Cuando escuchamos la palabra estrés, casi siempre pensamos en algo negativo. Pensamos en jornadas interminables, responsabilidades acumuladas, problemas para dormir, cansancio, ansiedad, irritabilidad o esa sensación tan conocida de tener demasiadas cosas pendientes y no saber por dónde empezar.
Sin embargo, el estrés no es necesariamente nuestro enemigo.
Existe una forma de estrés que puede tener una función adaptativa y ayudarnos a afrontar determinados desafíos: el eustrés.
Hablar de eustrés no significa afirmar que el estrés sea bueno en cualquier circunstancia ni que debamos acostumbrarnos a vivir bajo presión. Tampoco significa convertir el sufrimiento en una oportunidad de crecimiento a la fuerza.
Significa comprender que la respuesta de estrés forma parte de los mecanismos naturales de nuestro organismo para adaptarse a las demandas del entorno y que, cuando aparece con una intensidad moderada, durante un periodo limitado y ante un reto que podemos afrontar, puede contribuir a nuestra activación, motivación y rendimiento.
La clave está en encontrar un equilibrio.
Porque una cosa es sentirnos activados ante un desafío y otra muy diferente vivir permanentemente en estado de alerta.
¿Qué es exactamente el eustrés?
El término eustrés hace referencia a una respuesta de estrés considerada positiva, adaptativa o funcional.
La palabra procede del prefijo griego eu, que significa «bueno», y del término stress, estrés.
En términos sencillos, podemos entenderlo como ese nivel de activación que aparece cuando nos enfrentamos a un reto y que, en determinadas circunstancias, puede ayudarnos a responder mejor.
Por ejemplo, imaginemos que tenemos que hablar delante de un grupo de personas.
Es posible que, antes de comenzar, notemos que el corazón late más rápido, que estamos más atentos, que sentimos cierta tensión o incluso que aparecen los famosos «nervios».
Esa activación no tiene por qué ser perjudicial.
Puede ayudarnos a estar concentrados, recordar lo que hemos preparado y prestar más atención a lo que estamos haciendo.
Algo parecido puede ocurrir antes de una competición deportiva, durante la preparación de un examen, al comenzar un nuevo proyecto profesional o cuando tenemos que afrontar una conversación importante.
Existe un desafío.
Nuestro organismo lo detecta.
Y se prepara para responder.
El estrés no siempre significa enfermedad
Uno de los errores más habituales es pensar que cualquier respuesta de estrés indica que algo va mal.
No necesariamente.
El estrés es, en esencia, una respuesta de adaptación.
Nuestro organismo dispone de sistemas que nos permiten responder rápidamente cuando percibimos una demanda o una amenaza.
El problema no está en que estos mecanismos existan.
De hecho, serían fundamentales para nuestra supervivencia.
El problema aparece cuando la activación es demasiado intensa, se mantiene durante demasiado tiempo, aparece con demasiada frecuencia o no tenemos oportunidades suficientes para recuperar el equilibrio.
Por eso resulta más útil pensar en el estrés como un fenómeno que puede situarse en diferentes niveles.
Un poco de activación puede ayudarnos.
Demasiada puede bloquearnos.
Y una activación mantenida durante largos periodos puede terminar agotándonos.
Eustrés y distrés: ¿cuál es la diferencia?
Para comprender mejor el concepto de eustrés debemos hablar también del distrés.
El distrés hace referencia al estrés que genera malestar y que puede interferir negativamente en nuestra salud y funcionamiento cotidiano.
Podríamos resumirlo de una manera sencilla:
Eustrés: «Tengo un reto y puedo afrontarlo».
Distrés: «Esto me supera y no tengo recursos suficientes para afrontarlo».
Pero esta diferencia no depende únicamente de la situación.
También influye nuestra percepción.
Dos personas pueden encontrarse exactamente ante el mismo desafío y experimentar respuestas completamente diferentes.
Para una persona, realizar una presentación puede ser una oportunidad para demostrar lo que sabe.
Para otra, puede representar una situación de amenaza que desencadene un nivel elevado de ansiedad.
Por eso, cuando hablamos de estrés debemos tener en cuenta tanto las circunstancias externas como nuestros recursos internos y externos.
La percepción de control es fundamental
Uno de los factores que puede influir en cómo vivimos una situación es la sensación de control.
Cuando pensamos que podemos hacer algo para afrontar un problema, la situación puede parecernos más manejable.
No significa que tengamos que controlar todo.
Eso sería imposible.
Significa percibir que tenemos algún margen de actuación.
Prepararnos para un examen.
Organizar una presentación.
Pedir ayuda.
Buscar información.
Dividir una tarea complicada en pequeños pasos.
Hablar con alguien.
Cambiar una estrategia.
Todas estas acciones pueden aumentar nuestra sensación de capacidad para responder.
Por el contrario, cuando sentimos que nada de lo que hagamos puede cambiar la situación, la percepción de amenaza puede aumentar.
El eustrés puede aparecer ante situaciones positivas
Una cuestión especialmente interesante es que el estrés no aparece únicamente ante acontecimientos negativos.
También podemos sentir estrés ante situaciones que deseamos.
Una boda.
Un viaje.
Un nuevo trabajo.
Una mudanza.
El nacimiento de un proyecto.
Una competición.
Una entrevista laboral.
Una exposición pública.
Incluso comenzar una relación puede generar una importante activación emocional.
¿Por qué?
Porque nuestro organismo no responde únicamente a aquello que consideramos malo.
También responde ante cambios, incertidumbre, novedades y situaciones que requieren adaptación.
Y cualquier cambio importante requiere recursos.
Por eso podemos estar felices y estresados al mismo tiempo.
Podemos tener ilusión y nervios.
Podemos estar emocionados y agotados.
Las emociones humanas no siempre aparecen de manera aislada.
El cuerpo también participa
El eustrés no ocurre únicamente «en nuestra cabeza».
Cuando nos enfrentamos a una situación exigente, nuestro organismo puede activar diferentes respuestas fisiológicas.
Podemos experimentar:
- Aumento de la frecuencia cardíaca.
- Mayor estado de alerta.
- Cambios en la respiración.
- Tensión muscular.
- Mayor atención hacia determinados estímulos.
- Liberación de sustancias relacionadas con la respuesta de estrés.
- Movilización de energía.
Estas respuestas tienen sentido desde el punto de vista biológico.
Nuestro cuerpo está preparándose para actuar.
En determinadas circunstancias, esa activación puede resultar útil.
El problema aparece cuando el organismo permanece demasiado tiempo en ese estado y no dispone de suficiente recuperación.
El cerebro ante un desafío
Cuando interpretamos una situación como relevante o exigente, nuestro cerebro participa en la evaluación de lo que está ocurriendo.
No respondemos únicamente a la situación objetiva.
También respondemos a lo que creemos que significa.
Por eso nuestras experiencias anteriores pueden influir.
Si anteriormente afrontamos una situación difícil y conseguimos resolverla, quizá ante un nuevo desafío pensemos:
«Ya he pasado por algo parecido».
Esa experiencia puede aumentar nuestra percepción de eficacia.
Si, por el contrario, hemos vivido experiencias muy negativas relacionadas con situaciones similares, es posible que anticipemos consecuencias perjudiciales.
La forma en que interpretamos el desafío puede modificar nuestra respuesta.
¿Puede el eustrés aumentar la motivación?
En determinadas circunstancias, sí.
Cuando tenemos un objetivo que consideramos importante y existe cierto nivel de dificultad, la activación puede contribuir a movilizar nuestra atención y nuestros recursos.
Un reto demasiado sencillo puede resultar aburrido.
Un reto que percibimos como completamente imposible puede generar bloqueo.
Entre ambos extremos puede existir una zona en la que sentimos que la tarea es exigente, pero que tenemos posibilidades de conseguirla.
Ese equilibrio puede resultar especialmente estimulante.
Es la diferencia entre:
«Esto es difícil, pero quiero intentarlo».
Y:
«Esto es imposible y no sé por dónde empezar».
Eustrés y rendimiento
El concepto de eustrés también se ha relacionado tradicionalmente con el rendimiento.
Una activación moderada puede favorecer determinados procesos relacionados con la atención, la concentración y la preparación para la acción.
Pero esto no significa que «cuanto más estrés, mejor rendimiento».
Todo lo contrario.
Cuando la activación aumenta demasiado, puede aparecer una disminución del rendimiento.
Podemos tener dificultades para concentrarnos.
Podemos cometer más errores.
Podemos olvidar información que conocíamos.
Podemos sentirnos bloqueados.
Podemos actuar impulsivamente.
Por eso, más activación no significa necesariamente más productividad.
Cada persona y cada tarea tienen sus propias características.
¿Por qué los nervios antes de algo importante pueden ser normales?
Imaginemos que tenemos que realizar una entrevista de trabajo.
Es normal sentir cierto nerviosismo.
El problema sería interpretar automáticamente esos nervios como una señal de que no somos capaces.
Sentir nervios significa que nuestro organismo reconoce que la situación es importante.
Podemos intentar cambiar nuestra relación con esa sensación.
En lugar de pensar:
«Estoy nervioso, así que lo voy a hacer mal».
Podemos reconocer:
«Estoy activado porque esta situación me importa».
Este cambio no elimina mágicamente los nervios, pero puede modificar la interpretación que hacemos de ellos.
Y esa interpretación puede influir en nuestra experiencia.
El eustrés no consiste en pensar siempre en positivo
Conviene hacer una aclaración importante.
Hablar de eustrés no significa defender el pensamiento positivo como solución universal.
No podemos controlar todas las circunstancias mediante nuestra actitud.
Existen situaciones objetivamente difíciles.
Hay problemas económicos, enfermedades, conflictos familiares, pérdidas, violencia, precariedad, sobrecarga laboral y muchas otras circunstancias que pueden generar estrés real y sostenido.
No sería adecuado decirle a una persona que está sufriendo:
«Solo tienes que cambiar tu manera de pensar».
La salud mental requiere una mirada mucho más amplia.
El contexto importa.
Los recursos disponibles importan.
Las condiciones de vida importan.
El apoyo social importa.
Y también importa nuestra historia personal.
¿Cuándo deja de ser eustrés?
Esta es probablemente una de las cuestiones más importantes.
El estrés que inicialmente puede resultar estimulante puede transformarse en perjudicial cuando las demandas superan de manera continuada nuestra capacidad de afrontamiento.
También cuando la activación se prolonga sin periodos adecuados de recuperación.
Una persona puede comenzar un proyecto con entusiasmo.
Trabaja más horas durante unos días.
Duerme algo menos.
Está especialmente concentrada.
Puede sentirse satisfecha con su progreso.
Pero si esa situación se convierte en meses de sobrecarga, falta de sueño, imposibilidad de desconectar y ausencia de descanso, lo que comenzó como una activación motivadora puede acabar provocando agotamiento.
Por eso, el contexto temporal es fundamental.
El cuerpo puede tolerar esfuerzos puntuales.
Lo que puede resultar problemático es convertir el esfuerzo excepcional en la norma.
El descanso también es parte del proceso
En una sociedad que suele premiar la productividad, descansar puede parecer una pérdida de tiempo.
Pero nuestro organismo necesita recuperación.
No podemos permanecer permanentemente activados.
Necesitamos dormir.
Necesitamos alimentarnos.
Necesitamos movernos.
Necesitamos desconectar.
Necesitamos relacionarnos.
Necesitamos momentos sin objetivos.
Necesitamos espacios en los que no estemos respondiendo constantemente a demandas externas.
El descanso no elimina nuestra capacidad de esfuerzo.
La protege.
Eustrés y deporte
El deporte ofrece un ejemplo especialmente claro.
Antes de una competición, un deportista puede sentir nervios, tensión y una elevada activación.
Esa sensación puede resultar útil si está dentro de un nivel que le permita concentrarse y ejecutar adecuadamente.
Pero si la activación es excesiva, puede aparecer bloqueo, dificultad para tomar decisiones o problemas de coordinación.
Por eso, muchos deportistas aprenden estrategias para regular su activación antes y durante la competición.
No buscan necesariamente estar completamente relajados.
Buscan encontrar su nivel óptimo de activación.
Eustrés en los estudios
Los estudiantes también pueden experimentar este fenómeno.
Tener un examen próximo puede generar cierta presión que impulse a organizar el tiempo y estudiar.
Pero cuando la presión se convierte en miedo constante al fracaso, noches sin dormir, pensamientos obsesivos o incapacidad para concentrarse, la situación cambia.
La cuestión no es eliminar toda preocupación ante un examen.
Es evitar que la preocupación se convierta en una carga que impida estudiar.
Eustrés en el trabajo
En el ámbito laboral, los retos pueden ser motivadores.
Aprender una nueva competencia, asumir una responsabilidad, participar en un proyecto interesante o afrontar un desafío profesional puede generar satisfacción.
Pero existe una diferencia importante entre reto y sobrecarga.
Un reto puede estimular.
La sobrecarga mantenida puede desgastar.
Por eso, hablar de eustrés nunca debería utilizarse como argumento para normalizar jornadas excesivas, falta de descanso, presión constante o ambientes laborales perjudiciales.
No todo estrés laboral es «estrés positivo».
¿Cómo podemos aprovechar el eustrés?
No podemos fabricar eustrés a voluntad.
Pero sí podemos desarrollar recursos que favorezcan una relación más saludable con los desafíos.
Prepararnos antes de afrontar un reto
La preparación puede reducir la incertidumbre.
Cuanto más familiarizados estamos con una tarea, más probable es que percibamos que tenemos recursos para afrontarla.
Dividir los objetivos
Un objetivo enorme puede resultar abrumador.
Dividirlo en pequeñas acciones concretas puede hacer que parezca más manejable.
Reconocer nuestros avances
No todo tiene que medirse en términos de éxito o fracaso.
Reconocer pequeños progresos puede aumentar la sensación de competencia.
Establecer límites
No podemos aceptar todas las demandas.
Aprender a decir «no» también forma parte de la gestión saludable del estrés.
Priorizar
Preguntarnos qué es realmente urgente y qué puede esperar puede reducir la presión innecesaria.
Pedir ayuda
Pedir ayuda no significa que no podamos afrontar las dificultades.
Significa utilizar los recursos disponibles.
Dormir y recuperar
Sin recuperación, cualquier estrategia de gestión del estrés queda incompleta.
Aprender a escuchar nuestro cuerpo
Nuestro cuerpo puede convertirse en una fuente importante de información.
No se trata de interpretar cada sensación física como una señal de enfermedad.
Se trata de observar patrones.
¿Estamos durmiendo peor?
¿Estamos constantemente irritables?
¿Nos cuesta desconectar?
¿Tenemos tensión muscular?
¿Estamos agotados incluso después de descansar?
¿Nos cuesta concentrarnos?
¿Hemos perdido el interés por actividades que antes disfrutábamos?
Estas señales pueden indicarnos que quizá necesitamos reducir la carga, revisar nuestras rutinas o buscar apoyo profesional.
El eustrés no es una excusa para aguantar más
Existe un riesgo al popularizar conceptos como el eustrés.
Podemos terminar pensando que tenemos que convertir cualquier situación difícil en una experiencia positiva.
Y eso puede llevarnos a soportar más de lo que deberíamos.
No.
El eustrés no significa aguantar más.
Tampoco significa trabajar más.
No significa dormir menos.
No significa aceptar situaciones perjudiciales.
No significa ignorar el cansancio.
No significa negar nuestras emociones.
El eustrés describe una respuesta de activación que, en determinadas condiciones, puede ser adaptativa.
Nada más.
La importancia de conocer nuestros propios límites
No existe una cantidad exacta de estrés que funcione igual para todas las personas.
Cada uno tiene circunstancias diferentes.
Nuestra edad, experiencia, estado físico, contexto social, recursos económicos, responsabilidades, experiencias anteriores y situación emocional pueden influir en nuestra capacidad para afrontar determinados retos.
Por eso, conocernos es fundamental.
Hay personas que funcionan mejor con cierta presión.
Otras necesitan más tiempo y planificación.
Algunas disfrutan de situaciones nuevas.
Otras necesitan mayor previsibilidad.
No existe una única forma correcta de responder ante los desafíos.
¿Y si cambiamos nuestra relación con el estrés?
Quizá uno de los aprendizajes más interesantes que podemos extraer del concepto de eustrés sea que no necesitamos entrar en guerra con todas nuestras sensaciones de activación.
Podemos aprender a observarlas.
A preguntarnos qué nos están indicando.
A distinguir entre nervios y desbordamiento.
Entre reto y amenaza.
Entre esfuerzo puntual y sobrecarga.
Entre motivación y agotamiento.
Entre estar activados y vivir permanentemente en alerta.
Esa capacidad de diferenciación puede ayudarnos a cuidar mejor nuestra salud mental.
Cuando pedir ayuda es importante
Aunque podamos hablar de eustrés y de estrategias para gestionar los desafíos cotidianos, no debemos olvidar que existen situaciones en las que el malestar requiere atención profesional.
Si el estrés afecta de forma persistente al sueño, al trabajo, a los estudios, a las relaciones o a nuestra capacidad para disfrutar de la vida, es importante prestar atención.
También si sentimos que estamos constantemente desbordados o que nuestras estrategias habituales ya no funcionan.
Buscar ayuda psicológica puede proporcionar herramientas para comprender qué está ocurriendo y desarrollar formas más saludables de afrontar las dificultades.
Pedir ayuda no significa que no seamos suficientemente fuertes.
Significa que estamos tomando nuestra salud en serio.
El equilibrio es la verdadera clave
El eustrés nos recuerda que el estrés no puede entenderse únicamente como algo bueno o malo.
La respuesta de estrés tiene una función.
Nos permite reaccionar ante los desafíos.
Puede aumentar nuestra activación.
Puede favorecer nuestra preparación.
Puede movilizar recursos.
Incluso puede acompañar momentos de ilusión y crecimiento.
Pero también tiene límites.
Cuando las demandas son excesivas, cuando sentimos que no podemos afrontarlas o cuando no existen espacios suficientes para recuperar, la activación puede convertirse en una fuente importante de malestar.
Por eso, quizá la pregunta más interesante no sea:
«¿Cómo puedo eliminar todo el estrés de mi vida?»
Sino:
«¿Cómo puedo aprender a reconocer cuándo el estrés me ayuda y cuándo necesito parar?»
Porque la salud mental no consiste en vivir permanentemente relajados.
Tampoco consiste en estar siempre motivados.
Consiste, entre otras cosas, en poder afrontar los retos de la vida sin olvidar nuestras propias necesidades.
Podemos avanzar y descansar.
Podemos esforzarnos y poner límites.
Podemos tener objetivos y reconocer que estamos cansados.
Podemos sentir nervios ante algo importante y, al mismo tiempo, confiar en nuestros recursos.
Y podemos pedir ayuda cuando esos recursos ya no son suficientes.
El eustrés puede ser un aliado, pero nunca debería convertirse en una obligación.
Nuestro bienestar no se mide por cuánto estrés somos capaces de soportar.
También se mide por nuestra capacidad para recuperarnos, cuidarnos y reconocer cuándo necesitamos detenernos.
Porque afrontar un reto puede hacernos crecer.
Pero aprender a cuidarnos mientras lo afrontamos es también una forma de crecimiento.





