Entrevistas a profesionales

Entrevista a José Luis Trejo investigador científico en neurociencia del CSIC

En los últimos años, la neurociencia ha comenzado a mirar más allá de los factores puramente biológicos para entender cómo funciona nuestro cerebro. Hoy sabemos que nuestras decisiones cotidianas —cómo nos movemos, qué comemos, cuánto dormimos o cómo gestionamos el estrés— tienen un impacto directo en nuestra salud mental y cognitiva. En esta entrevista, conversamos con José Luis Trejo , investigador del CSIC, sobre el papel del estilo de vida como modulador del cerebro. A través de su experiencia, profundizamos en los hábitos que realmente marcan la diferencia, desmontamos algunos mitos extendidos y reflexionamos sobre cómo la sociedad actual influye —más de lo que creemos— en nuestro bienestar psicológico. Una mirada clara, científica y necesaria para comprender que cuidar la mente empieza, en gran medida, por cómo vivimos cada día. José Luis ¿cómo surgió su interés por investigar la relación entre el estilo de vida y la cognición dentro del ámbito de la salud mental? Mi interés nace de una idea sencilla: el cerebro tiene un programa genético de desarrollo que necesita de la implementación de unos factores externos o internos que denominamos estilo de vida, y que epigenéticamente lo moldean. Así, las conductas de movimiento, la dieta, el estrés, el sueño, y otros factores condicionan su desarrollo, su ejecución diaria, y su capacidad. Durante años, la neurociencia se centró en otros factores, pero cada vez es más evidente que lo que hacemos cada día —cómo nos movemos, dormimos o comemos— moldea físicamente nuestro cerebro. Entender eso no solo es fascinante, sino profundamente útil para la ciudadanía. Desde su experiencia en el CSIC, ¿cuáles considera que son los principales factores del estilo de vida que más influyen en el funcionamiento cognitivo? Si tuviera que resumirlos, hablaría de cuatro pilares: actividad física, alimentación, sueño y estrés. No actúan de forma independiente, sino como un sistema integrado. El cerebro responde al conjunto, no a elementos aislados. ¿Qué papel juega la actividad física en la prevención del deterioro cognitivo y en la mejora del bienestar psicológico? La actividad física es probablemente la intervención más potente que conocemos. No solo mejora el estado de ánimo (es antidepresivo y ansiolítico), sino que favorece la neurogénesis, la plasticidad sináptica y la vascularización cerebral. Es, en cierto modo, gasolina para el cerebro. En su investigación, ¿qué relación han encontrado entre la alimentación y la salud cerebral a largo plazo? Lo que comemos regula procesos inflamatorios, metabólicos y hormonales que afectan directamente al cerebro. Dietas equilibradas, especialmente la dieta mediterránea, rica en vegetales, grasas saludables y nutrientes esenciales, se asocian con menor deterioro cognitivo. No hay alimentos milagro, pero sí patrones dietéticos protectores. ¿Cómo afectan el estrés y el ritmo de vida actual a nuestras capacidades cognitivas y emocionales? El estrés crónico es uno de los grandes enemigos del cerebro moderno y probablemente, aparte de las enfermedades de todos conocidas, una de las peores cosas que le puede pasar a todo cerebro. Existe un estrés adaptativo, que no solo no es nocivo sino que espolea nuestra mejora y un incremento de la capacidad cerebral en términos generales, pero lo más habitual es que suframos el estrés no adaptativo, que mantenido en el tiempo deteriora la memoria, la atención y la regulación emocional. Vivimos en un entorno que exige respuestas constantes, pero nuestro cerebro necesita pausas para funcionar bien. El diseño entero de nuestra sociedad actual genera estrés, vivimos en una sociedad estresogénica. ¿Existen hábitos cotidianos sencillos que cualquier persona pueda incorporar para proteger su salud mental y cognitiva? Moverse más, dormir mejor, mantener relaciones sociales de calidad, exponerse a la luz natural, aprender cosas nuevas, comer bien, minimizar el estrés no adaptativo. No son intervenciones sofisticadas, pero sí profundamente eficaces. La clave está en la constancia. El problema es que es muy fácil de decir pero no de hacer, especialmente cuando, como en la actualidad, hay que remar no solo contra nosotros como seres humanos, sino contra la sociedad que estamos construyendo (que ya hemos construido). ¿Qué importancia tiene el sueño en el rendimiento cognitivo y qué consecuencias tiene su alteración prolongada? El sueño no es un lujo, es una necesidad biológica. Durante el sueño se consolidan recuerdos, se eliminan desechos metabólicos y se reorganiza la actividad neuronal. Su alteración crónica afecta a prácticamente todas las funciones cognitivas. Es probablemente el peor de los factores del estilo de vida para tratar con él. Si se recomienda a cualquier persona que haga mas ejercicio, que coma mejor, que reduzca el estrés, esta persona puede que lo intente si puede y las circunstancias se lo permitan. Pero si duerme mal y se le dice que duerma bien, puede que la persona no pueda por mucho que quiera. La salud del sueño es relevante pero si los problemas de sueño aun persisten, puede que la persona, por mucho que quiera, no consiga dormir. Esto es grave y debe vigilarse médicamente. ¿De qué manera influye el entorno social y las relaciones personales en la salud mental y la cognición? Tenemos un cerebro social. El aislamiento impacta negativamente en la salud mental y cognitiva. Las relaciones significativas actúan como un factor protector, modulando el estrés y estimulando procesos cognitivos complejos. El baile es uno de los mejores ejercicios, tiene todos sus beneficios y además el componente social. Todo aquello del estilo de vida que se enriquezca, además, con un componente social, es doblemente útil. En el contexto actual, ¿cómo ha impactado la tecnología y el uso excesivo de pantallas en nuestra capacidad de atención y memoria? La tecnología no es el problema, sino su uso. El exceso de estímulos rápidos puede afectar a la atención sostenida y favorecer una cierta “fragmentación cognitiva”. Necesitamos recuperar espacios de concentración profunda. Como un factor mas de nuestras vidas, la tecnología y las pantallas pueden contribuir al enriquecimiento ambiental. El problema es que si monopolizan durante horas nuestra vida, constituirán, por el contrario, un empobrecimiento ambiental ¿Qué avances recientes destacaría en el campo de la neurociencia relacionados con el estilo de vida y la cognición? Destacaría

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Entrevista a Nayara Ortega, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga

En un contexto donde la salud mental ha ganado visibilidad, pero también se ha visto rodeada de mensajes simplificados y a veces confusos, resulta fundamental escuchar la voz de profesionales que trabajan desde el rigor, la experiencia y la cercanía. En esta entrevista, profundizamos en la mirada de una psicóloga, Nayara Ortega que entiende la salud mental no solo desde la teoría, sino también desde la vivencia personal y el contacto directo con sus pacientes. A lo largo de la conversación, se abordan temas clave como el impacto de las redes sociales, la importancia del vínculo terapéutico, las señales invisibles del malestar emocional o el papel del autoconocimiento real frente a la superficialidad actual. Una reflexión honesta y necesaria sobre cómo vivimos, sentimos y gestionamos nuestras emociones en una sociedad marcada por la inmediatez, la autoexigencia y la comparación constante. Nayara, ¿qué experiencias personales o momentos clave marcaron tu manera de entender la salud mental más allá de la formación académica, y cómo han influido en tu forma de trabajar con pacientes? Estudié Psicología por vocación. Debido a ciertas situaciones familiares, entendí desde muy temprana edad que sin salud mental no hay salud. En general, nos resulta más fácil identificar el dolor o malestar físico que el emocional, a pesar de que este último puede llegar a ser mucho más limitante en nuestro día a día. Creo firmemente en la importancia de los vínculos y en la necesidad de sentirnos seguros y escuchados como base fundamental para la mejora. Por eso intento ejercer una psicología cercana, humana y siempre apoyada en la evidencia científica.   En un mundo donde cada vez se habla más de psicología en redes sociales, ¿cómo distingues entre divulgación útil y contenido que puede simplificar en exceso problemas complejos? Las redes sociales están diseñadas para captar la atención en muy poco tiempo, y es complicado explicar un tema con todos sus matices en 60 segundos. Para mí, algo fundamental es evitar una divulgación basada en afirmaciones absolutas o que estigmatizan. Es frecuente encontrar contenido del tipo: “si haces estas 4 cosas es que eres…”. Este tipo de mensajes simplifica en exceso y deja fuera muchos factores que pueden explicar la conducta en un momento determinado. La buena divulgación informa, contextualiza y evita etiquetar de forma reduccionista.   ¿Cómo crees que está cambiando la relación entre paciente y terapeuta en la era digital, especialmente con el auge de la terapia online y la exposición constante en redes? La era digital ha traído ventajas importantes, como una mayor accesibilidad a la terapia y la posibilidad de llegar a personas que antes no podían acceder a ella. Sin embargo, también ha generado ciertos retos, como la expectativa de inmediatez o la exposición constante a información psicológica que puede generar confusión. La relación terapéutica sigue siendo el pilar fundamental del proceso, y es importante cuidar el encuadre, los límites y la calidad del vínculo, independientemente del formato online o presencial.   Trabajas desde un enfoque cognitivo-conductual, pero ¿en qué momentos sientes que este modelo necesita complementarse con otras perspectivas para adaptarse mejor a cada persona? El trabajo en psicología siempre debe adaptarse a las necesidades del paciente. Para ello, es fundamental escuchar con detalle su historia y realizar un buen análisis funcional de sus circunstancias. Aunque mi base sea el enfoque cognitivo-conductual, considero esencial ser flexible a la hora de intervenir, integrando otras perspectivas cuando la situación lo requiere, siempre en función de lo que mejor se ajuste a la persona.   ¿Qué señales sutiles suelen pasar desapercibidas en alguien que aparentemente “está bien”, pero que en realidad podría estar atravesando un malestar psicológico importante? Es importante prestar atención a pequeños cambios en el comportamiento: si la persona está más callada o aislada, si ha habido cambios en sus hábitos de alimentación o en el sueño, si muestra menos interés por actividades que antes disfrutaba o si se percibe más irritable. A menudo, estas señales pasan desapercibidas, pero pueden ser indicadores de un malestar más profundo.   ¿Cómo influye el entorno social actual —inmediatez, comparación constante, exigencia de productividad— en la aparición de nuevos tipos de malestar emocional? Creo que el ritmo de vida actual nos dificulta conectar con nosotros mismos. No nos damos el tiempo necesario para reflexionar sobre cómo nos sentimos, qué nos ha llevado a ese punto y qué podemos hacer para cambiarlo. Además, la comparación constante puede afectar negativamente a la autoestima y generar una sensación continua de insatisfacción personal.   En tu experiencia clínica, ¿qué papel juega el autoconocimiento real frente al autoconocimiento  superficial  que  muchas  veces  se  promueve  en  redes? El autoconocimiento real marca una gran diferencia tanto a nivel intrapersonal como interpersonal. Conocernos en profundidad nos permite ser más reflexivos, entender qué nos desestabiliza, qué nos regula y cómo poner límites de forma saludable. Esto favorece relaciones de mayor calidad y una mayor coherencia personal. El autoconocimiento superficial, en cambio, puede quedarse en etiquetas sin un verdadero proceso de comprensión.   ¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometen las personas cuando intentan gestionar sus emociones  sin acompañamiento          profesional? Uno de los errores más frecuentes es normalizar síntomas que, con el tiempo, pueden derivar en la cronificación de un problema de salud mental. También es habitual intentar evitar o suprimir las emociones en lugar de comprenderlas, o aplicar estrategias generales que no siempre se ajustan a la situación individual.   ¿Qué importancia le das a la psicoeducación del paciente sobre el funcionamiento del cerebro  y   cómo   impacta   esto   en   su   proceso   terapéutico? Le doy mucha importancia. En sesión dedico tiempo a explicar al paciente cómo funciona el cerebro, qué papel tienen distintas áreas y cómo esto se relaciona con su conducta. He observado que cuando la persona entiende qué le ocurre y por qué, se implica mucho más en su proceso terapéutico y se siente más capaz de generar cambios.   En el trabajo con adolescentes, ¿qué retos específicos encuentras hoy en día que no eran   tan   evidentes  en generaciones anteriores? Uno

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Entrevista a Aarón del Olmo, neuropsicólogo

En esta entrevista, el neuropsicólogo Aarón del Olmo nos acerca a una realidad fascinante y, a la vez, desconocida: cómo el cerebro condiciona nuestras emociones, pensamientos y comportamientos cotidianos. A lo largo de la conversación, desmonta mitos muy extendidos sobre la memoria, la atención o la autoexigencia, y explica cómo el ritmo de vida actual, la sobreestimulación y la falta de descanso afectan directamente a nuestro rendimiento cognitivo. Además, pone el foco en la importancia de comprender nuestro propio funcionamiento mental como herramienta clave para mejorar el bienestar emocional, adaptarnos a los cambios y aprender a convivir con la incertidumbre. Aarón ¿qué te motivó a centrar tu trabajo en comprender cómo el cerebro influye directamente en nuestras emociones y conducta diaria? Una parte de ello se debe a que el cerebro sigue siendo un misterio y que precisamente detrás de ese misterio se oculta el por qué nos comportamos como nos comportamos. Realmente entender las emociones y la conducta pasan por entender cómo funciona el cerebro y cómo influye. La otra parte radica en que precisamente esa comprensión ayuda a poder ayudar a las personas mucho mejor. Muchos casos que he evaluado y trabajo me muestran a personas que están a “merced” de cómo funciona su cerebro, de lo que permite hacer o no y comprender ese funcionamiento es una herramienta que les puede ayudar a funcionar mejor, a cambiar cosas o a entender otras. En tu experiencia clínica, ¿qué errores comete con más frecuencia la gente al interpretar sus propios problemas de memoria o atención? Pues ahí depende mucho de la edad y del tipo de problema. Me explico. En la etapa infantil por ejemplo, cualquier fallo de atención, problema de concentración o despiste se convierte en un indicador del famoso trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad. Y eso es un error, ya que en el neurodesarrollo, los propios procesos atencionales tienen que construirse e integrarse. Muchas veces el desarrollo normal o momentos en los que todo está “montándose” se patologizan. Pero también en las personas mayores, a veces los despistes que pueden ser normales de la edad se confunden con un inicio de un problema neurodegenerativo. No es que no sean problemas reales o molestos para una persona (despistarte ahora más que hace 20 años cuando eras joven) pero eso no implica una patología o un problema de atención. Igual, también nos ocurre ahora, con tanta sobre estimulación, en la que parece que perdemos la memoria pero realmente es nuestra atención la que no puede seguir todo lo que nos rodea. ¿Cómo explicas a un paciente que su cerebro puede “engañarle” y qué impacto tiene esto en su bienestar emocional? La idea más que decirle que le “engaña” es explicarle cómo funciona. El cerebro tiene sus límites y fallos. A veces nos exigimos más de lo que incluso nuestros cerebros pueden hacer y otras resulta que podemos tener problemas de atención, memoria o de manejo de información que nos dificultan hacer tareas en el día a día y que convertimos en un problema intencional (no lo hace porque no quiere) o un problema de capacidad (no lo hace porque es tonto). Así te encuentras con muchas personas que se consideran poco capaces o poco útiles simplemente porque no atienden a su forma de funcionar. Eso es importante porque muchas veces puedes modificar el grado de exigencia (por ejemplo en la escuela) o cómo exiges las cosas. Pero muchas veces la clave de esto es que, al comprenderse, uno puede reinterpretar las cosas que le han ocurrido hasta ahora, su historia vital y plantearse la forma de, con esa información, comenzar a organizar su entorno conforme a ello. ¿Qué relación observas entre el ritmo de vida actual y el aumento de dificultades cognitivas como la falta de concentración o la fatiga mental? En mi opinión, resulta más fácil tener fallos atencionales en cualquier ambiente que tenga mucha estimulación simultánea o nos exija una alta velocidad. Simplemente, nuestros procesos atencionales no son estables ni perfectos. Si necesitamos estar continuamente usando nuestros procesos de control atencional para frenar estímulos que son irrelevantes, terminamos por fatigarnos más rápido y al final, empezamos a cometer errores de manera más frecuente. Este exceso de estimulación y este ritmo de vida superan muchas veces y de muchas maneras la forma de funcionar de nuestro cerebro y nos terminan arrastrando a llevar un ritmo para el que no estamos preparados. Desde tu perspectiva, ¿cómo afecta la autoexigencia excesiva al funcionamiento cognitivo y emocional? Es una buena pregunta. Creo que muchas veces esa autoexigencia puede estar en la base de una ansiedad anticipatoria. Si por ejemplo uno espera o aspira a hacerlo de una forma perfecta todo puede experimentar cierto grado de ansiedad ante las diferentes situaciones que le provoque precisamente evitar enfrentarse a ciertas tareas. Un ejemplo que veo mucho en los niños y niñas en la edad escolar lo podemos tener en al aprendizaje de la lectura, un proceso duro y largo que no todos los niños dominan a la misma velocidad ni con la misma eficiencia. Ocurre que muchas veces hay pequeños que durante su desarrollo presentan problemas de atención o lenguaje que forman parte de su desarrollo y eso impacta en cómo aprenden a leer, terminando por frustrarse ante la lectura o tener sensaciones de baja autoestima.  Igual pasa en los casos de personas con un perfil TDAH en la edad adulta, donde el nivel de exigencia choca a veces con sus capacidad de control atencional y eso conlleva una respuesta de evitación de tareas que puedan provocar situaciones difíciles de gestionar. ¿Qué papel juega la frustración en los procesos de rehabilitación neuropsicológica y cómo se puede trabajar de forma saludable? Pues es muy importante, porque debemos saber lidiar con ella. Cuando tenemos a una persona con daño cerebral, está generalmente ha podido perder o ver afectados procesos que antes de ese daño funcionaban perfectamente. Esto supone una choque para personas. El verse menos fluido hablando, cometiendo errores de

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