Psicología

¿Qué revela el modelo de los Cinco Grandes sobre ti?

La personalidad es uno de los aspectos más fascinantes del ser humano. Nos ayuda a entender por qué algunas personas disfrutan estando rodeadas de gente mientras otras necesitan más tiempo a solas; por qué unas son organizadas y planificadoras y otras más espontáneas; o por qué determinadas situaciones generan calma en unas personas y tensión en otras. Durante décadas, la psicología ha intentado responder a una gran pregunta: ¿cómo se define realmente la personalidad? Entre todos los modelos existentes, uno de los más estudiados y aceptados científicamente es el de Los Cinco Grandes o Big Five. Este modelo propone que gran parte de las diferencias individuales pueden describirse mediante cinco grandes dimensiones psicológicas. No se trata de etiquetas ni categorías cerradas, sino de rasgos que aparecen en mayor o menor medida en cada persona. Comprenderlos puede ayudarnos a conocernos mejor, mejorar nuestras relaciones y entender que existen múltiples formas sanas de ser. ¿Qué entendemos por personalidad? La personalidad puede definirse como el conjunto relativamente estable de pensamientos, emociones, formas de actuar y maneras de relacionarnos con el entorno. No determina completamente quiénes somos ni elimina la influencia del aprendizaje, la cultura o las experiencias de vida, pero sí ofrece una cierta continuidad en nuestra manera de comportarnos. Por ejemplo: Hay personas que suelen mostrarse más abiertas al cambio. Otras prefieren la estabilidad y las rutinas. Algunas expresan fácilmente sus emociones. Otras procesan internamente lo que sienten. Todo ello forma parte de la personalidad. ¿Qué son los Cinco Grandes? El modelo de los Cinco Grandes surgió tras décadas de investigación en psicología de la personalidad. Los investigadores observaron que muchas características humanas podían agruparse en cinco grandes dimensiones. Estas son: Apertura a la experiencia Responsabilidad o escrupulosidad Extraversión Amabilidad Neuroticismo (o estabilidad emocional en su polo opuesto) Es importante recordar algo: ningún rasgo es mejor que otro. Cada dimensión tiene ventajas y posibles dificultades dependiendo del contexto. 1. Apertura a la experiencia: curiosidad, imaginación y búsqueda de nuevas ideas La apertura a la experiencia describe el grado en que una persona se siente atraída por: La creatividad. Las nuevas experiencias. El aprendizaje. La exploración intelectual. La sensibilidad estética. Personas con alta apertura Suelen: Tener curiosidad por el mundo. Disfrutar aprendiendo. Mostrar interés por el arte o la cultura. Adaptarse relativamente bien al cambio. Cuestionar ideas establecidas. Ejemplo: Una persona que decide viajar sola para descubrir nuevas culturas o que disfruta leyendo sobre temas diversos puede puntuar alto en esta dimensión. Personas con baja apertura Suelen: Preferir lo conocido. Sentirse cómodas con rutinas. Valorar la estabilidad. Tener intereses más concretos. Esto no implica falta de creatividad ni rigidez absoluta; simplemente puede existir una preferencia por entornos previsibles. En salud mental La apertura puede favorecer la flexibilidad psicológica y el aprendizaje, aunque un exceso de búsqueda constante de novedades también puede generar sensación de dispersión. 2. Responsabilidad: organización, constancia y capacidad de planificación Este rasgo refleja cómo una persona organiza su conducta para alcanzar objetivos. Incluye aspectos como: Disciplina. Orden. Perseverancia. Control de impulsos. Sentido del deber. Personas con alta responsabilidad Habitualmente: Son organizadas. Cumplen compromisos. Planifican con antelación. Mantienen hábitos estables. Ejemplo: Quien utiliza agendas, establece metas y mantiene rutinas probablemente muestre puntuaciones elevadas. Personas con baja responsabilidad Pueden: Ser más espontáneas. Improvisar con facilidad. Tener dificultades para mantener estructuras rígidas. Esto tampoco significa falta de capacidad; muchas personas creativas funcionan mejor con esquemas flexibles. En salud mental La responsabilidad suele asociarse con hábitos saludables y persistencia, aunque niveles muy altos pueden relacionarse con perfeccionismo o dificultad para tolerar errores. 3. Extraversión: energía social y orientación hacia el exterior La extraversión se refiere al nivel de energía que una persona obtiene del contacto con otras personas y del entorno. Incluye: Sociabilidad. Expresión emocional. Entusiasmo. Búsqueda de estimulación. Personas con alta extraversión Tienden a: Disfrutar de reuniones sociales. Hablar con facilidad. Sentirse cómodas interactuando. Buscar actividades dinámicas. Personas con baja extraversión (introversión) Suelen: Preferir entornos tranquilos. Necesitar tiempo de recuperación social. Reflexionar antes de hablar. Valorar espacios de calma. Un error frecuente es pensar que introversión equivale a timidez. No son lo mismo. Una persona introvertida puede tener excelentes habilidades sociales y simplemente necesitar menos estímulos externos. En salud mental Conocer nuestro nivel de extraversión ayuda a respetar nuestras necesidades sociales reales y evitar comparaciones innecesarias. 4. Amabilidad: empatía, cooperación y forma de relacionarnos La amabilidad describe cómo nos vinculamos emocionalmente con otras personas. Incluye: Empatía. Cooperación. Confianza. Generosidad. Sensibilidad interpersonal. Personas con alta amabilidad Frecuentemente: Intentan evitar conflictos. Escuchan a los demás. Se muestran colaborativas. Priorizan el bienestar colectivo. Personas con baja amabilidad Pueden: Ser más directas. Tomar decisiones con mayor objetividad. Defender mejor sus límites. Tener una amabilidad moderada o baja no significa ser una mala persona. En salud mental Un exceso de amabilidad puede llevar a: Dificultad para decir “no”. Sobrecarga emocional. Necesidad constante de agradar. Aprender a equilibrar empatía y límites saludables es una habilidad importante. 5. Neuroticismo (o estabilidad emocional): cómo respondemos al estrés Este rasgo suele generar confusión por su nombre. No significa tener un trastorno psicológico. Describe la tendencia a experimentar emociones intensas o cambios emocionales ante situaciones difíciles. Incluye: Sensibilidad emocional. Preocupación. Reactividad al estrés. Inseguridad. Vulnerabilidad emocional. Personas con alto neuroticismo Pueden: Preocuparse con facilidad. Anticipar problemas. Experimentar más intensidad emocional. Personas con bajo neuroticismo (alta estabilidad emocional) Suelen: Mantener la calma más fácilmente. Recuperarse antes del estrés. Gestionar mejor la incertidumbre. En salud mental Este rasgo ha sido uno de los más estudiados por su relación con el bienestar psicológico. Sin embargo, tener alta sensibilidad emocional no implica desarrollar problemas de salud mental. También puede relacionarse con mayor capacidad de observación, empatía y profundidad emocional. ¿La personalidad cambia con el tiempo? Aunque los rasgos de personalidad tienden a mantenerse relativamente estables, no son inmutables. La personalidad puede verse influida por: Experiencias vitales. Relaciones significativas. Cambios laborales. Procesos terapéuticos. Maduración personal. Con el tiempo muchas personas desarrollan: Mayor estabilidad emocional. Más responsabilidad. Más seguridad en sí mismas. La personalidad evoluciona; no está completamente

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Entrevista a Rafa Alonso especialista en burnout y bienestar laboral

Vivimos en una época que glorifica estar ocupados, convertir la productividad en una medida de valor personal y asumir que el cansancio es simplemente el precio del éxito. Sin embargo, existe una línea casi invisible entre el esfuerzo saludable y el desgaste emocional profundo. El problema es que muchas veces no se cruza de golpe: se entra poco a poco, normalizando el agotamiento hasta que descansar deja de ser suficiente. En esta entrevista hablamos con Rafa sobre el burnout desde un lugar especialmente valioso: la experiencia vivida y el conocimiento profesional. A través de su propio recorrido, reflexiona sobre cómo la autoexigencia, la identificación con el trabajo y la dificultad para poner límites pueden llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos sin apenas darnos cuenta. Una conversación para entender mejor las señales tempranas del agotamiento, cuestionar ciertas ideas instaladas sobre el éxito y recordar que trabajar no debería significar dejar de vivir. Rafa ¿cómo describirías ese momento silencioso en el que una persona pasa de estar simplemente cansada a empezar a desconectarse emocionalmente de su trabajo sin darse cuenta? La característica principal es que no te das cuenta, vas entrando poco a poco en una espiral muy complicada de gestionar, donde lo normal es que todos los días se parezcan entre si y esperes al fin de semana para descansar. En el momento en que ese descanso no es suficiente y empiezas la semana con la energía baja es cuando seguramente estés entrando en fase de agotamiento profundo. Has vivido el burnout en primera persona, ¿qué creencias personales tuviste que desmontar para empezar a recuperarte realmente? Sobre todo que yo tenía que estar en todo para demostrar mi trabajo. Una de las características de las personas que sufren burnout es que el trabajo es su identidad. Yo tenía que ser el que tuviera la solución para todo porque se supone que esa era mi misión. Como persona hiper responsable tuve que derribar el falso mito de que trabajar más equivale a ser mejor profesional. En tu experiencia, ¿qué papel juega la autoexigencia en el desarrollo del burnout y por qué muchas veces está socialmente bien vista? Todo parte de la creencia de que descansar no es productivo, de que siempre hay que estar haciendo algo para crecer. De un tiempo a aquí se ha puesto de «moda», sobre todo en redes sociales, que el tiempo es efímero y no puedes perder ni un segundo, y aunque el tiempo pasa y no vuelve, descansar y tomar pausas debe tener el mismo papel en tu vida si no quieres acabar agotado. ¿Qué señales tempranas suele ignorar la gente porque las ha normalizado dentro de la cultura laboral actual? Hemos normalizado tener tiempo limitado para lo que de verdad nos llena en la vida, como si disfrutar de actividades que nos nutren fuera en contra de nuestra naturaleza. No hemos nacido para estar 8 horas -o más- trabajando sino para desarrollarnos y vivir nuestra vida. El trabajo es una herramienta para ganar dinero, no es el fin último de nuestra existencia. Si sientes que tu vida gira en torno a tu trabajo, probablemente has perdido la noción de tu propósito principal, que no es más que vivir. ¿Cómo influye la identidad profesional en el hecho de que a muchas personas les cueste reconocer que están quemadas? Hay mucha presión social implícita en este tema. Solo hace falta entrar a Linkedin para comprobar cómo todo el mundo tiene interiorizado el discurso de que el trabajo es su identidad. Yo, por ejemplo, ya no digo que «soy psicólogo», sino que «me dedico a la psicología». Mi trabajo no me define aunque sea parte de mi, porque soy más cosas: marido, hermano, hijo, fan de los videojuegos, aficionado del Real Madrid…. Reducir mi existencia a mi trabajo es un error que ya no cometo. ¿Crees que hay perfiles más vulnerables al burnout o puede afectar a cualquier persona independientemente de su fortaleza mental? Si, está demostrado que hay rasgos de personalidad que tienden más a quemarse que otros. Por ejemplo, personas con miedo al conflicto, complacientes o con altos grados de implicación, suelen ser las que menos límites ponen en su trabajo, lo que puede llevarles al burnout de una forma mucho más rápida. ¿Qué errores comete la gente cuando intenta “solucionar” su burnout por su cuenta sin ayuda profesional? Hay dos errores principales. El primero es pensar que por cambiar de trabajo el burnout se va a curar. Es evidente que las condiciones de tu trabajo afectan, pero no es menos importante tu relación con él, y esto no cambia al irte a otra empresa. El segundo error es pensar que descansar o estar de baja es suficiente. La realidad es que es necesario un alto trabajo de autoconocimiento para entender qué patrones te llevan a actuar de determinadas maneras en según qué condiciones. En un entorno laboral que premia la productividad constante, ¿cómo puede alguien empezar a poner límites sin sentir culpa? No es fácil hacerlo porque poner límites suele tener consecuencias. Es importante saber cómo, cuándo y de qué manera poner límites. Esto es algo que ayudo a hacer a las personas a las que acompaño. Poner límites no es decir que no, eso es parte pero no el todo. Hay que entender las dinámicas laborales y utilizar una comunicación adecuada para que de verdad se respeten. ¿Qué impacto tiene el burnout en la vida personal y en las relaciones, más allá del ámbito laboral? Depende del grado de burnout. En casos leves lo más normal es que la persona abandone por completo sus hobbys y esté más irritable, pero en casos más graves podemos hablar de aislamiento social, pérdida total de placer por aquello que antes sí disfrutaba (anhedonia) e incluso depresión. ¿Cómo se puede diferenciar entre una mala racha puntual en el trabajo y un proceso real de desgaste profundo? El estrés puntual suele tener un límite temporal, es decir, tú sabes que va a haber un momento que el ritmo va

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¿Podrías ser una “madre helicóptero”?

En la actualidad, cada vez es más frecuente escuchar el término “madre helicóptero” para describir un estilo de crianza caracterizado por la vigilancia constante y la sobreprotección hacia los hijos. Aunque puede parecer una forma de cuidado intensivo y responsable, lo cierto es que este tipo de comportamiento puede tener efectos importantes en el desarrollo emocional, social y psicológico de los niños. Lejos de ser una etiqueta negativa sin más, este concepto invita a reflexionar sobre cómo educamos y hasta qué punto proteger puede convertirse, sin quererlo, en limitar. ¿Qué significa ser una “madre helicóptero”? El término comenzó a popularizarse en la década de los 90 y hace referencia a aquellas madres (y también padres) que “sobrevuelan” la vida de sus hijos de forma constante, como un helicóptero, pendientes de cada movimiento, decisión o dificultad. No se trata simplemente de estar presentes, sino de intervenir de manera continua, anticipándose a los problemas e intentando evitar cualquier tipo de malestar, error o frustración. Algunos ejemplos habituales de este estilo de crianza son: Resolver conflictos con profesores o amigos en lugar de permitir que el niño lo haga Controlar excesivamente horarios, actividades y decisiones Evitar que el hijo experimente fracaso o decepción Supervisar constantemente tareas escolares o incluso hacerlas por ellos Intervenir en situaciones donde el niño ya podría desenvolverse por sí mismo El origen: amor, miedo y exigencia social Es importante entender que detrás de este comportamiento no hay mala intención. Al contrario, suele estar impulsado por el amor, la preocupación y el deseo de ofrecer lo mejor a los hijos. Sin embargo, también intervienen otros factores: 🔹 Miedo al sufrimiento Muchos padres no toleran ver a sus hijos sufrir o equivocarse, por lo que intentan eliminar cualquier obstáculo de su camino. 🔹 Presión social Vivimos en una sociedad donde la crianza está cada vez más expuesta y juzgada. La idea de ser “la madre perfecta” puede generar una necesidad de control constante. 🔹 Experiencias personales Madres que han vivido infancias difíciles o carencias pueden intentar compensarlo sobreprotegiendo a sus hijos. 🔹 Cultura del rendimiento En entornos altamente competitivos, se tiende a pensar que el éxito depende de una supervisión continua. Consecuencias psicológicas en los hijos Aunque a corto plazo los niños pueden sentirse protegidos, a largo plazo este estilo de crianza puede afectar a su desarrollo de manera significativa. 1. Baja tolerancia a la frustración Cuando los niños no experimentan el error ni el fracaso, no desarrollan herramientas para gestionarlos. Esto puede generar adultos que se bloquean ante la mínima dificultad. 2. Dependencia emocional Alguien que siempre ha tomado decisiones por ellos puede generar inseguridad y dificultad para confiar en su propio criterio. 3. Aumento de la ansiedad La sensación de estar constantemente vigilados o de tener que cumplir expectativas elevadas puede derivar en ansiedad, miedo al error o perfeccionismo extremo. 4. Déficit en habilidades sociales Los conflictos forman parte del aprendizaje social. Si un adulto interviene siempre, el niño pierde la oportunidad de aprender a negociar, comunicarse o resolver problemas. 5. Baja autoestima encubierta Paradójicamente, un exceso de protección puede transmitir el mensaje de: “tú no puedes hacerlo solo”, afectando a la percepción de competencia personal. ¿Dónde está el límite entre cuidar y sobreproteger? Cuidar es necesario. Proteger también. Pero hay una línea fina entre acompañar y controlar. Una crianza saludable implica ofrecer apoyo sin anular la autonomía. Es permitir que el niño explore, se equivoque y aprenda, sabiendo que tiene una base segura a la que volver. No se trata de “dejar solos” a los hijos, sino de estar disponibles sin invadir. Claves para una crianza más equilibrada Si te identificas con algunas de estas conductas, no se trata de juzgarse, sino de tomar conciencia y hacer pequeños cambios: ✔️ Permitir el error Equivocarse es una parte esencial del aprendizaje. Evitarlo constantemente impide el desarrollo emocional. ✔️ Fomentar la autonomía Dejar que el niño tome decisiones acordes a su edad refuerza su confianza y responsabilidad. ✔️ Escuchar antes de intervenir A veces, los hijos no necesitan soluciones inmediatas, sino ser escuchados. ✔️ Valorar el proceso Más allá de los resultados, es importante reforzar el esfuerzo, la constancia y la actitud. ✔️ Gestionar el propio miedo Muchas veces, el problema no está en el niño, sino en la ansiedad del adulto. Aprender a tolerar la incertidumbre es clave. Educar para la vida real La vida no es perfecta, ni controlable. Está llena de retos, frustraciones y aprendizajes. Preparar a los hijos para afrontarla es mucho más valioso que intentar evitarla. Ser una madre presente no implica estar en todo, sino saber cuándo estar y cuándo dar espacio. Es confiar en que nuestros hijos tienen recursos, incluso cuando se equivocan. Porque crecer no es evitar caer…es aprender a levantarse.

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Entrevista a Nayara Ortega, psicóloga sanitaria y neuropsicóloga

En un contexto donde la salud mental ha ganado visibilidad, pero también se ha visto rodeada de mensajes simplificados y a veces confusos, resulta fundamental escuchar la voz de profesionales que trabajan desde el rigor, la experiencia y la cercanía. En esta entrevista, profundizamos en la mirada de una psicóloga, Nayara Ortega que entiende la salud mental no solo desde la teoría, sino también desde la vivencia personal y el contacto directo con sus pacientes. A lo largo de la conversación, se abordan temas clave como el impacto de las redes sociales, la importancia del vínculo terapéutico, las señales invisibles del malestar emocional o el papel del autoconocimiento real frente a la superficialidad actual. Una reflexión honesta y necesaria sobre cómo vivimos, sentimos y gestionamos nuestras emociones en una sociedad marcada por la inmediatez, la autoexigencia y la comparación constante. Nayara, ¿qué experiencias personales o momentos clave marcaron tu manera de entender la salud mental más allá de la formación académica, y cómo han influido en tu forma de trabajar con pacientes? Estudié Psicología por vocación. Debido a ciertas situaciones familiares, entendí desde muy temprana edad que sin salud mental no hay salud. En general, nos resulta más fácil identificar el dolor o malestar físico que el emocional, a pesar de que este último puede llegar a ser mucho más limitante en nuestro día a día. Creo firmemente en la importancia de los vínculos y en la necesidad de sentirnos seguros y escuchados como base fundamental para la mejora. Por eso intento ejercer una psicología cercana, humana y siempre apoyada en la evidencia científica.   En un mundo donde cada vez se habla más de psicología en redes sociales, ¿cómo distingues entre divulgación útil y contenido que puede simplificar en exceso problemas complejos? Las redes sociales están diseñadas para captar la atención en muy poco tiempo, y es complicado explicar un tema con todos sus matices en 60 segundos. Para mí, algo fundamental es evitar una divulgación basada en afirmaciones absolutas o que estigmatizan. Es frecuente encontrar contenido del tipo: “si haces estas 4 cosas es que eres…”. Este tipo de mensajes simplifica en exceso y deja fuera muchos factores que pueden explicar la conducta en un momento determinado. La buena divulgación informa, contextualiza y evita etiquetar de forma reduccionista.   ¿Cómo crees que está cambiando la relación entre paciente y terapeuta en la era digital, especialmente con el auge de la terapia online y la exposición constante en redes? La era digital ha traído ventajas importantes, como una mayor accesibilidad a la terapia y la posibilidad de llegar a personas que antes no podían acceder a ella. Sin embargo, también ha generado ciertos retos, como la expectativa de inmediatez o la exposición constante a información psicológica que puede generar confusión. La relación terapéutica sigue siendo el pilar fundamental del proceso, y es importante cuidar el encuadre, los límites y la calidad del vínculo, independientemente del formato online o presencial.   Trabajas desde un enfoque cognitivo-conductual, pero ¿en qué momentos sientes que este modelo necesita complementarse con otras perspectivas para adaptarse mejor a cada persona? El trabajo en psicología siempre debe adaptarse a las necesidades del paciente. Para ello, es fundamental escuchar con detalle su historia y realizar un buen análisis funcional de sus circunstancias. Aunque mi base sea el enfoque cognitivo-conductual, considero esencial ser flexible a la hora de intervenir, integrando otras perspectivas cuando la situación lo requiere, siempre en función de lo que mejor se ajuste a la persona.   ¿Qué señales sutiles suelen pasar desapercibidas en alguien que aparentemente “está bien”, pero que en realidad podría estar atravesando un malestar psicológico importante? Es importante prestar atención a pequeños cambios en el comportamiento: si la persona está más callada o aislada, si ha habido cambios en sus hábitos de alimentación o en el sueño, si muestra menos interés por actividades que antes disfrutaba o si se percibe más irritable. A menudo, estas señales pasan desapercibidas, pero pueden ser indicadores de un malestar más profundo.   ¿Cómo influye el entorno social actual —inmediatez, comparación constante, exigencia de productividad— en la aparición de nuevos tipos de malestar emocional? Creo que el ritmo de vida actual nos dificulta conectar con nosotros mismos. No nos damos el tiempo necesario para reflexionar sobre cómo nos sentimos, qué nos ha llevado a ese punto y qué podemos hacer para cambiarlo. Además, la comparación constante puede afectar negativamente a la autoestima y generar una sensación continua de insatisfacción personal.   En tu experiencia clínica, ¿qué papel juega el autoconocimiento real frente al autoconocimiento  superficial  que  muchas  veces  se  promueve  en  redes? El autoconocimiento real marca una gran diferencia tanto a nivel intrapersonal como interpersonal. Conocernos en profundidad nos permite ser más reflexivos, entender qué nos desestabiliza, qué nos regula y cómo poner límites de forma saludable. Esto favorece relaciones de mayor calidad y una mayor coherencia personal. El autoconocimiento superficial, en cambio, puede quedarse en etiquetas sin un verdadero proceso de comprensión.   ¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometen las personas cuando intentan gestionar sus emociones  sin acompañamiento          profesional? Uno de los errores más frecuentes es normalizar síntomas que, con el tiempo, pueden derivar en la cronificación de un problema de salud mental. También es habitual intentar evitar o suprimir las emociones en lugar de comprenderlas, o aplicar estrategias generales que no siempre se ajustan a la situación individual.   ¿Qué importancia le das a la psicoeducación del paciente sobre el funcionamiento del cerebro  y   cómo   impacta   esto   en   su   proceso   terapéutico? Le doy mucha importancia. En sesión dedico tiempo a explicar al paciente cómo funciona el cerebro, qué papel tienen distintas áreas y cómo esto se relaciona con su conducta. He observado que cuando la persona entiende qué le ocurre y por qué, se implica mucho más en su proceso terapéutico y se siente más capaz de generar cambios.   En el trabajo con adolescentes, ¿qué retos específicos encuentras hoy en día que no eran   tan   evidentes  en generaciones anteriores? Uno

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¿Cómo saber si mi consumo ya es un problema?

El consumo problemático de sustancias o conductas puede pasar desapercibido durante mucho tiempo, pero es fundamental identificarlo a tiempo para evitar que se convierta en una adicción que afecte gravemente la salud física, emocional y social. Detectar las señales tempranas no solo permite intervenir de forma oportuna, sino que también facilita el acceso a tratamientos y apoyos adecuados. En este artículo, exploraremos cómo reconocer el consumo problemático antes de que escale a una adicción, cuáles son sus signos más frecuentes y qué pasos seguir para buscar ayuda. ¿Qué es el consumo problemático? El consumo problemático se refiere al uso de sustancias (como alcohol, tabaco, drogas ilegales o medicamentos) o la práctica de conductas (como el juego, uso excesivo de tecnología o compras compulsivas) que comienza a generar consecuencias negativas para la persona o su entorno. A diferencia de la adicción, que implica una dependencia física o psicológica profunda, el consumo problemático es un estadio inicial donde la persona aún mantiene cierto control, pero está en riesgo de perderlo si no se aborda a tiempo. ¿Por qué es importante detectarlo temprano? Detectar el consumo problemático en etapas tempranas es clave porque: Previene la progresión hacia la adicción: Intervenir a tiempo evita que el consumo se vuelva crónico y difícil de controlar. Reduce daños físicos y psicológicos: El uso excesivo o inadecuado de sustancias puede causar daños en órganos, trastornos emocionales y sociales. Mejora la calidad de vida: Identificar y modificar hábitos nocivos permite recuperar bienestar y estabilidad. Favorece el apoyo familiar y social: Las personas cercanas pueden brindar soporte y acompañamiento crucial para la recuperación. Señales de alerta para identificar un consumo problemático Aunque cada persona y sustancia es diferente, existen indicios comunes que pueden alertar sobre un consumo que está empezando a generar problemas: Cambios en el comportamiento y estado emocional Irritabilidad, ansiedad o nerviosismo frecuentes. Cambios bruscos de humor, desde euforia hasta tristeza. Aislamiento social o pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba. Descuidos en responsabilidades laborales, académicas o familiares. Incremento en la cantidad o frecuencia del consumo Necesidad de consumir más cantidad para lograr el mismo efecto. Consumo más frecuente o en horarios inusuales, como por la mañana o durante la jornada laboral. Incapacidad para reducir o controlar el consumo pese a intentos previos. Problemas físicos y de salud Fatiga constante, insomnio o alteraciones del apetito. Dolores de cabeza, problemas digestivos o cambios en la apariencia física. Episodios de pérdida de memoria o confusión. Negación y justificación del consumo Minimizar o negar el impacto del consumo en su vida. Justificar el uso con motivos sociales, emocionales o “para aliviar el estrés”. Evitar hablar del tema o mostrarse defensivo cuando se le cuestiona. Problemas sociales y legales Conflictos frecuentes con familiares, amigos o compañeros de trabajo. Descenso en el rendimiento académico o laboral. Problemas legales relacionados con el consumo o conducta. Factores que aumentan el riesgo de consumo problemático No todas las personas que consumen sustancias o realizan ciertas conductas desarrollan un problema. Sin embargo, algunos factores incrementan la vulnerabilidad: Factores genéticos y biológicos: antecedentes familiares de adicción o trastornos mentales. Problemas emocionales o psicológicos: ansiedad, depresión, estrés crónico, baja autoestima. Ambiente social: presión de grupo, exposición frecuente a sustancias o entornos de alto riesgo. Eventos traumáticos: pérdidas, abuso, situaciones de violencia o estrés postraumático. Falta de apoyo social: aislamiento o carencia de redes afectivas saludables. Qué hacer si detectas consumo problemático en ti o en alguien cercano No minimizar la situación Reconocer que existe un problema es el primer paso para buscar ayuda. Evitar justificar o normalizar el consumo permite actuar con mayor claridad. Buscar información y apoyo profesional Consultar con especialistas en salud mental, psicólogos o centros de atención en adicciones puede facilitar un diagnóstico temprano y la intervención adecuada. Fomentar un ambiente de escucha y apoyo Evitar juzgar o culpar a la persona, y ofrecer un espacio seguro donde pueda expresar sus sentimientos y dificultades. Promover cambios en el estilo de vida Incentivar hábitos saludables como ejercicio físico, alimentación equilibrada, actividades recreativas y fortalecer las relaciones sociales. Establecer límites claros y consistentes En caso de convivir con alguien con consumo problemático, es importante definir normas claras para proteger la salud y el bienestar de todos. La importancia de la prevención y la educación La mejor manera de evitar que un consumo problemático derive en adicción es la prevención. Esto incluye: Educación temprana: informar sobre riesgos y consecuencias reales. Desarrollo de habilidades emocionales: enseñar a manejar el estrés, la frustración y la presión social. Promoción de entornos saludables: familias, escuelas y comunidades que fomenten hábitos positivos. Acceso a recursos y ayuda: facilitar que las personas puedan consultar sin temor y sin estigmas. Detectar el consumo problemático antes de que se convierta en adicción es una labor que requiere atención, empatía y acción. Reconocer las señales, entender los factores de riesgo y buscar ayuda oportuna puede marcar la diferencia en la vida de quienes están en riesgo. Si crees que tú o alguien cercano podría estar enfrentando un consumo problemático, no dudes en consultar a un profesional. La salud mental y el bienestar emocional siempre merecen prioridad.  

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¿Por qué Albert Ellis es considerado el padre de la psicoterapia moderna?

Albert Ellis es conocido por haber desarrollado la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC) en los años 50, una de las primeras formas de terapia cognitivo-conductual (TCC). Su enfoque, radical en su momento, sostenía que nuestras emociones no son causadas directamente por las situaciones, sino por nuestras creencias y pensamientos sobre esas situaciones. Desarrollo: El Enfoque Revolucionario de Ellis: Ellis argumentaba que las emociones negativas, como la ansiedad, la depresión o el enojo, no son el resultado de eventos externos, sino de las interpretaciones irracionales que hacemos sobre esos eventos. Por ejemplo, una situación de rechazo puede provocar una profunda tristeza no por el hecho en sí, sino por creencias como «no valgo nada» o «nunca seré amado». Para Ellis, identificar y desafiar esas creencias irracionales era la clave para lograr una mejor salud mental. Los Principios Clave de la TREC: A-B-C: El modelo básico de la TREC es el modelo A-B-C, donde A es el acontecimiento activador (eventos externos), B son las creencias sobre esos eventos, y C es la consecuencia emocional. La clave está en que no es A lo que causa C, sino B, nuestras creencias. Disputa de creencias irracionales: Una parte central de la TREC es desafiar estas creencias irracionales, cuestionar su validez y reemplazarlas por pensamientos más racionales y realistas. Aceptación incondicional de uno mismo: Ellis enseñaba que aceptar que todos cometemos errores y que ningún ser humano es perfecto es crucial para dejar de castigarnos psicológicamente por nuestras fallas o errores. Diferencias con otras Terapias: A diferencia del psicoanálisis, que enfatiza el pasado y los traumas inconscientes, Ellis propuso que el cambio en el presente es más efectivo, enfocándose en cambiar patrones de pensamiento distorsionados. Además, en comparación con las terapias centradas en la emoción o el comportamiento, la TREC da un peso particular al pensamiento lógico y a la capacidad de analizar nuestras propias creencias irracionales. Impacto de la TREC en la Psicología Moderna: Ellis fue uno de los pioneros de la terapia cognitivo-conductual (TCC), que hoy en día es una de las formas más efectivas y utilizadas de tratamiento psicológico, especialmente para trastornos como la ansiedad, la depresión, y los problemas de autoestima. La TREC sigue siendo una de las terapias más prácticas y directas, enfocada en ayudar a las personas a reconocer patrones de pensamiento nocivos y sustituirlos por creencias más sanas y funcionales. Cómo Aplicar la TREC en la Vida Cotidiana: La obra de Ellis no solo es relevante para la terapia clínica; sus principios pueden ser aplicados por cualquier persona que busque mejorar su bienestar emocional. Algunas técnicas útiles incluyen escribir un diario de creencias, en el que las personas pueden identificar sus pensamientos automáticos y luego disputarlos con lógica. Otro consejo práctico es preguntarse «¿Qué evidencia tengo de que este pensamiento es verdadero?» cuando se experimentan emociones fuertes basadas en creencias negativas. El legado de Albert Ellis sigue siendo profundo en la psicología moderna. Su enfoque en cómo los pensamientos irracionales pueden afectar nuestras emociones y comportamientos ofrece herramientas prácticas para mejorar la salud mental de manera efectiva. Al ayudarnos a comprender que no son los eventos externos los que nos afectan, sino cómo los interpretamos, la TREC de Ellis sigue siendo una técnica poderosa para quienes buscan un cambio significativo en sus vidas.  

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¿Qué rasgos emocionales y conductuales definen a un ludópata?

Es difícil construir el perfil de la hipotética personalidad del jugador patológico típico, porque todos los intentos han dado como resultado el hallazgo de una serie de rasgos que suelen darse frecuentemente cita, pero que, por su matiz dispar, y aun paradójico, no han permitido diseñar una personalidad pre mórbida especifica. Hay ingredientes constitutivos de la psicología del jugador que se detallan a continuación: En el plano afectivo instintivo o impulsivo, el ludópata es una persona fuertemente dotada pero también descontrolada de impulsos. Se ha detectado que el juego modifica o incrementa el nivel de activación neurofisiológico del cerebro, mediante la liberación de sustancias como la serotonina o los opiáceos endógenos, según afirman investigadores como Blaszczynsky (1986) y ello ha hecho pensar que el ludópata adolece de una carencia de nivel adecuado de activación en su sistema nervioso central que trataría de compensar con el juego. En definitiva, el ludópata se siente instado a la realización de conductas que tienden a llenar un estado de vacío, de hipotonía o de insatisfacción instintiva mediante la obtención fácil de sensaciones compensatorias. Es como la define Zuckerman, un buscador de sensaciones, siendo la búsqueda de sensación de constructo afectivo-instintivo, de naturaleza probablemente biológica, e incluso genética, integrado por varios factores psíquicos, cuales son el gusto por el riesgo, la búsqueda de acción, la desinhibición y la susceptibilidad al aburrimiento. En cuanto al estilo vivencial cognitivo-afectivo, el jugador patológico suele albergar un patrón de pensamiento de tipo mágico-fantasioso, tal vez como consecuencia de su incompetencia para el manejo adulto de la realidad y de las frustraciones que conlleva, optando por dar curso a sus desmedidos deseos y ambiciones a través de la fantasía, que incluye los mitos y la superstición como recursos. Tal vez sea este patrón de pensamiento, como sostienen Corney y Cummings (1985), el que aplicando al juego de azar, permite diferenciar especialmente al jugador patológico del ocasional. Así como el pensamiento lógico, principal atributo de la madurez, es el pensamiento objetivo y racional por excelencia, basado en la capacidad de diferenciación entre lo intenso y lo externo, entre el yo y el no yo, entre la realidad y la fantasías, e independiente del substrato afectivo-instintivo de la persona, el pensamiento mágico, connatural en el ser humano, se fundamenta en lo irracional, se origina en la falta de conocimiento o experiencia racional satisfactoria y campea en el niño y a su vez persiste en las personas inmaduras y en los pueblos primitivos como fermento inspirador de sus mitos y supersticiones. Para el niño, el adulto inmaduro o para los pueblos primitivos, el pensamiento en efecto, se vuelve flexible, acomodaticio y sumiso a sus conveniencias instintivo-afectivas. El pensamiento deja de ser entonces un medio de aprehensión de la realidad, en el sentido zubiriano, para ser, un instrumento de impresión de realidad; o a lo sumo, en él, la aprehensión de la realidad, la intelección sentiente, en lugar de atenerse a un criterio lógico, basado en preceptos sistematizados con arreglo a su propia esencia y modo, pasa a un libre creación, a una reconformación de las notas reales, en un movimiento intelectivo cuyo fruto es entonces no ya el perceptor, sino el factor, el ficto, que no es, advierte Zubiri, ficción de realidad, sino realidad en ficción: no se finge la realidad, sino que se finge que la realidad sea así. La intelección pasa de lógica a fantástica, el pensamiento lógico se trasforma en mágico. Una de las características más llamativas del jugador es su capacidad ideo plástica para, sin pasar por el tamiz de la censura racional, plegarse a sus tendencias hedonistas, que son para él la única realidad. El jugador adquiere y desarrolla su pensamiento a partir de una fuente interna subjetiva de información. Se tiene más en cuenta a sí mismo que al entorno, su impaciente deseo de felicidad le condicionan de tal modo el intelecto que le convierten en un órgano excretor de fantasías. Podría decirse del jugador que es la persona cuyos deseos transforman sus pensamientos en falacias y estas una vez instaladas en su mente con derecho a realidad son adoptados como parapetos defensivos frente a la posible impugnación superyoica, para así propiciar la dedicación impune a su más dilecta pasión, el juego. Los usuarios inveterados del juego desarrollan una serie peculiar de mitos y supersticiones: Los mitos. Por su condición de pensamiento irracional, su carácter estereotipado y su resistencia a la argumentación lógica, podrían equipararse a las mitologías que Sarró (1972) describió en los enfermos delirantes. Entre las referidas mitologías se encuentran: La negación de realidad del consumo excesivo de juego, en cuya virtud el jugador sostiene jugar lo normal, negando en todo caso cualquier insinuación de desmesura. La subjetivación del resultado, que admite al menos tres posibles mecanismos de distorsión perceptiva: La ilusión del control sobre el resultado del juego de azar, lo que induce a pensar al ludópata que puede desarrollar estrategias mediante las cuales será capaz de manipular, influir o al menos confiar en el resultado final de la apuesta; o lo que es lo mismo: la ilusión de control le induce al ludópata a sobrevalorar sus posibilidades de éxito en virtud de un mecanismo de contaminación subjetiva de la lógica, o de lo que podría llamarse la “lógica desiderativa” (“hace mucho que no me toca, luego me tiene que tocar” o “estoy en buena racha de suerte, luego tengo que aprovechar”) La negación de realidad del resultado (fracasos y dependencia), por cuyo mecanismo el jugador aun admitiendo sus excesos, se hasta de contar con un balance positivo en su haber, gracias a su presunta habilidad para escapar como apunta Wagenaar (1988), a las leyes de la probabilidad del azar, minimizando sus fracasos o incluso convirtiéndoles en casi éxitos y sobrevalorando sus triunfos; así como por otro lado alberga la ilusión de poder controlar volitivamente el juego, excluyendo la idea de la dependencia o esclavitud. La interpretación autorreferencial o atribuciones del resultado, en cuya virtud el ludópata se siente tan artífice de su

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¿Por Qué Perdonar Es Esencial Cuando Estamos Más Vulnerables?

¿Enfermamos porque estamos débiles emocionalmente o es la enfermedad la que provoca nuestra vulnerabilidad emocional? Sin duda, ambos factores son muy difíciles de aislar y con frecuencia, pueden alternar su importancia y su protagonismo a lo largo de un mismo proceso; es decir, podemos empezar por encontrarnos un poco débiles y eso nos crea cierta vulnerabilidad y el sentirnos vulnerables acentúa aún más nuestra debilidad. Perdonarnos por enfermar Con frecuencia, asociamos enfermedades graves a personas de edad avanzada. Sin embargo, este hecho ha cambiado sustancialmente y hoy quizás en gran medida por el ritmo de vida que llevamos, por los hábitos de la sociedad moderna, cada vez nos encontramos con más diagnósticos de enfermedad graves en jóvenes. Este hecho ha cobrado tal dimensión que, en la actualidad, el cáncer es la causa principal de muerte por enfermedad en la población de adolescentes y jóvenes. En el grupo de edad de adolescentes, jóvenes y adultos, solo los accidentes, los suicidios y los homicidios se cobran más vidas que el cáncer. Sin duda, para la mayoría de la gente, recibir un diagnóstico de una enfermedad grave representa un shock, que en muchos casos se acompaña de una reacción de angustia y estrés que condicionan sus vidas. Muchos se preguntan cómo influye los factores psicológicos en la enfermedad. Es lógico pensar que una enfermedad grave despierte angustia, temor e incertidumbre. La persona afectada tiene miedo de cómo resultará el tratamiento ¿Dará resultado? ¿se complicará? ¿seré capaz de resistirlo? ¿Me curaré definitivamente o viviré toda la vida con esta espada de Damocles encima? El enfermo se enfrenta a múltiples preguntas ¿qué debo hacer?¿cómo reaccionar?¿cómo se lo digo a mi familia, a mis hijos?¿tendré fuerza suficiente o me hundiré?¿será este el principio del fin?¿mi vida se terminó?¿ya solo me queda sufrir?¿merecerá la pena tanto esfuerzo, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto desgarro? Hay personas que se sienten responsables de su enfermedad, que piensan que estiraron demasiado la cuerda, que llevaban una vida desbordada de trabajo, esfuerzo, tensión, de preocupaciones y que eso, tarde o temprano, se termina pagando. Creen que han fallado a su familia, a sus hijos, a su pareja, a ellas mismas. Se sienten tan culpables y tan débiles que les cuesta un mundo perdonarse. La psicología puede ser de ayuda, pero somos nosotros los que mejor podemos vencer nuestros miedos, inseguridades e incertidumbres. Quienes podemos recuperar la ilusión, ánimo y la esperanza que nos hará disfrutar de nuestra vida con una intensidad que nunca habíamos experimentado. Intentad ser vuestro mejor amigo y vuestro mejor reglo. El regalo que hará que vuestros ojos vuelvan a brillar y vuestro rostro se ilumine con una sonrisa de esperanza y de fe en el futuro. El resto será sencillo cuando hayáis conseguido vivirlo bien; cuando vuestra mirada les transmita serenidad, confianza y dulzura; cuando vuestros corazones palpiten en sintonía; cuando vuestros besos estén llenos de alegría, sentimiento y vida. Fracasar, fallar, equivocarnos deberían ser conceptos que no tuvieran un impacto tan negativo en nuestro sistema de valoración, ya que somo seres humanos y como tales podemos fallar y equivocarnos, lo que nos ocurrirá muchas veces a lo largo de nuestra vida, y eso no significará que seamos un desastre o que no valgamos nada. El gran error es pensar que el éxito es sinónimo de valía y que un fracaso significa derrota. Hay gente que hace juicios muy sesgados y se siente triunfadora si va bien y derrotada si ha tenido alguna contrariedad o han surgido circunstancias y hechos que se escapan a su capacidad de control. Hay personas que, ante la reacción violenta del otro, cuando se sienten muy vulnerables, piensan que algo habrán hecho mal, que alguna torpeza habrá cometido para que la pareja reaccione con tanta agresividad. Conviene recordar que Al contraer una dolencia grave, algunas personas se sienten culpables porque creen que al enfermar les han fallado a sus seres queridos. Entonces, les cuesta mucho perdonarse, pero deben hacerlo porque ello les dará la fuerza necesaria para seguir adelante Perdonarnos nos permite, en muchos casos, posicionarnos mentalmente para enfrentarnos a la enfermedad y nos ayuda a vencerla. Perdonarse le permitirá al enfermo obtener las energías necesarias para desempeñar un papel activo en el proceso terapéutico, no abandonarse y presentar batalla contra la enfermedad. No perdonarse porque alguien se crea que ha fracasado en el aspecto profesional o en el ámbito familiar no es justificable; hay que perdonarse para levantarse y recuperar lo perdido. Conceder la máxima importancia no solo al trabajo, sino a nosotros mismos, así como a nuestra familia, nuestra salud, amigos, ilusiones, y nuestra felicidad debe ser nuestra prioridad Perdonarnos también en momentos de gran presión, como son los que se viven en los conflictos de pareja, es uno de los retos a conseguir Analizar los hechos, aprender de los errores, perdonarnos si nos sentimos culpables y querernos cuando emocionalmente nos sintamos vulnerables es lo que debemos hacer en esas situaciones (información extraída de Las 3 claves de la felicidad : perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida / Mº Jesús Álava Reyes, 2014)

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¿Qué diferencia hay entre psicólogo y psiquiatra?

Uno de los aspectos más difíciles que se presentan a la hora de encontrar a un terapeuta o médico es saber dónde buscarlo. Un buen punto de partida es, en este sentido, el médico de familia, que probablemente conozca a psiquiatras, psicólogos y clínicas de la zona especializados en el tratamiento de la ansiedad. También cabe la posibilidad de llamar a los hospitales y clínicas cercanas para ver si tienen programas y ofrecen TCC (Terapia Cognitivo Conductual) o medicación para el tratamiento de la ansiedad social. Internet también es una fuente de información sobre las alternativas de tratamiento con que cuenta en las proximidades de su lugar de residencia. Otra forma de encontrar ayuda es conectar con una organización nacional que se ocupe de los problemas relacionados con la ansiedad o la TCC. La Anxiety Disorders Association of America, por ejemplo, proporciona información sobre opciones de tratamiento y grupos de autoayuda en los Estados Unidos y Canadá. La Association for Behavior and Cognitive Therapies es una organización profesional que también proporciona información sobre profesionales que tratan problemas relacionados con la ansiedad. No tema a la hora de decidir el profesional con el que trabajar, formular las preguntas que considere oportunas. Conviene, antes de comprometerse, aclarar las siguientes cuestiones: El tipo de tratamiento ofrecido. Si, por ejemplo, está interesado en un tratamiento psicológico, debe enterarse de si la persona tiene experiencia en proporcionar TCC para la ansiedad social y de desempeño. El número de sesiones habitualmente recomendadas para tratar este problema sabiendo que, sin realizar una evaluación completa, esa estimación suele ser muy imprecisa. Lo más habitual es que basten entre diez y veinte sesiones. La duración de las sesiones. Aunque lo más habitual sean sesiones de una hora, a veces son necesarios, para llevar a cabo las sesiones de exposición, periodos más largos. La frecuencia de las sesiones. Lo más habitual, en este sentido, son las sesiones semanales. El precio por sesión y el sistema de pago preferido ¿es flexible el precio? La ubicación y el entorno ¿Se lleva a cabo el tratamiento en una consulta privada? ¿en un hospital? ¿en una clínica universitaria? ¿en una clínica comunitaria? ¿en un centro de investigación? La accesibilidad del tratamiento grupal versus el tratamiento individual de la ansiedad social. Ambos enfoques probablemente funcionen ¿Quién proporciona el tratamiento? ¿un psicólogo? ¿un psiquiatra? ¿un estudiante de psicología o un residente de psiquiatría? ¿Qué experiencia tiene la persona? ¿Dónde se ha formado? ¿es adecuadamente supervisado, en el caso de tratarse de un estudiante? ¿Qué experiencia tiene su supervisor? ¿Podría concertar, si la necesitara, una visita con el supervisor? Tipos de profesionales Si está interesado en recibir una terapia psicológica, como la TCC, su terapeuta puede ser un psicólogo, un médico, un trabajador social o un profesional procedente de una amplia variedad de sustratos. Conviene recordar que, independientemente de su formación, la mayoría de los clínicos no tienen gran experiencia en el uso de la TCC para el tratamiento de los trastornos relacionados con la ansiedad. Mucho más interesante que la titulación de la persona, es su familiaridad con el tratamiento de la ansiedad social utilizando los tratamientos cognitivos basados en la exposición. Y aunque esto sea mucho más fácil de encontrar en el caso de los psicólogos, también hay que decir que la formación en terapia cognitivo conductual está llegando cada vez más a otros profesionales. Psicólogos. Los psicólogos especializados en los trastornos psicológicos suelen ser doctores en psicología clínica. La formación de un psicólogo suele incluir una diplomatura universitaria de cuatro años, seguida de cinco a ocho años adicionales. En algunos lugares, los practicantes con un master suelen considerarse también psicólogos mientras que, en otros, los clínicos con un máster se denominan de otro modo (como, por ejemplo, psicólogo asociado, psicoterapeuta, psicometría, etc.) Psiquiatra. Un psiquiatra es un médico que, después de haber completado cuatro años de estudios en la facultad de medicina, se ha especializado en el tratamiento de los problemas de la salud mental. Habitualmente, esta especialidad incluye una residencia de cinco años y puede incluir también un entrenamiento adicional. Aunque los psiquiatras son más proclives que otros profesionales a ver y tratar la ansiedad desde una perspectiva biológica, sus programas de enseñanza cada vez tienen más en cuenta la formación en TCC. Las ventajas de ser tratado por un psiquiatra, en lugar de otro tipo de profesional, incluyen la posibilidad de obtener medicación además de otras formas de terapia y de ser evaluado por un médico especialmente cualificado en reconocer las condiciones médicas que puedan estar contribuyendo al problema. Trabajador social. Los trabajadores sociales están entrenados para enfrentarse a problemas muy diversos, como ayudar a las personas a relacionarse mejor, resolver sus problemas personales y familiares y aprender a gestionar más adecuadamente las vicisitudes de la vida cotidiana. También pueden ayudar a enfrentarse mejor al estrés de un alojamiento inadecuado, el paro, la falta de habilidades sociales, los problemas económicos, la enfermedad o la incapacidad grave, el abuso de sustancias, el embarazo no deseado, etc. La mayoría de los trabajadores sociales se especializan y algunos acaban proporcionando psicoterapia en la práctica privada, un hospital o centro especializado. Aunque la TCC se halla habitualmente incluida en los programas de formación de los trabajadores sociales, los hay que, concluida su formación, siguen cursos de entrenamiento especializado en TCC. Otras profesiones. Son muchos los profesionales que pueden formarse para proporcionar TCC u otras formas de psicoterapia. Entre ellos cabe destacar a los médicos de familia, las enfermeras, los terapeutas ocupacionales, los sacerdotes u otros líderes religiosos e incluso los psicoterapeutas sin titulación formal en un campo relacionado con la salud mental. Es más importante saber si el profesional en cuestión tiene experiencia, que, si se trata de una enfermera, un médico de familia, un psicólogo, un psiquiatra, un terapeuta ocupacional, un trabajador social o un estudiante de uno de estos campos. ¿Cuánto tiempo requiere el tratamiento? El tratamiento cognitivo conductual de la ansiedad social y de desempeño suele requerir entre diez y veinte sesiones.

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¿Quién perdona antes, los adultos o los niños?

El ser humano nace perdonado y perdonándose; perdonando por aceptar que le expulsemos de ese hábitat tan confortable, tan maravillosamente mágico en el que ha estado desarrollándose y creciendo durante nueve meses y perdonándose porque en esa nueva etapa de su vida cometerá muchos errores, en ese proceso de investigación constante, de análisis, de búsqueda y de ensayo y error que será su existencia. ¿Cuántas veces pide perdón el niño? Se pasa la vida pidiéndonos perdón. Perdón por haber empujado o por haber mordido cuando era muy pequeño, perdón por gritar mucho, por llorar demasiado, por patalear y cogerse rabietas, por desobedecer, por decir NO, por retarnos, por no querer ir a la cama a su hora, por insultar, por pegar, por enfadarse, por hacer las cosas más despacio de lo que le pedimos…a veces incluso por decir la verdad El perdón para él es tan vital que no descansa hasta que lo consigue. Cuando por fin lo obtiene, ¿qué ocurre?. La mayoría coincidiremos en que en esos momentos vemos una de las imágenes más bellas y cautivadoras de este mundo: la sonrisa amplia y radiante que se dibuja en el rostro del niño; esa sonrisa llena de alegría, iluminada por una mirada dulce y tierna, que nos envuelve y nos acaricia. Una ventaja enorme que tiene el niño es que, una vez que ha sido perdonado, se olvida de inmediato de lo que hizo mal y se queda tan tranquilo, prometiéndonos lo que difícilmente será capaz de cumplir: que ya “nunca” volverá a suceder, que esta ha sido la última vez que ha fallado. El niño se perdona a sí mismo con mucha facilidad; rápidamente se olvida de su mala acción o de su travesura y en no pocas ocasiones, intenta eludir su responsabilidad echando la culpa a los demás. Por el contrario, muchos adultos se torturan una y otra vez ante su incapacidad de perdonarse. De nuevo, vemos que los años no siempre son sinónimo de sabiduría, a veces parece que cuanto más crecemos más “desaprendemos”. El niño tiene un sentido de la justicia muy primitivo, pero muy claro; el adulto, sin embargo, puede complicarse tanto que llega un momento en que no es capaz de discernir y se fija solo en los resultados, olvidando que hay que valorar también el esfuerzo realizado. Aprender a perdonarnos es aprender a vivir. En muchas ocasiones, nos pueden condicionar determinadas experiencias, situaciones dolorosas, el entorno y la cultura en la que estamos inmersos….,pero no podemos abdicar de una enseñanza que nos permitirá ser dueños de nuestras emociones y autores de nuestra vida. Si queremos “triunfar” en lo esencial, el arte del perdón será el mejor regalo que nos podamos ofrecer. Una persona insegura es invulnerable, dependiente de la mayor o menor estima de los demás e insatisfecha consigo misma. En la raíz de nuestra inseguridad casi siempre encontramos “reproches” y juicios de valor equivocados. Nuestra seguridad está basada en gran medida, en nuestra propia aceptación y en esa aceptación desempeña un papel crucial la valoración de nuestros aciertos y la asunción de nuestros fallos. Pero asumir no significa sucumbir, sino aceptar y confiar en nuestra capacidad de recuperación. Muchos piensan que la autoestima está de moda y que la gente habla de ella sin saber muy bien qué significa. La autoestima es la valoración que tenemos de nosotros mismos; es decir, es nuestra percepción de lo que somos o de lo que creemos ser. Sobre la base de este planteamiento, coincidimos en que una persona con una autoestima alta habitualmente se siente segura, se respeta y se quiere sin ningún tipo de complejos. Por el contrario, cuando alguien tiene un concepto pobre de sí mismo y constantemente se formula reproches, su autoestima baja en la misma medida en que baja su propio afecto. Pero si hay una circunstancia dura en nuestra propia valoración, es cuando nos sentimos culpables por algo que hemos hecho o por algo que debíamos hacer y no hicimos. La situación se agrava si, además, creemos que hemos decepcionado a quienes mas queremos y más admiramos. Hay personas que pasan la vida deseando con tanta intensidad que cuando no llega no son capaces de parar, analizar y aceptar los hechos. La perseverancia es un valor que nos puede resultar muy útil para superar obstáculos y dificultados, pero ¡cuidado! a veces, determinados hechos y acontecimientos nos envían señales que no sabemos interpretar. Por muy poderosa que sea nuestra voluntad, no olvidemos nunca que los aparentes fracasos pueden encerrar grandes lecciones que, lejos de hundirnos, pueden ayudarnos a encontrar las mejores opciones. Conviene recordar que: Aprender a perdonarnos nos permite aprender a vivir con seguridad, autoestima y confianza en nosotros mismos Asumir nuestros defectos y errores no es fácil, pero es necesario para enmendarlos y poder perdonarnos. Borrar el pasado y los errores que hayamos cometido resulta imposible, pero sí podemos controlar el presente Reconocer que nuestro valor como seres humanos no radica en nuestros conocimientos técnicos o académicos, sino en el reconocimiento de nuestras limitaciones Perdonarnos nos devuelve nuestra autoestima, mermada por los sentimientos de culpabilidad que nos asaltan ante un error o una mala acción Ser indulgentes con nuestros errores es necesario, sobre todo cuando no ha habido intencionalidad o mala fe por nuestra parte, y hemos de ser capaces de perdonarnos para recuperar la paz y la alegría de vivir. (información extraída de Las 3 claves de la felicidad : perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida / Mº Jesús Álava Reyes, 2014)

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