Entrevista a Aarón del Olmo, neuropsicólogo

En esta entrevista, el neuropsicólogo Aarón del Olmo nos acerca a una realidad fascinante y, a la vez, desconocida: cómo el cerebro condiciona nuestras emociones, pensamientos y comportamientos cotidianos. A lo largo de la conversación, desmonta mitos muy extendidos sobre la memoria, la atención o la autoexigencia, y explica cómo el ritmo de vida actual, la sobreestimulación y la falta de descanso afectan directamente a nuestro rendimiento cognitivo. Además, pone el foco en la importancia de comprender nuestro propio funcionamiento mental como herramienta clave para mejorar el bienestar emocional, adaptarnos a los cambios y aprender a convivir con la incertidumbre.

Aarón ¿qué te motivó a centrar tu trabajo en comprender cómo el cerebro influye directamente en nuestras emociones y conducta diaria? Una parte de ello se debe a que el cerebro sigue siendo un misterio y que precisamente detrás de ese misterio se oculta el por qué nos comportamos como nos comportamos. Realmente entender las emociones y la conducta pasan por entender cómo funciona el cerebro y cómo influye. La otra parte radica en que precisamente esa comprensión ayuda a poder ayudar a las personas mucho mejor. Muchos casos que he evaluado y trabajo me muestran a personas que están a “merced” de cómo funciona su cerebro, de lo que permite hacer o no y comprender ese funcionamiento es una herramienta que les puede ayudar a funcionar mejor, a cambiar cosas o a entender otras.

En tu experiencia clínica, ¿qué errores comete con más frecuencia la gente al interpretar sus propios problemas de memoria o atención? Pues ahí depende mucho de la edad y del tipo de problema. Me explico. En la etapa infantil por ejemplo, cualquier fallo de atención, problema de concentración o despiste se convierte en un indicador del famoso trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad. Y eso es un error, ya que en el neurodesarrollo, los propios procesos atencionales tienen que construirse e integrarse. Muchas veces el desarrollo normal o momentos en los que todo está “montándose” se patologizan. Pero también en las personas mayores, a veces los despistes que pueden ser normales de la edad se confunden con un inicio de un problema neurodegenerativo. No es que no sean problemas reales o molestos para una persona (despistarte ahora más que hace 20 años cuando eras joven) pero eso no implica una patología o un problema de atención. Igual, también nos ocurre ahora, con tanta sobre estimulación, en la que parece que perdemos la memoria pero realmente es nuestra atención la que no puede seguir todo lo que nos rodea.

¿Cómo explicas a un paciente que su cerebro puede “engañarle” y qué impacto tiene esto en su bienestar emocional? La idea más que decirle que le “engaña” es explicarle cómo funciona. El cerebro tiene sus límites y fallos. A veces nos exigimos más de lo que incluso nuestros cerebros pueden hacer y otras resulta que podemos tener problemas de atención, memoria o de manejo de información que nos dificultan hacer tareas en el día a día y que convertimos en un problema intencional (no lo hace porque no quiere) o un problema de capacidad (no lo hace porque es tonto). Así te encuentras con muchas personas que se consideran poco capaces o poco útiles simplemente porque no atienden a su forma de funcionar. Eso es importante porque muchas veces puedes modificar el grado de exigencia (por ejemplo en la escuela) o cómo exiges las cosas. Pero muchas veces la clave de esto es que, al comprenderse, uno puede reinterpretar las cosas que le han ocurrido hasta ahora, su historia vital y plantearse la forma de, con esa información, comenzar a organizar su entorno conforme a ello.

¿Qué relación observas entre el ritmo de vida actual y el aumento de dificultades cognitivas como la falta de concentración o la fatiga mental? En mi opinión, resulta más fácil tener fallos atencionales en cualquier ambiente que tenga mucha estimulación simultánea o nos exija una alta velocidad. Simplemente, nuestros procesos atencionales no son estables ni perfectos. Si necesitamos estar continuamente usando nuestros procesos de control atencional para frenar estímulos que son irrelevantes, terminamos por fatigarnos más rápido y al final, empezamos a cometer errores de manera más frecuente. Este exceso de estimulación y este ritmo de vida superan muchas veces y de muchas maneras la forma de funcionar de nuestro cerebro y nos terminan arrastrando a llevar un ritmo para el que no estamos preparados.

Desde tu perspectiva, ¿cómo afecta la autoexigencia excesiva al funcionamiento cognitivo y emocional? Es una buena pregunta. Creo que muchas veces esa autoexigencia puede estar en la base de una ansiedad anticipatoria. Si por ejemplo uno espera o aspira a hacerlo de una forma perfecta todo puede experimentar cierto grado de ansiedad ante las diferentes situaciones que le provoque precisamente evitar enfrentarse a ciertas tareas. Un ejemplo que veo mucho en los niños y niñas en la edad escolar lo podemos tener en al aprendizaje de la lectura, un proceso duro y largo que no todos los niños dominan a la misma velocidad ni con la misma eficiencia. Ocurre que muchas veces hay pequeños que durante su desarrollo presentan problemas de atención o lenguaje que forman parte de su desarrollo y eso impacta en cómo aprenden a leer, terminando por frustrarse ante la lectura o tener sensaciones de baja autoestima.  Igual pasa en los casos de personas con un perfil TDAH en la edad adulta, donde el nivel de exigencia choca a veces con sus capacidad de control atencional y eso conlleva una respuesta de evitación de tareas que puedan provocar situaciones difíciles de gestionar.

¿Qué papel juega la frustración en los procesos de rehabilitación neuropsicológica y cómo se puede trabajar de forma saludable? Pues es muy importante, porque debemos saber lidiar con ella. Cuando tenemos a una persona con daño cerebral, está generalmente ha podido perder o ver afectados procesos que antes de ese daño funcionaban perfectamente. Esto supone una choque para personas. El verse menos fluido hablando, cometiendo errores de atención o de movimiento es algo tremendamente duro para la persona, que de repente ve que no puede las cosas como las hacía antes, y que todo su proyecto vital se tambalea. Tal vez no pueda acabar sus estudios, o no pueda volver a hacer el deporte que hacia… Casi cada historia es única. Por eso, entrar en un proceso de rehabilitación puede ser duro si no ajustamos lo que les pedimos a lo que pueden dar. Me refiero, si no gestionamos las reacciones de frustración más que esperables, estas pueden llevar a la persona a huir de un tratamiento que podría ayudar a la evolución tras el daño, aunque no le lleve a uno a estar exactamente como antes del daño, si que ayudaría a ser más funcional. Así que calibrar el grado de dificultad y jugar con él es clave para que no provoquemos esas reacciones en consulta.

¿Cómo influye el lenguaje interno que utilizamos en la forma en la que nuestro cerebro procesa la realidad? En realidad, el ser humano tiene la suerte de contar con el lenguaje como herramienta para comunicarse, pero también para autorregularse. De esta manera, el lenguaje interno se convierte en una herramienta fundamental para la organización del comportamiento, algo que se ve mucho en la etapa infantil en la que muchas veces las verbalizaciones en voz alta sirven para guiar y controlar el comportamiento, lo que luego lleva a convertirse en un habla interna. También es importante entender que el lenguaje moldea nuestra forma de entender el mundo, algo que también se observa en el daño cerebral cuando hay personas que pierden algunos procesos semánticos (de significado) del lenguaje. Como decía Wittgenstein “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

¿Qué diferencias encuentras entre entender un problema desde lo psicológico y desde lo neuropsicológico? Esta pregunta es compleja, porque las barreras son difusas en muchos casos. Se debe entender que a nivel neuropsicológico tratamos de entender el efecto del cerebro sobre el comportamiento. El cerebro siempre va a tener un papel en el comportamiento, pero no siempre va a ver el papel protagonista. Por eso muchas veces debemos indagar en el comportamiento buscando ciertos signos de disfunción cerebral o de fallos en el funcionamiento cerebral que puedan estar condicionando ese comportamiento. Muchas veces vamos a encontrar fenómenos que llamaríamos psiquiátricos que proceden de una proceso neurodegenerativo, o ciertos aspectos comportamentales infantiles que pueden devenir de algún tipo de patología neurológica no detectada o malentendida como algún trastorno del neurodesarrollo o del aprendizaje. Ahí, la presencia de un problema cerebral tiene su impacto en como la persona entiende el mundo, cómo lo siente y cómo reacciona, y eso puede ser la base de otro tipo de problemas psicológicos como ansiedades, fobias o aprendizajes desadaptativos que también se pueden producir sin la necesidad de un problema cerebral de base. Creo que la clave de la neuropsicología es tener las herramientas para saber a dónde dirigir la mirada, si al entorno o al cerebro, sabiendo desentraña la interacción compleja que se genera entre ambas.

En consulta, ¿cómo ayudas a un paciente a aceptar los cambios cuando su capacidad cognitiva ya no es la misma? Muchas veces lo que tenemos que hacer en estos casos es replantear objetivos vitales, relativizar esas “pérdidas” y tratar de buscar todas las compensaciones posibles a esas dificultades. Esto también ocurre en el entorno familiar que debe reajustarse también esos cambios. No es para nada fácil, al final un daño cerebral conlleva cambios en el funcionamiento y desempeño y se debe trabajar también el aspecto emocional de la aceptación. Ahí se ve muchas veces la complejidad del ser humano, porque grandes alteraciones son aceptadas de una forma optimista por algunas personas y sin embargo otras más pequeñas resultan devastadoras para otras. No es fácil ponerse en la situación de haber visto alterado algo que para ti podía ser vital o fundamental para tu proyecto de vida, y debemos acompañar con empatía y comprensión a la persona que debe realizar este recorrido de aceptación.

¿Qué importancia tiene aprender a tolerar la incertidumbre para mantener una buena salud mental? No se nos da bien la incertidumbre. A nivel cerebral, nuestro cerebro es un órgano que funciona mucho con la predicción, con tratar de anticipar para adaptarse lo mejor posible. Claro la falta de información, de conocimiento sobre algo, conlleva precisamente esa incertidumbre, ahí nos cuesta elegir, decidir y eso suele provocar reacciones de miedo o temor. La mayoría de las veces no tenemos la opción de tener toda la información para tomar decisiones, y nuestra capacidad para proyectarnos hacia el futuro, de ver escenarios posibles puede ser a veces más problemática que beneficiosa en esas situaciones de incertidumbre. Yo siempre suelo solicitar que se haga un análisis de la situación y se trate de poner todos los escenarios posibles y la información que tenemos para ver cuales de esos miedos que se genera en la incertidumbre son realistas o se alejan de lo realmente posible.

¿Cómo podemos entrenar el cerebro en el día a día sin caer en soluciones milagro o modas sin base científica? El cerebro al final es un órgano que responde a nuestra experiencia y cuyo cambio también ayuda a experimentar el mundo. Eso es precisamente lo que ayuda a entrenar el cerebro, el hecho de que se pueda modificar por la experiencia. Esto es lo que se conoce también como reserva cognitiva, que es la capacidad de generar un cerebro más eficiente a partir de entrenarlo. Es decir, si hacemos cierto tipo de actividades que son cognitivamente estimulantes y novedosas, y evitamos otras tantas situaciones que pueden ser nocivas para el cerebro (la falta de metas intelectuales, el consumo de alcohol, el sedentarismo…) podemos tener un cerebro más resistente a los daños cerebrales y con más capacidad de compensación antes ellos.

¿Qué señales indican que una persona debería acudir a un neuropsicólogo y no solo a un psicólogo generalista? Como ya comenté anteriormente, cualquier indicativo de problemas a nivel de atención, memoria o velocidad de procesamiento que hayan podido apreciarse, sobre todo si han sido en un corto periodo de tiempo. Eso implica la necesidad de discriminar si algo neurológico está presente o no. Obvio, también en cualquier situación en la que haya sospecha de daño cerebral o lo haya habido. Igual, en el tema escolar, si existen problemas del aprendizaje y se puede sospechar de algún trastorno del neurodesarrollo, la neuropsicología puede ser clave para organizar cómo avanzar en reducir su impacto a nivel académico y emocional.

¿Cómo afecta el miedo al error en nuestro rendimiento cognitivo y en nuestra toma de decisiones? Esa es la idea que hablábamos de la incertidumbre. El miedo es una emoción útil, como lo son todas, siempre y cuando sean adaptadas a la situación que nos rodea. El problema es que esa adaptación se aprende en una interacción entre maduración cerebral y también enseñanza y aprendizaje. Sin ambas cosas conjuntas, la gestión de las emociones pueden ser problemáticas, como le pasa a muchos niños y adolescentes durante su desarrollo. Por eso muchas veces la toma de decisiones puede ser incorrecta si no se integra correctamente el uso de las emociones y se enseña esa gestión.

Desde tu experiencia, ¿qué papel juega el descanso real (mental, no solo físico) en el funcionamiento del cerebro? Como te comenté, el cerebro necesita sus tiempos. El descanso es fundamental. El sueño es necesario por ejemplo para procesos que nos parecen a priori que nada tienen que ver. Por ejemplo, un sueño profundo y adecuado es fundamental para la memoria a largo plazo y la consolidación de los recuerdos. Pero también el tiempo de descanso y reflexión es importante lo que implica es saber desconectar de la corriente continua de información y estímulo que nos rodea, porque eso también tiene su peso en cómo funciona nuestra atención y memoria.

Si tuvieras que desmontar una creencia muy extendida sobre el cerebro o la salud mental, ¿cuál sería y por qué? Creo que la idea de que existen personas de “hemisferio izquierdo” y “hemisferio derecho” y  usar esa idea para hacer terapias o proponer tratamientos sin base. El cerebro está lateralizado en algunas funciones, eso es cierto, pero de ahí a hablar de una serie de personalidades izquierdas y derechas resulta algo fuera de toda lógica y evidencia y no puede ser la guía de nuestros tratamientos.