Empatía

¿Ser demasiado buena persona puede hacerte daño?

Ser una persona amable, generosa y empática suele considerarse una virtud. De hecho, ayudar a los demás, escuchar y mostrarse comprensivo son cualidades muy valoradas socialmente. Sin embargo, cuando la bondad se vuelve excesiva y constante, puede convertirse en una fuente de malestar emocional. Muchas personas viven intentando agradar a todo el mundo, evitar conflictos y anteponer siempre las necesidades de los demás a las propias. Aunque a primera vista parezca una actitud positiva, a largo plazo puede generar agotamiento, frustración e incluso problemas de autoestima. ¿Qué significa tener un exceso de bondad? El exceso de bondad no significa ser buena persona, sino llevar la amabilidad hasta el punto de olvidarse de uno mismo. Las personas que viven de esta manera suelen sentir una necesidad constante de ayudar, ceder o complacer, incluso cuando hacerlo les perjudica. No se trata simplemente de generosidad, sino de una tendencia a sacrificar los propios límites emocionales, tiempo o bienestar para satisfacer a los demás. Señales de que tu bondad puede estar siendo excesiva Algunas conductas pueden indicar que la amabilidad está empezando a convertirse en un problema: Dificultad para decir “no”, incluso cuando algo incomoda o perjudica. Sentirse culpable al priorizar las propias necesidades. Aceptar responsabilidades o favores que no se desean hacer. Evitar conflictos a cualquier precio. Pensar constantemente en lo que otros esperan o necesitan. Sentirse utilizado o poco valorado por los demás. Estas personas suelen ser muy apreciadas por su entorno, pero muchas veces su bienestar emocional queda en segundo plano. ¿Por qué ocurre? Existen diferentes razones psicológicas que pueden explicar este comportamiento: Miedo al rechazoAlgunas personas creen que si no ayudan o complacen a los demás dejarán de ser queridas o aceptadas. Necesidad de aprobaciónLa autoestima puede depender en exceso de la valoración externa. Educación basada en el sacrificioEn algunos contextos se ha transmitido la idea de que ser bueno implica renunciar siempre a uno mismo. Dificultad para poner límitesNo saber expresar necesidades o desacuerdos puede llevar a aceptar situaciones que generan malestar. Las consecuencias del exceso de bondad Cuando esta forma de actuar se mantiene en el tiempo, puede tener un impacto importante en la salud mental: Cansancio emocional. Sensación de injusticia o resentimiento. Baja autoestima. Relaciones desequilibradas. Sensación de que los demás se aprovechan. Paradójicamente, cuanto más se intenta agradar a todos, más difícil puede resultar sentirse valorado de verdad. Aprender a ser bueno… sin olvidarse de uno mismo Ser una persona empática y generosa es algo positivo. El problema aparece cuando se hace a costa del propio bienestar. Algunas claves para encontrar un equilibrio son: Aprender a decir no cuando algo supera nuestros límites. Reconocer nuestras propias necesidades y darles importancia. Entender que poner límites no es egoísmo, sino autocuidado. Aceptar que no podemos satisfacer a todo el mundo. La verdadera bondad no consiste en sacrificarse constantemente, sino en equilibrar el cuidado hacia los demás con el respeto hacia uno mismo. Un equilibrio necesario Cuidar a los demás es una cualidad valiosa, pero también lo es cuidarse a uno mismo. Cuando la amabilidad nace desde el equilibrio y no desde la obligación o el miedo, las relaciones se vuelven más sanas y auténticas. Aprender a poner límites no nos convierte en peores personas; al contrario, nos permite ofrecer ayuda de una forma más libre, consciente y saludable.

¿Ser demasiado buena persona puede hacerte daño? Leer más »

¿Qué hay detrás de un “Déjame en paz”?

La frase “déjame en paz” puede parecer simple, incluso brusca, pero detrás de estas palabras suele existir un mundo emocional complejo. Entender lo que hay detrás puede ayudarnos a responder con respeto y empatía, y a cuidar nuestra salud mental y la de los demás. 1. La importancia de los límites personales Decir “déjame en paz” muchas veces no es un rechazo hacia los demás, sino un llamado a cuidar los propios límites. En la vida cotidiana, es común sentirse sobrecargado por el trabajo, las relaciones personales, las responsabilidades familiares o incluso las exigencias sociales. En estos momentos, la frase funciona como un mensaje de autoprotección, indicando que la persona necesita un espacio seguro para procesar emociones y reconectar consigo misma. Respetar los límites de los demás no solo es un acto de empatía, sino que también favorece relaciones más saludables. Ignorar o presionar puede generar conflictos, resentimiento o ansiedad en ambos lados. 2. Señal de agotamiento emocional El cansancio emocional se acumula cuando sentimos que nuestras fuerzas se agotan y necesitamos desconectar. El aislamiento temporal no significa que la persona esté evitando a otros por desprecio, sino que está buscando recargar su energía emocional. Escuchar y respetar estos momentos es crucial, ya que permitir que alguien se tome un respiro puede prevenir consecuencias más graves, como estrés crónico, ansiedad o depresión. 3. Expresión de frustración o enojo A veces, la frase surge en medio de un conflicto como una forma de expresar frustración o enojo. Puede ser una reacción inmediata ante tensiones familiares, discusiones de pareja o situaciones laborales estresantes. Entender esto nos ayuda a no tomarlo como un ataque personal. Responder con calma y ofrecer un espacio seguro para la conversación futura es más efectivo que insistir en resolver el conflicto de inmediato. 4. Dolor interno no expresado En ocasiones, “déjame en paz” es un síntoma de dolor emocional profundo. Experiencias traumáticas, pérdidas recientes, depresión o ansiedad pueden llevar a la persona a aislarse temporalmente. Aunque parezca distante, el deseo de estar solo puede ser una estrategia de supervivencia emocional: necesitan tiempo y espacio para procesar lo que sienten. Reconocer este tipo de señales y ofrecer acompañamiento discreto puede marcar la diferencia. La empatía, más que la presión, ayuda a que la persona se sienta comprendida y apoyada. 5. Cómo responder de manera saludable Cuando alguien dice “déjame en paz”, la mejor respuesta es respetar su espacio. Al mismo tiempo, se puede mantener la comunicación abierta de manera sutil: “Entiendo, estoy aquí si quieres hablar” “Tómate tu tiempo, puedo esperar” “Respeto tu espacio, avísame si quieres compañía” Estas frases muestran que respetamos sus límites sin desaparecer, y transmiten que hay apoyo disponible sin generar presión adicional. 6. Consejos prácticos para amigos y familiares No presionar ni juzgar: el espacio que la persona necesita es vital para su bienestar. Observar cambios de comportamiento: un aislamiento prolongado o un cambio drástico en el ánimo puede indicar que la persona necesita ayuda profesional. Ofrecer apoyo con paciencia: pequeños gestos de cercanía, como un mensaje corto o un detalle que muestre que estás presente, pueden ser valiosos. Cuidar tu propio bienestar: acompañar a alguien que atraviesa un momento difícil puede ser emocionalmente demandante. Mantener tu equilibrio es fundamental para poder brindar apoyo genuino. 7. Reflexión final Decir “déjame en paz” no siempre es un rechazo: es un mensaje sobre necesidades emocionales, límites y bienestar personal. Escuchar sin juzgar, respetar y ofrecer acompañamiento puede marcar la diferencia entre aumentar la tensión o promover un entorno seguro y comprensivo. Cuidar nuestra salud mental y la de los demás requiere atención a estas señales, incluso cuando se expresan con palabras simples pero cargadas de significado. La empatía, el respeto y la paciencia son herramientas esenciales para mantener relaciones sanas y apoyar a quienes atraviesan momentos difíciles.

¿Qué hay detrás de un “Déjame en paz”? Leer más »

¿Sabías que no todos los cerebros funcionan igual?

En los últimos años, el término neurodivergencia ha comenzado a aparecer con mayor frecuencia en conversaciones sobre salud mental, educación y diversidad. Aunque para muchas personas todavía es un concepto relativamente nuevo, su significado resulta fundamental para entender que no todos los cerebros funcionan de la misma manera, y que esa diferencia forma parte natural de la diversidad humana. Hablar de neurodivergencia implica reconocer que existen distintas formas de procesar la información, aprender, comunicarse o percibir el mundo. Algunas de estas diferencias han sido tradicionalmente clasificadas dentro de diagnósticos psicológicos o neurológicos, pero hoy también se interpretan desde una perspectiva más amplia que busca comprender y valorar esa diversidad cognitiva. ¿Qué significa ser neurodivergente? El término neurodivergente se utiliza para describir a personas cuyo funcionamiento cerebral se diferencia de lo que la sociedad ha considerado históricamente como “neurotípico”. Esto no significa necesariamente que exista una enfermedad, sino que el cerebro procesa la información de una manera distinta. Dentro de la neurodivergencia se suelen incluir condiciones como: Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) Trastorno del espectro autista (TEA) Dislexia y otras dificultades específicas del aprendizaje Dispraxia Síndrome de Tourette Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) Algunas formas de altas capacidades intelectuales Cada una de estas condiciones presenta características propias, pero todas comparten un elemento común: una forma diferente de percibir, interpretar y responder al entorno. El origen del concepto de neurodiversidad El término neurodiversidad comenzó a popularizarse a finales de los años noventa dentro de movimientos de defensa de los derechos de las personas autistas. Su planteamiento central es que las diferencias neurológicas forman parte natural de la diversidad humana, del mismo modo que existen diferencias culturales, lingüísticas o de personalidad. Desde esta perspectiva, el objetivo no es “normalizar” o “corregir” a las personas neurodivergentes, sino promover entornos sociales, educativos y laborales más inclusivos, capaces de adaptarse a distintas maneras de aprender, comunicarse y trabajar. Esta visión no niega que algunas personas puedan necesitar apoyos o intervenciones específicas, pero propone un enfoque que combine comprensión, respeto y reconocimiento de las fortalezas individuales. Fortalezas y desafíos de la neurodivergencia Las personas neurodivergentes pueden enfrentarse a determinados retos en contextos diseñados para un funcionamiento cognitivo estándar. Por ejemplo, pueden aparecer dificultades relacionadas con la atención sostenida, la organización, la regulación emocional, la interacción social o ciertos procesos de aprendizaje. Sin embargo, también es importante destacar que muchas personas neurodivergentes desarrollan habilidades especialmente valiosas. Entre ellas pueden encontrarse: Gran capacidad de concentración en temas de interés Pensamiento creativo o innovador Alta sensibilidad y empatía Gran memoria para datos o detalles específicos Habilidades analíticas o lógicas destacadas Formas originales de resolver problemas Estas características demuestran que la neurodivergencia no debe entenderse únicamente desde el déficit, sino también desde el potencial y la diversidad de talentos que aporta. La importancia de la inclusión Uno de los principales retos actuales consiste en construir entornos más inclusivos. Durante mucho tiempo, los sistemas educativos, laborales y sociales han estado diseñados para un único estilo de funcionamiento cognitivo. Esto ha provocado que muchas personas neurodivergentes experimenten frustración, incomprensión o dificultades para desarrollar plenamente sus capacidades. Promover la inclusión implica introducir cambios como: Métodos educativos más flexibles Adaptaciones en los espacios de trabajo Mayor comprensión de las diferencias en comunicación o interacción social Reducción del estigma asociado a las condiciones neurológicas Cuando se generan entornos más adaptables y comprensivos, no solo se benefician las personas neurodivergentes, sino toda la sociedad, ya que se fomenta una mayor creatividad, diversidad de pensamiento y riqueza en la resolución de problemas. Neurodivergencia y salud mental Es importante señalar que las personas neurodivergentes pueden ser más vulnerables a experimentar problemas de salud mental, especialmente cuando viven en contextos donde sus diferencias no son comprendidas o aceptadas. La ansiedad, la baja autoestima o el aislamiento social pueden aparecer cuando una persona siente que constantemente debe adaptarse a un entorno que no reconoce su forma natural de funcionar. Por ello, el acompañamiento psicológico, la psicoeducación y el apoyo social resultan herramientas clave para favorecer el bienestar emocional. Comprender la neurodivergencia también ayuda a las familias, educadores y profesionales de la salud a ofrecer respuestas más empáticas y adecuadas a las necesidades individuales. Hacia una mirada más amplia de la mente humana Reconocer la neurodivergencia supone dar un paso hacia una sociedad más abierta a las diferencias. En lugar de buscar una única forma “correcta” de pensar, aprender o relacionarse, esta perspectiva invita a valorar la diversidad de los cerebros humanos. Cada persona percibe el mundo desde su propia manera de procesar la información, y esa variedad enriquece nuestras comunidades, nuestras culturas y nuestras formas de conocimiento. Comprender y respetar la neurodivergencia no significa ignorar las dificultades que algunas personas puedan experimentar, sino reconocer que la diversidad cognitiva es parte esencial de la condición humana. Promover entornos comprensivos, inclusivos y respetuosos permitirá que cada individuo pueda desarrollarse plenamente y aportar su perspectiva única al mundo.

¿Sabías que no todos los cerebros funcionan igual? Leer más »

¿Te sientes agotado por las emociones de los demás?

En los últimos años, el término empatía ha ganado un papel central en la conversación sobre salud mental. Sin embargo, existe otro concepto igual de valioso —aunque menos conocido— que nos ayuda a relacionarnos de forma equilibrada y saludable: la ecpatía. Comprenderla y practicarla puede protegernos del agotamiento emocional, mejorar nuestros vínculos y fomentar una convivencia más sana. ¿Qué es la ecpatía? La ecpatía es la capacidad de poner un límite a la influencia emocional del otro, regulando la entrada de emociones ajenas para evitar que nos sobrepasen. Es, en otras palabras, la habilidad de mantener una distancia emocional sana sin dejar de ser respetuosa y humana. Mientras que la empatía nos permite comprender y conectar con la emoción del otro, la ecpatía nos ayuda a no absorberla. Ambas habilidades conviven y se complementan para crear relaciones equilibradas. Empatía y ecpatía: dos caras de una misma moneda Aunque a primera vista puedan parecer opuestas, no lo son. La empatía sin ecpatía puede llevar al agotamiento emocional, a la sobreimplicación e incluso al llamado estrés empático. Por el contrario, la ecpatía sin empatía podría generar frialdad o desconexión. Lo saludable se encuentra en el punto medio: Empatía: me acerco a tus emociones, las comprendo. Ecpatía: mantengo mi propio espacio emocional, sin perderme en las tuyas. Este equilibrio es especialmente importante para personas que trabajan en profesiones de ayuda, como psicólogos, docentes, sanitarios o cuidadores. ¿Por qué es importante la ecpatía? Practicar ecpatía aporta beneficios tanto para quien la ejerce como para sus relaciones: Protege del desgaste emocional Actúa como un filtro afectivo que evita que el dolor o el malestar del otro nos invadan completamente. Fomenta límites saludables Ayuda a decir “hasta aquí puedo acompañarte”, sin dejar de ser comprensivos ni disponibles. Reduce la impulsividad Permite tomar decisiones más racionales al no dejarnos arrastrar por la emoción ajena. Favorece relaciones más equilibradas Ni una sobreimplicación que ahoga, ni una distancia fría: un punto medio que permite ayudar sin perderse. Aumenta el bienestar psicológico Al regular mejor las demandas emocionales externas, disminuye el estrés y mejora nuestra estabilidad interna. ¿Cómo se entrena la ecpatía? La buena noticia es que la ecpatía se puede aprender y fortalecer con pequeñas prácticas cotidianas: ✔ 1. Reconocer la emoción que llega del otro Poner nombre a lo que sentimos nos ayuda a identificar qué es nuestro y qué no. ✔ 2. Recordar que no somos responsables de la emoción ajena Acompañar no significa cargar con el peso emocional de la otra persona. ✔ 3. Practicar la respiración consciente Nos permite tomar distancia y regular la activación emocional. ✔ 4. Establecer límites claros Un “ahora no puedo continuar esta conversación, pero podemos retomarla más tarde” es un acto de autocuidado. ✔ 5. Entrenar el autocontrol emocional Observar sin reaccionar impulsivamente ayuda a mantener la calma ante situaciones intensas. ✔ 6. Realizar pausas emocionales Tomar distancia unos minutos —física o mentalmente— puede prevenir la saturación. ¿Cuándo es especialmente útil la ecpatía? La ecpatía resulta clave en situaciones como: atender a personas en crisis emocional acompañar a un familiar que sufre gestionar conflictos de pareja o laborales trabajar en entornos de alta carga emocional convivir con personas altamente sensibles o demandantes En todos estos casos, esta habilidad permite ofrecer apoyo sin descuidar el propio bienestar. Ecpatía: una herramienta para relaciones más sanas Cultivar la ecpatía no significa ser menos empáticos, sino aprender a regular mejor cómo nos afecta lo que sienten los demás. Es una forma de cuidado personal y, al mismo tiempo, una manera más equilibrada de estar presentes en la vida de quienes nos rodean. En un mundo donde las emociones circulan con rapidez e intensidad —también a través de redes sociales—, esta capacidad se convierte en una herramienta imprescindible para proteger nuestra salud mental y construir vínculos más sólidos y respetuosos.  

¿Te sientes agotado por las emociones de los demás? Leer más »

¿Sabes cuáles son las 7 palabras que pueden ayudar a alguien con depresión?

La depresión es un trastorno mental que afecta a millones de personas en todo el mundo. Es una condición compleja y debilitante que puede aislar a quienes la padecen, dificultando incluso las interacciones más cotidianas. Sin embargo, dentro de este desafío, las palabras de aliento tienen el poder de marcar una diferencia significativa en la vida de alguien que lucha contra la depresión. Si bien no existe una fórmula mágica para sanar, el apoyo emocional puede ser un catalizador para la recuperación. El Poder de las Palabras: Un Respaldo Vital A menudo, aquellos que sufren de depresión se sienten incomprendidos o aislados. Las palabras de aliento pueden proporcionar una sensación de conexión y comprensión que resulta fundamental en el proceso de sanación. Expresiones como «estoy aquí para ti» o «no estás solo/a» pueden ayudar a que la persona se sienta respaldada y no rechazada por su entorno. A veces, un simple «te entiendo» puede ser más efectivo que cualquier consejo, ya que valida las emociones y experiencias de quien está pasando por la depresión. Frases que Ofrecen Esperanza Una de las emociones más prevalentes en la depresión es la desesperanza. Las personas que atraviesan este trastorno pueden sentir que no hay salida, que nunca mejorarán. Sin embargo, las palabras que transmiten esperanza y posibilidad de cambio pueden hacer una gran diferencia. Frases como «esto es temporal, y las cosas pueden mejorar» o «recuerda que los días malos no duran para siempre» pueden ofrecer un respiro y alentar a la persona a seguir adelante. Escuchar Sin Juzgar: El Valor del Silencio y el Apoyo Activo A veces, lo más poderoso no es decir algo, sino estar allí para escuchar. Las personas con depresión a menudo necesitan alguien que esté dispuesto a escuchar sin ofrecer juicios, consejos o soluciones rápidas. La frase «te escucho» puede ser profundamente sanadora, pues permite que la persona sienta que su dolor es validado. Estar presente en los momentos de vulnerabilidad crea un espacio seguro, lo que puede motivar a la persona a abrirse más. Fomentar la Autocompasión La autocrítica es común en quienes sufren de depresión, y a menudo esta tendencia puede empeorar el malestar emocional. Ayudar a alguien a practicar la autocompasión es fundamental. Frases como «eres más fuerte de lo que crees» o «mereces cuidado y amor, especialmente de ti mismo/a» pueden contribuir a mejorar la autoestima y a reducir la autocrítica destructiva. Las Palabras que Promueven la Acción: Apoyo y Motivación A veces, la depresión puede hacer que las personas se sientan incapaces de realizar incluso las tareas más simples. En este contexto, las palabras que fomentan la acción pueden ser útiles. Frases como «un paso a la vez» o «lo que hoy logres, por pequeño que sea, es un avance» son formas de recordarles que el progreso, aunque pequeño, es importante. Ayudar a alguien a enfocarse en lo que puede controlar y en lo que puede hacer en el momento presente puede ser una forma de combatir la parálisis emocional que a menudo acompaña a la depresión. Evitar las Frases Minimizantes Es importante tener en cuenta que no todas las palabras son útiles cuando se trata de alguien con depresión. Algunas frases, aunque bien intencionadas, pueden resultar minimizantes, como «solo tienes que pensar positivo» o «muchos tienen problemas peores que los tuyos». Estas expresiones pueden hacer que la persona se sienta incomprendida o incluso culpable por su sufrimiento. En lugar de minimizar su dolor, es crucial ofrecer empatía genuina y comprensión. El Poder del «Te Quiero» A veces, no es necesario decir nada complicado. Simplemente decir «te quiero» o «te aprecio» puede ser suficiente para hacer sentir a alguien apoyado y valorado. El amor incondicional y el reconocimiento genuino son señales de que la persona es importante, lo que puede contribuir a reducir la sensación de vacío y desesperanza que suele acompañar a la depresión. Conclusión: La Fuerza de las Palabras y la Empatía Las palabras tienen un impacto profundo, especialmente cuando se eligen con cuidado y empatía. Aunque la depresión es una condición compleja que requiere tratamiento profesional, el apoyo emocional de amigos y familiares puede ser un recurso fundamental. Las palabras de aliento, cuando son sinceras y apropiadas, pueden proporcionar consuelo, esperanza y la fuerza necesaria para seguir adelante. Si tienes a alguien cercano que está luchando contra la depresión, no subestimes el poder de tus palabras. A veces, lo que más necesita esa persona es saber que no está sola, y que, aunque el camino sea largo, siempre hay esperanza en el horizonte.  

¿Sabes cuáles son las 7 palabras que pueden ayudar a alguien con depresión? Leer más »

¿Es posible volver a sonreír después de perder a alguien?

El trauma trae consigo una pérdida. Incluso aquellos que son tan afortunados como para escapar físicamente ilesos pierden las estructuras psicológicas internas de una persona seguramente vinculada a los demás. Los que sufren daños físicos pierden también su sensación de seguridad física. Aquellos que pierden a personas importantes se enfrentan a un nuevo vacío en sus relaciones con amigos, familia o comunidad. Las pérdidas traumáticas rompen la secuencia normal de las generaciones y retan las definiciones sociales normales de desgracia y pérdida. Contar la historia del trauma sumerge a la superviviente en un profundo dolor. Este acto de duelo es la labor mas necesaria, y al mismo tiempo más temida en esta fase de recuperación. A menudo los pacientes escuchan que la labor es insuperable y que nunca dejarán de hacerlo. Con frecuencia la superviviente se resiste a ponerse de luto, no solo por miedo, sino también por orgullo. Puede negarse conscientemente a llorar la pérdida como forma de negarle al perpetrador su victoria. En este caso seria importante volver a contextualizar el luto de la paciente como un acto de valentía y no de humillación. Si la paciente es incapaz de llorar la pérdida, se arrebatará una parte de sí misma y se negará una parte importante de su curación. Reclamar la capacidad para sentir toda la gama de emociones, incluida la pena, debe ser entendido como un acto de resistencia y no de sumisión a la intención del perpetrador. Tan solo llorando todo lo que ha perdido puede descubrir la paciente su vida interior indestructible. Como llorar la pérdida es doloroso, resistirse a ello es la causa más común de estancamiento en la segunda fase de la recuperación. Esta resistencia puede usar varios disfraces; con mucha frecuencia aparece como una fantasía de resolución mágica a través de la venganza, el perdón o la compensación. Con frecuencia la fantasía de venganza es una imagen en el espejo del recuerdo traumático, en la que se invierten los papeles de perpetrador y víctima. A menudo tiene la misma cualidad grotesca, congelada y silenciosa del propio recuerdo traumático. La fantasía de la venganza es una forma del deseo de catarsis. La victima imagina que puede liberarse del terror, la vergüenza y el dolor del trauma vengándose del perpetrador. El deseo de venganza también surge de la experiencia de absoluta indefensión. En su furia humillada, la victima imagina que la venganza es la única forma de recuperar su sensación de poder. También puede llegar a imaginar que esta es la única manera de obligar al perpetrador a reconocer el daño que le ha hecho. Aunque la persona traumatizada cree que la venganza le aliviará, en realidad las fantasías de venganza repetidas no hacen mas que incrementar su tormento. Las fantasías de venganza violentas y graficas pueden ser tan activadoras, terroríficas e intrusivas como las imágenes del trauma original. Agravan los sentimientos de terror de la victima y degradan su imagen de sí misma. La hacen sentir como un monstruo. Durante el proceso de luto, la superviviente debe hacer las paces con la imposibilidad de tomarse la revancha. Mientras da rienda suelta a su ira en un entorno seguro, su furia indefensa se convierte en una forma poderosa y satisfactoria de ira: indignación justificada. Esta transformación permite a la superviviente liberarse de la prisión de la fantasía de la venganza, en la que está sola con el perpetrador. Una variante de la fantasía de compensación busca la comprensión no del perpetrador, sino de los testigos, reales o simbólicos. La exigencia del compensador puede ser dirigida a la sociedad en general o a una persona en particular. La existencia puede parecer ser enteramente económica, como un subsidio por minusvalía, pero también incluye componentes psicológicos. Durante la psicoterapia, la paciente puede centrar sus exigencias de compensación en la terapeuta. Puede llegar a resentir los limites y responsabilidades del contrato de terapia y puede insistir en conseguir algún tipo de dispensación especial. Bajo estas exigencias está la fantasía que solo el amor sin limites de la terapeuta o de otro personaje mágico, puede deshacer el daño del trauma. La mejor manera en que un terapeuta puede cumplir con su responsabilidad hacia el paciente es guardando fiel testimonio de su historia y no infantilizarla concediéndole favores especiales. Aunque la supervivencia no es responsable del daño que se le ha hecho, sí lo es de su recuperación. La aceptación de esta aparente injusticia es el punto de partida para recuperar el poder. La única manera en que una superviviente puede tomar el control absoluto de su recuperación es responsabilizarse de ella. Tomar responsabilidades tiene un significado adicional para supervivientes que han hecho daño a otros, tanto en la desesperación del momento como en la lenta degradación de la cautividad. El veterano de guerra que ha cometido atrocidades puede sentir que ya no pertenece a una comunidad civilizada. El prisionero político que ha traicionado a otros bajo coacción o la mujer maltratada que no ha conseguir proteger a sus hijos, pueden sentir que han cometido un crimen peor que el del perpetrador. La superviviente necesita llorar la pérdida de su integridad moral y encontrar su propia forma de compensar lo que ya no se puede deshacer. Las supervivientes de abusos infantiles crónicos se enfrentan a la labor de llorar no solo lo que perdieron, sino también lo que nunca fue suyo y no pudieron perder. Ya no se les puede devolver la infancia que perdieron. Deben llorar la pérdida del establecimiento de la confianza básica, de la creencia de un buen padre o madre. Cuando llegan a reconocer que no fueron responsables de su destino, se enfrentan a la desesperación existencial a la que no pudieron enfrentarse cuando eran niños. Este enfrentamiento con la desesperación puede traer consigo un creciente riesgo de suicidio. En contraste con la impulsiva autodestrucción de la primera fase de recuperación, los impulsos suicidas de la paciente durante esta segunda fase pueden evolucionar desde una decisión calmada, fría y aparentemente racional, de rechazar un mundo

¿Es posible volver a sonreír después de perder a alguien? Leer más »

¿Por Qué Perdonar Es Esencial Cuando Estamos Más Vulnerables?

¿Enfermamos porque estamos débiles emocionalmente o es la enfermedad la que provoca nuestra vulnerabilidad emocional? Sin duda, ambos factores son muy difíciles de aislar y con frecuencia, pueden alternar su importancia y su protagonismo a lo largo de un mismo proceso; es decir, podemos empezar por encontrarnos un poco débiles y eso nos crea cierta vulnerabilidad y el sentirnos vulnerables acentúa aún más nuestra debilidad. Perdonarnos por enfermar Con frecuencia, asociamos enfermedades graves a personas de edad avanzada. Sin embargo, este hecho ha cambiado sustancialmente y hoy quizás en gran medida por el ritmo de vida que llevamos, por los hábitos de la sociedad moderna, cada vez nos encontramos con más diagnósticos de enfermedad graves en jóvenes. Este hecho ha cobrado tal dimensión que, en la actualidad, el cáncer es la causa principal de muerte por enfermedad en la población de adolescentes y jóvenes. En el grupo de edad de adolescentes, jóvenes y adultos, solo los accidentes, los suicidios y los homicidios se cobran más vidas que el cáncer. Sin duda, para la mayoría de la gente, recibir un diagnóstico de una enfermedad grave representa un shock, que en muchos casos se acompaña de una reacción de angustia y estrés que condicionan sus vidas. Muchos se preguntan cómo influye los factores psicológicos en la enfermedad. Es lógico pensar que una enfermedad grave despierte angustia, temor e incertidumbre. La persona afectada tiene miedo de cómo resultará el tratamiento ¿Dará resultado? ¿se complicará? ¿seré capaz de resistirlo? ¿Me curaré definitivamente o viviré toda la vida con esta espada de Damocles encima? El enfermo se enfrenta a múltiples preguntas ¿qué debo hacer?¿cómo reaccionar?¿cómo se lo digo a mi familia, a mis hijos?¿tendré fuerza suficiente o me hundiré?¿será este el principio del fin?¿mi vida se terminó?¿ya solo me queda sufrir?¿merecerá la pena tanto esfuerzo, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto desgarro? Hay personas que se sienten responsables de su enfermedad, que piensan que estiraron demasiado la cuerda, que llevaban una vida desbordada de trabajo, esfuerzo, tensión, de preocupaciones y que eso, tarde o temprano, se termina pagando. Creen que han fallado a su familia, a sus hijos, a su pareja, a ellas mismas. Se sienten tan culpables y tan débiles que les cuesta un mundo perdonarse. La psicología puede ser de ayuda, pero somos nosotros los que mejor podemos vencer nuestros miedos, inseguridades e incertidumbres. Quienes podemos recuperar la ilusión, ánimo y la esperanza que nos hará disfrutar de nuestra vida con una intensidad que nunca habíamos experimentado. Intentad ser vuestro mejor amigo y vuestro mejor reglo. El regalo que hará que vuestros ojos vuelvan a brillar y vuestro rostro se ilumine con una sonrisa de esperanza y de fe en el futuro. El resto será sencillo cuando hayáis conseguido vivirlo bien; cuando vuestra mirada les transmita serenidad, confianza y dulzura; cuando vuestros corazones palpiten en sintonía; cuando vuestros besos estén llenos de alegría, sentimiento y vida. Fracasar, fallar, equivocarnos deberían ser conceptos que no tuvieran un impacto tan negativo en nuestro sistema de valoración, ya que somo seres humanos y como tales podemos fallar y equivocarnos, lo que nos ocurrirá muchas veces a lo largo de nuestra vida, y eso no significará que seamos un desastre o que no valgamos nada. El gran error es pensar que el éxito es sinónimo de valía y que un fracaso significa derrota. Hay gente que hace juicios muy sesgados y se siente triunfadora si va bien y derrotada si ha tenido alguna contrariedad o han surgido circunstancias y hechos que se escapan a su capacidad de control. Hay personas que, ante la reacción violenta del otro, cuando se sienten muy vulnerables, piensan que algo habrán hecho mal, que alguna torpeza habrá cometido para que la pareja reaccione con tanta agresividad. Conviene recordar que Al contraer una dolencia grave, algunas personas se sienten culpables porque creen que al enfermar les han fallado a sus seres queridos. Entonces, les cuesta mucho perdonarse, pero deben hacerlo porque ello les dará la fuerza necesaria para seguir adelante Perdonarnos nos permite, en muchos casos, posicionarnos mentalmente para enfrentarnos a la enfermedad y nos ayuda a vencerla. Perdonarse le permitirá al enfermo obtener las energías necesarias para desempeñar un papel activo en el proceso terapéutico, no abandonarse y presentar batalla contra la enfermedad. No perdonarse porque alguien se crea que ha fracasado en el aspecto profesional o en el ámbito familiar no es justificable; hay que perdonarse para levantarse y recuperar lo perdido. Conceder la máxima importancia no solo al trabajo, sino a nosotros mismos, así como a nuestra familia, nuestra salud, amigos, ilusiones, y nuestra felicidad debe ser nuestra prioridad Perdonarnos también en momentos de gran presión, como son los que se viven en los conflictos de pareja, es uno de los retos a conseguir Analizar los hechos, aprender de los errores, perdonarnos si nos sentimos culpables y querernos cuando emocionalmente nos sintamos vulnerables es lo que debemos hacer en esas situaciones (información extraída de Las 3 claves de la felicidad : perdónate bien, quiérete mejor y coge las riendas de tu vida / Mº Jesús Álava Reyes, 2014)

¿Por Qué Perdonar Es Esencial Cuando Estamos Más Vulnerables? Leer más »