cometido el mismo error, vas por buen camino. Si te hablas de una manera que jamás usarías con nadie a quien quieres, ahí tienes tu respuesta.
La sociedad habla cada vez más de salud mental, pero todavía existe una diferencia entre saber que debemos cuidarla y saber realmente cómo hacerlo. ¿Qué aspectos del bienestar psicológico crees que estamos infravalorando y cuáles deberían formar parte de nuestra educación desde la infancia, mucho antes de que aparezcan problemas emocionales? Creo que, aunque en los últimos años se está poniendo mucho el foco en la salud mental, estamos pecando de sobrediagnóstico y de soluciones fáciles. «Cómo saber si tienes TDAH», «acaba con la ansiedad en menos de tres minutos»… ese tipo de contenidos venden muchísimo, pero no acompañan a nadie de una forma realista.
En ese sentido, me parece que estamos infravalorando dos pilares fundamentales. El primero es entender que no podemos estar felices todo el tiempo. El malestar forma parte de una vida normal. La frustración, la procrastinación, las dudas, los días grises… forman parte de quienes somos, y creo que uno de los aprendizajes más importantes es saber distinguir dónde está el límite entre lo normal y lo patológico. Pero no podemos pretender ser nuestra mejor versión cada día, porque esa exigencia genera justo el efecto contrario. Cada vez me encuentro más en consulta a personas con unas expectativas sobre su propio bienestar que no son realistas ni, sinceramente, necesitan serlo.
Y el segundo pilar, para mí igual de importante, es que no podemos hablar de salud mental sin hablar de contexto. Estar bien no es solamente tener tiempo para el autocuidado, desconectar de las pantallas o hacer deporte. También es tener un trabajo digno con un salario digno. También es poder independizarte. También es no tener que emigrar en busca de mejores oportunidades. No se puede luchar por la salud mental obviando el contexto en el que vivimos.
Como psicóloga y también como directora de un proyecto formado por profesionales de la salud mental, ¿qué has aprendido sobre la importancia de cuidar no solo a los pacientes, sino también a quienes acompañan profesionalmente a otras personas en momentos de vulnerabilidad? ¿Qué riesgos aparecen cuando los profesionales normalizan su propio cansancio emocional? Absolutamente, es fundamental que nos cuidemos nosotros para poder cuidar a los demás. De hecho, como directora del gabinete, priorizo el bienestar de mi equipo por encima de todo.
Tenemos el mejor trabajo del mundo, pero también uno muy exigente a nivel mental y emocional. Y en este oficio hay una responsabilidad doble. Por un lado, cada profesional tiene la obligación de conocer sus propios límites, cuántos pacientes puede ver al día, qué tipo de casos siente que puede llevar y cuáles prefiere no llevar en un momento concreto de su vida. Y por otro lado, los centros tenemos la obligación de respetar esos límites y de crear las condiciones para que puedan cumplirse.
Cuando esto no ocurre, cuando el cansancio emocional se normaliza o incluso se romantiza como parte del trabajo, el riesgo es doble. Se resiente el profesional, que puede acabar en un cuadro claro de desgaste, y se resiente inevitablemente la calidad del acompañamiento que recibe el paciente. Y esa segunda parte no nos la podemos permitir.
En muchas ocasiones esperamos a encontrarnos muy mal para cambiar hábitos, relaciones o dinámicas que llevaban tiempo haciéndonos daño. ¿Qué pequeñas señales cotidianas deberían hacernos detenernos y preguntarnos si estamos viviendo de una manera que realmente encaja con nuestras necesidades y valores? Las señales aparecen mucho antes de lo que percibimos de manera consciente. El problema es que tenemos que aprender a verlas y, sobre todo, a escucharlas.
Yo suelo fijarme en tres grandes áreas. La primera son las emociones. Cuando están bajitas o desreguladas, por ejemplo cuando me siento triste y no entiendo por qué, o cuando estoy enfadada todo el rato sin un motivo claro, eso ya es una señal de alerta.
La segunda son los hábitos. Empiezo a no dormir bien, se me cierra el estómago, no tengo ganas de hacer deporte, cambian mis rutinas de comida… el cuerpo suele avisar antes que la cabeza, y por eso vale mucho la pena prestarle atención.
Y la tercera es la motivación. De repente dejan de apetecerme cosas que normalmente disfruto, como leer un rato o quedar con mis amigos, y a la vez empiezan a aparecer más conductas de evitación, como pasar cada vez más horas en el móvil sin darme cuenta.
Para mí son tres señales muy claras de que hay algo que empieza a no ir bien y que merece la pena parar a investigar. No hace falta que aparezcan las tres a la vez, con que notes movimiento en una sola de ellas ya es motivo suficiente para preguntarte qué está pasando.





