Entrevista

Entrevista a Andrea Anaya psicóloga clínica

La salud mental ocupa hoy un lugar cada vez más relevante en la conversación pública, aunque todavía persisten numerosos mitos y estigmas que dificultan que muchas personas pidan ayuda cuando la necesitan. En esta entrevista conversamos con Andrea Anaya, psicóloga clínica especializada en terapia individual, infantil, familiar y de pareja, para conocer cómo nació su vocación, qué aprendizajes ha adquirido a lo largo de su trayectoria y cuál es su visión sobre algunos de los grandes retos actuales de la psicología. Hablamos del impacto de las redes sociales en el bienestar emocional, de la importancia de acudir a terapia sin esperar a tocar fondo, del papel de las familias en el desarrollo de niños y adolescentes, de los límites saludables y de cómo la inteligencia artificial puede influir en el futuro de la salud mental. Una conversación cercana, rigurosa y llena de reflexiones que pone el foco en el valor del autocuidado emocional y en la necesidad de seguir normalizando el cuidado de nuestra mente. Andrea ¿qué experiencias personales y profesionales despertaron tu interés por la psicología clínica y marcaron el camino hacia la psicoterapia como proyecto de vida? Desde que era niña mi mamá nos llevaba mucho a orfanatos, asilos, a donar juguetes y ropa. A los 17 años entré a ser dama voluntaria en un hospital y ahí sentí una sensación que dije “quiero sentir esto toda mi vida”. No sabía que tenía que estudiar para sentirlo, pensé en medicina, enfermería, pero como no me gusta la sangre en una clase en prepa escuché hablar más de psicología y dije , aquí es . A lo largo de tu trayectoria has trabajado con terapia individual, infantil, familiar y de pareja. ¿Qué aprendizajes te ha aportado cada uno de estos ámbitos y cómo se complementan entre sí en tu práctica clínica? Para mí la infancia lo es todo, pero cuando esa infancia se rompe o tiene fracturas llegan esas heridas a siguientes etapas. Entonces ahí se complementa todo. Claro que puedes tener una buena infancia y tener problemas en otras etapas y se trabajan en terapia pero así es como lo relacionaría . En los últimos años la salud mental ha ganado una enorme visibilidad en redes sociales. Desde tu perspectiva, ¿qué beneficios y qué riesgos observas cuando la psicología se divulga a través de plataformas digitales? Veo demasiados beneficios empezando por la desestigmatización de la misma. El volverla una profesión clínica y cercana sin los tabúes del pasado. Sin embargo los riesgos son que hay gente sin credenciales que mal informa o profesionales poco preparados que desacreditan la profesión. Muchas personas sienten miedo o vergüenza antes de acudir por primera vez a terapia. ¿Cuáles son los mitos más frecuentes con los que te encuentras y qué les dirías a quienes todavía dudan en pedir ayuda? Que los psicólogos son lo para los “locos”, que damos consejos, que solo queremos tu dinero. La realidad es que la terapia es para toda persona que tenga mente y le interese saber cómo funcionan sus pensamientos y creencias. Con la finalidad de sanar y tener una mejor calidad de vida. También hay pacientes clínicos pero son minoría y es una fortuna que exista un área de la salud que los acompañe. Y sobretodo que es más difícil llegar a terapia que estar. En el momento que te sientas, te sueltas. Y si no sabes qué decir, el trabajo del terapeuta es ese, tú no tienes que hacer nada más que llegar. La terapia cognitivo-conductual cuenta con una sólida base científica, pero cada persona es única. ¿Cómo consigues adaptar las herramientas terapéuticas a las necesidades, valores e historia de cada paciente? Yo tengo maestría en terapia cognitivo conductual pero es mi segunda maestría. La primera es en terapia integral que justamente integra distintos modelos de la psicología para saber qué herramientas utilizar según el problema del paciente. Pero incluso en TCC no siempre se van al pensamiento-emoción. Ya ha evolucionado mucho y se van a otras áreas para trabajar el problema. En consulta es habitual encontrar personas que han aprendido a normalizar el estrés, la ansiedad o el malestar emocional. ¿Qué señales nos indican que ya no estamos ante una dificultad pasajera y que conviene buscar apoyo profesional? Cuando el malestar afecta las siguientes áreas: personal, laboral, familiar, social y de pareja si las hay. Puedes acudir a terapia, no necesitas estar MUY mal para querer estar bien Las redes sociales han cambiado la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. ¿Cómo están influyendo en la autoestima, la comparación social y la salud mental de adolescentes y adultos? Muchísimo y es delicado. Los trastornos de la conducta alimentaria han aumentado, así como la ansiedad y la depresión por el uso de redes sociales. La gente se compara más, duerme menos, no se dejan sentir y hay poca validez emocional. Trabajar diariamente acompañando el sufrimiento de otras personas también puede resultar emocionalmente exigente. ¿Qué estrategias utilizas para cuidar tu propio bienestar psicológico y prevenir el desgaste profesional? Si, es una profesión hermosa pero que exige mucho autocuidado. Yo hago ejercicio a primera hora de la mañana, como bien, me doy breaks entre bloques de pacientes, trato de distraerme y hacer cosas que me gusten cuando no estoy trabajando, hidratarme mucho y sobre todo y más importante, dormir bien. Además de ir a terapia donde no hablo de mis pacientes si no de mi. Entre más te cuides y más “limpio” estés por decirlo de alguna manera, más puedes ayudar a tus pacientes La terapia de pareja suele estar rodeada de numerosos prejuicios. ¿En qué momento recomendarías acudir a terapia y qué ideas erróneas crees que dificultan que muchas parejas den ese paso a tiempo? Yo creo que toda pareja debería de ir a terapia para conocerse como equipo y conocer las heridas que detonan al otro. No para dañarlo sino para entenderlo. Lo que pasa con la terapia de pareja es que llegan muy tarde y muy

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Entrevista a Tamara Arroyo psicóloga cíclica

Tamara es psicóloga y psicoterapeuta especializada en trauma, psicoterapia corporal y salud femenina. Desde hace más de veinte años acompaña procesos de cambio y recuperación, integrando distintas corrientes psicoterapéuticas desde una mirada que entiende a la persona como una unidad donde cuerpo, emociones, historia y contexto se influyen mutuamente. A través de Psicología Cíclica y Ágora Vitae también desarrolla formación y supervisión para profesionales, con el propósito de ampliar la comprensión de la salud mental femenina desde una perspectiva integradora, rigurosa y profundamente humana. ¿Cuál fue el momento en el que comprendiste que la psicología necesitaba integrar el cuerpo y el ciclo femenino para ofrecer una comprensión más completa de la experiencia de las mujeres? Más que un momento concreto fue una evidencia que se fue construyendo con los años. En consulta veía mujeres que comprendían perfectamente lo que les ocurría desde un punto de vista cognitivo, pero cuyos cuerpos seguían viviendo en alerta, agotamiento o desconexión. También observaba cómo muchas sufrían porque interpretaban como problemáticos cambios vinculados a su ciclo menstrual, al posparto o a la perimenopausia, cuando en realidad nadie les había enseñado a comprender esos procesos. Entendí que era imposible hablar de salud mental femenina dejando fuera el cuerpo y la biología. No porque el ciclo explique todo, sino porque forma parte de la experiencia de muchas mujeres y dialoga constantemente con su historia, sus relaciones y su contexto. Durante mucho tiempo, la psicología y la medicina han generado gran parte de su conocimiento a partir de investigaciones realizadas mayoritariamente con hombres, asumiendo que esos resultados eran universalmente aplicables. Poco a poco estamos comprendiendo que incorporar la salud femenina no significa crear una psicología distinta, sino hacer una psicología más completa y más precisa. Hablas de la naturaleza, la artesanía y los cuidados como pilares de tu vida. ¿Cómo han moldeado estos tres escenarios tu forma de acompañar a las personas en consulta y qué enseñanzas te siguen ofreciendo hoy? Los tres tienen algo en común: me recuerdan que los procesos importantes no pueden acelerarse. La naturaleza enseña que todo tiene ritmos y estaciones. La artesanía me recuerda el valor de lo imperfecto y del trabajo paciente. Y los cuidados me han enseñado que el vínculo es profundamente transformador. Creo que la psicoterapia comparte mucho con esas experiencias. No consiste en «arreglar» personas, sino en crear las condiciones para que puedan reorganizarse desde sus propios recursos. Tras dos décadas de trayectoria profesional, ¿qué creencias sobre la salud mental has tenido que desmontar en ti misma para seguir evolucionando como psicoterapeuta? Quizá la más importante ha sido abandonar la idea de que comprender un problema basta para resolverlo. Hoy sabemos mucho más sobre trauma, neurobiología y memoria implícita. Hay experiencias que no se modifican únicamente hablando sobre ellas. Necesitan ser vividas de otra manera también desde el cuerpo y desde una relación terapéutica suficientemente segura. Otra creencia que he dejado atrás es pensar que existe un método válido para todas las personas. Cada proceso necesita una escucha distinta, En una sociedad que sigue premiando el rendimiento constante, ¿qué consecuencias psicológicas observas cuando las mujeres intentan vivir desconectadas de sus ritmos biológicos y emocionales? Veo muchísimo agotamiento. Muchas mujeres viven intentando mantener siempre el mismo nivel de productividad, energía y disponibilidad, ignorando señales de cansancio, necesidad de descanso o cambios naturales en su estado físico y emocional. No se trata de afirmar que todas las dificultades psicológicas tengan un origen biológico, ni mucho menos. La salud mental siempre surge de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Pero ignorar cualquiera de esas dimensiones empobrece nuestra comprensión de las personas. Cuando una persona aprende a desconectarse de esas señales para responder continuamente a las exigencias externas, acaba perdiendo también la capacidad de reconocer sus propias necesidades. Eso favorece la ansiedad, la culpa, el burnout y, en muchos casos, una sensación muy profunda de haberse perdido a sí misma. La expresión «Psicología Cíclica» despierta mucha curiosidad. Si tuvieras que explicarla a alguien que nunca ha oído hablar de ella, ¿qué aspectos consideras imprescindibles para entender su verdadero alcance? Psicología Cíclica no significa que todas las mujeres sean iguales ni que todo dependa de las hormonas. Tampoco propone una visión esencialista de lo femenino. Es una forma de comprender la salud mental integrando una realidad que durante mucho tiempo apenas se ha tenido en cuenta: que muchos procesos biológicos femeninos interactúan con las emociones, el estrés, el trauma, las relaciones y el contexto social. Durante décadas, estas variables apenas estuvieron presentes en la investigación psicológica y médica, lo que ha contribuido a que muchas experiencias específicamente femeninas fueran malinterpretadas, invisibilizadas o incluso patologizadas. La Psicología Cíclica propone ampliar la mirada. No sustituye a la psicología basada en la evidencia, sino que incorpora conocimientos procedentes de la neurociencia, la psicología del trauma, la endocrinología y la salud emocional femenina para comprender mejor la experiencia de las mujeres desde una perspectiva integradora. Con frecuencia escuchamos a mujeres describirse como «demasiado sensibles», «intensas» o «inestables». ¿Cómo influye el contexto cultural en estas etiquetas y qué impacto tienen sobre la autoestima y la identidad? Las etiquetas nunca aparecen en el vacío. Muchas mujeres han aprendido desde pequeñas que expresar determinadas emociones es un exceso. Cuando esa mirada externa se interioriza, terminan dudando de sí mismas incluso cuando sus reacciones son completamente comprensibles. Uno de los trabajos más importantes en terapia consiste precisamente en diferenciar lo que realmente pertenece a la persona de aquello que ha aprendido a pensar sobre sí misma. Has estudiado diferentes modelos de psicoterapia corporal y abordaje del trauma. ¿Qué aportaciones únicas encuentras en cada uno y cómo las integras sin perder la esencia de tu propia mirada clínica? Cada modelo aporta una pieza distinta. Algunos ayudan especialmente a comprender el funcionamiento del sistema nervioso; otros ofrecen herramientas muy valiosas para trabajar el trauma del desarrollo, la regulación emocional o la relación terapéutica. Con los años he aprendido que integrar no significa mezclar técnicas, sino construir una forma coherente de trabajar

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Entrevista al Dr. Gonzalo Muñoz Neurólogo Adultos en Chile

La migraña y el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) han sido considerados durante años dos problemas de salud independientes. Sin embargo, la investigación más reciente está revelando que ambas condiciones comparten mucho más de lo que se pensaba, desde determinados mecanismos cerebrales hasta factores ambientales que pueden favorecer su aparición y mantenimiento. Comprender esta relación no solo permite realizar diagnósticos más precisos, sino también ofrecer un abordaje integral que mejore la calidad de vida de quienes conviven con ambas. En esta entrevista, el Dr. Gonzalo Muñoz Muñoz, neurólogo de adultos de Clínica Las Condes (Chile), analiza la evidencia científica actual, desmonta algunos de los mitos más extendidos y explica cómo la interacción entre migraña y TDAH está cambiando la forma de entender y tratar estas dos condiciones neurológicas. Durante años se ha considerado que el dolor de cabeza y el TDAH eran problemas independientes, pero ¿qué cambios en la investigación y en la práctica clínica le han llevado a pensar que existe una relación mucho más estrecha de lo que imaginábamos y qué implicaciones tiene esto para los pacientes? Durante mucho tiempo se estudiaron como enfermedades completamente distintas. Sin embargo, en los últimos años han aparecido estudios epidemiológicos muy sólidos que muestran que las personas con TDAH presentan una prevalencia significativamente mayor de migraña que la población general. Además, en consulta es muy frecuente encontrar pacientes con ambas condiciones. (y creo que cada vez lo he ido preguntando y evaluando más en los pacientes). Hoy sabemos que probablemente comparten mecanismos biológicos, como alteraciones en redes cerebrales relacionadas con la regulación de la atención, la modulación del dolor y neurotransmisores como la dopamina y la noradrenalina. Pero por sobre todo, comparten factores ambientales como la privación de sueño, el estrés y la dificultad para mantener hábitos regulares. La principal implicancia es que ya no basta con tratar únicamente el dolor de cabeza. Si el TDAH no se identifica, es posible que el paciente siga teniendo crisis frecuentes pese a recibir un buen tratamiento para la migraña. Cuando una persona con TDAH acude a consulta por migrañas recurrentes, ¿qué señales le hacen sospechar que el trastorno del neurodesarrollo puede estar influyendo directamente en la frecuencia, intensidad o evolución de esas cefaleas? Más que la intensidad del dolor, observo el contexto en que aparecen las crisis. Pacientes que duermen a horarios muy irregulares, olvidan comer durante horas, trabajan bajo hiperfoco, consumen exceso de cafeína o viven con una sensación permanente de saturación mental. También me llama la atención cuando las migrañas empeoran durante periodos de alta demanda cognitiva o cuando el paciente refiere que «no logra desconectar nunca». En muchos casos, al explorar la historia aparecen síntomas de TDAH presentes desde la infancia que nunca habían sido diagnosticados. ¿Hasta qué punto la sobrecarga sensorial que muchas personas con TDAH experimentan a diario puede convertirse en un desencadenante silencioso de migrañas o cefaleas tensionales y cómo puede aprender el paciente a identificar ese patrón? La sobrecarga sensorial probablemente es uno de los factores menos reconocidos. Muchas personas con TDAH pasan horas expuestas a ruido, pantallas, múltiples conversaciones o ambientes muy demandantes sin darse cuenta del esfuerzo que supone para su cerebro. No significa que el ruido provoque directamente la migraña, pero sí aumenta el nivel de estrés fisiológico y reduce el umbral para desarrollar una crisis. Un diario de cefaleas suele ser muy útil (algunos lo hacen en aplicaciones o en papel). Muchas veces el paciente descubre que sus crisis aparecen tras jornadas especialmente caóticas más que por un alimento concreto. Identificar este patrón permite intervenir antes de que aparezca el dolor. En consulta, ¿ha observado diferencias en la forma en que describen el dolor las personas con TDAH respecto a quienes no presentan este trastorno, y qué le enseñan esas diferencias sobre el funcionamiento del cerebro? Sí. Muchas personas con TDAH describen el dolor como una experiencia que invade completamente su capacidad de pensar y funcionar. Les cuesta «poner el dolor en segundo plano», especialmente cuando existe una alta sensibilidad sensorial o emocional. También suelen referir mayor dificultad para anticipar desencadenantes y para mantener estrategias preventivas de forma consistente. Esto refleja que el dolor no depende únicamente de la intensidad del estímulo, sino también de cómo el cerebro procesa la atención, la regulación emocional y la información sensorial. Muchos adultos descubren que tienen TDAH después de años consultando únicamente por dolores de cabeza. ¿Qué errores diagnósticos siguen siendo frecuentes y qué preguntas cree que ningún profesional debería dejar de hacer en estos casos? El error más frecuente es atribuir todos los síntomas al estrés o a la ansiedad sin explorar si existe un trastorno del neurodesarrollo de base. Siempre pregunto si desde la infancia existían dificultades para concentrarse, terminar tareas, organizarse, controlar impulsos o gestionar el tiempo. También pregunto por el rendimiento escolar, la historia laboral y antecedentes familiares de TDAH. El diagnóstico del TDAH es clínico y longitudinal; no aparece de un día para otro en la adultez. Además creo que es extremadamente importante realizar un adecuado tratamiento de la migraña porque esta enfermedad tiene muchos síntomas cognitivos asociados y que no solo aparecen en el momento del dolor. ¿Cómo influye la desregulación emocional característica del TDAH en la percepción del dolor y por qué dos personas con una cefalea similar pueden vivir experiencias completamente diferentes? El cerebro no procesa el dolor de forma aislada. La ansiedad, la frustración, la fatiga mental y la regulación emocional modifican la experiencia dolorosa. En el TDAH existe una mayor dificultad para modular estas respuestas. Eso puede hacer que una misma migraña tenga un impacto funcional mucho mayor que en otra persona. No significa que «les duela más porque sean más sensibles», sino que el procesamiento cerebral del dolor es diferente. ¿Considera que el tratamiento eficaz del TDAH puede reducir indirectamente la aparición de migrañas al mejorar hábitos como el sueño, la organización, la alimentación o el manejo del estrés, incluso sin actuar específicamente sobre el dolor? Sí, y es algo que

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Entrevista a Raquel Córdoba psicóloga especializada en trauma y apego

En esta entrevista converso con Raquel Córdoba, psicóloga especializada en trauma, sobre algunos de los grandes retos de la salud mental en la actualidad: la importancia de comprender nuestra historia personal antes de intentar cambiarla, los tiempos que requiere un proceso terapéutico, los mecanismos de protección que desarrollamos para sobrevivir, el impacto de las redes sociales en la divulgación psicológica y la necesidad de desterrar mitos y etiquetas que dificultan el verdadero autoconocimiento. Con una mirada cercana, rigurosa y profundamente humana, reflexiona sobre el papel de la psicoterapia como un espacio seguro desde el que comprender el sufrimiento, favorecer el crecimiento personal y recordar que el cambio es posible cuando existe acompañamiento, compromiso y respeto por el proceso de cada persona. Raquel tu propia historia personal ha influido en la forma en que entiendes la psicoterapia. ¿Cómo consigues que esa experiencia vital enriquezca tu trabajo sin que interfiera en el proceso terapéutico de las personas que acompañas? Creo que mi historia personal ha sido, sin duda, una parte muy importante de la profesional que soy hoy. De hecho, cuando terminé la carrera de Psicología no me dediqué directamente a la consulta. Pasé varios años trabajando en el ámbito de los Recursos Humanos, posteriormente en comunicación y también como docente en un posgrado relacionado con la psicología. Siempre estuve cerca de esta profesión, pero todavía no era el momento de ejercerla desde la clínica. Hubo una etapa de mi vida en la que toqué fondo. Fue un momento de inflexión muy importante en el que tuve la enorme suerte de encontrar profesionales que supieron acompañarme y sostenerme. Gracias a ese proceso terapéutico pude reconstruirme, comprender mi propia historia y descubrir el profundo poder reparador que puede tener una relación terapéutica cuando se establece desde el respeto, la seguridad y la humanidad. Fue entonces cuando decidí emprender el camino que hoy me ha traído hasta aquí. Entendí que quería dedicar mi vida a acompañar a otras personas a comprender su historia, aliviar su sufrimiento y construir una vida más en paz consigo mismas. Mi experiencia personal me permite conectar con mucho respeto y sensibilidad con el dolor ajeno, pero nunca doy por hecho que la historia de quien tengo delante es igual que la mía. Cada persona es única y vive el sufrimiento de una forma distinta. Precisamente por eso considero imprescindible mantener una formación continua, realizar supervisión clínica y seguir cuidando mi propio proceso terapéutico. Esa es la manera de asegurar que mi historia aporte empatía y comprensión, pero nunca interfiera en el proceso de la persona que acompaño. Si hay algo que mi propia historia me ha enseñado es que nadie necesita que le digan cómo debe vivir su proceso; lo que necesita es un espacio seguro en el que poder descubrirlo por sí mismo. Para mí, ese es el verdadero papel de la psicoterapia y el que intento ofrecer cada día en consulta. Muchas personas llegan a consulta convencidas de que tienen un problema concreto, pero descubren que el origen es muy diferente. ¿Cuál ha sido el aprendizaje más sorprendente que te ha dejado ese contraste entre lo que el paciente cree necesitar y lo que realmente necesita? Cada persona necesita sus propios tiempos, y precisamente por eso me gusta hablar de lo que sucede en consulta como un «proceso terapéutico». Entiendo la intervención psicoterapéutica como un baile en el que hemos de acompañarnos sin correr, prestando mucha atención y respetando los tiempos de cada paciente. Muchas veces, las personas llegan a consulta con una idea muy clara sobre cuál es su problema. Sin embargo, desde nuestro conocimiento como psicólogos, nuestra función es tratar de ver más allá y ayudarles a comprender e identificar no solo qué les sucede, sino también en qué momento pudo originarse y qué es lo que, a día de hoy, puede estar manteniendo ese malestar. Por eso, aunque los pacientes pueden tener una idea muy clara de lo que les sucede, a veces encuentran dificultades para poder trascenderlo. Me gusta pensar que nosotros somos una especie de limpiadores y ordenadores de la mente: ayudamos a arrojar luz sobre aquellos huecos en los que hay mucha sombra y cuyo contenido todavía desconocemos. A partir de ahí, organizamos una intervención a medida, adaptada a lo que necesita cada persona, para acompañarla en la consecución de sus objetivos terapéuticos. En una sociedad que busca soluciones rápidas, ¿cómo ayudas a una persona a aceptar que sanar una herida emocional profunda requiere tiempo, paciencia y, en ocasiones, atravesar momentos incómodos? No todo el mundo está dispuesto a pasar por ello, algo que me parece totalmente lícito. Desde el contexto terapéutico, explicamos cómo funciona este proceso y los retos que puede conllevar, así como los riesgos que puede tener continuar tapando lo sucedido y bloqueando todo aquello que hay debajo de la experiencia. A partir de ahí, es cada persona quien decide hasta dónde quiere llegar y cuál es el momento adecuado para hacerlo, respetando siempre sus propios tiempos y decisiones. Hablas con frecuencia de comprender la historia personal antes de intentar cambiarla. ¿Crees que vivimos en una cultura demasiado centrada en eliminar síntomas y poco interesada en escuchar el mensaje que esos síntomas intentan transmitir? Totalmente, y es algo que veo mucho en mis sesiones, sobre todo al inicio. La desesperanza y el malestar nos generan mucha incomodidad. Tanta, que queremos quitárnoslos de encima cuanto antes. Creo que en esto ha influido mucho la sociedad en la que vivimos, en la que queremos todo de forma inmediata y nos hemos olvidado de cultivar la paciencia. Hoy en día tenemos casi todo a nuestro alcance con un solo clic, y pensamos que con nuestros problemas podemos hacer lo mismo. Pero no existen recetas mágicas ni herramientas emocionales que nos permitan hacer desaparecer el malestar en cuestión de segundos. Hay algo que siempre digo: si eso que te produce tanto malestar lleva instalado en ti tantos años de tu vida, ¿qué te hace pensar que en un par de sesiones

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Entrevista a Mara Sánchez psicóloga general sanitaria

En un momento en el que la salud mental ocupa cada vez más espacio en la conversación pública, también proliferan los mensajes simplistas, la búsqueda de soluciones inmediatas y la presión por mostrarnos siempre felices. En esta entrevista, la psicóloga Mara García comparte una mirada honesta, rigurosa y profundamente humana sobre algunos de los grandes retos emocionales de nuestro tiempo: la patologización de las emociones, el impacto de las redes sociales, la importancia de aprender a tolerar la frustración, el papel del silencio, el autoconocimiento y la necesidad de normalizar pedir ayuda psicológica. Una conversación que invita a reflexionar, desmontar mitos y recordar que sentir emociones difíciles no es un signo de debilidad, sino una parte esencial de la experiencia humana. ¿Qué crees que la sociedad está normalizando a nivel emocional que dentro de unos años veremos como un grave error para nuestra salud mental? Creo que estamos normalizando la patologización de la vida cotidiana y el autodiagnóstico rápido a través de las redes Sentir tristeza ante una pérdida, frustración ante un fracaso o estrés ante un desafío es humano. Etiquetar y tratar de medicalizar cualquier emoción que nos resulte mínimamente incómoda nos desconecta de nuestra propia naturaleza. También me resulta inevitable hablar del llamado positivismo tóxico; ese “tener que estar bien” a cualquier precio, porque nos hemos tragado mensajes como “puedes conseguir todo lo que te propongas” o “un día sin sonreír es un día perdido”. Y no; podemos tener días malos, estar tristes, no conseguir nuestras metas… y también está bien, es válido y forma parte de la vida. No podemos pretender que todos los días sean bonitos. En la vida tenemos que esperar días malos, momentos incómodos, problemas, malas noticias…, para así poder responder mejor cuando pasen. Después de tantos años acompañando a personas en terapia, ¿qué has aprendido sobre el ser humano que nunca imaginaste cuando empezaste a ejercer como psicóloga? La inmensa e inagotable capacidad de resiliencia que tenemos. A consulta llegan personas que han atravesado situaciones verdaderamente devastadoras, y es profundamente conmovedor ver cómo, con el espacio seguro y las herramientas adecuadas, el ser humano siempre tiene un impulso vital hacia la recuperación y la reconstrucción. También me llama la atención el poder del autoengaño y nuestra lealtad a lo conocido, aunque nos haga daño. Me sigue sorprendiendo cómo el ser humano prefiere, en muchas ocasiones, aferrarse a un sufrimiento familiar antes que enfrentarse a la incertidumbre de un cambio positivo. He aprendido que el miedo a lo desconocido paraliza mucho más que el propio dolor, y que acompañar a alguien a soltar esa certeza es un gran reto terapéutico. ¿Hay emociones que intentamos eliminar cuando, en realidad, cumplen una función esencial para nuestro equilibrio psicológico? ¿Cuáles son y por qué? Principalmente tres: la tristeza, el miedo y el enfado. El miedo nos protege de peligros reales; el enfado es la energía necesaria para poner límites y defendernos frente a injusticias; y la tristeza es fundamental para procesar las pérdidas, asimilar los cambios y pedir apoyo a nuestro Intentar eliminarlas es ir contra nuestro propio sistema de supervivencia. Cada vez veo más frecuentemente en consulta gente que se siente mal por estar mal (lo que es un círculo vicioso), o que, por ejemplo, cree que el enfado no es adaptativo, y que siempre está mal enfadarse. Obviamente habrá momentos donde esas emociones puedan ser desadaptativas, pero de partida no conviene demonizarlas ya que forman parte de nuestra naturaleza y de nuestra capacidad de reacción/respuesta al entorno y a lo que vivimos. Vivimos en una cultura obsesionada con sentirse bien ¿Qué riesgos psicológicos tiene convertir la felicidad en una obligación? Como comentaba antes, lo que conocemos como «positividad tóxica» genera una doble carga de sufrimiento. Por un lado, sufres por el dolor lógico que estés atravesando y, por otro, te sientes culpable por no ser capaz de «estar bien» o de «verle el lado positivo». Convertir la felicidad en una obligación nos invalida emocionalmente y nos impide procesar la realidad. Nos obligamos a ir a sentir cosas que en algún momento son contraproducentes, negando lo que realmente sentimos… y eso nos puede hacer un daño horrible. ¿Cuál es la diferencia entre conocerse a uno mismo y quedarse atrapado en un análisis constante de todo lo que pensamos y sentimos? El autoconocimiento es observarse con curiosidad y compasión (que no victimismo) para llegar a una conclusión que nos permita actuar o aceptar; promueve una autocrítica constructiva. En cambio, caer en esos análisis constantes de todo, es lo que en psicología llamamos «rumiación»: darle vueltas a los pensamientos en bucle sin llegar a ninguna solución. La rumiación paraliza y alimenta la ansiedad; el autoconocimiento Yo siempre digo en terapia a mis pacientes que generalmente los extremos no suelen ser buenos, y aquí tenemos el caso. No nos conviene darle vueltas sin parar a todo, de forma obsesiva, igual que tampoco nos hace bien el no promover ninguna reflexión sobre lo que nos pasa. Y ahí es donde tenemos el autoconocimiento y la reflexión proactiva como punto intermedio, sano. ¿Crees que las redes sociales están cambiando nuestra forma de construir la identidad personal? ¿Cómo afecta esto especialmente a los jóvenes? Están externalizando nuestra autoestima. Históricamente, la identidad se construía explorando hacia dentro y en interacciones reales. Hoy, muchos jóvenes construyen su autoconcepto basándose en una métrica externa (los likes y la validación constante). El riesgo más grave radica en que realizan una comparación totalmente asimétrica: miden su propia realidad en crudo frente a un escaparate digital diseñado para parecer perfecto. Por ejemplo, he visto pacientes preocupadas por no llegar a ser las madres perfectas que ven en las redes sociales (tiempo para trabajar, para cocinar sano, para limpiar la casa, para hacer actividades creativas, sin poner pantallas, sin gritos ni enfados, sin un día tristes o cansadas…); y no podemos llevar esta carga encima. Donde más estoy viendo que nos afecta, especialmente a la población joven, es en la imagen corporal, con verbalizaciones como “es que no

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Entrevista a Patricia Ramírez psicóloga, escritora, conferenciante, actriz y divulgadora

Hablar de salud mental ya no debería ser un acto de valentía, sino una parte natural del cuidado de nuestra salud. Sin embargo, todavía existen muchos mitos, tabúes y falsas creencias que dificultan que las personas pidan ayuda cuando la necesitan o aprendan a cuidar de su bienestar emocional antes de que aparezca el sufrimiento. En esta entrevista conversamos con Patri Psicóloga, psicóloga general sanitaria y divulgadora, una profesional que lleva décadas acercando la psicología a la vida cotidiana con un objetivo claro: hacer que el conocimiento científico sea accesible para cualquier persona. A lo largo de esta conversación reflexionamos sobre la importancia de la prevención, la autoexigencia, la vulnerabilidad, el impacto de las redes sociales, la felicidad, la resiliencia y los grandes desafíos emocionales de nuestro tiempo. Con un lenguaje cercano y basado en la evidencia, Patri comparte su experiencia tras años acompañando a cientos de personas en consulta y nos recuerda que la salud mental no consiste únicamente en tratar los problemas cuando aparecen, sino en aprender a construir una vida más equilibrada, consciente y coherente con nuestros valores. Porque cuidar de nuestra mente no es un lujo ni un signo de debilidad: es una inversión en bienestar, calidad de vida y salud. Te invitamos a leer esta entrevista con calma y descubrir algunas de las reflexiones que pueden ayudarte a mirar tu mundo emocional desde una perspectiva diferente. Patri, ¿qué experiencia personal o profesional te hizo comprender que la psicología debía salir de la consulta para llegar a la vida cotidiana de las personas? Desde muy temprano cuando empecé a pasar consulta, en el año 95, me di cuenta de que no se hablaba de salud mental en los medios de comunicación, y que debía dejar de ser tabú. Y empecé a divulgar en COPE Granada todas las semanas sobre psicología. La mayoría de las personas no llegaban a consulta cuando aparecía el problema, sino cuando el problema ya llevaba demasiado tiempo instalado. Pensé que, si conseguíamos acercar la psicología a la vida cotidiana, podríamos prevenir mucho sufrimiento. La psicología no debería ser solo un recurso para cuando estamos mal, sino una herramienta para vivir mejor. Esa fue la razón por la que empecé a divulgar. Y quería que se dejara de ver como un tabú, igual que n o es un tabú ir a cualquier médico. Después de tantos años escuchando historias humanas, ¿qué crees que tienen en común las personas que logran reconstruirse tras atravesar momentos muy difíciles? No son las más fuertes ni las que menos sufren. Son las que aceptan que el dolor forma parte de la vida, dejan de luchar contra lo que ya ha ocurrido y empiezan a preguntarse: «¿Qué puedo hacer ahora?» en lugar de preguntarse “¿por qué a mí?”. Mantienen cierta flexibilidad psicológica, piden ayuda cuando la necesitan y entienden que reconstruirse no significa volver a ser quienes eran, sino aprender a vivir de otra manera. Si pudieras cambiar una sola creencia que la sociedad tiene sobre la salud mental, ¿cuál sería y por qué? Que cuidar la salud mental es solo para quien tiene un trastorno psicológico. Igual que hacemos ejercicio para prevenir enfermedades cardiovasculares, deberíamos entrenar nuestras habilidades psicológicas antes de que aparezca el sufrimiento intenso. La salud mental se construye todos los días, en cómo pensamos, descansamos, nos relacionamos y afrontamos las dificultades. ¿Hay algún aprendizaje que hayas obtenido de tus propios pacientes que haya transformado tu forma de entender la vida? Muchísimos. Quizá el más importante es que todos somos mucho más parecidos y vulnerables de lo que creemos. Cambian las circunstancias, las historias y los nombres, pero el miedo, la culpa, la necesidad de ser queridos o el deseo de encontrar sentido son universales. Vivimos rodeados de estímulos, información y exigencias constantes. ¿Qué habilidades emocionales consideras imprescindibles para mantener el equilibrio psicológico en el siglo XXI? La capacidad de dirigir la atención, porque donde ponemos el foco construimos nuestra experiencia. Saber regular las emociones sin intentar eliminarlas. Aprender a poner límites. Tolerar el aburrimiento y la frustración. Y desarrollar pensamiento crítico para no dejarnos arrastrar por el ruido constante de las redes sociales o las comparaciones. Y sobre todo, tener clara nuestra escala de valores y entender que ser adulto implica muchas veces compromiso, responsabilidad y esfuerzo. La actitud no lo es todo, pero sí que es algo importantísimo. A menudo buscamos la felicidad como una meta. Desde tu experiencia, ¿qué aspectos estamos descuidando cuando perseguimos una idea idealizada de felicidad? Estamos descuidando la serenidad. Hemos confundido felicidad con euforia permanente. Una buena vida no es una vida sin tristeza, sin miedo o sin problemas. Es una vida con propósito, relaciones sanas, descanso, valores, crecimiento y capacidad para atravesar las emociones difíciles sin que nos definan. ¿Qué conversaciones sobre salud mental siguen siendo incómodas o tabúes y deberían ocupar más espacio en el debate público? Hablar del suicidio de forma responsable, de la soledad, del duelo, del impacto psicológico de cuidar a un familiar dependiente, de la salud femenina, de la salud mental de los hombres y de cómo el exceso de trabajo y la hiperproductividad están deteriorando nuestro bienestar. Son conversaciones necesarias porque afectan a millones de personas. ¿Crees que las nuevas generaciones están emocionalmente mejor preparadas que las anteriores o se enfrentan a desafíos diferentes que requieren nuevas herramientas? Creo que hablan con más naturalidad de las emociones, y eso es un avance enorme. Pero también viven expuestas a desafíos inéditos: redes sociales, comparación permanente, sobreestimulación y dificultad para regular y gestionar el aburrimiento o la espera. No necesitan ser más fuertes; necesitan herramientas diferentes para gestionar un entorno que nunca antes había existido. ¿Qué impacto tiene la autoexigencia silenciosa en nuestro bienestar y cómo podemos aprender a relacionarnos de una manera más amable con nosotros mismos? Un miramiento con la exigencia puede ser un gran aliado cuando nos impulsa a crecer, pero se convierte en un problema cuando nuestro valor depende únicamente del rendimiento. Muchas personas creen que si dejan

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Entrevista a Ángel Macías psicólogo

La salud mental ha dejado de ser un tema del que solo se habla cuando aparece el sufrimiento. Cada vez existe una mayor conciencia sobre la importancia de comprender nuestras emociones, aprender a gestionar las dificultades y pedir ayuda cuando la necesitamos. Sin embargo, siguen existiendo muchos mitos, falsas creencias y preguntas sobre el verdadero trabajo que realiza un psicólogo y sobre cómo construir un bienestar emocional sólido. En esta entrevista conversamos con Ángel Macías, psicólogo con una amplia trayectoria clínica, divulgador y conferenciante, para profundizar en algunos de los grandes desafíos psicológicos de nuestro tiempo: la autoexigencia, la ansiedad, la necesidad de aparentar bienestar, el peso de las heridas emocionales y la responsabilidad personal en los procesos de cambio. A lo largo de esta conversación, Ángel comparte no solo su experiencia profesional, sino también una visión clara, cercana y profundamente humana sobre la psicología. Una entrevista que invita a reflexionar, cuestionar creencias y comprender que cuidar la salud mental no consiste en buscar la perfección, sino en aprender a vivir con mayor conciencia, autenticidad y equilibrio. Ángel ¿cómo nació tu vocación por la psicología y en qué momento supiste que querías dedicar tu vida a acompañar emocionalmente a otras personas? Siempre he sido una persona a la que le gusta ayudar. Con el paso de los años y ya de joven adulto entendí que la vida si no es para servir a los demás de alguna forma, para mi no tiene sentido. Estudié psicología porque de las ramas de salud es la que más me gustaba y creo que era mas coherente conmigo. No me veía en el modelo médico. Después de años de experiencia profesional, ¿qué es lo más difícil de ser psicólogo y qué aspecto sigue emocionándote como el primer día? Creo que cuando te gusta algo, no ves dificultad como tal. Si es cierto que hay casos mas complejos, pero son solo retos y oportunidades de mejorar profesionalmente. Mi relación con lo “difícil” es sana con lo cual dejo de verlo incluso como una dificultad. Emocionante para mi es terminar mi día de consulta y saber que he ayudado a muchas personas, que avanzan a pesar de los problemas que surjan y los altibajos. También cuando alguno de los videos que hago en redes llega a las personas y me escriben por privado para agradecer mi labor. Es muy gratificante. ¿Qué aprendizajes personales te ha dejado escuchar durante tantos años el sufrimiento emocional de otras personas? Que quien quiere cambiar SIEMPRE puede cambiar. Es una cuestión de responsabilidad y el problema está precisamente ahí. Nos victimizamos mucho y delegamos la responsabilidad de nuestras vidas a factores externos. ¿Crees que la sociedad sigue teniendo una visión equivocada sobre lo que realmente hace un psicólogo en consulta? Está mejorando mucho y a veces incluso nos pasamos de frenada. Ahora todo el mundo quiere ir y está bien, pero no todo el mundo lo necesita. No hay que ir por ir. Por otro lado sigue habiendo muchas personas que no tienen mucha idea de lo que significa ir al psicólogo y de que realmente es útil. Falta de psicoeducación y de experiencia. En tu profesión, ¿cómo consigues encontrar equilibrio entre implicarte emocionalmente con tus pacientes y proteger también tu propia salud mental? Lo único que puede llegar a afectarme a nivel mental es el estrés por todas las cosas que llevo a la vez a nivel profesional. No solo paso consulta, sino que también doy conferencias, creo contenido y gestiono a un equipo de psicólogos. Con respeto a los pacientes se separar bien lo que pasa en consulta para que se quede ahí cada vez que me voy a casa. No me suelo quedar pensando en los casos ni me afectan los casos. Creo que soy muy consciente de que el malestar psicológico es real y de cuál es mi profesión. Para mi es como si un bombero se asustara al ver fuego (entiéndase la analogía). ¿Qué silencios emocionales observas con más frecuencia en consulta y que, sin embargo, casi nadie se atreve a reconocer en voz alta? En general y relacionado con una pregunta anterior. No queremos expresar lo que nos pasa porque es muy probable que al hacerlo se generen ciertos cambios en mi contexto que me obliguen a tener que responsabilizarme de algo. No solemos querer por no afrontar el dolor. ¿Crees que hoy en día muchas personas están más preocupadas por aparentar estabilidad emocional que por sentirse realmente bien? Definitivamente si. También hay personas que ahora expresan todo, todo el rato. No es necesario tampoco. El veneno está en la dosis. ¿Qué ocurre psicológicamente cuando alguien lleva tantos años sobreviviendo que ya no recuerda cómo era vivir con calma? No será consciente de que tenga que pedir ayuda a no ser que su entorno se lo haga ver. Una vez tome conciencia empieza el trabajo. En una sociedad obsesionada con la productividad, ¿qué consecuencias emocionales tiene sentir que descansar genera culpa? Desgaste emocional, desconexión de nuestros valores e identidad, estrés… Si no se corrige a tiempo puede llevar a enfermedades físicas o mentales graves. ¿Has tenido pacientes que descubren en terapia que no estaban viviendo la vida que deseaban, sino la que otros esperaban de ellos? Literalmente casi todos los que vienen a consulta en mayor o menor medida. No hay que alarmarse porque vivimos en base a lo aprendido y lo aprendido no me lo enseño yo mismo sino que copio a papá, mamá o cualquier otra figura referente que tenga. Una vez construido eso hay que desaprender y empezar a ser yo realmente. Pocos lo hacen del todo. ¿Qué tipo de heridas emocionales dejan las relaciones donde nunca hubo gritos, pero sí indiferencia constante? Uno de los problemas mas frecuentes en estos casos es la “compañía indiferente”. Cuando las personas están rodeadas de personas a su cargo pero que no le prestan atención se sienten igual de solas que una persona que no tiene a nadie. De hecho es un miedo a

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Entrevista a Jose Manuel Molinero Roldán psicólogo clínico

José Manuel Molinero Roldán es investigador y docente especializado en psicología, con una sólida trayectoria en el estudio de la evaluación psicológica, la personalidad y el sufrimiento humano desde una perspectiva contextual y científica. Su trabajo se centra en comprender los procesos que subyacen al malestar psicológico, promoviendo una visión que trasciende las etiquetas diagnósticas para poner el foco en la historia, el contexto y la singularidad de cada persona. En esta entrevista comparte una reflexión crítica sobre algunos de los principales retos de la salud mental en la sociedad actual, desde el impacto de las redes sociales y la inteligencia artificial hasta la importancia de construir una vida con sentido más allá de la ausencia de sufrimiento. La sociedad actual parece estar cada vez más preocupada por su bienestar emocional. Desde su experiencia como investigador y docente, ¿cree que realmente entendemos qué significa tener una buena salud mental o seguimos asociándola únicamente a la ausencia de trastornos psicológicos? Creo que seguimos teniendo una comprensión bastante limitada de lo que llamamos salud mental. De hecho, incluso el término “salud mental” no tiene demasiado sentido. Y digo esto aquí porque las “mentes”, de hecho, no pueden enfermar luego no puede haber salud o enfermedad mental. Lo que si existe es el sufrimiento humano. Con frecuencia la definimos por oposición: no tener ansiedad, no estar deprimido, no sufrir, no tener síntomas. Pero una vida psicológicamente saludable no es una vida sin malestar. Eso sería una ficción. Lo que se denomina “salud mental” tiene más que ver con la capacidad de vivir de manera flexible, significativa y vinculada a lo que importa, incluso en presencia de dolor, incertidumbre o contradicciones. No se trata de eliminar toda emoción desagradable, sino de poder relacionarnos de otra manera con lo que sentimos, pensamos y recordamos.  Quizá uno de los problemas de nuestra época sea haber convertido el bienestar emocional en una especie de obligación. Parece que sentirse mal se ha vuelto sospechoso y que cualquier experiencia dolorosa requiere una explicación psicológica o una intervención inmediata. Desde mi punto de vista, una buena salud psicológica tiene más que ver con la flexibilidad para vivir, amar, trabajar y comprometerse con lo que importa, incluso cuando el dolor está presente, que con la ausencia absoluta de sufrimiento. En los últimos años hemos visto un aumento notable de personas que buscan respuestas sobre sí mismas a través de etiquetas diagnósticas. ¿Qué riesgos y beneficios encuentra en esta tendencia a identificar experiencias personales complejas mediante categorías psicológicas? Las etiquetas diagnósticas pueden tener cierta utilidad. A veces ayudan a ordenar la experiencia, a pedir ayuda, a acceder a recursos o a que una persona deje de sentirse culpable por lo que le ocurre. En ese sentido, pueden ofrecer un alivio inicial y favorecer una mayor comprensión de algunas dificultades. El problema aparece cuando la etiqueta deja de ser una descripción provisional y se convierte en una identidad. Cuando alguien pasa de “me ocurre esto en determinadas circunstancias” a “soy esto”. Ahí corremos el riesgo de empobrecer la comprensión de la persona. Una categoría diagnóstica puede nombrar una forma de sufrimiento, pero no explica por sí misma la historia que la ha hecho posible ni las condiciones que la mantienen. Existe además, un problema menos evidente, pero importante: el riesgo de caer en explicaciones tautológicas. Es decir, acabar utilizando la propia categoría diagnóstica como si fuera la causa de aquello que pretendemos explicar. Por ejemplo, decir que una persona evita determinadas situaciones porque “tiene ansiedad”, o que es muy impulsiva porque “tiene TDAH”, puede dar una sensación de explicación, cuando en realidad estamos describiendo el problema con otras palabras. Es una especie de razonamiento circular: la conducta se utiliza para construir la categoría y, después, la categoría se emplea para explicar la conducta. Esto puede dar una falsa sensación de comprensión y hacer que dejemos de preguntarnos por la historia de aprendizaje, las relaciones, las circunstancias y las funciones que esas conductas cumplen en la vida de esa persona. También, existe el riesgo de la estigmatización. A veces el diagnóstico no solo cambia la forma en que otros miran a la persona, sino también la forma en que la persona acaba mirándose a sí misma. Puede favorecer expectativas de limitación, sentimientos de diferencia o una especie de identidad cerrada en torno al problema. Paradójicamente, algo que inicialmente pretendía ayudar puede terminar estrechando las posibilidades de cambio y reforzando una visión excesivamente fija de uno mismo. También existe el riesgo de releer retrospectivamente toda la biografía a través de esa categoría. Una vez recibida la etiqueta, algunas personas comienzan a reinterpretar gran parte de su historia desde ella, como si hubiera estado presente explicándolo todo desde siempre. Este fenómeno, conocido como “timetización”, puede aportar una sensación de coherencia, pero también simplificar en exceso la complejidad de una vida y oscurecer otros factores relevantes relacionados con la historia de aprendizaje, las relaciones y el contexto. El sufrimiento humano suele tener una trama: relaciones, aprendizajes, contextos, reglas familiares, exigencias sociales y formas de protegerse que en algún momento tuvieron sentido. Si reducimos todo eso a una etiqueta, podemos ganar rapidez, pero perder profundidad. El diagnóstico puede ser un mapa útil, pero nunca debería convertirse en la totalidad del territorio ni en una definición de la persona. Muchas personas afirman sentirse agotadas emocionalmente sin que exista una causa concreta o un acontecimiento traumático detrás. ¿Qué factores psicológicos y sociales podrían explicar este fenómeno tan frecuente en la actualidad? No todo sufrimiento procede de un gran trauma visible. Muchas veces el desgaste se va construyendo por acumulación: pequeñas renuncias, exigencias continuas, hiperconectividad, precariedad, comparación social, falta de descanso real, relaciones poco nutritivas o vidas organizadas más alrededor del rendimiento que del sentido. Vivimos en una cultura que pide disponibilidad permanente. Hay que responder, producir, mejorar, mostrarse, cuidarse, optimizarse. Incluso el bienestar se ha convertido a veces en una obligación más. Y eso genera una forma de cansancio que no siempre tiene una causa única, sino muchas condiciones

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Entrevista a Maria Garau experta en neuropsicología

En esta entrevista conversamos con María, especialista en neuropsicología infantil, sobre los retos a los que se enfrentan muchos niños y adolescentes cuando sus necesidades no son comprendidas a tiempo. Hablamos de diversidad neurocognitiva, salud mental, autoestima, resiliencia, fracaso escolar y del papel decisivo que desempeñan familias y docentes en la construcción de la identidad infantil. María ¿qué historias silenciosas cree que se esconden detrás de los niños que “no encajan” en el aula pero nunca llegan a ser evaluados clínicamente?  Muchas veces hay historias de esfuerzo invisible. Niñxs que pasan horas intentando compensar dificultades que nadie está viendo. Niñxs que no dan problemas de conducta y, precisamente por eso, pasan desapercibidxs. Detrás del “no se esfuerza”, “eres una despistadx” o “es peculiar” puede haber TDAH, dislexia, TEA, ansiedad, trauma… También veo mucho sufrimiento silencioso asociado a la comparación constante. Hay niñxs que aprenden muy pronto que mostrar dificultad implica decepcionar, así que empiezan a esconderla. Y cuando un niño tiene que dedicar tanta energía a aparentar que puede, queda muy poco espacio para aprender o disfrutar. Si pudiera rediseñar desde cero el sistema educativo pensando en la diversidad neurocognitiva, ¿qué tres cambios estructurales serían imprescindibles? Primero, formación real en neurodesarrollo para docentes. Seguimos interpretando muchas conductas desde la voluntariedad (“quiere/no quiere”) en lugar de desde la comprensión de la neurobiología. Segundo, flexibilizar la forma de enseñar y evaluar. El sistema sigue premiando sobre todo rapidez, memoria inmediata, atención sostenida prolongada y capacidad de adaptación a formatos rígidos. Pero aprender no es eso únicamente. Y tercero, incorporar salud mental y regulación emocional como parte estructural de la educación, no como algo accesorio. El cerebro aprende peor en alerta constante. No podemos separar aprendizaje de sistema nervioso. ¿Qué le ha enseñado su práctica clínica sobre la relación entre el lenguaje interno de un niño y su capacidad para regular emociones? Que el lenguaje interno acaba convirtiéndose en la forma en la que el cerebro interpreta la experiencia. Muchxs niñxs no solo tienen dificultades académicas; tienen un diálogo interno profundamente hostil construido a base de repetición: “soy tontx”, “siempre lo hago mal”, “todo me cuesta”. Y eso tiene impacto regulatorio. La regulación emocional no depende solo de “calmarse”, sino también de cómo interpretas lo que te ocurre. Un niño que vive el error como amenaza a su valía entra antes en activación fisiológica y tiene más dificultades para recuperar su estado basal. ¿Hasta qué punto cree que estamos patologizando conductas infantiles que en realidad son respuestas adaptativas a entornos poco flexibles?Creo que a veces confundimos adaptación con patología. Hay niñxs inquietxs en contextos extremadamente sedentarios. Niñxs distraídxs en entornos sobreestimulantes. Niñxs irritables sosteniendo niveles de exigencia muy altos o vínculos inseguros. Es fundamental contextualizar el síntoma. Observar ese patrón conductual, emocional y cognitivo en el contexto de origen. Si un niñx se cría en un entorno en el que no hay límites desafiará la norma, pero no como síntoma del propio TDAH sino a consecuencia del contexto en el que se encuentra. No tener en cuenta el contexto, puede llevar al sobre diagnóstico. ¿Qué papel juega la mirada del adulto (familia o docente) en la evolución de un niño con dificultades, más allá del propio diagnóstico? Es enorme. La mirada del adulto muchas veces acaba convirtiéndose en identidad. Un niñx que crece con etiquetas como “problemático”, “vago” o “difícil” organiza su autoconcepto alrededor de eso. Nuestro autoconcepto determina el cómo me relaciono con el mundo: con mis compañeros, con mi trabajo cuando sea adultx, con mi pareja… La diferencia entre un entorno que interpreta la conducta como desafío y otro que la interpreta como señal de necesidad cambia esas etiquetas y por tanto la vivencia del propio niñx. ¿Cómo influye el contexto cultural y social en la forma en que se manifiestan y se interpretan los trastornos del neurodesarrollo? Mucho. El contexto define qué conductas son toleradas y cuáles generan alarma. Por ejemplo, en niñas con TDAH o TEA seguimos viendo mucho infradiagnóstico porque socialmente se refuerzan más las conductas de complacencia y compensación. También influye el acceso a recursos, el nivel de información de las familias y el estigma. Hay entornos donde pedir ayuda psicológica sigue viviéndose como fracaso o donde las dificultades se interpretan exclusivamente desde la disciplina. En su experiencia, ¿qué diferencias encuentra entre los niños que reciben un acompañamiento emocional adecuado desde el inicio y los que solo reciben intervención académica? La diferencia principal suele estar en la autoestima y en la relación con el aprendizaje. Cuando solo abordamos el rendimiento, pero no el impacto emocional de sentirse diferente o quedarse atrás, el riesgo es que el niño aprenda estrategias académicas mientras sigue sintiéndose incapaz, muchas veces impidiendo que se acaben de automatizar realmente las pautas académicas. Los niñxs que reciben validación emocional suelen desarrollar más sensación de competencia, menos indefensión y más capacidad para pedir ayuda sin vivirlo como fracaso. El como tu te percibes (autoconcepto) va a determinar como te enfrentas al mundo. Si se trabaja la esfera emocional, el sistema de creencias (soy capaz o soy suficiente) y el autoconcepto será muy diferente el cómo el niño o la niña se enfrente a la esfera académica. ¿Qué impacto tiene en el cerebro en desarrollo crecer sintiéndose constantemente comparado con otros? La comparación mantenida activa sistemas relacionados con amenaza y evaluación social. Y cuando un niño o una niña crece sintiendo que nunca llega al nivel esperado, aumenta el riesgo de ansiedad, evitación, perfeccionismo o desconexión emocional del aprendizaje. Además, el cerebro infantil está construyendo identidad. La repetición constante de experiencias de “quedar por debajo” acaba consolidando creencias muy profundas sobre el propio valor. ¿Cómo se construye la resiliencia en niños que han vivido fracaso escolar repetido? No se construye diciéndoles que “pueden con todo”. Se construye generando experiencias reales de competencia y seguridad. Un niño o una niña recupera resiliencia cuando deja de vivir cada error como confirmación de incapacidad. Necesita adultos que entiendan su funcionamiento, ajusten expectativas y le permitan experimentar pequeños éxitos

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Entrevista a Rafa Alonso especialista en burnout y bienestar laboral

Vivimos en una época que glorifica estar ocupados, convertir la productividad en una medida de valor personal y asumir que el cansancio es simplemente el precio del éxito. Sin embargo, existe una línea casi invisible entre el esfuerzo saludable y el desgaste emocional profundo. El problema es que muchas veces no se cruza de golpe: se entra poco a poco, normalizando el agotamiento hasta que descansar deja de ser suficiente. En esta entrevista hablamos con Rafa sobre el burnout desde un lugar especialmente valioso: la experiencia vivida y el conocimiento profesional. A través de su propio recorrido, reflexiona sobre cómo la autoexigencia, la identificación con el trabajo y la dificultad para poner límites pueden llevarnos a desconectarnos de nosotros mismos sin apenas darnos cuenta. Una conversación para entender mejor las señales tempranas del agotamiento, cuestionar ciertas ideas instaladas sobre el éxito y recordar que trabajar no debería significar dejar de vivir. Rafa ¿cómo describirías ese momento silencioso en el que una persona pasa de estar simplemente cansada a empezar a desconectarse emocionalmente de su trabajo sin darse cuenta? La característica principal es que no te das cuenta, vas entrando poco a poco en una espiral muy complicada de gestionar, donde lo normal es que todos los días se parezcan entre si y esperes al fin de semana para descansar. En el momento en que ese descanso no es suficiente y empiezas la semana con la energía baja es cuando seguramente estés entrando en fase de agotamiento profundo. Has vivido el burnout en primera persona, ¿qué creencias personales tuviste que desmontar para empezar a recuperarte realmente? Sobre todo que yo tenía que estar en todo para demostrar mi trabajo. Una de las características de las personas que sufren burnout es que el trabajo es su identidad. Yo tenía que ser el que tuviera la solución para todo porque se supone que esa era mi misión. Como persona hiper responsable tuve que derribar el falso mito de que trabajar más equivale a ser mejor profesional. En tu experiencia, ¿qué papel juega la autoexigencia en el desarrollo del burnout y por qué muchas veces está socialmente bien vista? Todo parte de la creencia de que descansar no es productivo, de que siempre hay que estar haciendo algo para crecer. De un tiempo a aquí se ha puesto de «moda», sobre todo en redes sociales, que el tiempo es efímero y no puedes perder ni un segundo, y aunque el tiempo pasa y no vuelve, descansar y tomar pausas debe tener el mismo papel en tu vida si no quieres acabar agotado. ¿Qué señales tempranas suele ignorar la gente porque las ha normalizado dentro de la cultura laboral actual? Hemos normalizado tener tiempo limitado para lo que de verdad nos llena en la vida, como si disfrutar de actividades que nos nutren fuera en contra de nuestra naturaleza. No hemos nacido para estar 8 horas -o más- trabajando sino para desarrollarnos y vivir nuestra vida. El trabajo es una herramienta para ganar dinero, no es el fin último de nuestra existencia. Si sientes que tu vida gira en torno a tu trabajo, probablemente has perdido la noción de tu propósito principal, que no es más que vivir. ¿Cómo influye la identidad profesional en el hecho de que a muchas personas les cueste reconocer que están quemadas? Hay mucha presión social implícita en este tema. Solo hace falta entrar a Linkedin para comprobar cómo todo el mundo tiene interiorizado el discurso de que el trabajo es su identidad. Yo, por ejemplo, ya no digo que «soy psicólogo», sino que «me dedico a la psicología». Mi trabajo no me define aunque sea parte de mi, porque soy más cosas: marido, hermano, hijo, fan de los videojuegos, aficionado del Real Madrid…. Reducir mi existencia a mi trabajo es un error que ya no cometo. ¿Crees que hay perfiles más vulnerables al burnout o puede afectar a cualquier persona independientemente de su fortaleza mental? Si, está demostrado que hay rasgos de personalidad que tienden más a quemarse que otros. Por ejemplo, personas con miedo al conflicto, complacientes o con altos grados de implicación, suelen ser las que menos límites ponen en su trabajo, lo que puede llevarles al burnout de una forma mucho más rápida. ¿Qué errores comete la gente cuando intenta “solucionar” su burnout por su cuenta sin ayuda profesional? Hay dos errores principales. El primero es pensar que por cambiar de trabajo el burnout se va a curar. Es evidente que las condiciones de tu trabajo afectan, pero no es menos importante tu relación con él, y esto no cambia al irte a otra empresa. El segundo error es pensar que descansar o estar de baja es suficiente. La realidad es que es necesario un alto trabajo de autoconocimiento para entender qué patrones te llevan a actuar de determinadas maneras en según qué condiciones. En un entorno laboral que premia la productividad constante, ¿cómo puede alguien empezar a poner límites sin sentir culpa? No es fácil hacerlo porque poner límites suele tener consecuencias. Es importante saber cómo, cuándo y de qué manera poner límites. Esto es algo que ayudo a hacer a las personas a las que acompaño. Poner límites no es decir que no, eso es parte pero no el todo. Hay que entender las dinámicas laborales y utilizar una comunicación adecuada para que de verdad se respeten. ¿Qué impacto tiene el burnout en la vida personal y en las relaciones, más allá del ámbito laboral? Depende del grado de burnout. En casos leves lo más normal es que la persona abandone por completo sus hobbys y esté más irritable, pero en casos más graves podemos hablar de aislamiento social, pérdida total de placer por aquello que antes sí disfrutaba (anhedonia) e incluso depresión. ¿Cómo se puede diferenciar entre una mala racha puntual en el trabajo y un proceso real de desgaste profundo? El estrés puntual suele tener un límite temporal, es decir, tú sabes que va a haber un momento que el ritmo va

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