Impulsividad

¿Por qué reprimir emociones empeora tu bienestar?

En nuestra vida diaria, todos enfrentamos situaciones que nos generan emociones intensas. A veces, esas emociones vienen acompañadas de impulsos que pueden llevarnos a actuar de manera inmediata y sin reflexión, lo que puede causar problemas en nuestras relaciones, trabajo o bienestar personal. Controlar los impulsos es fundamental para una vida equilibrada, pero hacerlo no significa reprimir lo que sentimos. De hecho, reprimir las emociones puede ser contraproducente y afectar nuestra salud mental a largo plazo. En este artículo te explicamos cómo controlar los impulsos sin reprimir tus emociones, para que aprendas a vivirlas de forma saludable y consciente. ¿Qué son los impulsos y por qué surgen? Los impulsos son reacciones automáticas, muchas veces intensas, que nos motivan a actuar de forma inmediata ante un estímulo. Pueden ser de diferentes tipos: impulsos de ira, de comer, de gastar dinero, de hablar sin pensar, entre otros. Son una respuesta rápida del cerebro ante una emoción o necesidad urgente, buscando alivio o satisfacción inmediata. Surgen porque nuestro cerebro, especialmente el sistema límbico (la parte emocional), prioriza la reacción rápida para protegernos o satisfacer deseos inmediatos. Sin embargo, la corteza prefrontal, que es la encargada del control y la planificación, necesita tiempo para evaluar las consecuencias de nuestras acciones. Por eso, controlar impulsos es un proceso que requiere desarrollar esta capacidad de autorregulación. Diferencia entre controlar impulsos y reprimir emociones Controlar impulsos implica reconocer la emoción que sientes, aceptar que está ahí, y decidir conscientemente cómo responder, en lugar de reaccionar de forma automática. Se trata de un manejo activo y consciente de las emociones. Reprimir emociones, en cambio, significa ignorarlas, esconderlas o bloquearlas para que no salgan a la superficie. Esto puede generar un malestar interno, estrés acumulado, y eventualmente problemas físicos y psicológicos, como ansiedad, depresión o ataques de ira descontrolados. Controlar impulsos sin reprimir emociones es un equilibrio delicado que mejora con práctica y autoconocimiento. Estrategias para controlar los impulsos sin reprimir tus emociones 1. Reconoce y acepta tus emociones El primer paso es ser consciente de lo que estás sintiendo. En lugar de juzgarte por tener esa emoción, acéptala como parte natural de tu experiencia humana. Puedes practicar la atención plena (mindfulness) para observar tus emociones sin intentar cambiarlas de inmediato. 2. Respira y crea espacio antes de actuar Cuando sientas un impulso fuerte, detente un momento y haz una respiración profunda y lenta. Esto ayuda a activar el sistema nervioso parasimpático, que promueve la calma. Ese pequeño espacio te permite ganar claridad para decidir tu respuesta. 3. Identifica el origen de tu impulso Pregúntate qué necesitas realmente en ese momento. Muchas veces, los impulsos son intentos de cubrir una necesidad emocional no satisfecha, como sentir seguridad, amor o control. Al identificar la raíz, puedes buscar formas saludables de satisfacer esa necesidad. 4. Usa técnicas de autorregulación emocional Algunas técnicas útiles incluyen: Distracción consciente: Cambia tu atención a otra actividad que te guste o te relaje. Reestructuración cognitiva: Cuestiona pensamientos automáticos negativos que impulsan la reacción. Escritura emocional: Expresa lo que sientes en un diario, sin censura. Autohabla positivo: Háblate de manera amable y comprensiva para calmarte. 5. Practica la empatía contigo mismo Ser duro o crítico contigo mismo cuando sientes impulsos solo aumenta el estrés y la dificultad para manejarlos. Practica la autocompasión: entiende que controlar impulsos es un proceso y que equivocarse es parte del aprendizaje. 6. Busca apoyo si es necesario Si los impulsos te desbordan o afectan significativamente tu vida, no dudes en buscar ayuda profesional. Psicólogos y terapeutas pueden enseñarte herramientas específicas para manejar tus emociones e impulsos de manera efectiva. Beneficios de controlar los impulsos sin reprimir emociones Mejora de la salud mental: Reducir la represión emocional disminuye el riesgo de ansiedad, depresión y estrés crónico. Relaciones más saludables: Al controlar impulsos, evitas reacciones agresivas o impulsivas que dañan tus vínculos con los demás. Mayor bienestar general: Sentirte en control de tus emociones aumenta tu autoestima y sensación de autonomía. Toma de decisiones conscientes: Desarrollar esta habilidad mejora tu capacidad para tomar decisiones basadas en la reflexión y no en la urgencia emocional. Conclusión Controlar los impulsos sin reprimir tus emociones es posible y esencial para una salud mental equilibrada. Se trata de aceptar lo que sientes, darte tiempo para responder y usar herramientas que te ayuden a manejar esas emociones de forma saludable. Es un camino de autoconocimiento, paciencia y práctica que puede transformar tu vida y tus relaciones. Recuerda que cada emoción tiene un mensaje importante para ti, y escucharlas con atención es el primer paso para vivir de manera más plena y consciente.

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¿Por qué algunas personas no pueden dejar de contar todo lo que ven?

La mente humana busca constantemente el orden y el control, pero cuando esa necesidad se convierte en una conducta repetitiva e incontrolable, puede transformarse en una obsesión. La aritmomanía, también conocida como compulsión por contar, es uno de los síntomas más característicos de algunos casos de trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). En este artículo te explicamos en qué consiste, por qué aparece y cómo se puede tratar. ¿Qué es la aritmomanía? La aritmomanía es una compulsión relacionada con el conteo. La persona siente la necesidad irresistible de contar objetos, pasos, letras, sonidos o cualquier elemento de su entorno, incluso sin un motivo aparente. Este conteo puede realizarse mentalmente o en voz baja y suele estar asociado a rituales de control o prevención de una posible desgracia. Por ejemplo, alguien con aritmomanía puede sentir que si no cuenta un número determinado de veces, algo malo sucederá. Aunque la persona sabe racionalmente que esa relación no tiene sentido, la ansiedad que experimenta si no lo hace es tan intensa que termina cediendo al impulso. Ejemplos de comportamientos comunes Algunos comportamientos frecuentes en personas con aritmomanía incluyen: Contar los escalones al subir o bajar. Repetir mentalmente una palabra un número exacto de veces. Golpear o tocar objetos siguiendo una secuencia numérica. Revisar o realizar tareas cotidianas en múltiplos de un número “seguro”. Evitar ciertos números considerados “malos” o “peligrosos”. Estas conductas pueden parecer simples manías, pero cuando interfieren en la vida diaria o generan malestar significativo, hablamos de un síntoma obsesivo-compulsivo. Aritmomanía y TOC: una relación estrecha La aritmomanía suele aparecer dentro del espectro del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). En este contexto, el conteo actúa como una compulsión que busca reducir la ansiedad producida por pensamientos obsesivos. Por ejemplo, alguien puede pensar: “si no cuento hasta 10 antes de salir de casa, algo malo le pasará a mi familia”. Contar se convierte así en un ritual de “protección” que, aunque alivia momentáneamente la ansiedad, refuerza el ciclo obsesivo-compulsivo a largo plazo. Causas y factores asociados No existe una única causa para la aritmomanía, pero sí varios factores que pueden contribuir a su aparición: Predisposición genética o antecedentes familiares de TOC. Desequilibrios neuroquímicos, especialmente en los niveles de serotonina. Altos niveles de ansiedad o estrés prolongado. Perfeccionismo o necesidad extrema de control. Experiencias traumáticas que generen miedo a la pérdida de control o a la incertidumbre. Consecuencias emocionales y sociales Vivir con aritmomanía puede ser agotador. La persona siente que debe cumplir con los rituales numéricos para evitar consecuencias negativas, lo que provoca culpa, frustración y aislamiento. A nivel social, la aritmomanía puede afectar la concentración en el trabajo o los estudios, retrasar actividades cotidianas y generar incomodidad en relaciones personales por los comportamientos repetitivos o “extraños”. Tratamiento de la aritmomanía El tratamiento más eficaz combina psicoterapia y, en algunos casos, medicación. Entre las terapias más utilizadas destacan: 1. Terapia cognitivo-conductual (TCC) Es la más recomendada. Se centra en identificar los pensamientos irracionales y reemplazarlos por otros más realistas, además de exponer al paciente gradualmente a sus miedos sin permitir la respuesta compulsiva (técnica de exposición y prevención de respuesta). 2. Terapia farmacológica En algunos casos, el psiquiatra puede recetar antidepresivos ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina) para reducir la intensidad de las obsesiones y compulsiones. 3. Mindfulness y técnicas de relajación Aprender a tolerar la incertidumbre y reducir la ansiedad mediante la atención plena puede ser de gran ayuda en el proceso terapéutico. Vivir con aritmomanía: un camino hacia el equilibrio Superar la aritmomanía no significa dejar de contar para siempre, sino aprender a vivir sin depender de los números como fuente de control o alivio. Con el apoyo adecuado, es posible recuperar la calma mental y la libertad para disfrutar del presente sin rituales. Conclusión La aritmomanía puede parecer una simple curiosidad psicológica, pero para quienes la padecen es una carga emocional intensa. Reconocerla es el primer paso para buscar ayuda. Si sientes que contar o repetir números se ha vuelto una necesidad que no puedes controlar, consultar con un profesional de salud mental puede marcar la diferencia.

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¿Cómo recuperar el control cuando tu mente y tu cuerpo no están en sintonía?

Sentirse desconectado de uno mismo es una experiencia común que muchas personas atraviesan en diferentes momentos de su vida. Esta sensación puede manifestarse como una especie de vacío interno, confusión, o incluso una especie de “desdoblamiento” en el que parece que estás observando tu vida desde afuera, sin poder influir en ella. Esta desconexión puede estar relacionada con el estrés, la ansiedad, el trauma, el agotamiento emocional o trastornos como la depresión o los trastornos disociativos. Cuando te sientes desconectado de ti mismo, recuperar el control puede parecer un desafío enorme. Sin embargo, existen diversas estrategias que pueden ayudarte a reencontrarte contigo, a reconectar con tus emociones y sensaciones, y a recuperar tu bienestar emocional. A continuación, te presentamos un conjunto de herramientas prácticas para acompañarte en este proceso. Reconocer y aceptar la desconexión El primer paso para recuperar el control es reconocer que estás atravesando un momento de desconexión. Muchas veces, la resistencia o negación frente a esta sensación solo genera más malestar. Aceptar que te sientes así, sin juzgarte ni culparte, es fundamental para empezar a sanar. Ejercicio práctico: Tómate un momento para escribir cómo te sientes, sin filtros ni críticas. Describe esa desconexión, qué emociones o sensaciones aparecen. Esto ayuda a hacer consciente lo que ocurre internamente. Anclaje al presente: técnicas de mindfulness y atención plena La desconexión suele estar relacionada con perder el contacto con el presente. El mindfulness o atención plena es una herramienta muy útil para “anclarse” en el aquí y ahora. Respiración consciente: Cierra los ojos y enfoca tu atención en la respiración, notando el aire que entra y sale de tus pulmones. Hazlo durante 5 minutos, repitiendo tantas veces como necesites. Escaneo corporal: Conecta con las sensaciones de tu cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, prestando atención a las áreas de tensión o comodidad. Estas prácticas ayudan a reencontrar la sensación de estar vivo y presente, disminuyendo la sensación de irrealidad o separación. Movilización física para conectar cuerpo y mente El cuerpo es un puente fundamental para reconectar con uno mismo. El movimiento, el ejercicio físico o simplemente el contacto corporal pueden reactivar esa conexión. Ejercicio físico: Caminar al aire libre, practicar yoga, bailar o estirarte suavemente puede ayudarte a sentir tu cuerpo y tus emociones de forma más directa. Contacto con la naturaleza: Estar en contacto con la naturaleza, tocar la tierra, escuchar los sonidos naturales, puede ser una experiencia profundamente reconfortante. Expresión emocional y creatividad Expresar lo que sientes a través del arte, la escritura, la música o cualquier otra forma creativa puede ser una vía poderosa para reconectar con tus emociones y tu esencia. Diario emocional: Escribir sobre tus pensamientos y sentimientos sin censura es un ejercicio liberador. Arte terapéutico: Dibuja, pinta o crea sin preocuparte por el resultado. Lo importante es dejar salir lo que hay dentro. Establecer rutinas y límites saludables La desconexión también puede venir de sentirse desbordado o perdido ante el caos externo e interno. Establecer rutinas claras y cuidar tus límites personales puede ayudarte a recuperar un sentido de control. Horarios regulares: Intentar mantener horarios para dormir, comer y realizar actividades cotidianas. Decir no: Aprender a poner límites a lo que no te hace bien, ya sea en el trabajo, la familia o las relaciones sociales. Buscar apoyo y conexión social Sentirse acompañado es clave para superar la desconexión. Compartir tu experiencia con personas de confianza, familiares, amigos o profesionales de la salud mental puede hacer la diferencia. Terapia psicológica: Un psicólogo puede ayudarte a entender y gestionar la desconexión, especialmente si está relacionada con traumas o trastornos. Grupos de apoyo: Participar en grupos donde otras personas comparten experiencias similares puede brindar un sentido de pertenencia. Practicar la autocompasión En momentos de desconexión, es común que aparezcan sentimientos de culpa, frustración o autoexigencia. Practicar la autocompasión implica ser amable contigo mismo y reconocer que es humano atravesar dificultades. Frases de autocuidado: Repetir frases como “Estoy haciendo lo mejor que puedo” o “Merezco cuidar de mí” puede ayudarte a crear un diálogo interno positivo. Evitar la autocrítica: Observa tus pensamientos negativos y reemplázalos por otros más constructivos. Técnicas específicas para la desconexión disociativa Si la desconexión se presenta en forma de episodios disociativos, como sentir que tu cuerpo no es real, pérdida de memoria o separación emocional, existen técnicas concretas para “anclar” la conciencia. Técnica del 5-4-3-2-1: Observa y nombra 5 cosas que ves, 4 que puedes tocar, 3 que puedes oír, 2 que puedes oler y 1 que puedes saborear. Esto ayuda a activar los sentidos y volver al presente. Contacto físico: Sostener un objeto frío o caliente puede ayudar a reactivar la sensación corporal. Conclusión Sentirse desconectado de uno mismo puede ser una experiencia angustiante, pero con paciencia y las estrategias adecuadas, es posible recuperar el control y reencontrar el bienestar. La clave está en ser amable contigo mismo, buscar apoyo y aplicar poco a poco las técnicas que mejor se adapten a ti. Cada pequeño paso es un avance hacia la reconexión contigo y con tu vida. Si esta sensación persiste o afecta tu día a día, es importante consultar con un profesional de salud mental que pueda acompañarte y brindarte el tratamiento adecuado.  

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¿Eres impulsivo y no lo sabes?

Los comportamientos impulsivos son aquellos actos realizados sin una reflexión previa, generalmente motivados por un deseo inmediato, sin considerar las consecuencias a largo plazo. Estos pueden variar desde acciones menores, como gastar dinero innecesariamente, hasta comportamientos más graves que pueden afectar nuestra salud, relaciones o estabilidad emocional. Entender qué son y cómo gestionarlos es crucial para mantener un bienestar general y una salud mental equilibrada. ¿Qué Son los Comportamientos Impulsivos? Los comportamientos impulsivos son respuestas rápidas e inmediatas a estímulos emocionales o situaciones sin la intervención de la reflexión consciente. Las personas que muestran tendencias impulsivas pueden actuar sin pensar en las consecuencias de sus actos. Esto puede involucrar impulsos como: Compras compulsivas Comer en exceso Actos violentos o agresivos Uso de sustancias (alcohol, drogas) Decisiones arriesgadas (financieras, emocionales, etc.) Causas de los Comportamientos Impulsivos Los comportamientos impulsivos no surgen de la nada; varias causas pueden contribuir a su aparición, entre ellas: Factores neurológicos: El cerebro humano tiene áreas específicas involucradas en la toma de decisiones, como el lóbulo frontal. En algunas personas, estas áreas no funcionan de manera óptima, lo que puede llevar a la falta de autocontrol. Factores emocionales: El estrés, la ansiedad o la depresión pueden generar un impulso por aliviar temporalmente el malestar emocional, lo que lleva a realizar acciones impulsivas como una forma de escape. Trastornos psicológicos: Algunos trastornos de salud mental, como el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) o el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), están asociados con una mayor tendencia a los comportamientos impulsivos. Entorno social y cultural: En algunos casos, las presiones sociales o culturales pueden fomentar conductas impulsivas, como la necesidad de aceptación inmediata o la exposición a modelos de comportamiento arriesgados. ¿Cómo Identificar los Comportamientos Impulsivos? Reconocer los comportamientos impulsivos en uno mismo o en los demás puede ser difícil, ya que suelen pasar desapercibidos hasta que las consecuencias se vuelven evidentes. Sin embargo, algunos signos comunes incluyen: Arrebatos emocionales: Reacciones exageradas ante situaciones cotidianas. Incapacidad para detenerse: Realización de actos a pesar de la conciencia de sus consecuencias. Dificultad para planificar a largo plazo: Actuar sin tener en cuenta el futuro. Búsqueda constante de gratificación inmediata: Evitar la espera o el esfuerzo por recompensas futuras. Consecuencias de los Comportamientos Impulsivos Las consecuencias de actuar de manera impulsiva pueden ser tanto inmediatas como a largo plazo. Entre ellas se incluyen: Problemas financieros por compras impulsivas. Relaciones conflictivas debido a reacciones emocionales extremas o decisiones precipitadas. Impactos en la salud mental debido a la culpa, el arrepentimiento o la sensación de pérdida de control. Consecuencias físicas o de seguridad, como accidentes o situaciones de riesgo. Cómo Manejar los Comportamientos Impulsivos Afortunadamente, los comportamientos impulsivos se pueden gestionar y reducir mediante diversas estrategias: Técnicas de autocontrol: Aprender a hacer una pausa y reflexionar antes de actuar es fundamental. Se puede practicar la «técnica del respirador» o el «tiempo fuera» para dar espacio entre el impulso y la acción. Terapia psicológica: La terapia cognitivo-conductual (TCC) es especialmente útil para quienes luchan con impulsividad, ya que ayuda a cambiar los patrones de pensamiento que llevan a la impulsividad. Mindfulness: La práctica de la atención plena (mindfulness) puede ayudar a mejorar el autocontrol y a reconocer los impulsos sin sucumbir a ellos. Apoyo social: Contar con el apoyo de amigos, familiares o grupos de apoyo puede brindar la estabilidad emocional necesaria para manejar los impulsos. Desarrollar habilidades de resolución de problemas: En lugar de actuar impulsivamente, es útil tomar un momento para analizar diferentes soluciones posibles antes de decidir.    

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¿Qué debemos saber acerca de las llamadas telefónicas obscenas?

Mientras que un exhibicionista exhibe sus genitales para producir la respuesta deseada, el que realiza llamadas telefónicas obscenas se exhibe verbalmente soltando obscenidades y provocaciones sexuales hacia una persona que no consiente. La llamada telefónica obscena se considera a veces un subtipo de exhibicionismo. El DSM (2000) etiqueta este tipo de parafilia como escatología telefónica (lascivia). Relativamente pocas son las mujeres que realizan llamadas telefónicas obscenas. Las mujeres que están acusadas de dichas ofensas están motivadas, por lo general, por la rabia de algún rechazo real o fantaseado más que por el deseo de excitación sexual. Ellas utilizan el teléfono para lazar improperios sexuales contra los hombres que ellas consideran que le han agraviado. Por contraste, los hombres que realizan llamadas telefónicas obscenas están motivados, por lo general, por un deseo de excitación sexual y normalmente eligen a sus víctimas aleatoriamente, de la guía telefónica o marcando al azar. Típicamente, ellos se masturban durante la llamada telefónica o poco después. La mayoría de los que realizan llamadas telefónicas obscenas también mantienen otros actos parafilicos, especialmente el voyerismo y el exhibicionismo. Existen muchos patrones de llamadas telefónicas obscenas. Algunos de los que llaman se limitan a decir obscenidades. Otros realizan proposiciones sexuales. De algunos solo se escucha una fuerte respiración. Otros describen su actividad de masturbación a sus víctimas. Algunos declaran haber conocido a la víctima en un evento social o a través de algún conocido común. Hay quien incluso se presenta como si estuviera realizando una encuesta telefónica sobre sexualidad y realiza una serie de preguntas íntimas. Típicamente, la persona que realiza llamadas telefónicas obscenas es un hombre heterosexual, socialmente inadaptado, que tiene dificultades para establecer relaciones íntimas con las mujeres. La relativa seguridad y el anonimato del teléfono pueden protegerle del riesgo del rechazo. La reacción de conmoción o sobresalto de sus víctimas puede proporcionarles los sentimientos de poder y control de los que carecen en su vida, especialmente en sus relaciones con las mujeres. En las obscenidades pueden descargar la rabia que albergan contra las mujeres que les han rechazado. Las llamadas telefónicas obscenas son ilegales, pero hasta ahora ha resultado difícil para las autoridades perseguir a los responsables. El seguimiento de las llamadas pude ayudar a la policía a seguir la pista de los que realizan este tipo de llamadas. La mayoría de los terminales telefónicos, ya sean de telefónica fijas o móviles, disponen de una pantalla que muestra el número de la llamada entrante o el nombre de la persona, si está almacenado en la lista telefónica. De esta manera, el usuario puede aceptar solo aquellas llamadas que identifique por su número o por el nombre. Este servicio pude impedir algunas de las llamadas obscenas, pero algunos pueden utilizar teléfonos públicos en lugar de sus teléfonos particulares. ¿Cómo debería actuar una mujer que recibe una llamada telefónica obscena? Por lo general, los consejos son similares a los que se dan a las mujeres que son víctimas de los exhibicionistas. Sobre todo, se les aconseja que permanezcan en calma y no muestren conmoción o sobresalto, porque dichas reacciones tienden a reforzar a quien llama e incrementar la probabilidad de llamadas reincidentes. Se aconseja a las mujeres que lo mejor que pueden hacer es no decir nada en absoluto y colgar al receptor suavemente. Como alternativa, la mujer podría responder brevemente antes de colgar haciendo referencia a los problemas de quien hace la llamada. Podría decir con voz calmada pero firme: “Es una lástima que tenga este problema. Creo que debería buscar ayuda de un profesional”. Si recibiera llamadas repetidas, la mujer podría pedir un nuevo número de teléfono que no aparezca en las guías telefónicas o que la policía realice un seguimiento de las llamadas recibidas.   (Información extraída de Sexualidad humana / Spencer A. Rathus, Jeffrey S. Nevid, Lois Fichner-Rathus; traducción, Roberto Leal Ortega; revisión técnica, prologo y adaptación, Félix López, 2005)  

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¿Cómo se puede gestionar la ira en los niños de manera efectiva?

Las características expresivas de la ira son muy conocidas: la frente deprimida, mejillas levantadas, boca abierta mostrando los dientes y ojos abiertos, aunque realmente la posición de los ojos es muy cambiante puesto que se pueden apretar  o distender los parpados y fruncir o no el ceño. Otros autores han recogido otra serie de gestos típicos: descenso de las cejas, tensión y estrechamiento de la abertura de los parpados, aleteo de las ventanas nasales, abertura de la boca mostrando los dientes. Todos estos gestos parecen adecuados para preparar al sujeto para el ataque. La posición de los ojos mejoraría la agudeza visual, el movimiento de la nariz, la ingestión de oxigeno y la posición de la boca intimidaría al oponente. La expresión de ira es evolutiva, se ha descrito la pauta corporal de la cólera en el bebé: luchar, agitarse o llorar. A partir de los 18 meses la ira se manifiesta con movimientos faciales, corporales, cierto tono de voz y expresiones verbales en los que se imita la conducta paterna en tales ocasiones. En niños entre 18 y 60 meses se han listado estas conductas relacionadas con la ira: arquear la espalda, estirar las piernas, tirarse al suelo, gritar, chillar, llorar, empujar, pegar, pellizcar, dar patadas, tirar cosas, correr alejándose, morder, pinchar, arañar, tirar del pelo, etc. En los niños más mayores: chillar, dar patadas, arañar, morder, hablar rápido y entrecortado, insultar, ojos brillantes y en casos muy extremados, temblores. Las pautas expresivas son aquí muy próximas a las de otras emociones negativas tales como la incomodidad y el dolor. Solo difieren en la posición de los ojos, que en las dos últimas permanecen cerrados y contraídos, mientras que en la ira están abiertos. Los estudios de Izard et al. (1987), filmando niños de 2 meses en situación de ponerse una inyección, han mostrado que los sujetos responden con expresión de dolor en un 41% de casos y con expresión de cólera en el 36%; sin embargo, a medida que los niños crecen (18 meses) aumentan las respuestas de cólera 54% y disminuyen las del dolor 13%. Los mismos resultados los encontramos también en los trabajos de Stenberg y Campos (1990) y Camras (1980). Esto ha llevado a pensar que entre el dolor y la ira parece haber más diferencias cuantitativas que cualitativas, sobre todo en los primeros meses. La ira es una emoción muy común en los niños. En la famosa encuesta de Lapouse y Monk (1959) llevada a cabo sobre 482 niños de la población general, entre 6-12 años, aparecía que los ataques de ira ocurrían en un 10% de la muestra. La duración de los episodios de ira es variable. Se estima que la intensidad es un modulador de la duración ya que a mayor intensidad se asocia una mayor duración del episodio. La duración media de un ataque de ira en un niño se estima entre 5 a 15 minutos aunque puede ser mucho más corto o también mucho más largo. Las rabietas infantiles son un ejemplo de estos accesos. Cuando se cronometra una rabieta en edad preescolar se encuentra una variabilidad altísima. Algunos especialistas han encontrado unos valores promedio de 23 segundos, mientras que para otros la duración podía oscilar entre 1 minuto y 75 minutos. Otros estudiosos encuentran medias de 4,7 minutos en niños entre 18 y 60 meses. Las conductas asociadas a los ataques de ira parecen tener un patrón constante. Conductas como pegar, empujar y tirar cosas suelen darse al comienzo del episodio, en sus primeros 30 segundos, mientras que el llorar se produce ya en el medio del episodio. (Información extraída de Emociones infantiles: evolución, evaluación y prevención / María Victoria del Barrio, 2002)

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¿Cómo debe actuar profesorado ante incidente agresivo en el aula?

Con frecuencia, los profesores de un colectivo, ante un mismo incidente agresivo, opinan de muy diferentes maneras, configurando un amplio abanico de respuestas; así, nos encontramos con un pequeño grupo que rara vez lo califica de problemático; otros, incluso apuntan que una dosis de agresividad entre los escolares es necesaria para formar adultos capaces de “hacerse” con el mundo social en que vivimos y por el contrario, los hay que asumen gran parte de responsabilidad en estas situaciones y les atribuyen una gran dosis de gravedad. Para aproximarnos a las creencias del profesorado, podemos de manera informal, recabar su opinión sobre las situaciones bullying en su centro educativo, si cree que se dan y en qué medida, si perciben que son frecuentes y qué formas suelen adoptar, etc. Además, solicitar qué respuestas sugieren como posibles estrategias para su detección e intervención en su caso. Para promover la reflexión se pueden utilizar algunas encuestas, como la del texto Conductas agresivas en la edad escolar (Cerezo, 1997). Se trata, de proporcionar algún tipo de ayuda que permita la reflexión del colectivo de profesores, en primer lugar con carácter individual y después fomentar la puesta en común y el debate en grupo. La finalidad de estas reflexiones en grupo es conseguir que todos expresen su opinión y que traten de aunar criterios hasta llegar a una definición operativa y valida común para todo el profesorado. Dan Olweus, en su trabajo titulado Bullying at school (1993) publicado en castellano bajo el titulo Conductas de acoso y amenaza entre escolares en 1998, propone una guía para la identificación de posibles víctimas y bullies en el marco escolar. Posibles indicadores para identificar al alumno victima Primaria: son llamados por motes, ridiculizados, intimidados, degradados, dominados se ríen de ellos de forma poco amigable sufren agresiones fiscas de las que no pueden defenderse se involucran en peleas donde se encuentran indefensos su material suele presentar deterioro provocado y pierden con frecuencia pertenencias de manera inopinada presentan arañazos y otras muestras evidentes de lesión física Secundaria: están a menudo solos y excluidos del grupo son los peores en los juegos o trabajos en grupo tienen dificultad para hablar en clase y dan la impresión de ser inseguros aparece depresión, infelicidad, distracción muestran un gradual deterioro del interés por el trabajo del colegio Algunas características generales de los posibles victimas físicamente débiles preocupados por ser heridos; inefectivos al realizar actividades físicas; poca coordinación física son sensibles, callados, pasivos, sumisos y tímidos; lloran con facilidad presentan dificultades de asertividad se relacionan mejor con quienes son menores que ellos normalmente tienen un nivel académico bajo Victimas provocativas Normalmente son chicos con patrones agresivos de respuesta: presentan un temperamento fuerte y pueden responder violentamente cuando son atacados o insultados suelen ser hiperactivos y tienen dificultades de atención y concentración con frecuencia provocan situaciones tensas suelen ser despreciados por los adultos, incluido el profesor a veces intentan agredir a los estudiantes débiles También podemos recurrir a pequeños cuestionarios sobre indicadores de maltrato infantil en los centros escolares, como el que recoge el Protocolo de Actuación ante el menor maltratado que presenta el Servicio del Menor. Entre ellos factores a considerar incluye indicadores comportamentales o emocionales como los siguientes: Persistente asistencia irregular o faltas a clase Muestra temor al salir de clase y vuelve solo a casa en edad inadecuada No se integra o es rechazado por sus compañeros aduciendo elementos de su aspecto físicos En ocasiones, se muestra agresivo sin motivo aparente Descuida el material escolar Parece triste, ensimismado, aislado Presenta cambios frecuentes y bruscos en su estado de animo Sufre miedo o fobias sin explicación aparente Muestra conductas regresivas: descontrol de esfínteres, trastornos alimentarios, de sueño, etc. Desde el otro lado, cabe observar el comportamiento de aquellos alumnos que muestran cierta propensión a agredir. Es evidente que la edad del agresor será un factor importante a considerar, pero la conducta violenta contra personas o propiedades, la mentira, el robo y la desobediencia, aunque puede conceptuarse de manera diferente en función de la edad del adulto, siempre deberían considerarse antisociales ocurran cuando ocurran. La amplitud de situaciones que podemos calificar en actos antisociales unida a la varianza que introduce el factor redad, añaden dificultad para definir las conductas agresivas e identificar a los alumnos agresores. Aun así, algunas características pueden ayudaros a su definición. En primer lugar, la frecuencia y la intensidad de las conductas. Si un determinado comportamiento es infrecuente en el repertorio de un alumno y no conduce a daños ni lesiones, facilita que disminuya su significación para los adultos, es decir, no se le dará importancia y por tanto no se calificará de agresión. Así pues, la frecuencia y las consecuencias de la conducta son características que contribuyen a que un comportamiento se identifique como problemático o no. La identificación también depende de la gravedad de los hechos. Así, dar un empujón a un compañero podría considerarse dentro de una categoría de agresividad baja, mientras que atacar a un compañero con un arma podría ser una forma más severa de conducta agresiva. Llega un momento en que es probable que una diferencia cuantitativa pase a tener una consideración cualitativa, es decir, que en un determinado momento deja de ser considerada como leve y pasa a ser considerada grave. En el caso de la conducta agresiva, esto suele ocurrir cuando resulta peligrosa, frecuente y se torna ingobernable. Algunos indicadores que pueden alterarnos ante un posible alumno agresor: Posibles indicadores para identificar al alumno bully Agreden, intimidan, ponen motes, ridiculizan, golpean, empujan, dañan las pertenencias de otros estudiantes, etc. Dirigen sus agresiones a estudiantes débiles e indefensos. Pueden tener seguidores que realizan el trabajo sucio mientras ellos organizan El bullying entre las chicas es menos visible y mas rebuscado; se dedican a expandir rumores y a manipular las relaciones entre amigos en la clase Algunas características especificas del alumno bully Físicamente fuertes, mas mayores o de igual edad Necesitan dominar, tener poder y sentirse superiores Con fuerte temperamento, fácilmente enojables, impulsivos y

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¿Es lo mismo perdonar que olvidar?

Cuando se menciona el perdón por primera vez, puede parecer algo extraño e inaceptable. Para ayudar, suele ser útil distinguir el perdón de otros conceptos relacionados pero diferentes. El procedimiento puede contemplarse como una modalidad de entrenamiento en discriminación cognitiva. A través de la discusión, a los pacientes se les enseña a diferenciar el perdón de otras posibles reacciones frente a una ofensa. La diferenciación de las siguientes palabras y conceptos de cara a los pacientes son las siguientes: Aceptar. Esta palabra implica indiferencia y una falta de motivación para cambiar los aspectos aversivos del mundo que nos rodea. Por contraste, el perdón deja abierta la opción de luchar por el cambio. Por ejemplo, perdonar la conducta de unos estudiantes que copian en los exámenes, no implica aceptar el copiar como algo inevitable. Los educadores que perdonan no dejan por ello de querer cambiar las condicionar para minimizar la probabilidad de que los estudiantes vuelvan a copiar en el futuro. De forma similar, perdonar a un niño que enciende un fuego o que pega a otros niños del vecindario no implica indiferencia ante tales conductas. Disculpar. Esta palabra implica minimización. Los pacientes pueden decir cosas por estilo de “tampoco es tan importante que mi mujer se gastara todo nuestro dinero en las maquinas tragaperras. En el fondo es una buena persona y me consta que no volverá a hacerlo” o “Así que cada vez que bebe se pone a darme gritos. Pero hay cosas mucho peores en la vida. Por lo menos sigue trabajando y nos mantiene, y jamás me ha puesto la mano encima. De modo que, en el fondo no es para tanto”. Perdonar es muy diferente e disculpar sin más. Perdonar implica admitir que las conductas son negativas. Perdonar no implica minimizar los problemas, ni tampoco ignorar la necesidad de buscar soluciones. Adoptar una postura neutral. Esta palabra implica que no hay que tomar ningún partido en los conflictos. No podemos esperar que las víctimas sean neutrales frente a las acciones de los terroristas, dictadores y demás malhechores. Sus acciones provocaron mucho sufrimiento y la neutralidad puede acarrear más problemas en el futuro. Las victimas están del lado contrario de los ofensores, ya se trate de la discriminación en el trabajo o de los crímenes reiterados de los asesinos en serie y puede que se precisen fuertes medidas para erradicar tales soluciones. Los partidos están tomados de antemano, pero es la victima quien elige perdonar al ofensor. Olvidar. Douglas sirve de ejemplo para explicar este caso, él murió en un estúpido accidente de coche hace más de 35 años. El perdón ha permitido introducir un cambio en el centro de atención. En lugar de recordar obsesivamente la inapropiadisima conducta del conductor temerario que provocó el accidente, los recuerdos se centran ahora en los buenos momentos con Douglas. Los recuerdos del accidente y las ideas de culpabilización son ahora menos frecuentes que cuando ocurrieron los hechos. Justificar. “Es el alcohol lo que hace que se ponga así. En el fondo me quiere y en realidad no es él quien me pega. Es como si lo hiciera otra persona”. Si bien el perdón implica el análisis de las causas de la conducta, no supone una justificación de los actos aversivos de los demás. Tranquilizarse. Es muy útil, pero no es sinónimo de perdonar. Parte del perdón, incluye la conciencia de que en la vida existen conflictos y de que disponemos de procedimientos legales para resolver las disputas. Perdonar implica dejarlo estar en el sentido de reducir la alteración fisiológica, cambiar de actitud y permitir que otros nos ayuden a zanjar la disputa de una forma justa. El perdón forzado, las treguas y el pseudoperdón. El autentico perdón implica un proceso de análisis y de reestructuración cognitiva por las partes ofendidas. El deseo de justicia, de compensación y de sentirse bien. La justicia retributiva supone que una víctima se sentirá bien únicamente cando haya podido llevar a cabo algún tipo de revancha. Por contraste, el perdón no es un arreglo del tipo de un quid pro quo. No exige una compensación de entrada. De hecho como dijo Gandhi: “Si llevamos a la práctica el ojo por ojo y diente por diente, pronto el mundo se quedará ciego y sin dientes”. El perdón puede o no conducir a sentirnos bien. Y dado que el perdón es un proceso que requiere tiempo, el sentirnos bien puede crecer y decrecer. Desgraciadamente, la justicia, las compensaciones económicas y demás formas de compensación, junto con la satisfacción que generan, no nos devolverán al ser amado muerto por un conductor borracho o al amigo que murió en el atentado contra las Torres Gemelas. Además, aunque algún bienestar transitorio pueda extraerse ciertamente del hecho de ver sufrir a una antigua pareja, ello no reparará la relación sentimental del paciente. Perdonar significa, algo más y algo diferente de sentirse bien y recibir una compensación. A propósito de las víctimas de la tortura procedentes de otros países, Gorman (2001) escribió: “cuando los supervivientes refugiados se deciden a hablar de sus muchas pérdidas traumáticas, también deben afrontar la toma de conciencia de que puede que no haya ninguna respuesta o compensación adecuada a las atrocidades perpetradas contra ellos”. Al mismo tiempo, renunciar a la agresividad, el resentimiento y las fantasías de venganzas no significa renunciar al deseo de justicia. El ofensor continuo siendo responsable de sus crímenes. Condenar. El perdón no se deriva de un sentido de condena, que da por sentada la culpabilización y la censura. La actitud de la persona que condena puede ser algo así como: “A fulano le trae todo absolutamente sin cuidado y se merece saber lo mucho que me hirió ¡no tiene corazón!”. Este supuesto perdón refleja un sentido de la superioridad moral que está ausente en el perdón autentico.   (Información extraída de El manejo de la agresividad manual de tratamiento completo para profesionales Howard Kassinove, Raymond Chip Tafrate, 2005)  

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¿Cuál es la mejor manera de reaccionar ante una rabieta infantil?

Pedir, reclamar, exigir implican en el niño un mínimo de agresividad. El pequeño tiene a veces ataques de rabia. Grita, patalea, se debate en todos los sentidos cuando no obtiene lo que desea. Entre los dos y tres años, el niño se vuelve más antagónico, más irascible. Algunos atacan a otros niños, muerden, arañan, tiran de los cabellos. Después, hacia los cuatro años, el niño que muerde se calma. Expresa su agresividad a través de las palabras y menos a través de gestos. Generalmente, los niños son más agresivos que las niñas, rivalizando en imaginación cuando inventan juegos violentos. Afortunadamente, con la edad, se instala cierta moderación. Desafortunadamente para los padres, algunos niños continúan mostrándose irascibles. Pegan a sus compañeros y a veces a los adultos, rompen todo lo que cae en sus manos, sus juguetes y los de los demás, ante la más mínima contrariedad. Son niños que, según los psiquiatras, no soportan la frustración. En algunos casos de gran intolerancia a la frustración, el niño puede entrar en verdaderas crisis de rabia por el más mínimo motivo, como por ejemplo porque no encuentra un juguete que está buscando. El niño empieza a dar puñetazos, patadas a diestro y siniestro y a veces acaba por dañarse a sí mismo, por ejemplo golpeándose la cabeza contra la pared. Nos podemos imaginar hasta qué punto tales explosiones de cólera pueden dejar a los padres desconcertados. Cuando un niño va haciéndose mayor y no se calma, cuando tiende a ponerse en posiciones extremas por una simple advertencia o reprimenda, podemos hablar en estos casos de trastorno del comportamiento. Al hacerse mayor, si los trastornos del comportamiento persisten, habrá otras incidencias. Al niño le costará mucho adaptarse a normas sociales y por lo tanto a integrarse en la escuela, relacionarse con otros niños, hacer amigos o expresar sus emociones tanto si son positivas como negativas. Le costará proyectarse en el tiempo, expresado solo deseos momentáneos. Frágil, poco seguro de sí mismo, será incapaz de cuestionarse o asumir la responsabilidad de una falta. Muy dependiente de su entorno, buscará el conflicto permanentemente, como si quisiera castigar a su entorno por su propia falta de autonomía. En algunos niños, el dominante ansioso estará también presente, pudiéndose traducir en trastornos obsesivos, fobia escolar, la aparición de tics, etc. Algunas formas de trastorno del comportamiento no se manifiestan de entrada mediante la agresividad sino a través de una inhibición muy fuerte. El niño se encuentra la mayor parte del tiempo en un estado amorfo, evita las relaciones con los demás. De inteligencia normal, sin embargo, fracasa en la escuela, como paralizado cuando tiene que esforzarse en pensar. El niño se muestra muy dependiente de su entorno. La clasificación americana de las enfermedades distingue diferentes tipos de trastorno del comportamiento: los trastornos del comportamiento con hiperactividad, falta de atención, impulsividad, los trastornos del comportamiento en los que el niño infringe sistemáticamente las normas y reglas sociales, tanto en casa como en la escuela y los trastornos del comportamiento en los que el niño se muestra particularmente hostil y desafiante. Una última categoría, el trastorno explosivo intermitente que designa cóleras patológicas en las que el niño es incapaz de resistirse a impulsos agresivos espectaculares, totalmente desproporcionados con respecto al factor desencadenante. Estos trastornos coexisten con trastornos de conducta y trastornos de oposición. ¿Cuántos niños padecen un trastorno del comportamiento? Los trastornos del comportamiento son uno de los motivos más frecuentes de consulta en psiquiatría infantil. El trastorno oposicionista con desafío afectaría del 2 al 10%, incluso al 16% de niños y adolescentes de la población general. Antes de entrar en la pubertad, son más los varones que las niñas, más o menos dos niños por niña, los que padecen este tipo de trastorno. Pero pasada la pubertad, la tendencia es a la inversa. No existen estudios sobre el trastorno explosivo intermitente en el niño. Es más frecuente que este tipo de trastorno empiece en la adolescencia con un predominio masculino. El trastorno de la conducta es uno de los diagnósticos mas establecidos en los servicios de psiquiatría. Resulta difícil dar cifras, en razón de los métodos de evaluación utilizados que pueden variar de un servicio a otro. Además, los niños y los adolescentes se contabilizan casi siempre juntos, aunque exista una diferencia notoria entre los trastornos que aparecen en la infancia o en la adolescencia. Según los estudios se estima que del 6 al 16% de varones menores de dieciocho años padecen un trastorno de conducta y en niñas en la misma franja de edad solo del 2 al 9%. El reparto proporcional es de cinco varones por una niña. La proporción de niños es mucho más elevada antes de los diez años de edad. ¿Por qué algunos niños son más violentos que otros? Pueden ser varias las causas que expliquen un comportamiento agresivo, incluso auto agresivo. Frecuentemente se menciona el carácter. Mi hijo pequeño tiene un carácter de mil demonios mientras que los otros son más manejables dicen a veces los padres. El carácter, aunque puede entrar en la comprensión del niño, no justifica todo el trastorno. El hecho de que un niño continúe mostrándose violento mas allá de los cinco, seis años puede ser debido a ciertas carencias educativas, como por ejemplo la falta de autoridad por parte de los padres, por una permisiva excesiva o a la inversa por una actitud demasiado rígida que predispone al niño. En algunos casos, un cambio de actitud, una organización familiar diferente podrán aportar una ligera mejora. En otros casos, la actitud de los padres y el contexto educativo no son la causa. Algunos niños al hacerse mayores siguen mostrándose agresivos, incapaces de hacer amistad con otros niños, de adaptarse al marco escolar, de respetar un mínimo de reglas y disciplinas, sin que el origen de este trastorno sea realmente explicable. Estos niños tienen un fracaso escolar masivo y están en oposición constante con cualquier forma de autoridad. La causa de estos trastornos es multifactorial. La agresividad puede ser

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¿Cómo puede uno resistir el acoso sexual?

La responsabilidad del acoso sexual siempre recae en el perpetrador y en la organización que permite que el acoso sexual tenga lugar, no en la persona que es objeto del acoso Transmite una actitud profesional. El acoso es a menudo frenado de repente respondiendo al acosador con una actitud profesional Desanima la conducta acosadora y anima la conducta apropiada. El acoso también puede pararse de repente moldeando la conducta del acosador. Tus reacciones ante el acosador pueden animar la conducta profesional y desanimar los flirteos o la conducta sugerente. Si el profesor acosador sugiere que regreses después de las clases para revisar tu trabajo sin que seáis molestados, establece los límites con seguridad. Dile al profesor que te sentirás mas a gusto discutiendo tu trabajo durante el horario lectivo. Mantente en tu objetivo. Cíñete a los temas que tratáis. El acosador debería entender rápidamente el mensaje de que insistes en mantener una relación profesional. Si el acosador insiste, no te culpes. Eres responsable solo de tus propias acciones. Cuando el acosador insiste, puede ser apropiada una respuesta más directa: “Profesor, querría mantener nuestra relación sobre una base estrictamente profesional, ok?” Evitar estar a solas con el acosador. Si estas siendo acosado por tu profesor pero necesitas alguna orientación sobre la preparación de tu trabajo, acércate a él o ella después de clase, cuando otros estudiantes están alrededor, no en privado, durante las horas de tutoría. También puedes ir acompañado de un amigo que espere fuera del despacho mientras consultas al profesor. Guarda un registro. Haz un registro de todos los incidentes de acoso para utilizarlo como documentación en el caso de que decidas hacer una denuncia oficial. El registro debería incluir lo siguiente: Donde tuvo lugar el incidente La fecha y la hora Lo que ocurrió, incluyendo las palabras exactos que se pronunciaron, si puedes recordarlas Como te sentiste Los nombres de los testigos Habla con el acosador. Puede ser incomodo tratar el asunto directamente con el acosador, pero hacerlo coloca al ofensor sobre la noticia de que eres consciente del acoso y quieres pararlo. Puede resultar de ayuda enmarcar tu enfoque en términos de una descripción de las acciones ofensivas especificas, tus sentimientos sobre la conducta ofensiva y lo que tu querrías que hiciera el ofensor. Tener una charla con el acosador puede ponerle freno. Si el acosador niega las acusaciones, puede ser necesario llegar más lejos de las acciones. Escribe una carta al acosador. Anota en un papel un registro de la conducta ofensiva y pon en conocimiento del acosador que el acoso debe parar. Tu carta podría: Describir lo que ocurrió Describir cómo te sientes Describir lo que te gustaría que hiciera el acosador (Quiero que dejes de hacer comentarios sexistas sobre mi) Busca apoyo. El apoyo de personas en las que confías puede ayudarte a través del proceso de resistir el acoso sexual. Hablar con otros te permite expresar tus sentimientos y recibir apoyo emocional, estimulo y consejo. Además, puede reforzar tu causa si tienes la oportunidad de identificar y hablar con otras personas que han sido acosadas por el ofensor. Pon una denuncia. La ley exige a las empresas y organizaciones que respondan de manera razonable de las denuncias de acoso sexual. En las empresas grandes, se designa un funcionario para que se haga carga de estas quejas. Organiza una cita con este funcionario para discutir tus experiencias. Consúltale sobre los procedimientos de reivindicación en la organización y sobre tu derecho a la confidencialidad. Pon a su disposición, el registro de las fechas de los incidentes, lo que ocurrió, cómo te sentiste por ello, etc. Busca soluciones legales. El acoso sexual es ilegal y perseguible. Si estás considerando acciones legales, consulta a un abogado que esté familiarizado con estos casos. Puedes tener derecho a recibir las pagas atrasadas a que se te restaure tu empleo y a daños y perjuicios. Es necesario preguntarse qué podemos hacer todos para moldear la sociedad de manera que el sexo no se utilice mas como instrumento de poder, coacción y violencia.   (Información extraída de Sexualidad humana / Spencer A. Rathus, Jeffrey S. Nevid, Lois Fichner-Rathus; traducción, Roberto Leal Ortega; revisión técnica, prologo y adaptación, Félix López, 2005)

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