Fobias

¿Por Qué Me Da Ansiedad Usar un Baño Público?

La ansiedad por la micción, también conocida como cistofobia o fobia a orinar, es un trastorno relacionado con el miedo intenso y persistente de orinar en lugares públicos o sin control. Esta condición puede generar un impacto significativo en la vida diaria de quienes la padecen, interfiriendo con actividades sociales, laborales y familiares. Aunque muchas personas experimentan una ligera ansiedad antes de usar un baño en un lugar desconocido, la ansiedad por la micción se caracteriza por una preocupación constante que afecta el bienestar emocional y físico. Causas de la Ansiedad por la Micción Las causas de la ansiedad por la micción pueden ser diversas y, a menudo, se deben a una combinación de factores psicológicos, emocionales y biológicos. Algunas de las causas más comunes incluyen: Experiencias traumáticas previas: Un episodio traumático relacionado con la micción, como un accidente embarazoso en un lugar público o una mala experiencia médica, puede desencadenar un temor irracional y persistente a orinar. Miedo al dolor o malestar: En algunos casos, las personas desarrollan un miedo a orinar debido a experiencias pasadas de dolor o malestar al hacerlo, como infecciones urinarias o enfermedades relacionadas con el tracto urinario. Problemas de control de la vejiga: Las personas que tienen dificultad para controlar la vejiga, como aquellas con incontinencia urinaria, pueden desarrollar ansiedad asociada al temor de no poder llegar a un baño a tiempo. Condiciones de salud mental: La ansiedad por la micción también puede estar relacionada con trastornos de ansiedad generalizada o trastornos obsesivo-compulsivos (TOC), donde el miedo a situaciones cotidianas se magnifica. Consecuencias de la Ansiedad por la Micción La ansiedad por la micción no solo afecta la capacidad para orinar en situaciones sociales, sino que también puede generar una serie de consecuencias físicas y emocionales. Entre ellas se incluyen: Deshidratación: El temor a orinar en lugares públicos puede hacer que algunas personas eviten beber líquidos, lo que puede llevar a la deshidratación. Aislamiento social: Las personas con ansiedad por la micción pueden evitar actividades sociales que impliquen estar lejos de un baño o en lugares públicos. Tensión muscular: El constante estrés relacionado con la micción puede provocar tensión muscular, especialmente en la zona pélvica. Incremento de la ansiedad: La anticipación del acto de orinar en situaciones difíciles puede intensificar la ansiedad generalizada y afectar otras áreas de la vida. Estrategias para Afrontar la Ansiedad por la Micción Existen varias estrategias para manejar la ansiedad por la micción, desde el apoyo psicológico hasta cambios en los hábitos diarios. Algunas de las más efectivas incluyen: Terapia cognitivo-conductual (TCC): La TCC es una de las terapias más eficaces para tratar fobias. Ayuda a las personas a identificar y modificar los pensamientos irracionales que alimentan su ansiedad. Exposición gradual: La exposición gradual al miedo, es decir, enfrentarse lentamente a situaciones de micción en lugares públicos, puede ayudar a reducir el temor con el tiempo. Esta técnica debe ser supervisada por un terapeuta. Relajación y respiración profunda: Técnicas de relajación, como la respiración profunda y la meditación, pueden ayudar a reducir la ansiedad generalizada y calmar la mente en momentos de estrés. Mindfulness: Practicar mindfulness puede ser útil para que las personas se concentren en el momento presente y no en los pensamientos catastrofistas relacionados con la micción. Apoyo social: Hablar con amigos o familiares cercanos sobre el miedo a la micción puede ayudar a desmitificar la situación y proporcionar un entorno de apoyo emocional. Consultas médicas: En algunos casos, es útil consultar a un profesional de la salud, como un urólogo o un psicólogo, para descartar problemas médicos o para recibir un tratamiento adecuado.  

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¿Cómo superar las fobias sexuales que bloquean la intimidad?

La intimidad es una parte esencial de las relaciones humanas, pero para algunas personas, puede convertirse en una fuente de ansiedad y temor extremo. Las fobias sexuales son un tipo de trastorno de ansiedad que puede afectar significativamente la calidad de vida de quienes las padecen, interfiriendo con su bienestar emocional y sus relaciones interpersonales. En este artículo, exploraremos qué son las fobias sexuales, sus causas, síntomas y posibles tratamientos. ¿Qué son las fobias sexuales? Las fobias sexuales son miedos irracionales y persistentes relacionados con aspectos de la sexualidad o la intimidad. Estos miedos pueden manifestarse en diferentes áreas, como el contacto físico, la desnudez, el acto sexual o incluso la idea de estar en una situación íntima. Aunque el miedo puede parecer desproporcionado o injustificado para los demás, es completamente real y paralizante para quienes lo experimentan. Algunas fobias sexuales comunes incluyen: Genofobia: Miedo al acto sexual. Gymnofobia: Miedo a la desnudez propia o ajena. Erotofobia: Temor a hablar sobre temas sexuales o relacionados con la sexualidad. Parafobias: Miedo a ciertas parafilias o preferencias sexuales percibidas como amenazantes. Causas de las fobias sexuales Las fobias sexuales pueden tener diversas causas, que a menudo son complejas y multifactoriales. Entre las principales, se incluyen: Experiencias traumáticas: Abuso sexual, violencia o humillación pueden generar una asociación negativa con la sexualidad. Factores culturales o religiosos: Creencias restrictivas o mensajes negativos sobre el sexo pueden contribuir al desarrollo de miedos. Ansiedad generalizada: Las personas con trastornos de ansiedad pueden ser más propensas a desarrollar fobias sexuales. Falta de información: Ideas erróneas sobre la sexualidad pueden generar temor y malestar. Síntomas de las fobias sexuales Los síntomas de las fobias sexuales pueden variar de una persona a otra, pero generalmente incluyen: Reacción física intensa: Palpitaciones, sudoración, dificultad para respirar o náuseas ante la idea de una situación sexual. Evitación: Evitar cualquier situación que pueda involucrar intimidad o contacto sexual. Malestar emocional: Ansiedad, vergüenza o culpa asociadas con los pensamientos o encuentros sexuales. Impacto en la vida diaria: Dificultad para mantener relaciones románticas o afectivas debido al temor. Tratamientos disponibles Afortunadamente, las fobias sexuales son tratables, y muchas personas logran superarlas con la ayuda adecuada. Algunos enfoques terapéuticos incluyen: Terapia cognitivo-conductual (TCC): Ayuda a identificar y cambiar patrones de pensamiento negativos y comportamientos evitativos. Terapia de exposición gradual: Permite enfrentar el miedo de manera progresiva en un entorno seguro. Psicoterapia individual o de pareja: Puede abordar problemas subyacentes y mejorar la comunicación y la confianza. Educación sexual: Proporcionar información precisa puede ayudar a desmitificar conceptos erróneos y reducir la ansiedad. Medicación: En algunos casos, se pueden recetar ansiolíticos o antidepresivos para manejar los síntomas. Conclusión Las fobias sexuales pueden ser debilitantes, pero es importante recordar que no estás solo y que hay ayuda disponible. Buscar apoyo profesional es un paso crucial para superar estos miedos y recuperar una vida íntima satisfactoria. La comprensión, la paciencia y el cuidado pueden marcar la diferencia en el camino hacia la sanación.    

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¿Qué es la Clinofilia y Por Qué Deberías Prestarle Atención?

En la era actual, donde el estrés y la agitación son moneda corriente, un fenómeno que ha captado la atención de psicólogos y sociologistas es la clinofilia. Pero, ¿qué es exactamente la clinofilia y por qué debería interesarte? Definición de Clinofilia La clinofilia es el término utilizado para describir una atracción o deseo intenso por permanecer en la cama. No se trata solo de disfrutar de un buen descanso, sino de un anhelo profundo por la comodidad que proporciona el estar en la cama, a menudo acompañado de una resistencia a levantarse. Síntomas y Manifestaciones La clinofilia puede manifestarse de diversas formas: Preferencia Excesiva por Estar en la Cama: Las personas con clinofilia pueden encontrar excusas para pasar la mayor parte del tiempo en la cama, incluso durante el día. Dificultad para Levantarse: Un síntoma común es la dificultad para abandonar el lecho, incluso cuando hay responsabilidades o compromisos importantes. Búsqueda de Confort y Seguridad: La cama se convierte en un refugio donde se busca comodidad y seguridad, lejos de las presiones externas. Causas y Factores Contribuyentes Varios factores pueden contribuir a la clinofilia, entre ellos: Estrés y Ansiedad: La cama puede convertirse en un lugar de escape frente a situaciones estresantes o ansiedad. Trastornos del Sueño: Condiciones como la depresión o el insomnio pueden llevar a una preferencia exagerada por estar en la cama. Falta de Motivación: La falta de motivación o propósito en la vida diaria puede hacer que el estar en la cama se vuelva una forma de evasión. Impacto en la Vida Diaria Aunque la clinofilia puede ofrecer una sensación temporal de alivio, puede tener un impacto negativo en la vida diaria: Productividad Reducida: Pasar demasiado tiempo en la cama puede afectar negativamente la productividad y el cumplimiento de responsabilidades. Relaciones Sociales: La tendencia a quedarse en la cama puede reducir el tiempo y la energía dedicados a interactuar con amigos y familiares. Salud Física y Mental: El sedentarismo prolongado puede contribuir a problemas físicos como dolores musculares y problemas metabólicos, así como a trastornos mentales como la depresión. Cómo Abordar la Clinofilia Si sientes que la clinofilia está afectando tu vida, aquí hay algunos pasos que puedes seguir para abordar el problema: Establece Rutinas: Crea una rutina diaria que te motive a levantarte y a estar activo. Busca Apoyo Profesional: Un psicólogo o terapeuta puede ayudarte a explorar las causas subyacentes y a desarrollar estrategias para superar el deseo de permanecer en la cama. Fomenta Actividades Agradables: Encuentra actividades que te resulten placenteras y que te animen a levantarte y participar en la vida cotidiana. Ejercicio y Alimentación Saludable: Mantenerse físicamente activo y seguir una dieta equilibrada puede mejorar tu energía y motivación.

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¿Cómo manejar el estrés durante la exposición a situaciones temidas?

La agorafobia es una complicación frecuente del pánico. Consiste en evitar ciertos lugares como: grandes almacenes, colas, trasportes públicos, aglomeraciones o cualquier otro en el que el afectado teme que aparezcan las sensaciones temidas o del que le resulte difícil escapar u obtener ayuda. Lo más frecuente es que, al perder el temor a las sensaciones internas con los ejercicios, así que la exposición debe ser gradual. Empieza por situaciones que te produzcan ansiedad y ve avanzando hasta llegar a aquellas que consideras más difíciles de afrontar. Para ello haz un listado de las situaciones que temes y evitas, anotando en cada una el grado de dificultad o ansiedad que te puede producir y después ordénalas de menor a mayor dificultad. Una vez confeccionado el listado ve practicando, primero con las más fáciles y después con las siguientes. Incluye en la exposición todas aquellas situaciones que evitas o que afrontar con temor y ansiedad, siempre que superarlas pueda ser beneficioso para ti. Se trata de superar cualquier miedo irracional que te limite o te cree dificultades. Haz exposición a diario aunque no te encuentres muy bien, al menos una hora. Practicar en los días malos es importante, ya que te permite aprender a hacer frente al malestar sin acobardarte. Lo poco que hagas en un día malo puede resultarte mas valioso que una tarea más difícil en un “día bueno”. La hora (o más) de exposición diaria, puedes ocuparla con una sola actividad o con varias de menor duración, que supongan para ti un nivel similar de esfuerzo. Siempre que sea posible practica solo, sin acompañantes. Cuando te expongas a situaciones muy difíciles, puede acompañarte una persona con la que te sientas más seguro, pero solo las primeras veces. Debes exponerte tu solo, varias veces, a cada situación que temías o evitabas. Utiliza la motivación positiva Antes de comenzar cada práctica piensa en los beneficios que te supondrá realizar la exposición y poder superar tu problema. Fija tu atención en los progresos que vas consiguiendo, por pequeños que sean. Además de reconocer tus avances, elógiate por ellos, felicítate por tus progresos, cuenta tus logros a personas con quienes tienes confianza y hazte pequeños regalos o concesiones cuando consigas ciertos objetivos. No menosprecies los logros conseguidos, aunque sean lentos o pequeños. Aunque las tareas que llevas a cabo resulten fáciles para la mayoría de la gente, no son fáciles para ti y es más eficaz que te reconozcas el mérito de afrontarlas. Sé flexible Aunque tienes que practicar cada día, esto no quiere decir que debas conseguir necesariamente los objetivos propuestos para ese día. Lo importante es practicar, aunque a  veces el progreso sea más lento de lo que querías. Es normal y beneficioso que experimentes algo de temor o ansiedad durante la exposición. Recuerda que el programa del pánico debe estar algo activado para poder modificarlo. Si la ansiedad es demasiado elevada, ocasionalmente puedes utilizar las técnicas de control de la ansiedad aprendidas hasta reducirla y mantenerla a niveles manejables. El objetivo es hacer manejable la ansiedad, no eliminarla. Si experimentas ansiedad anticipatoria en un grado elevado y sientes el impulso de evitar la tarea, usa las técnicas que has aprendido para reducir la ansiedad, rellena un registro de pensamiento y cuando estés mas tranquilo inicia la exposición. Afronta la ansiedad Algunas personas con pánico creen que al exponerse a situaciones temidas la ansiedad subirá más, sin que la frene, hasta que les ocurra algo malo. Pero se equivocan: la ansiedad, por muy fuerte que sea, solo puede subir hasta cierto punto y después baja aunque no abandones la situación temida. Es algo parecido a lo que ocurre si lanzas una flecha al aire: por más que tenses el arco, la fecha sube hasta tal punto y después empieza a caer. Si en una situación de exposición no notas ninguna de las sensaciones temidas y no experimentas ni el menor grado de ansiedad, debes procurar unas y otras, por ejemplo, hiperventilando un poco. Otra alternativa es cambiar las condiciones de la situación a la que te expones o buscar una situación nueva; de modo que si se produzca algo de ansiedad. Practicar sin experimentar ansiedad y sin notar sensaciones puede ser útil, pero es mejor sentir algo de ansiedad y experimentar las sensaciones para aprender a hacerles frente. Debes intentar permanecer en la situación temida hasta que observes una clara reducción de la ansiedad y hasta que desparezca el posible deseo de escapar. Si a pesar de todo, abandonas una situación antes de que la ansiedad haya disminuido lo suficiente, aléjate lo menos posible, tranquilízate y vuelve a la situación de reposición lo más pronto que puedas. Repite cada tarea varias veces, a ser posible en el mismo día, hasta conseguir dos practicas consecutivas en que no hayas experimentado ansiedad o en que hayas conseguir reducir ésta de un modo rápido. Solo entonces empezarás con la siguiente tarea un poco más difícil. Si llega un momento en que no sigues progresando, debes averiguar por qué. Una razón frecuente es que la tarea elegida sea demasiado fácil en el momento presente, o que suponga un paso demasiado grande desde la tarea anterior. La solución está en buscar una actividad más fácil, intermedia entre la última tarea practicada con éxito y la que estás intentando llevar a cabo. ¿Qué hacer si aparece una crisis durante la exposición? Si ocurriese, bastaría con recordar cómo se produjo el pánico, teniendo presente que las sensaciones no son más que una exageración de las reacciones corporales normales en la ansiedad y que no son, en absoluto, perjudiciales ni peligrosas. Lo adecuado sería considerar esa crisis como una especie de pesadilla momentánea. Si experimentas una crisis o amago de crisis durante la exposición, procura permanecer en la situación hasta que disminuya la ansiedad, utilizando cualquiera de las técnicas que has aprendido. Una vez que la crisis  haya amainado, conviene seguir practicando un rato. Si abandonas la situación antes de que la crisis haya disminuido, debes alojarte

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¿Qué es la fobia escolar?

La fobia escolar no puede reducirse a una fobia específica. Los aspectos psicopatológicos asociados a ella y el pronóstico de futuro se alejan de lo que es característico de las fobias específicas. Por ello, desde una perspectiva nosológica, la ubicación de este problema requiere un lugar propio. Descripción y aspectos generales La fobia escolar se refiere al rechazo prolongado que un niño experimenta a acudir a la escuela por algún motivo de miedo relacionado con la situación escolar. Esta definición plantea algunas dificultades. En primer lugar, conviene diferenciar la fobia escolar de la vagancia. En segundo lugar, es conveniente distinguir la ansiedad de separación del hogar de la fobia escolar. Los miedos a la escuela en un momento u otro del desarrollo evolutivo son frecuentes y pueden llegar a afectar hasta el 18% de los niños entre los 3 y 14 años. Sin embargo, la fobia escolar, es decir, el rechazo al colegio, es el trastorno mas incapacitarte por las repercusiones en el rendimiento escolar y en las relaciones sociales, es poco frecuente y tiende a ocurrir entre los 3-4 años y entre los 11-12 años, así como cuando se producen cambios de escuela o cambios de ciclos. Afecta a un mayor número de niños que de niñas. El comienzo de la fobia escolar suele ser repentino en niños pequeños. En niños mayores y adolescentes, sin embargo, el desarrollo es más gradual, de carácter más intenso y grave y con peor pronóstico. La fobia comienza a manifestarse en forma de quejas más o menos vagas y trae como consecuencia una actitud de desgana a la hora de ir al colegio. Esta reticencia gradual surge en presencia de ciertos estímulos discriminatorios, como los lunes, la vuelta de vacaciones, el primer día de clase tras una enfermedad, el cambio de clase o de escuela, etc. y puede evolucionar hacia una negativa rotunda a acudir a la escuela. En algunos casos se produce incluso un rechazo a la cadena de conductas que preceden a ir al colegio: levantarse de la cama, lavarse y vestirse. Características clínicas Desde una perspectiva clínica, la fobia a la escuela viene precedida o acompañada habitualmente de síntomas físicos de ansiedad y de una anticipación cognitiva de consecuencias negativas asociadas a la escuela, así como de una relación muy dependiente con la madre y de la proliferación de temores específicos El resultado es la conducta de evitación o en el caso de ir forzado, la huida del colegio o una actitud de total inhibición. Los síntomas desaparecen si el niño se queda en casa y comienza a entretenerse con otras actividades. No obstante, la fobia escolar está asociada a otros trastornos clínicos, como la depresión y la baja autoestima. Algunos factores predisponentes de la fobia escolar son la existencia de trastornos de ansiedad o de depresión entre los padres, que dificultan el aprendizaje de estrategias adecuadas de afrontamiento por parte del niño. Entre los factores facilitadores de la fobia escolar se encuentran dos tipos de variables: Factores relacionados con la escolaridad, como el temor a un profesor, un mal rendimiento escolar, dificultades en las relaciones con los compañeros, el acomplejamiento por algún aspecto de la apariencia física, etc. así como los conflictos entre los padres y la administración de la escuela Sucesos vitales negativos, como una enfermedad prolongada, la separación de los padres, el fallecimiento de uno de ellos (especialmente de la madre, etc.) Ha habido un intento por distinguir dos tipos de fobia escolar que permite establecer unos criterios predictivos y terapéuticos. Esta clasificación tiene dos ventajas. En primer lugar, permite diferenciar a los niños con un buen pronóstico de los niños con mal pronóstico y con trastornos emocionales ulteriores. Y en segundo lugar, remite a la fobia escolar a un problema más global de conducta dentro del contexto familiar e indica por ello la importancia de ir más allá del problema de la vuelta del niño al colegio. No obstante, la limitación de esta clasificación dicotómica es que es reduccionista y no siempre se aviene bien a incluir en ella la variedad de casos detectados en la clínica. La fobia escolar es un fenómeno complejo que puede denotar la existencia de una fobia específica (temor a ser herido en los juegos del recreo), de una fobia social (temor a ser ridiculizado), o de un trastorno obsesivo-compulsivo (temor a ser ensuciado) o de una ansiedad de separación propiamente dicha. Fobia escolar y vagancia Si bien en ambos casos hay una negativa de ir a la escuela, no es difícil distinguir entre el niño con fobia a la escuela y el vago. Hay niños que rechazan acudir al colegio y, sin embargo, no tienen fobia a la escuela. El rechazo puede ser en estos casos fruto de otros problemas de conducta: la vagancia, hacer novillos, dificultades en el rendimiento escolar, problemas con la disciplina de la escuela y/o en casa, conductas predilectivas. En la fobia escolar hay una permanencia del niño en casa durante las horas del colegio con el conocimiento de los padres y no está presente la conducta antisocial. Desde la prospectiva de la psicopatología tradicional, la vagancia correlaciona con un tipo de comportamiento psicopático y el rechazo escolar con un comportamiento neurótico. El rechazo no fóbico es más frecuente en barrios sociales marginales y viene acompañado habitualmente de cambios frecuentes de escuela y de un historial de repeticiones de curso. Fobia escolar y trastorno de pánico/agorafobia en la vida adulta En un estudio de Gittelman-Klein y Klein (1985) los agorafóbicos adultos tenían con frecuencia una historia de fobia escolar en la escuela. Estos cuadros clínicos presentan algunas características similares: preferencia fóbica por estar en casa, soportal mal la lejanía de ésta, enfrentamiento al estimulo temido solo en presencia de seres queridos, preocupación hipocondriaca por los síntomas físicos, ataques de pánico ante la separación, historia familiar de ansiedad y depresión, etc. De este modo, el nexo común de estos trastornos de conducta puede ser la ansiedad de separación. Según este enfoque la ansiedad de separación se

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¿Cuáles son las principales causas de la conducta antisocial en los jóvenes y adultos?

Los factores de riesgo más importantes son los que predisponen al niño a la conducta antisocial y a continuar esta conducta en la vida adulta. No se ha abordado el modo cómo operan estos factores ni si están relacionados casualmente con la conducta antisocial. A partir del estudio de los factores de riesgo aparecen dos cuestiones relacionadas pero también distinguibles. ¿Hasta qué punto la conducta antisocial está influenciada por factores genéticos, ambientales o combinados? Muchos factores que sitúan al niño en riesgo de conducta antisocial pudieran ser debidos a influencias hereditarias y/o ambientales. Por ejemplo, la conducta antisocial de los padres puede conducir a una conducta antisocial en el niño a través de la acción directa de un factor hereditario o a través del modelamiento, unas prácticas de educación infantil defectuosa o la combinación de ambos hechos. Es necesario identificar el mecanismo específico a través del que ocurre la conducta antisocial. Aunque se demuestre que unas influencias genéticas o ambientales juegan un determinado papel en la conducta antisocial, esto no resuelve claramente cómo esas influencias conducen a conductas antisociales especificas. Por ejemplo, la disciplina paterna dura e inconsistente se asocia con la conducta antisocial, pero ¿a través de qué proceso? La investigación ha abordado cada uno de ambos interrogantes en grados variables. Influencias genético/ambientales El estudio de los factores hereditarios en la conducta antisocial ha conducido a una investigación fascinante que analiza tanto las influencias genéticas como las ambientales. Pueden citarse varias líneas de pruebas en apoyo del papel de los factores genéticos. Los estudios de gemelos se usan frecuentemente para demostrar el papel de las influencias genéticas, puesto que los gemelos monozigóticos son mucho más similares genéticamente que los gemelos dizigóticos. Si hay un factor genético expresado en un gemelo monozigótico, puede esperarse que la probabilidad de que esto ocurra en el otro gemelo sea más alta que si ocurre el mismo fenómeno en gemelos dizigóticos. Y los estudios con gemelos han demostrado, efectivamente, una mayor concordancia de criminalidad y conducta antisocial entre los gemelos monozigóticos que entre los gemelos dizigóticos. Atribuir estas diferencias de concordancia a factores genéticos supone que los ambientes de los diferentes tipos de hermanos están igualados. Sin embargo, los factores ambientales pueden ser más similares para los gemelos monozigóticos que para los dizigóticos. Esta mayor similaridad puede ser el resultado del modo como los padres reaccionan y favorecen las similaridades de los gemelos idénticos y ciertamente del simple hecho de que los gemelos monozigóticos sean del mismo sexo, mientras que los gemelos dizigóticos a menudo no lo sean. Los estudios de niños adoptados separan mejor las influencias genéticas y ambientales puesto que el niño a menudo es separado de sus padres biológicos al nacer. Varios estudios de adopción han demostrado que la conducta antisocial y la criminalidad en la descendencia son mayores cuando los parientes biológicos han manifestado esta conducta que cuando no lo han hecho. Los estudios de adopción también han confirmado la influencia de factores ambientales tales como unas condiciones adversas en el hogar, conflicto conyugal, disfunción psiquiátrica, la exposición discontinua o interrumpida al cuidado materno antes de ser situado en el emplazamiento adoptivo final y la edad en la que el niño fue adoptado. En estudios de niños adoptados, Cadoret y Cain encuentran que ser alcohólico uno de los padres biológicos, sufrir unas condiciones de vida adversas en el hogar adoptivo y tener unos cuidados maternos discontinuos predicen conducta antisocial en los adolescentes varones. Sin embargo, en los adolescentes en el que uno de los padres biológicos sea antisocial o mentalmente retrasado. Mecanismos a través de los que operan los factores genéticos y/o ambientales Varios estudios han intentado identificar los factores biológicos que distinguen los individuos con conducta antisocial. Estos factores, si se identificaran podrían sugerir ciertas condiciones que se transmiten genéticamente. En su día se propuso y difundió el criterio de que la conducta violenta podría ser explicada por anormalidades cromosomáticas Muchos estudios de conducta antisocial se han centrado en las diferencias bioquímicas. En una pequeña muestra de adultos agresivos con trastorno de personalidad se asoció el metabolismo alterado de la serotonina bajo con la conducta agresiva y suicida. Otros investigadores han identificado unos niveles superiores de testosterona plasmática entre los delincuentes violentos en comparación con controles normales. Además, en los sujetos normales la testosterona plasmática está positivamente correlacionada con la baja tolerancia a la frustración y con auto informes de agresión verbal y física, especialmente en respuesta a la provocación y la amenaza. Se han evaluado otros factores biológicos como posibles agentes causales. Por ejemplo, Mednick sugirió que los patrones heredados de activación del sistema nervioso vegetativo podrían influir en el grado en que las personas antisociales dejan de aprender a inhibir la conducta antisocial  a través  de una reducción del miedo y una activación reducida. En general, los mecanismos que puedan estar implicados en la conducta antisocial han recibido una escasa atención empírica. Hay obstáculos obvios para la teoría y la investigación de esta área. No es probable que una sola teoría explique la aparición de toda la gama de conductas calificadas de antisociales. Puede ser necesario considerar esta extensa área desde el punto de vista de los subtipos de conducta, los individuos y los ambientes, de manera que puedan desarrollarse y comprobarse mini teorías. Es probable que puedan identificarse unos procesos circunscritos que conduzcan a patrones específicos de conducta antisocial en ciertos individuos. (Información extraída de Tratamiento de la conducta antisocial en la infancia y la adolescencia / Alan E. Kazdin ; traducción de Xavier Corbera ; revisión de la versión castellana, Josep Toro, 1988)

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¿Cuáles son las características más comunes de los niños con conductas antisociales?

Los actos específicos que pueden mostrar los niños remitidos para tratamiento pueden concebirse como síntomas individuales o como conductas “diana”. De todos modos, es probable que las conductas antisociales ocurran juntas y que formen un síndrome (o constelación de síntomas). La conducta antisocial como síndrome puede incluir varios síntomas centrales tales como peleas, holgazanería, robos y arrebatos, destrucción de la propiedad de uno mismo o de los demás, provocar o amenazar a los demás y escaparse de casa entre otros. La enumeración de tantos síntomas en el síndrome de conducta antisocial suscita el interrogante de si es significativo delimitar un área tan grande de funcionamiento. La respuesta es al mismo tiempo sí y no. Es significativo delimitar una clase amplia de conductas antisocial porque la presencia de tal conducta está relacionada con numerosas cosas. Además, por inclusiva que parezca ser la clase, pueden darse otros numerosos síntomas tales como afecto triste, quejas somáticas, falta de comunicación y ansiedad, pero no parecen formar parte del síntoma. Hay otros síntomas y características de funcionamiento que también es probable que ocurran. Habría que debatir si deberían formar parte del síndrome de conducta antisocial. En efecto, si estas características asociadas correlacionan más fiablemente y con una mayor magnitud de lo que lo hacen algunas otras conductas, podría considerarse que son centrales para el síndrome. Entre los síntomas alternativos los relacionados con la hiperactividad han sido identificados muy frecuentemente. Incluyen el exceso de conducta motora, la inquietud, la impulsividad, la falta de atención y conducta antisocial ha hecho de su delimitación y evacuación diagnóstica el tema de considerables investigaciones. Se han identificado como problemas de los jóvenes antisociales otras varias conductas tales como alardear, alborotar y acusar a los demás. Muchas de ellas parecen ser formas leves de conducta alborotadora si se comparan con los actos agresivos, en vandalismo, el robo u otras conductas mas graves que incluyan daño a otras personas o a la propiedad, o que violen normas sociales importantes. Los niños y adolescentes con conducta antisocial tienden a sufrir anomalías en varias aéreas distintas de las que se usan para definir la conducta antisocial. Estas características son clínicamente relevantes porque la remisión para el tratamiento se basa tanto en la presencia de determinadas conductas como en el impacto de las mismas sobre otras áreas de la vida del individuo. Un hallazgo persistente es que los niños antisociales sufren deficiencias académicas tal como se refleja en niveles de rendimiento, cursos y áreas de habilidades específicas, especialmente la lectura. Las malas relaciones con los compañeros tienden a correlacionar con la conducta antisocial. Éstos son rechazados y muestran escasas habilidades sociales. Probablemente puede interferir que las relaciones con adultos, menos estudiadas, son tensas porque los maestros y padres quienes remiten a la consulta a esos niños por sus conductas antisociales. Secuencia y progresión de las conductas antisociales Es razonable asumir que se da una continuidad de la conducta antisocial a lo largo del desarrollo. Estas conductas aparecen en formas leves, quizá evolucionadas en intensidad y forma, y continúa durante tal proceso. Robins (1978) demostró que la conducta antisocial en la vida adulta raramente surge de novo. Los adultos sociópatas han tenido una historia de conducta antisocial de jóvenes. El hecho de que la conducta antisocial se halle relacionada a través de distintos periodos de la infancia y la vida adulta confirma su continuidad e implica una serie de pasos intermedios. La continuidad puede ser obvia en la infancia puesto que muchas conductas tales como mentir, robar y destruir aparecen formando parte del desarrollo normal. Estas conductas pueden ser menos extremas que las finalmente observadas en niños identificados como antisociales. En efecto, la aparición de estas conductas, su continuación y correlatos pueden determinar si un niño es percibido como clínicamente alterado. Las conductas antisociales leves o poco intensas pueden ser un eslabón inicial de una progresión a una conducta antisocial clínicamente significativa. Es importante reconocer que los factores que colocan a los niños en situaciones de riesgo no solo incluyen los signos precoces de la conducta antisocial sino también muchos otros. Robinson y Wish llevaron a cabo un estudio haciendo el seguimiento de individuos negros normales desde la escuela elemental hasta más allá de los 30 años. Se usaron los archivos escolares y de la policía, así como entrevistas directas para identificar la aparición y los precursores de las conductas irregulares en el curso del desarrollo. Los resultados identificaron la probabilidad de que algunas conductas antisociales ocurrieran antes que otras. También se analizó la secuencia de las conductas identificando qué comportamientos problemáticos era probable que fueran precedidos por otros específicos. (Información extraída de Tratamiento de la conducta antisocial en la infancia y la adolescencia / Alan E. Kazdin ; traducción de Xavier Corbera ; revisión de la versión castellana, Josep Toro, 1988)

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¿Qué señales indican que podrías estar sufriendo de fobia social?

La fobia social se reconoce oficialmente en 1980 como concepto ligado a una entidad diagnóstica, es decir, con significación clínica; es el año en el que aparece la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico para los Trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría. En esta edición, la fobia social era definida como un miedo excesivo e irracional a la observación por parte de los demás en situaciones sociales especifica tales como hablar en público, escribir o usar aseos públicos. En términos de criterios diagnósticos esta delimitación se operacionalizaba como: Miedo persistente e irracional y un deseo impulsivo de evitar la situación en la cual el individuo se ve expuesto a la posible observación de los demás, con el temor de que pueda actuar de tal manera que resulte humillante o embarazoso. Malestar significativo debido a la alteración y reconocimiento por parte del individuo de que su temor es excesivo o temporal. Todo ello es debido a otra alteración mental como, por ejemplo, la depresión mayor o un trastorno de personalidad por evitación. Pero tal consideración clínica por parte de la APA no supuso su aceptación por parte de la OMS hasta 19 años más tarde. Así, fue en 1992 cuando el sistema de Clasificación Internacional e Enfermedades de la OMS, CIE en su décima edición, incluyó por primera vez la fobia social como categoría diagnóstica independiente. Hasta ese momento en el CIE-9 solo se hablaba de trastornos fóbicos, al igual que había ocurrido en el DSM-III. Los criterios diagnósticos que requiere la OMS para considerar la existencia de este trastorno son: Miedo a ser enjuiciado por otras personas en el seno de un grupo pequeño Ese temor puede ser discreto (comer en público, hablar en público, interacciones con personas del sexo opuesto) o difuso (abarca casi todas las situaciones fuera del círculo familiar) Suele asociarse con una baja autoestima y con miedo a la critica Las respuestas cognitivas, psicofisiológicas y motoras son manifestaciones principales de la ansiedad y no secundarias a otros trastornos (ideas delirantes u obsesivas) La ansiedad se limita o predomina en situaciones sociales concretas y determinadas La situación fóbica se evita siempre que ello es posible Si la diferenciación entre fobia social y agorafobia fuera muy difícil hay que dar preferencia a la agorafobia. No debe realizarse un diagnóstico de depresión a menos que pueda identificarse claramente un episodio depresivo completo. Por lo que respecta a la evolución del concepto y los criterios diagnósticos para aquellos sujetos menores de 18 años, no recoge criterios específicos para el diagnóstico de la fobia social, pero ello no es ajeno a la Asociación Americana de Psiquiatría. La APA tampoco incluyó ningún criterio especifico para el diagnóstico de la fobia social en niños y adolescentes hasta 1994, fecha en que aparece publicado su DSM-IV. En esta edición se indica que la ansiedad ante las situaciones sociales no debe estar limitada a la relación con adultos, sino que también debe mostrarse ante sus iguales. Por otra parte, se señala que la ansiedad puede traducirse en lloros, berrinches, inhibición o abrazos y que puede faltar el reconocimiento de que el miedo es excesivo e irracional. Se establece que la duración de las respuestas de ansiedad social debe mantenerse durante mínimo 6 meses. Por lo demás, los niños y adolescentes han de cumplir el resto de criterios recogidos para la población adulta. Tales criterios son los que se han mantenido en la última versión del manual de la APA, el DSM-IV-TR (texto revisado): Primer Criterio (A).  Temor acusado y persistente por una o más situaciones sociales o actuaciones en público en las que el sujeto se ve expuesto a personas que no pertenecen al ámbito familiar o a la posible evaluación por parte de los demás. El individuo teme actuar de un modo que sea humillante o embarazoso. En cuanto a los niños, es necesario haber demostrado que sus capacidades para relacionarse especialmente con sus familiares son normales y han existido siempre y que la ansiedad social aparece en las reuniones con individuos de su misma edad y no solo en cualquier relación con un adulto Segundo Criterio (B). La exposición a las situaciones sociales temidas provoca casi invariablemente una respuesta inmediata de ansiedad, que puede tomar la forma de una crisis de angustia situacional o más o menos relacionada con una situación. En los niños, la ansiedad puede traducirse en lloros, berrinches, inhibición o retraimiento en situaciones sociales donde los asistentes no pertenecen al marco familiar. Tercer criterio (C). El individuo reconoce que este temor es excesivo o irracional; en los niños puede faltar este reconocimiento Cuarto criterio (D). Las situaciones sociales o actuaciones en público temidas se evitan o bien se experimentan con ansiedad o malestar intensos. Quinto criterio (E). Los comportamientos de evitación, la anticipación ansiosa o el malestar que aparece en las situaciones sociales o actuaciones en público temidas interfieren acusadamente con la rutina normal del individuo, con sus relaciones laborales o sociales, o bien producen un malestar clínicamente significativo. Sexto criterio (F). En los individuos menores de 18 años la duración del cuadro sintomático debe prolongarse como mínimo 6 meses. Séptimo criterio (G). Las respuestas de miedo o de evitación no han de deberse a los efectos fisiológicos directos de una sustancia o de una enfermedad médica, y no han de poder explicarse mejor por la presencia de otro trastorno mental como, por ejemplo, el trastorno de angustia con o sin agorafobia, el trastorno de ansiedad por superación, trastorno dismórfico corporal, un trastorno generalizado del desarrollo o el trastorno esquizoide de la personalidad. Octavio criterio (H). Si hay una enfermedad médica u otro trastorno mental, el temor descrito en el primer criterio A no ha de estar relacionado con estos procesos. Así, por ejemplo, el miedo no ha de ser debido a la tartamudez, a los temblores de la enfermedad de Parkinson o a la exhibición de conductas alimentarias anormales en la anorexia o en la bulimia nerviosa. Si el niño o el adolescente cumplen los

¿Qué señales indican que podrías estar sufriendo de fobia social? Leer más »