Psicología

Entrevista a Raquel Córdoba psicóloga especializada en trauma y apego

En esta entrevista converso con Raquel Córdoba, psicóloga especializada en trauma, sobre algunos de los grandes retos de la salud mental en la actualidad: la importancia de comprender nuestra historia personal antes de intentar cambiarla, los tiempos que requiere un proceso terapéutico, los mecanismos de protección que desarrollamos para sobrevivir, el impacto de las redes sociales en la divulgación psicológica y la necesidad de desterrar mitos y etiquetas que dificultan el verdadero autoconocimiento. Con una mirada cercana, rigurosa y profundamente humana, reflexiona sobre el papel de la psicoterapia como un espacio seguro desde el que comprender el sufrimiento, favorecer el crecimiento personal y recordar que el cambio es posible cuando existe acompañamiento, compromiso y respeto por el proceso de cada persona. Raquel tu propia historia personal ha influido en la forma en que entiendes la psicoterapia. ¿Cómo consigues que esa experiencia vital enriquezca tu trabajo sin que interfiera en el proceso terapéutico de las personas que acompañas? Creo que mi historia personal ha sido, sin duda, una parte muy importante de la profesional que soy hoy. De hecho, cuando terminé la carrera de Psicología no me dediqué directamente a la consulta. Pasé varios años trabajando en el ámbito de los Recursos Humanos, posteriormente en comunicación y también como docente en un posgrado relacionado con la psicología. Siempre estuve cerca de esta profesión, pero todavía no era el momento de ejercerla desde la clínica. Hubo una etapa de mi vida en la que toqué fondo. Fue un momento de inflexión muy importante en el que tuve la enorme suerte de encontrar profesionales que supieron acompañarme y sostenerme. Gracias a ese proceso terapéutico pude reconstruirme, comprender mi propia historia y descubrir el profundo poder reparador que puede tener una relación terapéutica cuando se establece desde el respeto, la seguridad y la humanidad. Fue entonces cuando decidí emprender el camino que hoy me ha traído hasta aquí. Entendí que quería dedicar mi vida a acompañar a otras personas a comprender su historia, aliviar su sufrimiento y construir una vida más en paz consigo mismas. Mi experiencia personal me permite conectar con mucho respeto y sensibilidad con el dolor ajeno, pero nunca doy por hecho que la historia de quien tengo delante es igual que la mía. Cada persona es única y vive el sufrimiento de una forma distinta. Precisamente por eso considero imprescindible mantener una formación continua, realizar supervisión clínica y seguir cuidando mi propio proceso terapéutico. Esa es la manera de asegurar que mi historia aporte empatía y comprensión, pero nunca interfiera en el proceso de la persona que acompaño. Si hay algo que mi propia historia me ha enseñado es que nadie necesita que le digan cómo debe vivir su proceso; lo que necesita es un espacio seguro en el que poder descubrirlo por sí mismo. Para mí, ese es el verdadero papel de la psicoterapia y el que intento ofrecer cada día en consulta. Muchas personas llegan a consulta convencidas de que tienen un problema concreto, pero descubren que el origen es muy diferente. ¿Cuál ha sido el aprendizaje más sorprendente que te ha dejado ese contraste entre lo que el paciente cree necesitar y lo que realmente necesita? Cada persona necesita sus propios tiempos, y precisamente por eso me gusta hablar de lo que sucede en consulta como un «proceso terapéutico». Entiendo la intervención psicoterapéutica como un baile en el que hemos de acompañarnos sin correr, prestando mucha atención y respetando los tiempos de cada paciente. Muchas veces, las personas llegan a consulta con una idea muy clara sobre cuál es su problema. Sin embargo, desde nuestro conocimiento como psicólogos, nuestra función es tratar de ver más allá y ayudarles a comprender e identificar no solo qué les sucede, sino también en qué momento pudo originarse y qué es lo que, a día de hoy, puede estar manteniendo ese malestar. Por eso, aunque los pacientes pueden tener una idea muy clara de lo que les sucede, a veces encuentran dificultades para poder trascenderlo. Me gusta pensar que nosotros somos una especie de limpiadores y ordenadores de la mente: ayudamos a arrojar luz sobre aquellos huecos en los que hay mucha sombra y cuyo contenido todavía desconocemos. A partir de ahí, organizamos una intervención a medida, adaptada a lo que necesita cada persona, para acompañarla en la consecución de sus objetivos terapéuticos. En una sociedad que busca soluciones rápidas, ¿cómo ayudas a una persona a aceptar que sanar una herida emocional profunda requiere tiempo, paciencia y, en ocasiones, atravesar momentos incómodos? No todo el mundo está dispuesto a pasar por ello, algo que me parece totalmente lícito. Desde el contexto terapéutico, explicamos cómo funciona este proceso y los retos que puede conllevar, así como los riesgos que puede tener continuar tapando lo sucedido y bloqueando todo aquello que hay debajo de la experiencia. A partir de ahí, es cada persona quien decide hasta dónde quiere llegar y cuál es el momento adecuado para hacerlo, respetando siempre sus propios tiempos y decisiones. Hablas con frecuencia de comprender la historia personal antes de intentar cambiarla. ¿Crees que vivimos en una cultura demasiado centrada en eliminar síntomas y poco interesada en escuchar el mensaje que esos síntomas intentan transmitir? Totalmente, y es algo que veo mucho en mis sesiones, sobre todo al inicio. La desesperanza y el malestar nos generan mucha incomodidad. Tanta, que queremos quitárnoslos de encima cuanto antes. Creo que en esto ha influido mucho la sociedad en la que vivimos, en la que queremos todo de forma inmediata y nos hemos olvidado de cultivar la paciencia. Hoy en día tenemos casi todo a nuestro alcance con un solo clic, y pensamos que con nuestros problemas podemos hacer lo mismo. Pero no existen recetas mágicas ni herramientas emocionales que nos permitan hacer desaparecer el malestar en cuestión de segundos. Hay algo que siempre digo: si eso que te produce tanto malestar lleva instalado en ti tantos años de tu vida, ¿qué te hace pensar que en un par de sesiones

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Entrevista a Jose Manuel Molinero Roldán psicólogo clínico

José Manuel Molinero Roldán es investigador y docente especializado en psicología, con una sólida trayectoria en el estudio de la evaluación psicológica, la personalidad y el sufrimiento humano desde una perspectiva contextual y científica. Su trabajo se centra en comprender los procesos que subyacen al malestar psicológico, promoviendo una visión que trasciende las etiquetas diagnósticas para poner el foco en la historia, el contexto y la singularidad de cada persona. En esta entrevista comparte una reflexión crítica sobre algunos de los principales retos de la salud mental en la sociedad actual, desde el impacto de las redes sociales y la inteligencia artificial hasta la importancia de construir una vida con sentido más allá de la ausencia de sufrimiento. La sociedad actual parece estar cada vez más preocupada por su bienestar emocional. Desde su experiencia como investigador y docente, ¿cree que realmente entendemos qué significa tener una buena salud mental o seguimos asociándola únicamente a la ausencia de trastornos psicológicos? Creo que seguimos teniendo una comprensión bastante limitada de lo que llamamos salud mental. De hecho, incluso el término “salud mental” no tiene demasiado sentido. Y digo esto aquí porque las “mentes”, de hecho, no pueden enfermar luego no puede haber salud o enfermedad mental. Lo que si existe es el sufrimiento humano. Con frecuencia la definimos por oposición: no tener ansiedad, no estar deprimido, no sufrir, no tener síntomas. Pero una vida psicológicamente saludable no es una vida sin malestar. Eso sería una ficción. Lo que se denomina “salud mental” tiene más que ver con la capacidad de vivir de manera flexible, significativa y vinculada a lo que importa, incluso en presencia de dolor, incertidumbre o contradicciones. No se trata de eliminar toda emoción desagradable, sino de poder relacionarnos de otra manera con lo que sentimos, pensamos y recordamos.  Quizá uno de los problemas de nuestra época sea haber convertido el bienestar emocional en una especie de obligación. Parece que sentirse mal se ha vuelto sospechoso y que cualquier experiencia dolorosa requiere una explicación psicológica o una intervención inmediata. Desde mi punto de vista, una buena salud psicológica tiene más que ver con la flexibilidad para vivir, amar, trabajar y comprometerse con lo que importa, incluso cuando el dolor está presente, que con la ausencia absoluta de sufrimiento. En los últimos años hemos visto un aumento notable de personas que buscan respuestas sobre sí mismas a través de etiquetas diagnósticas. ¿Qué riesgos y beneficios encuentra en esta tendencia a identificar experiencias personales complejas mediante categorías psicológicas? Las etiquetas diagnósticas pueden tener cierta utilidad. A veces ayudan a ordenar la experiencia, a pedir ayuda, a acceder a recursos o a que una persona deje de sentirse culpable por lo que le ocurre. En ese sentido, pueden ofrecer un alivio inicial y favorecer una mayor comprensión de algunas dificultades. El problema aparece cuando la etiqueta deja de ser una descripción provisional y se convierte en una identidad. Cuando alguien pasa de “me ocurre esto en determinadas circunstancias” a “soy esto”. Ahí corremos el riesgo de empobrecer la comprensión de la persona. Una categoría diagnóstica puede nombrar una forma de sufrimiento, pero no explica por sí misma la historia que la ha hecho posible ni las condiciones que la mantienen. Existe además, un problema menos evidente, pero importante: el riesgo de caer en explicaciones tautológicas. Es decir, acabar utilizando la propia categoría diagnóstica como si fuera la causa de aquello que pretendemos explicar. Por ejemplo, decir que una persona evita determinadas situaciones porque “tiene ansiedad”, o que es muy impulsiva porque “tiene TDAH”, puede dar una sensación de explicación, cuando en realidad estamos describiendo el problema con otras palabras. Es una especie de razonamiento circular: la conducta se utiliza para construir la categoría y, después, la categoría se emplea para explicar la conducta. Esto puede dar una falsa sensación de comprensión y hacer que dejemos de preguntarnos por la historia de aprendizaje, las relaciones, las circunstancias y las funciones que esas conductas cumplen en la vida de esa persona. También, existe el riesgo de la estigmatización. A veces el diagnóstico no solo cambia la forma en que otros miran a la persona, sino también la forma en que la persona acaba mirándose a sí misma. Puede favorecer expectativas de limitación, sentimientos de diferencia o una especie de identidad cerrada en torno al problema. Paradójicamente, algo que inicialmente pretendía ayudar puede terminar estrechando las posibilidades de cambio y reforzando una visión excesivamente fija de uno mismo. También existe el riesgo de releer retrospectivamente toda la biografía a través de esa categoría. Una vez recibida la etiqueta, algunas personas comienzan a reinterpretar gran parte de su historia desde ella, como si hubiera estado presente explicándolo todo desde siempre. Este fenómeno, conocido como “timetización”, puede aportar una sensación de coherencia, pero también simplificar en exceso la complejidad de una vida y oscurecer otros factores relevantes relacionados con la historia de aprendizaje, las relaciones y el contexto. El sufrimiento humano suele tener una trama: relaciones, aprendizajes, contextos, reglas familiares, exigencias sociales y formas de protegerse que en algún momento tuvieron sentido. Si reducimos todo eso a una etiqueta, podemos ganar rapidez, pero perder profundidad. El diagnóstico puede ser un mapa útil, pero nunca debería convertirse en la totalidad del territorio ni en una definición de la persona. Muchas personas afirman sentirse agotadas emocionalmente sin que exista una causa concreta o un acontecimiento traumático detrás. ¿Qué factores psicológicos y sociales podrían explicar este fenómeno tan frecuente en la actualidad? No todo sufrimiento procede de un gran trauma visible. Muchas veces el desgaste se va construyendo por acumulación: pequeñas renuncias, exigencias continuas, hiperconectividad, precariedad, comparación social, falta de descanso real, relaciones poco nutritivas o vidas organizadas más alrededor del rendimiento que del sentido. Vivimos en una cultura que pide disponibilidad permanente. Hay que responder, producir, mejorar, mostrarse, cuidarse, optimizarse. Incluso el bienestar se ha convertido a veces en una obligación más. Y eso genera una forma de cansancio que no siempre tiene una causa única, sino muchas condiciones

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¿Eres una persona crítica o vives atrapado en la crítica constante?

La salud mental y los trastornos del comportamiento han sido objeto de estudio durante siglos. Sin embargo, existen algunas alteraciones poco conocidas que despiertan gran interés tanto en la comunidad científica como en el público general. Una de ellas es el criticoma, un término poco frecuente que hace referencia a una conducta caracterizada por una tendencia excesiva y persistente a criticar a los demás. Aunque no se considera un trastorno psicológico reconocido de forma independiente en los principales manuales diagnósticos, el criticoma puede aparecer asociado a determinados rasgos de personalidad, problemas emocionales o dificultades en las relaciones interpersonales. Comprender este comportamiento puede ayudarnos a identificar sus causas y a encontrar estrategias para gestionarlo de manera saludable. ¿Qué es el criticoma? El criticoma se define como una inclinación constante y desproporcionada a emitir juicios negativos sobre otras personas, sus acciones, decisiones o características personales. Quien presenta esta conducta suele encontrar defectos con facilidad, señalar errores de forma recurrente y mostrar dificultades para reconocer los aspectos positivos de los demás. No se trata simplemente de expresar una opinión o realizar una crítica constructiva. La diferencia radica en la frecuencia, intensidad y finalidad de los comentarios. Mientras que una crítica saludable busca mejorar una situación o aportar una perspectiva útil, el criticoma se caracteriza por una actitud negativa persistente que puede afectar significativamente a las relaciones personales, familiares y laborales. Diferencia entre crítica constructiva y criticoma Es importante distinguir entre ambos conceptos: Crítica constructiva Tiene una intención de ayuda o mejora. Se centra en conductas específicas. Incluye propuestas o alternativas. Se expresa con respeto y empatía. Busca el crecimiento personal o profesional. Criticoma Tiende a ser constante y repetitivo. Se enfoca principalmente en los defectos. Puede incluir juicios personales. Genera malestar en quien la recibe. No suele aportar soluciones reales. Por ejemplo, decir a un compañero de trabajo: «Quizás podrías organizar mejor la presentación para que sea más clara» sería una crítica constructiva. En cambio, afirmar repetidamente que «siempre haces todo mal» refleja una actitud más cercana al criticoma. ¿Por qué algunas personas critican constantemente? Detrás de una actitud excesivamente crítica pueden existir diferentes factores psicológicos y emocionales. Baja autoestima Paradójicamente, muchas personas que critican constantemente a los demás pueden estar luchando con sentimientos de inseguridad personal. Señalar los defectos ajenos puede convertirse en una forma de proteger la propia autoestima o de evitar enfrentarse a las propias dificultades. Necesidad de control Algunas personas experimentan una fuerte necesidad de que todo se ajuste a sus expectativas. Cuando los demás actúan de forma diferente, pueden reaccionar mediante críticas constantes. Perfeccionismo El perfeccionismo excesivo puede llevar a detectar errores de manera continua. Estas personas suelen tener estándares muy elevados para sí mismas y para quienes las rodean. Aprendizaje familiar La forma en que una persona ha sido educada influye significativamente en su manera de relacionarse. Quienes crecieron en entornos donde predominaban las críticas, los juicios o la desaprobación pueden reproducir estos patrones en la vida adulta. Frustración acumulada El estrés, la ansiedad o la insatisfacción personal pueden manifestarse mediante una actitud crítica hacia los demás. En estos casos, la crítica funciona como una vía de descarga emocional. Características habituales de una persona con tendencia al criticoma Aunque cada caso es diferente, algunas conductas suelen aparecer con frecuencia: 1. Encuentra defectos en casi cualquier situación Incluso cuando algo sale bien, la persona puede centrarse exclusivamente en los aspectos negativos. 2. Tiene dificultades para reconocer logros ajenos Le cuesta felicitar o valorar los éxitos de otras personas. 3. Emite juicios frecuentes Tiende a opinar sobre decisiones, comportamientos o características personales sin que se le solicite. 4. Mantiene una visión negativa Suele interpretar las situaciones desde una perspectiva pesimista o centrada en los errores. 5. Genera conflictos relacionales Las críticas continuas pueden provocar distanciamiento emocional, discusiones y deterioro de los vínculos personales. Consecuencias del criticoma en la vida cotidiana Las personas excesivamente críticas pueden experimentar diversas dificultades. Problemas de pareja Las críticas constantes son uno de los factores que más deterioran la satisfacción en las relaciones afectivas. Cuando una persona se siente juzgada de forma continua, es frecuente que aparezcan resentimiento, tristeza o alejamiento emocional. Conflictos familiares Las relaciones familiares pueden volverse tensas cuando predominan los reproches y la desaprobación. Dificultades laborales En el ámbito profesional, una actitud excesivamente crítica puede afectar el trabajo en equipo y la convivencia entre compañeros. Aislamiento social Con el tiempo, quienes reciben críticas constantes pueden optar por reducir el contacto con la persona crítica para proteger su bienestar emocional. ¿Puede estar relacionado con otros trastornos psicológicos? Aunque el criticoma no constituye un diagnóstico clínico independiente, esta conducta puede aparecer asociada a determinadas condiciones psicológicas: Trastornos de personalidad. Rasgos obsesivo-compulsivos. Trastorno narcisista de la personalidad. Ansiedad crónica. Estrés elevado. Problemas de autoestima. Depresión en algunos casos. Sin embargo, es importante evitar las etiquetas o diagnósticos simplistas. Criticar mucho no implica necesariamente padecer un trastorno mental. Cómo afecta a quien recibe las críticas Las consecuencias no recaen únicamente sobre quien critica. Las personas que reciben críticas constantes pueden desarrollar: Inseguridad La exposición continua a comentarios negativos puede erosionar la confianza personal. Ansiedad El temor a equivocarse o a ser juzgado puede aumentar significativamente los niveles de estrés. Baja autoestima Cuando las críticas son persistentes, algunas personas terminan interiorizando mensajes negativos sobre sí mismas. Problemas emocionales La tristeza, la frustración y el sentimiento de incapacidad son respuestas frecuentes ante entornos excesivamente críticos. Estrategias para reducir la tendencia a criticar Si una persona reconoce en sí misma este patrón de comportamiento, existen diversas acciones que pueden ayudar. Practicar la autoconciencia El primer paso consiste en identificar cuándo y por qué surge el impulso de criticar. Desarrollar la empatía Intentar comprender las circunstancias, emociones y dificultades de los demás favorece una visión más equilibrada. Sustituir juicios por observaciones En lugar de etiquetar a una persona, resulta más útil describir conductas concretas. Reconocer aspectos positivos Ejercitar la capacidad de apreciar virtudes, logros y esfuerzos ayuda a contrarrestar el enfoque negativo. Trabajar la autoestima Muchas críticas excesivas tienen

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¿Qué revela el modelo de los Cinco Grandes sobre ti?

La personalidad es uno de los aspectos más fascinantes del ser humano. Nos ayuda a entender por qué algunas personas disfrutan estando rodeadas de gente mientras otras necesitan más tiempo a solas; por qué unas son organizadas y planificadoras y otras más espontáneas; o por qué determinadas situaciones generan calma en unas personas y tensión en otras. Durante décadas, la psicología ha intentado responder a una gran pregunta: ¿cómo se define realmente la personalidad? Entre todos los modelos existentes, uno de los más estudiados y aceptados científicamente es el de Los Cinco Grandes o Big Five. Este modelo propone que gran parte de las diferencias individuales pueden describirse mediante cinco grandes dimensiones psicológicas. No se trata de etiquetas ni categorías cerradas, sino de rasgos que aparecen en mayor o menor medida en cada persona. Comprenderlos puede ayudarnos a conocernos mejor, mejorar nuestras relaciones y entender que existen múltiples formas sanas de ser. ¿Qué entendemos por personalidad? La personalidad puede definirse como el conjunto relativamente estable de pensamientos, emociones, formas de actuar y maneras de relacionarnos con el entorno. No determina completamente quiénes somos ni elimina la influencia del aprendizaje, la cultura o las experiencias de vida, pero sí ofrece una cierta continuidad en nuestra manera de comportarnos. Por ejemplo: Hay personas que suelen mostrarse más abiertas al cambio. Otras prefieren la estabilidad y las rutinas. Algunas expresan fácilmente sus emociones. Otras procesan internamente lo que sienten. Todo ello forma parte de la personalidad. ¿Qué son los Cinco Grandes? El modelo de los Cinco Grandes surgió tras décadas de investigación en psicología de la personalidad. Los investigadores observaron que muchas características humanas podían agruparse en cinco grandes dimensiones. Estas son: Apertura a la experiencia Responsabilidad o escrupulosidad Extraversión Amabilidad Neuroticismo (o estabilidad emocional en su polo opuesto) Es importante recordar algo: ningún rasgo es mejor que otro. Cada dimensión tiene ventajas y posibles dificultades dependiendo del contexto. 1. Apertura a la experiencia: curiosidad, imaginación y búsqueda de nuevas ideas La apertura a la experiencia describe el grado en que una persona se siente atraída por: La creatividad. Las nuevas experiencias. El aprendizaje. La exploración intelectual. La sensibilidad estética. Personas con alta apertura Suelen: Tener curiosidad por el mundo. Disfrutar aprendiendo. Mostrar interés por el arte o la cultura. Adaptarse relativamente bien al cambio. Cuestionar ideas establecidas. Ejemplo: Una persona que decide viajar sola para descubrir nuevas culturas o que disfruta leyendo sobre temas diversos puede puntuar alto en esta dimensión. Personas con baja apertura Suelen: Preferir lo conocido. Sentirse cómodas con rutinas. Valorar la estabilidad. Tener intereses más concretos. Esto no implica falta de creatividad ni rigidez absoluta; simplemente puede existir una preferencia por entornos previsibles. En salud mental La apertura puede favorecer la flexibilidad psicológica y el aprendizaje, aunque un exceso de búsqueda constante de novedades también puede generar sensación de dispersión. 2. Responsabilidad: organización, constancia y capacidad de planificación Este rasgo refleja cómo una persona organiza su conducta para alcanzar objetivos. Incluye aspectos como: Disciplina. Orden. Perseverancia. Control de impulsos. Sentido del deber. Personas con alta responsabilidad Habitualmente: Son organizadas. Cumplen compromisos. Planifican con antelación. Mantienen hábitos estables. Ejemplo: Quien utiliza agendas, establece metas y mantiene rutinas probablemente muestre puntuaciones elevadas. Personas con baja responsabilidad Pueden: Ser más espontáneas. Improvisar con facilidad. Tener dificultades para mantener estructuras rígidas. Esto tampoco significa falta de capacidad; muchas personas creativas funcionan mejor con esquemas flexibles. En salud mental La responsabilidad suele asociarse con hábitos saludables y persistencia, aunque niveles muy altos pueden relacionarse con perfeccionismo o dificultad para tolerar errores. 3. Extraversión: energía social y orientación hacia el exterior La extraversión se refiere al nivel de energía que una persona obtiene del contacto con otras personas y del entorno. Incluye: Sociabilidad. Expresión emocional. Entusiasmo. Búsqueda de estimulación. Personas con alta extraversión Tienden a: Disfrutar de reuniones sociales. Hablar con facilidad. Sentirse cómodas interactuando. Buscar actividades dinámicas. Personas con baja extraversión (introversión) Suelen: Preferir entornos tranquilos. Necesitar tiempo de recuperación social. Reflexionar antes de hablar. Valorar espacios de calma. Un error frecuente es pensar que introversión equivale a timidez. No son lo mismo. Una persona introvertida puede tener excelentes habilidades sociales y simplemente necesitar menos estímulos externos. En salud mental Conocer nuestro nivel de extraversión ayuda a respetar nuestras necesidades sociales reales y evitar comparaciones innecesarias. 4. Amabilidad: empatía, cooperación y forma de relacionarnos La amabilidad describe cómo nos vinculamos emocionalmente con otras personas. Incluye: Empatía. Cooperación. Confianza. Generosidad. Sensibilidad interpersonal. Personas con alta amabilidad Frecuentemente: Intentan evitar conflictos. Escuchan a los demás. Se muestran colaborativas. Priorizan el bienestar colectivo. Personas con baja amabilidad Pueden: Ser más directas. Tomar decisiones con mayor objetividad. Defender mejor sus límites. Tener una amabilidad moderada o baja no significa ser una mala persona. En salud mental Un exceso de amabilidad puede llevar a: Dificultad para decir “no”. Sobrecarga emocional. Necesidad constante de agradar. Aprender a equilibrar empatía y límites saludables es una habilidad importante. 5. Neuroticismo (o estabilidad emocional): cómo respondemos al estrés Este rasgo suele generar confusión por su nombre. No significa tener un trastorno psicológico. Describe la tendencia a experimentar emociones intensas o cambios emocionales ante situaciones difíciles. Incluye: Sensibilidad emocional. Preocupación. Reactividad al estrés. Inseguridad. Vulnerabilidad emocional. Personas con alto neuroticismo Pueden: Preocuparse con facilidad. Anticipar problemas. Experimentar más intensidad emocional. Personas con bajo neuroticismo (alta estabilidad emocional) Suelen: Mantener la calma más fácilmente. Recuperarse antes del estrés. Gestionar mejor la incertidumbre. En salud mental Este rasgo ha sido uno de los más estudiados por su relación con el bienestar psicológico. Sin embargo, tener alta sensibilidad emocional no implica desarrollar problemas de salud mental. También puede relacionarse con mayor capacidad de observación, empatía y profundidad emocional. ¿La personalidad cambia con el tiempo? Aunque los rasgos de personalidad tienden a mantenerse relativamente estables, no son inmutables. La personalidad puede verse influida por: Experiencias vitales. Relaciones significativas. Cambios laborales. Procesos terapéuticos. Maduración personal. Con el tiempo muchas personas desarrollan: Mayor estabilidad emocional. Más responsabilidad. Más seguridad en sí mismas. La personalidad evoluciona; no está completamente

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Entrevista a Rafa Alonso especialista en burnout y bienestar laboral

Vivimos en una época que glorifica estar ocupados, convertir la productividad en una medida de valor personal y asumir que el cansancio es simplemente el precio del éxito. Sin embargo, existe una línea casi invisible entre el esfuerzo saludable y el desgaste emocional profundo. El problema es que muchas veces no se cruza de golpe: se entra poco a poco, normalizando el agotamiento hasta que descansar deja de ser suficiente. En esta entrevista hablamos con Rafa sobre el burnout desde un lugar especialmente valioso: la experiencia vivida y el conocimiento profesional. A través de su propio recorrido, reflexiona sobre cómo la autoexigencia, la identificación con el trabajo y la dificultad para poner límites pueden llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos sin apenas darnos cuenta. Una conversación para entender mejor las señales tempranas del agotamiento, cuestionar ciertas ideas instaladas sobre el éxito y recordar que trabajar no debería significar dejar de vivir. Rafa ¿cómo describirías ese momento silencioso en el que una persona pasa de estar simplemente cansada a empezar a desconectarse emocionalmente de su trabajo sin darse cuenta? La característica principal es que no te das cuenta, vas entrando poco a poco en una espiral muy complicada de gestionar, donde lo normal es que todos los días se parezcan entre si y esperes al fin de semana para descansar. En el momento en que ese descanso no es suficiente y empiezas la semana con la energía baja es cuando seguramente estés entrando en fase de agotamiento profundo. Has vivido el burnout en primera persona, ¿qué creencias personales tuviste que desmontar para empezar a recuperarte realmente? Sobre todo que yo tenía que estar en todo para demostrar mi trabajo. Una de las características de las personas que sufren burnout es que el trabajo es su identidad. Yo tenía que ser el que tuviera la solución para todo porque se supone que esa era mi misión. Como persona hiper responsable tuve que derribar el falso mito de que trabajar más equivale a ser mejor profesional. En tu experiencia, ¿qué papel juega la autoexigencia en el desarrollo del burnout y por qué muchas veces está socialmente bien vista? Todo parte de la creencia de que descansar no es productivo, de que siempre hay que estar haciendo algo para crecer. De un tiempo a aquí se ha puesto de «moda», sobre todo en redes sociales, que el tiempo es efímero y no puedes perder ni un segundo, y aunque el tiempo pasa y no vuelve, descansar y tomar pausas debe tener el mismo papel en tu vida si no quieres acabar agotado. ¿Qué señales tempranas suele ignorar la gente porque las ha normalizado dentro de la cultura laboral actual? Hemos normalizado tener tiempo limitado para lo que de verdad nos llena en la vida, como si disfrutar de actividades que nos nutren fuera en contra de nuestra naturaleza. No hemos nacido para estar 8 horas -o más- trabajando sino para desarrollarnos y vivir nuestra vida. El trabajo es una herramienta para ganar dinero, no es el fin último de nuestra existencia. Si sientes que tu vida gira en torno a tu trabajo, probablemente has perdido la noción de tu propósito principal, que no es más que vivir. ¿Cómo influye la identidad profesional en el hecho de que a muchas personas les cueste reconocer que están quemadas? Hay mucha presión social implícita en este tema. Solo hace falta entrar a Linkedin para comprobar cómo todo el mundo tiene interiorizado el discurso de que el trabajo es su identidad. Yo, por ejemplo, ya no digo que «soy psicólogo», sino que «me dedico a la psicología». Mi trabajo no me define aunque sea parte de mi, porque soy más cosas: marido, hermano, hijo, fan de los videojuegos, aficionado del Real Madrid…. Reducir mi existencia a mi trabajo es un error que ya no cometo. ¿Crees que hay perfiles más vulnerables al burnout o puede afectar a cualquier persona independientemente de su fortaleza mental? Si, está demostrado que hay rasgos de personalidad que tienden más a quemarse que otros. Por ejemplo, personas con miedo al conflicto, complacientes o con altos grados de implicación, suelen ser las que menos límites ponen en su trabajo, lo que puede llevarles al burnout de una forma mucho más rápida. ¿Qué errores comete la gente cuando intenta “solucionar” su burnout por su cuenta sin ayuda profesional? Hay dos errores principales. El primero es pensar que por cambiar de trabajo el burnout se va a curar. Es evidente que las condiciones de tu trabajo afectan, pero no es menos importante tu relación con él, y esto no cambia al irte a otra empresa. El segundo error es pensar que descansar o estar de baja es suficiente. La realidad es que es necesario un alto trabajo de autoconocimiento para entender qué patrones te llevan a actuar de determinadas maneras en según qué condiciones. En un entorno laboral que premia la productividad constante, ¿cómo puede alguien empezar a poner límites sin sentir culpa? No es fácil hacerlo porque poner límites suele tener consecuencias. Es importante saber cómo, cuándo y de qué manera poner límites. Esto es algo que ayudo a hacer a las personas a las que acompaño. Poner límites no es decir que no, eso es parte pero no el todo. Hay que entender las dinámicas laborales y utilizar una comunicación adecuada para que de verdad se respeten. ¿Qué impacto tiene el burnout en la vida personal y en las relaciones, más allá del ámbito laboral? Depende del grado de burnout. En casos leves lo más normal es que la persona abandone por completo sus hobbys y esté más irritable, pero en casos más graves podemos hablar de aislamiento social, pérdida total de placer por aquello que antes sí disfrutaba (anhedonia) e incluso depresión. ¿Cómo se puede diferenciar entre una mala racha puntual en el trabajo y un proceso real de desgaste profundo? El estrés puntual suele tener un límite temporal, es decir, tú sabes que va a haber un momento que el ritmo va

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¿Podrías ser una “madre helicóptero”?

En la actualidad, cada vez es más frecuente escuchar el término “madre helicóptero” para describir un estilo de crianza caracterizado por la vigilancia constante y la sobreprotección hacia los hijos. Aunque puede parecer una forma de cuidado intensivo y responsable, lo cierto es que este tipo de comportamiento puede tener efectos importantes en el desarrollo emocional, social y psicológico de los niños. Lejos de ser una etiqueta negativa sin más, este concepto invita a reflexionar sobre cómo educamos y hasta qué punto proteger puede convertirse, sin quererlo, en limitar. ¿Qué significa ser una “madre helicóptero”? El término comenzó a popularizarse en la década de los 90 y hace referencia a aquellas madres (y también padres) que “sobrevuelan” la vida de sus hijos de forma constante, como un helicóptero, pendientes de cada movimiento, decisión o dificultad. No se trata simplemente de estar presentes, sino de intervenir de manera continua, anticipándose a los problemas e intentando evitar cualquier tipo de malestar, error o frustración. Algunos ejemplos habituales de este estilo de crianza son: Resolver conflictos con profesores o amigos en lugar de permitir que el niño lo haga Controlar excesivamente horarios, actividades y decisiones Evitar que el hijo experimente fracaso o decepción Supervisar constantemente tareas escolares o incluso hacerlas por ellos Intervenir en situaciones donde el niño ya podría desenvolverse por sí mismo El origen: amor, miedo y exigencia social Es importante entender que detrás de este comportamiento no hay mala intención. Al contrario, suele estar impulsado por el amor, la preocupación y el deseo de ofrecer lo mejor a los hijos. Sin embargo, también intervienen otros factores: 🔹 Miedo al sufrimiento Muchos padres no toleran ver a sus hijos sufrir o equivocarse, por lo que intentan eliminar cualquier obstáculo de su camino. 🔹 Presión social Vivimos en una sociedad donde la crianza está cada vez más expuesta y juzgada. La idea de ser “la madre perfecta” puede generar una necesidad de control constante. 🔹 Experiencias personales Madres que han vivido infancias difíciles o carencias pueden intentar compensarlo sobreprotegiendo a sus hijos. 🔹 Cultura del rendimiento En entornos altamente competitivos, se tiende a pensar que el éxito depende de una supervisión continua. Consecuencias psicológicas en los hijos Aunque a corto plazo los niños pueden sentirse protegidos, a largo plazo este estilo de crianza puede afectar a su desarrollo de manera significativa. 1. Baja tolerancia a la frustración Cuando los niños no experimentan el error ni el fracaso, no desarrollan herramientas para gestionarlos. Esto puede generar adultos que se bloquean ante la mínima dificultad. 2. Dependencia emocional Alguien que siempre ha tomado decisiones por ellos puede generar inseguridad y dificultad para confiar en su propio criterio. 3. Aumento de la ansiedad La sensación de estar constantemente vigilados o de tener que cumplir expectativas elevadas puede derivar en ansiedad, miedo al error o perfeccionismo extremo. 4. Déficit en habilidades sociales Los conflictos forman parte del aprendizaje social. Si un adulto interviene siempre, el niño pierde la oportunidad de aprender a negociar, comunicarse o resolver problemas. 5. Baja autoestima encubierta Paradójicamente, un exceso de protección puede transmitir el mensaje de: “tú no puedes hacerlo solo”, afectando a la percepción de competencia personal. ¿Dónde está el límite entre cuidar y sobreproteger? Cuidar es necesario. Proteger también. Pero hay una línea fina entre acompañar y controlar. Una crianza saludable implica ofrecer apoyo sin anular la autonomía. Es permitir que el niño explore, se equivoque y aprenda, sabiendo que tiene una base segura a la que volver. No se trata de “dejar solos” a los hijos, sino de estar disponibles sin invadir. Claves para una crianza más equilibrada Si te identificas con algunas de estas conductas, no se trata de juzgarse, sino de tomar conciencia y hacer pequeños cambios: ✔️ Permitir el error Equivocarse es una parte esencial del aprendizaje. Evitarlo constantemente impide el desarrollo emocional. ✔️ Fomentar la autonomía Dejar que el niño tome decisiones acordes a su edad refuerza su confianza y responsabilidad. ✔️ Escuchar antes de intervenir A veces, los hijos no necesitan soluciones inmediatas, sino ser escuchados. ✔️ Valorar el proceso Más allá de los resultados, es importante reforzar el esfuerzo, la constancia y la actitud. ✔️ Gestionar el propio miedo Muchas veces, el problema no está en el niño, sino en la ansiedad del adulto. Aprender a tolerar la incertidumbre es clave. Educar para la vida real La vida no es perfecta, ni controlable. Está llena de retos, frustraciones y aprendizajes. Preparar a los hijos para afrontarla es mucho más valioso que intentar evitarla. Ser una madre presente no implica estar en todo, sino saber cuándo estar y cuándo dar espacio. Es confiar en que nuestros hijos tienen recursos, incluso cuando se equivocan. Porque crecer no es evitar caer…es aprender a levantarse.

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Entrevista a Nayara Ortega, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga

En un contexto donde la salud mental ha ganado visibilidad, pero también se ha visto rodeada de mensajes simplificados y a veces confusos, resulta fundamental escuchar la voz de profesionales que trabajan desde el rigor, la experiencia y la cercanía. En esta entrevista, profundizamos en la mirada de una psicóloga, Nayara Ortega que entiende la salud mental no solo desde la teoría, sino también desde la vivencia personal y el contacto directo con sus pacientes. A lo largo de la conversación, se abordan temas clave como el impacto de las redes sociales, la importancia del vínculo terapéutico, las señales invisibles del malestar emocional o el papel del autoconocimiento real frente a la superficialidad actual. Una reflexión honesta y necesaria sobre cómo vivimos, sentimos y gestionamos nuestras emociones en una sociedad marcada por la inmediatez, la autoexigencia y la comparación constante. Nayara, ¿qué experiencias personales o momentos clave marcaron tu manera de entender la salud mental más allá de la formación académica, y cómo han influido en tu forma de trabajar con pacientes? Estudié Psicología por vocación. Debido a ciertas situaciones familiares, entendí desde muy temprana edad que sin salud mental no hay salud. En general, nos resulta más fácil identificar el dolor o malestar físico que el emocional, a pesar de que este último puede llegar a ser mucho más limitante en nuestro día a día. Creo firmemente en la importancia de los vínculos y en la necesidad de sentirnos seguros y escuchados como base fundamental para la mejora. Por eso intento ejercer una psicología cercana, humana y siempre apoyada en la evidencia científica.   En un mundo donde cada vez se habla más de psicología en redes sociales, ¿cómo distingues entre divulgación útil y contenido que puede simplificar en exceso problemas complejos? Las redes sociales están diseñadas para captar la atención en muy poco tiempo, y es complicado explicar un tema con todos sus matices en 60 segundos. Para mí, algo fundamental es evitar una divulgación basada en afirmaciones absolutas o que estigmatizan. Es frecuente encontrar contenido del tipo: “si haces estas 4 cosas es que eres…”. Este tipo de mensajes simplifica en exceso y deja fuera muchos factores que pueden explicar la conducta en un momento determinado. La buena divulgación informa, contextualiza y evita etiquetar de forma reduccionista.   ¿Cómo crees que está cambiando la relación entre paciente y terapeuta en la era digital, especialmente con el auge de la terapia online y la exposición constante en redes? La era digital ha traído ventajas importantes, como una mayor accesibilidad a la terapia y la posibilidad de llegar a personas que antes no podían acceder a ella. Sin embargo, también ha generado ciertos retos, como la expectativa de inmediatez o la exposición constante a información psicológica que puede generar confusión. La relación terapéutica sigue siendo el pilar fundamental del proceso, y es importante cuidar el encuadre, los límites y la calidad del vínculo, independientemente del formato online o presencial.   Trabajas desde un enfoque cognitivo-conductual, pero ¿en qué momentos sientes que este modelo necesita complementarse con otras perspectivas para adaptarse mejor a cada persona? El trabajo en psicología siempre debe adaptarse a las necesidades del paciente. Para ello, es fundamental escuchar con detalle su historia y realizar un buen análisis funcional de sus circunstancias. Aunque mi base sea el enfoque cognitivo-conductual, considero esencial ser flexible a la hora de intervenir, integrando otras perspectivas cuando la situación lo requiere, siempre en función de lo que mejor se ajuste a la persona.   ¿Qué señales sutiles suelen pasar desapercibidas en alguien que aparentemente “está bien”, pero que en realidad podría estar atravesando un malestar psicológico importante? Es importante prestar atención a pequeños cambios en el comportamiento: si la persona está más callada o aislada, si ha habido cambios en sus hábitos de alimentación o en el sueño, si muestra menos interés por actividades que antes disfrutaba o si se percibe más irritable. A menudo, estas señales pasan desapercibidas, pero pueden ser indicadores de un malestar más profundo.   ¿Cómo influye el entorno social actual —inmediatez, comparación constante, exigencia de productividad— en la aparición de nuevos tipos de malestar emocional? Creo que el ritmo de vida actual nos dificulta conectar con nosotros mismos. No nos damos el tiempo necesario para reflexionar sobre cómo nos sentimos, qué nos ha llevado a ese punto y qué podemos hacer para cambiarlo. Además, la comparación constante puede afectar negativamente a la autoestima y generar una sensación continua de insatisfacción personal.   En tu experiencia clínica, ¿qué papel juega el autoconocimiento real frente al autoconocimiento  superficial  que  muchas  veces  se  promueve  en  redes? El autoconocimiento real marca una gran diferencia tanto a nivel intrapersonal como interpersonal. Conocernos en profundidad nos permite ser más reflexivos, entender qué nos desestabiliza, qué nos regula y cómo poner límites de forma saludable. Esto favorece relaciones de mayor calidad y una mayor coherencia personal. El autoconocimiento superficial, en cambio, puede quedarse en etiquetas sin un verdadero proceso de comprensión.   ¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometen las personas cuando intentan gestionar sus emociones  sin acompañamiento          profesional? Uno de los errores más frecuentes es normalizar síntomas que, con el tiempo, pueden derivar en la cronificación de un problema de salud mental. También es habitual intentar evitar o suprimir las emociones en lugar de comprenderlas, o aplicar estrategias generales que no siempre se ajustan a la situación individual.   ¿Qué importancia le das a la psicoeducación del paciente sobre el funcionamiento del cerebro  y   cómo   impacta   esto   en   su   proceso   terapéutico? Le doy mucha importancia. En sesión dedico tiempo a explicar al paciente cómo funciona el cerebro, qué papel tienen distintas áreas y cómo esto se relaciona con su conducta. He observado que cuando la persona entiende qué le ocurre y por qué, se implica mucho más en su proceso terapéutico y se siente más capaz de generar cambios.   En el trabajo con adolescentes, ¿qué retos específicos encuentras hoy en día que no eran   tan   evidentes  en generaciones anteriores? Uno

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¿Cómo saber si mi consumo ya es un problema?

El consumo problemático de sustancias o conductas puede pasar desapercibido durante mucho tiempo, pero es fundamental identificarlo a tiempo para evitar que se convierta en una adicción que afecte gravemente la salud física, emocional y social. Detectar las señales tempranas no solo permite intervenir de forma oportuna, sino que también facilita el acceso a tratamientos y apoyos adecuados. En este artículo, exploraremos cómo reconocer el consumo problemático antes de que escale a una adicción, cuáles son sus signos más frecuentes y qué pasos seguir para buscar ayuda. ¿Qué es el consumo problemático? El consumo problemático se refiere al uso de sustancias (como alcohol, tabaco, drogas ilegales o medicamentos) o la práctica de conductas (como el juego, uso excesivo de tecnología o compras compulsivas) que comienza a generar consecuencias negativas para la persona o su entorno. A diferencia de la adicción, que implica una dependencia física o psicológica profunda, el consumo problemático es un estadio inicial donde la persona aún mantiene cierto control, pero está en riesgo de perderlo si no se aborda a tiempo. ¿Por qué es importante detectarlo temprano? Detectar el consumo problemático en etapas tempranas es clave porque: Previene la progresión hacia la adicción: Intervenir a tiempo evita que el consumo se vuelva crónico y difícil de controlar. Reduce daños físicos y psicológicos: El uso excesivo o inadecuado de sustancias puede causar daños en órganos, trastornos emocionales y sociales. Mejora la calidad de vida: Identificar y modificar hábitos nocivos permite recuperar bienestar y estabilidad. Favorece el apoyo familiar y social: Las personas cercanas pueden brindar soporte y acompañamiento crucial para la recuperación. Señales de alerta para identificar un consumo problemático Aunque cada persona y sustancia es diferente, existen indicios comunes que pueden alertar sobre un consumo que está empezando a generar problemas: Cambios en el comportamiento y estado emocional Irritabilidad, ansiedad o nerviosismo frecuentes. Cambios bruscos de humor, desde euforia hasta tristeza. Aislamiento social o pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba. Descuidos en responsabilidades laborales, académicas o familiares. Incremento en la cantidad o frecuencia del consumo Necesidad de consumir más cantidad para lograr el mismo efecto. Consumo más frecuente o en horarios inusuales, como por la mañana o durante la jornada laboral. Incapacidad para reducir o controlar el consumo pese a intentos previos. Problemas físicos y de salud Fatiga constante, insomnio o alteraciones del apetito. Dolores de cabeza, problemas digestivos o cambios en la apariencia física. Episodios de pérdida de memoria o confusión. Negación y justificación del consumo Minimizar o negar el impacto del consumo en su vida. Justificar el uso con motivos sociales, emocionales o “para aliviar el estrés”. Evitar hablar del tema o mostrarse defensivo cuando se le cuestiona. Problemas sociales y legales Conflictos frecuentes con familiares, amigos o compañeros de trabajo. Descenso en el rendimiento académico o laboral. Problemas legales relacionados con el consumo o conducta. Factores que aumentan el riesgo de consumo problemático No todas las personas que consumen sustancias o realizan ciertas conductas desarrollan un problema. Sin embargo, algunos factores incrementan la vulnerabilidad: Factores genéticos y biológicos: antecedentes familiares de adicción o trastornos mentales. Problemas emocionales o psicológicos: ansiedad, depresión, estrés crónico, baja autoestima. Ambiente social: presión de grupo, exposición frecuente a sustancias o entornos de alto riesgo. Eventos traumáticos: pérdidas, abuso, situaciones de violencia o estrés postraumático. Falta de apoyo social: aislamiento o carencia de redes afectivas saludables. Qué hacer si detectas consumo problemático en ti o en alguien cercano No minimizar la situación Reconocer que existe un problema es el primer paso para buscar ayuda. Evitar justificar o normalizar el consumo permite actuar con mayor claridad. Buscar información y apoyo profesional Consultar con especialistas en salud mental, psicólogos o centros de atención en adicciones puede facilitar un diagnóstico temprano y la intervención adecuada. Fomentar un ambiente de escucha y apoyo Evitar juzgar o culpar a la persona, y ofrecer un espacio seguro donde pueda expresar sus sentimientos y dificultades. Promover cambios en el estilo de vida Incentivar hábitos saludables como ejercicio físico, alimentación equilibrada, actividades recreativas y fortalecer las relaciones sociales. Establecer límites claros y consistentes En caso de convivir con alguien con consumo problemático, es importante definir normas claras para proteger la salud y el bienestar de todos. La importancia de la prevención y la educación La mejor manera de evitar que un consumo problemático derive en adicción es la prevención. Esto incluye: Educación temprana: informar sobre riesgos y consecuencias reales. Desarrollo de habilidades emocionales: enseñar a manejar el estrés, la frustración y la presión social. Promoción de entornos saludables: familias, escuelas y comunidades que fomenten hábitos positivos. Acceso a recursos y ayuda: facilitar que las personas puedan consultar sin temor y sin estigmas. Detectar el consumo problemático antes de que se convierta en adicción es una labor que requiere atención, empatía y acción. Reconocer las señales, entender los factores de riesgo y buscar ayuda oportuna puede marcar la diferencia en la vida de quienes están en riesgo. Si crees que tú o alguien cercano podría estar enfrentando un consumo problemático, no dudes en consultar a un profesional. La salud mental y el bienestar emocional siempre merecen prioridad.  

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¿Por qué Albert Ellis es considerado el padre de la psicoterapia moderna?

Albert Ellis es conocido por haber desarrollado la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC) en los años 50, una de las primeras formas de terapia cognitivo-conductual (TCC). Su enfoque, radical en su momento, sostenía que nuestras emociones no son causadas directamente por las situaciones, sino por nuestras creencias y pensamientos sobre esas situaciones. Desarrollo: El Enfoque Revolucionario de Ellis: Ellis argumentaba que las emociones negativas, como la ansiedad, la depresión o el enojo, no son el resultado de eventos externos, sino de las interpretaciones irracionales que hacemos sobre esos eventos. Por ejemplo, una situación de rechazo puede provocar una profunda tristeza no por el hecho en sí, sino por creencias como «no valgo nada» o «nunca seré amado». Para Ellis, identificar y desafiar esas creencias irracionales era la clave para lograr una mejor salud mental. Los Principios Clave de la TREC: A-B-C: El modelo básico de la TREC es el modelo A-B-C, donde A es el acontecimiento activador (eventos externos), B son las creencias sobre esos eventos, y C es la consecuencia emocional. La clave está en que no es A lo que causa C, sino B, nuestras creencias. Disputa de creencias irracionales: Una parte central de la TREC es desafiar estas creencias irracionales, cuestionar su validez y reemplazarlas por pensamientos más racionales y realistas. Aceptación incondicional de uno mismo: Ellis enseñaba que aceptar que todos cometemos errores y que ningún ser humano es perfecto es crucial para dejar de castigarnos psicológicamente por nuestras fallas o errores. Diferencias con otras Terapias: A diferencia del psicoanálisis, que enfatiza el pasado y los traumas inconscientes, Ellis propuso que el cambio en el presente es más efectivo, enfocándose en cambiar patrones de pensamiento distorsionados. Además, en comparación con las terapias centradas en la emoción o el comportamiento, la TREC da un peso particular al pensamiento lógico y a la capacidad de analizar nuestras propias creencias irracionales. Impacto de la TREC en la Psicología Moderna: Ellis fue uno de los pioneros de la terapia cognitivo-conductual (TCC), que hoy en día es una de las formas más efectivas y utilizadas de tratamiento psicológico, especialmente para trastornos como la ansiedad, la depresión, y los problemas de autoestima. La TREC sigue siendo una de las terapias más prácticas y directas, enfocada en ayudar a las personas a reconocer patrones de pensamiento nocivos y sustituirlos por creencias más sanas y funcionales. Cómo Aplicar la TREC en la Vida Cotidiana: La obra de Ellis no solo es relevante para la terapia clínica; sus principios pueden ser aplicados por cualquier persona que busque mejorar su bienestar emocional. Algunas técnicas útiles incluyen escribir un diario de creencias, en el que las personas pueden identificar sus pensamientos automáticos y luego disputarlos con lógica. Otro consejo práctico es preguntarse «¿Qué evidencia tengo de que este pensamiento es verdadero?» cuando se experimentan emociones fuertes basadas en creencias negativas. El legado de Albert Ellis sigue siendo profundo en la psicología moderna. Su enfoque en cómo los pensamientos irracionales pueden afectar nuestras emociones y comportamientos ofrece herramientas prácticas para mejorar la salud mental de manera efectiva. Al ayudarnos a comprender que no son los eventos externos los que nos afectan, sino cómo los interpretamos, la TREC de Ellis sigue siendo una técnica poderosa para quienes buscan un cambio significativo en sus vidas.  

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¿Qué rasgos emocionales y conductuales definen a un ludópata?

Es difícil construir el perfil de la hipotética personalidad del jugador patológico típico, porque todos los intentos han dado como resultado el hallazgo de una serie de rasgos que suelen darse frecuentemente cita, pero que, por su matiz dispar, y aun paradójico, no han permitido diseñar una personalidad pre mórbida especifica. Hay ingredientes constitutivos de la psicología del jugador que se detallan a continuación: En el plano afectivo instintivo o impulsivo, el ludópata es una persona fuertemente dotada pero también descontrolada de impulsos. Se ha detectado que el juego modifica o incrementa el nivel de activación neurofisiológico del cerebro, mediante la liberación de sustancias como la serotonina o los opiáceos endógenos, según afirman investigadores como Blaszczynsky (1986) y ello ha hecho pensar que el ludópata adolece de una carencia de nivel adecuado de activación en su sistema nervioso central que trataría de compensar con el juego. En definitiva, el ludópata se siente instado a la realización de conductas que tienden a llenar un estado de vacío, de hipotonía o de insatisfacción instintiva mediante la obtención fácil de sensaciones compensatorias. Es como la define Zuckerman, un buscador de sensaciones, siendo la búsqueda de sensación de constructo afectivo-instintivo, de naturaleza probablemente biológica, e incluso genética, integrado por varios factores psíquicos, cuales son el gusto por el riesgo, la búsqueda de acción, la desinhibición y la susceptibilidad al aburrimiento. En cuanto al estilo vivencial cognitivo-afectivo, el jugador patológico suele albergar un patrón de pensamiento de tipo mágico-fantasioso, tal vez como consecuencia de su incompetencia para el manejo adulto de la realidad y de las frustraciones que conlleva, optando por dar curso a sus desmedidos deseos y ambiciones a través de la fantasía, que incluye los mitos y la superstición como recursos. Tal vez sea este patrón de pensamiento, como sostienen Corney y Cummings (1985), el que aplicando al juego de azar, permite diferenciar especialmente al jugador patológico del ocasional. Así como el pensamiento lógico, principal atributo de la madurez, es el pensamiento objetivo y racional por excelencia, basado en la capacidad de diferenciación entre lo intenso y lo externo, entre el yo y el no yo, entre la realidad y la fantasías, e independiente del substrato afectivo-instintivo de la persona, el pensamiento mágico, connatural en el ser humano, se fundamenta en lo irracional, se origina en la falta de conocimiento o experiencia racional satisfactoria y campea en el niño y a su vez persiste en las personas inmaduras y en los pueblos primitivos como fermento inspirador de sus mitos y supersticiones. Para el niño, el adulto inmaduro o para los pueblos primitivos, el pensamiento en efecto, se vuelve flexible, acomodaticio y sumiso a sus conveniencias instintivo-afectivas. El pensamiento deja de ser entonces un medio de aprehensión de la realidad, en el sentido zubiriano, para ser, un instrumento de impresión de realidad; o a lo sumo, en él, la aprehensión de la realidad, la intelección sentiente, en lugar de atenerse a un criterio lógico, basado en preceptos sistematizados con arreglo a su propia esencia y modo, pasa a un libre creación, a una reconformación de las notas reales, en un movimiento intelectivo cuyo fruto es entonces no ya el perceptor, sino el factor, el ficto, que no es, advierte Zubiri, ficción de realidad, sino realidad en ficción: no se finge la realidad, sino que se finge que la realidad sea así. La intelección pasa de lógica a fantástica, el pensamiento lógico se trasforma en mágico. Una de las características más llamativas del jugador es su capacidad ideo plástica para, sin pasar por el tamiz de la censura racional, plegarse a sus tendencias hedonistas, que son para él la única realidad. El jugador adquiere y desarrolla su pensamiento a partir de una fuente interna subjetiva de información. Se tiene más en cuenta a sí mismo que al entorno, su impaciente deseo de felicidad le condicionan de tal modo el intelecto que le convierten en un órgano excretor de fantasías. Podría decirse del jugador que es la persona cuyos deseos transforman sus pensamientos en falacias y estas una vez instaladas en su mente con derecho a realidad son adoptados como parapetos defensivos frente a la posible impugnación superyoica, para así propiciar la dedicación impune a su más dilecta pasión, el juego. Los usuarios inveterados del juego desarrollan una serie peculiar de mitos y supersticiones: Los mitos. Por su condición de pensamiento irracional, su carácter estereotipado y su resistencia a la argumentación lógica, podrían equipararse a las mitologías que Sarró (1972) describió en los enfermos delirantes. Entre las referidas mitologías se encuentran: La negación de realidad del consumo excesivo de juego, en cuya virtud el jugador sostiene jugar lo normal, negando en todo caso cualquier insinuación de desmesura. La subjetivación del resultado, que admite al menos tres posibles mecanismos de distorsión perceptiva: La ilusión del control sobre el resultado del juego de azar, lo que induce a pensar al ludópata que puede desarrollar estrategias mediante las cuales será capaz de manipular, influir o al menos confiar en el resultado final de la apuesta; o lo que es lo mismo: la ilusión de control le induce al ludópata a sobrevalorar sus posibilidades de éxito en virtud de un mecanismo de contaminación subjetiva de la lógica, o de lo que podría llamarse la “lógica desiderativa” (“hace mucho que no me toca, luego me tiene que tocar” o “estoy en buena racha de suerte, luego tengo que aprovechar”) La negación de realidad del resultado (fracasos y dependencia), por cuyo mecanismo el jugador aun admitiendo sus excesos, se hasta de contar con un balance positivo en su haber, gracias a su presunta habilidad para escapar como apunta Wagenaar (1988), a las leyes de la probabilidad del azar, minimizando sus fracasos o incluso convirtiéndoles en casi éxitos y sobrevalorando sus triunfos; así como por otro lado alberga la ilusión de poder controlar volitivamente el juego, excluyendo la idea de la dependencia o esclavitud. La interpretación autorreferencial o atribuciones del resultado, en cuya virtud el ludópata se siente tan artífice de su

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