Ángel Moreno Toledo es presidente de la Asociación española de envejecimiento activo y saludable (AEEAS). Psicogerontólogo, formador sociosanitario y escritor (autor de publicaciones sobre Alzheimer y demencias y diversos artículos en revistas indexadas).
Ángel, después de tantos años dedicado a la psicogerontología, al trabajo con personas mayores y al acompañamiento de familias y cuidadores, ¿qué cree que seguimos sin comprender suficientemente sobre el proceso de envejecimiento y qué ideas preconcebidas considera que sería especialmente importante transformar para cuidar también la salud mental de quienes envejecen? Vivimos en una sociedad muy minada por los estereotipos y prejuicios relativos al envejecimiento que suelen condicionar visiones sesgadas del periodo de la vejez. Por fortuna, cada vez más, nos interesamos por aprender y por pedir ayuda sobre todo cuando una familia afectada se embarca en la labor del cuidado sostenido. Los prejuicios y estereotipos más comunes suelen estar asociados a enfermedad, estigma con respecto a la enfermedad de Alzheimer, sentimientos disfuncionales que aparecen en torno a distintas situaciones del cuidado – sentimientos de culpa, de ambivalencia y sentimientos de ominipotencia – que consiguen agotar al cuidador tanto física como emocionalmente y expectativas totalmente fuera de la realidad.
Cuando una persona llega a una residencia de mayores, ¿qué ocurre psicológicamente durante ese proceso de adaptación y qué factores pueden determinar que esa nueva etapa se viva como una oportunidad de bienestar o, por el contrario, como una experiencia marcada por la pérdida, la soledad o la sensación de haber dejado atrás una parte importante de la propia vida? Lo que ocurre habitualmente durante el ingreso es la sensación de desarraigo, de pérdida de contactos y en muchas ocasiones, una pasividad que, puede estar provocada por la misma institución de cuidado o bien por la necesidad del nuevo residente de estar solo, de alejarse y de intentar procesar su propia situación. Normalmente los procesos de ajuste y adaptación se resuelven en quince días, también existen casos que no lo consiguen. Es importante crear programas de acompañamiento a nuevos pacientes, alentar el contacto interpersonal, tanto con sus iguales como con lazos externos y promover una serie de actividades que estén en consonancia con sus hobbies y preferencias.
En su experiencia trabajando con personas con Alzheimer y otras demencias, ¿qué cambios emocionales y psicológicos suelen pasar más desapercibidos para las familias y los profesionales porque quedan eclipsados por los síntomas cognitivos de la enfermedad? Es cierto que llegados a la etapa moderada del cuidado en la que aparecen los problemas conductuales, gran parte de la energía queda focalizada en su control y minimización. Los cambios emocionales que hay que considerar y que en muchas ocasiones no son advertidos son, por ejemplo, la depresión que ocurre por el aislamiento autoimpuesto del propio cuidador, la ansiedad, por las propias exigencias del cuidado o la sensación del “yo puedo con esto solo y no necesito ayuda”, que suelen acrecentar el burnout o agotamiento en la labor asistencial que llevan a cabo. Por otra parte, es importante considerar la frustración, el miedo al futuro y la tendencia a las adicciones en muchos cuidadores sobrepasados por la situación.
A menudo se habla de cómo la demencia transforma la vida de quien la padece, pero mucho menos de cómo transforma psicológicamente a quienes cuidan. ¿Qué sucede emocionalmente con un familiar que comienza cuidando a una persona querida y termina organizando prácticamente toda su vida alrededor de los cuidados, y en qué momento debería entender que pedir ayuda no significa estar abandonando a esa persona? Se trata de una pregunta muy interesante, puedo decir que el cuidador en muchos de los casos queda completamente absorbido por las exigencias del cuidado y entregado en su totalidad a atender las necesidades de su familiar afectado. Esta situación tan desbordante provoca que él mismo se descuide, no duerma bien, no se alimente correctamente, abuse de psicofármacos, se aísle y rechace sistemáticamente tanto ayuda externa como posibilidades de ocio o esparcimiento sociales. Todo ello condiciona una pérdida de contacto interpersonal, soledad y una sensación muy persistente de pérdida de su propia vida y de su tiempo.
Uno de los grandes retos de las demencias consiste en aprender a relacionarse con una persona cuya memoria, conducta o percepción de la realidad pueden haber cambiado. ¿Qué herramientas psicológicas considera fundamentales para que los cuidadores puedan mantener el vínculo afectivo cuando la comunicación convencional deja de funcionar? Debemos aclarar que, aunque la demencia esté avanzada y la persona afectada no pueda reconocer o nombrar a la persona por su nombre, sí son capaces de discernir que esa persona constituye alguien cercano, valioso y familiar. La emotividad no desaparece con la demencia, sí lo hacen las funciones mentales, el lenguaje o la funcionalidad. Es importante que el cuidador sea consciente de esto, ya que supone un golpe demoledor cuando ve como su familiar le trata como a un extraño o con indiferencia, a menudo, en el trato cotidiano. Es importante generar momentos de calidad, a través de acompañamiento y actividades agradables, como por ejemplo la reminiscencia, alentar a la participación en la rutina diaria, un paseo o una actividad estimulante como pintar, escuchar música o visitas con familiares y amigos.
Desde su experiencia profesional y también desde su labor divulgativa, ¿cuáles son los falsos mitos sobre el Alzheimer y las demencias que más daño pueden hacer a las familias y por qué cree que determinadas creencias siguen teniendo tanta fuerza incluso cuando la evidencia científica apunta en otra dirección? La sociedad actual está configurada para ensalzar valores de juventud y vitalidad, denostando todo lo que está vinculado a la vejez, asociándolo a pérdida de capacidades y dependencia. Estos mitos, por desgracia, muy extendidos y socialmente aceptados, están creando mucho estigma, soledad de los afectados y desconcierto ante una enfermedad muy cruda. Estas concepciones siguen fuertes hoy día porque se necesita configurar una nueva perspectiva de la vejez, abandonar modelos asistencialistas y buscar asociar vejez con una etapa de desarrollo, de crecimiento y de prevención de enfermedades crónicas. Es por ello que además de divulgar desde Neurama, hemos creado la Asociación española de envejecimiento activo y saludable (AEEAS) para introducir a la optimización de un envejecimiento sano, activo y responsable, que permita a la persona determinar sus propias decisiones y participar de un modo adecuado en la comunidad.
La psicogerontología aborda una etapa de la vida en la que pueden coincidir jubilación, cambios en las relaciones sociales, pérdidas, modificaciones físicas y una nueva percepción del tiempo. ¿Cómo puede una persona prepararse psicológicamente para esos cambios antes de que aparezcan y qué papel deberían desempeñar la sociedad y las instituciones en esa preparación? Hay ciertas transiciones y cambios que llegan con el advenimiento de la vejez y que deben ser gestionadas adecuadamente. Por una parte, el acceso a la jubilación, con una gran cantidad de horas que llenar, confrontar la pasividad y la comparación con la anterior vida laboral, lo que en ocasiones conlleva una percepción y marcada disminución de ingresos. Del mismo modo, existe la posibilidad de recibir un diagnóstico de enfermedad neurodegenerativa, como puede ser la enfermedad de Alzheimer, otra situación peliaguda que debe ser abordada con ayuda de profesionales e instituciones. También no podemos olvidar del duelo o fallecimiento del cónyuge o compañero vital con las correspondientes consecuencias sobre la salud mental y la siempre dramática decisión de institucionalización, cuando las posibilidades del cuidado en el hogar se ven ya reducidas y limitadas por las dificultades de manejo de la enfermedad y el creciente nivel de dependencia.
Cuando hablamos de envejecimiento activo y saludable solemos pensar inmediatamente en ejercicio físico, alimentación o estimulación cognitiva. Desde una perspectiva psicológica, ¿qué otros elementos menos visibles considera imprescindibles para que una persona pueda seguir sintiendo que su vida tiene sentido, propósito y capacidad de elección a medida que envejece? Cierto, la dimensionalidad del envejecimiento activo no solo contempla lo físico también considera el componente emocional, psicológico, interpersonal, educativo y comunitario. Resulta imprescindible promover una buena salud mental, involucrar a las personas mayores en intercambios sociales, motivar su día a día a través de actividades agradables, interesantes y con propósito e incorporar hábitos de vida saludable como método de prevención de enfermedades o discapacidades que puedan aparecer durante esta etapa de la vida.
Usted ha desarrollado proyectos en residencias, unidades de estancia diurna, asociaciones de familiares y otros contextos sociosanitarios. ¿Qué diferencias encuentra en las necesidades emocionales de una persona mayor según el entorno en el que recibe atención y qué aspectos deberían cambiar en estos espacios para que la salud mental deje de ocupar un lugar secundario? Sea cual fuere el contexto, es importante que la persona mayor se sienta comprendida, acompañada y sobre todo estimulada. Debemos combatir activamente ambientes donde la pasividad, las malas praxis y la desorganización estén presentes en entornos institucionales. Debemos recordar que trabajamos con personas vulnerables, a las que hay que atender, dar apoyo y comprensión y promover todos los programas y actividades necesarios para preservar capacidades, promover la autonomía y combatir el nivel de dependencia. La salud mental debe ser un puntal necesario del proceso, asegurar una adecuada motivación y un bienestar emocional es uno de los factores protectores para la conservación de capacidades y combatir el deterioro cognitivo.
¿Qué impacto tiene la forma en la que hablamos a las personas mayores sobre su propia identidad y autoestima? ¿Podemos estar ejerciendo una forma de edadismo sin darnos cuenta cuando utilizamos determinadas expresiones, adoptamos una actitud excesivamente paternalista o damos por hecho que una persona mayor ya no puede decidir sobre su propia vida? Definitivamente, La forma en la que hablamos y nos relacionamos con las personas mayores puede influir considerablemente en su identidad, su autoestima y su percepción de autonomía. El lenguaje no solo sirve para comunicarnos, sino que también transmite ideas sobre cómo consideramos a la otra persona y qué esperamos de ella. Por eso, expresiones excesivamente infantilizadas, condescendientes o paternalistas pueden transmitir, aunque sea de manera inconsciente, la idea de que una persona mayor es frágil, dependiente o tiene menos capacidad para decidir. A diferencia, unas verbalizaciones positivas, consideradas y en consonancia, pueden ser fuertes revulsivos para la persona. El edadismo queda en muchas ocasiones implícito en nuestras narrativas y trato habitual cotidiano, ser más conscientes y tratar a los mayores como personas adultas, ayudará a minimizar la problemática y a promover el autogobierno en las personas mayores.
En el caso de las personas con demencia, existen momentos en los que la conducta puede resultar difícil de comprender para quienes las rodean. ¿Cómo deberíamos interpretar comportamientos que aparentemente carecen de sentido y qué puede cambiar en la manera de cuidar cuando dejamos de preguntarnos solamente «qué está haciendo» la persona y empezamos a preguntarnos «qué puede estar intentando expresar»? Interesantísima pregunta, es cierto que debemos anticiparnos y leer la emoción y el comportamiento que subyacen bajo un determinado problema de conducta. Indudablemente, tras una reacción agresiva puede haber una incomodidad, una necesidad insatisfecha, un dolor crónico o una frustración por las trabas lingüísticas. En este sentido, es fundamental conocer al paciente y adaptarse debidamente a la etapa de deterioro en la que nos encontremos, ya que el esquema de cuidados debe ser dinámico y adaptativo.
La figura del cuidador aparece constantemente en su trayectoria profesional y en su labor como autor y formador. ¿Qué señales psicológicas deberían alertarnos de que el desgaste del cuidador ha dejado de ser un cansancio normal y se está convirtiendo en una situación que puede comprometer seriamente su bienestar emocional y también la calidad de los cuidados que proporciona? El cuidador siempre ha ocupado mi interés, además del paciente afectado con Alzheimer. Se trata de una figura esencial pero invisibilizada, sufre mucho durante todo el proceso, pero es el bastión fundamental de la atención al paciente con Alzheimer. Dada su vulnerabilidad, las señales de alerta que nos ponen sobre aviso de su agotamiento es la sintomatología depresiva, su alejamiento de contactos interpersonales, falta de energía, irritabilidad, anhedonia y fundamentalmente, el descuido de sus propias necesidades.
Como director de Neurama y profesional vinculado a la investigación y divulgación en psicogerontología, ¿qué avances o cambios en la manera de entender el envejecimiento considera que podrían transformar nuestra visión de las personas mayores durante los próximos años, especialmente en ámbitos como la prevención, la participación social y la intervención psicológica? Principalmente, ceñirnos a estrategias de envejecimiento activo, prevención y concienciación social. Debemos avanzar todavía más en planificación de cuidados, en hábitos saludables, en fortalecimiento de redes sociales y contacto interpersonal, en políticas sanitarias y también en preparar medidas para hacer frente al reto demográfico
Ha participado en iniciativas relacionadas con el envejecimiento activo, la innovación social y los hábitos de vida saludables. ¿Hasta qué punto cree que nuestra sociedad está preparada para asumir que envejecer no es únicamente una cuestión individual y que las condiciones sociales, urbanísticas, familiares, económicas y comunitarias pueden influir profundamente en la salud mental de las personas mayores? Asumir que el envejecimiento es un desafío multidimensional es una óptica adecuada. La sociedad actual debe considerar un abordaje a todos los niveles, social, terapéutico, financiero, demográfico, institucional, sanitario entre otros. No se trata de un objetivo individual, aquí hablamos de colectividad, de confrontar desde la cohesión, de cómo encarar un gravísimo problema que vendrá con todas las consecuencias de la edad avanzada y la longevidad, que estamos asegurando hoy día en las personas mayores.
Después de su trayectoria como psicólogo, psicogerontólogo, docente, investigador, escritor y divulgador, ¿qué ha aprendido de las personas mayores y de sus familias que no aparece en los libros de Psicología y que le gustaría transmitir a cualquier persona que todavía mira el envejecimiento como una etapa exclusivamente asociada a pérdidas y limitaciones? En primer lugar, me gustaría destacar la fuente de sabiduría, experiencia y riqueza vital que encarnan las personas mayores, son bagajes de vida transmisibles y que pueden ayudar a otras generaciones a superar desafíos vitales. También he aprendido que envejecer no significa dejar de crecer. Las personas mayores continúan teniendo deseos, proyectos, necesidades afectivas, capacidad de aprendizaje y ganas de sentirse útiles y reconocidas. También he aprendido que no debemos confundir edad con incapacidad. Una persona puede necesitar determinados apoyos y, al mismo tiempo, seguir queriendo decidir sobre su propia vida. He aprendido también a escuchar y a facilitar el camino de aquellos que crearon el nuestro. De las familias de afectados, he aprendido también que cuidar puede ser una experiencia profundamente afectiva, pero que no está exenta de cansancio, miedo, culpa o incertidumbre. Por eso, cuidar a una persona mayor implica también cuidar a quien cuida.





