Autodestrucción

¿Por qué te saboteas emocionalmente?

La autodestrucción emocional es un patrón de pensamientos, comportamientos y sentimientos negativos que, de forma inconsciente o consciente, perjudican el bienestar psicológico de una persona. Esta conducta puede manifestarse de muchas formas: desde la autosabotaje en las relaciones hasta la autoexigencia extrema, pasando por la incapacidad de poner límites saludables o la perpetuación de emociones dolorosas. A lo largo de este artículo, exploraremos las causas subyacentes, las señales de alerta y, lo más importante, las estrategias para sanar y liberarse de esta dinámica destructiva. ¿Qué es la autodestrucción emocional? La autodestrucción emocional no se refiere únicamente a una acción puntual que cause daño, sino a un patrón persistente de comportamientos que reflejan una falta de amor propio y un profundo malestar interno. Las personas que atraviesan esta fase pueden sentirse atrapadas en un ciclo de autocrítica, dependencia emocional y relaciones tóxicas, lo que afecta su salud mental, emocional y, a largo plazo, su bienestar general. Causas comunes de la autodestrucción emocional Baja autoestima: Las personas con una percepción negativa de sí mismas a menudo sienten que no merecen ser felices, amadas o exitosas. Esto puede llevarlas a tomar decisiones que refuercen estos sentimientos de indignidad. Trauma no procesado: Las experiencias dolorosas, como el abuso emocional, físico o psicológico, pueden dejar cicatrices profundas en la psique de una persona. Si no se abordan adecuadamente, estos traumas pueden alimentar conductas autodestructivas. Perfeccionismo: La necesidad de ser perfecto o cumplir con expectativas irreales puede llevar a la autocrítica constante. En lugar de aceptar los errores como parte natural del proceso de aprendizaje, el perfeccionista se castiga por cualquier tipo de fracaso. Dependencia emocional: Las personas que buscan constantemente la validación o el amor de los demás pueden caer en relaciones codependientes o destructivas, donde sus necesidades emocionales nunca se ven realmente satisfechas, lo que genera más sufrimiento. Estrés y ansiedad crónica: La presión constante, las expectativas externas o la incapacidad para manejar el estrés pueden llevar a la persona a adoptar mecanismos de defensa que, a largo plazo, se convierten en patrones destructivos. Señales de autodestrucción emocional Es importante saber identificar las señales de la autodestrucción emocional para poder abordarla de manera adecuada. Algunas de estas señales incluyen: Autosabotaje: Hacer cosas que van en contra de los propios intereses, como procrastinar, no tomar decisiones importantes o evitar oportunidades de crecimiento personal. Relaciones tóxicas: Mantener vínculos que no solo no aportan nada positivo, sino que además son perjudiciales para el bienestar emocional. Pensamientos negativos constantes: Estar atrapado en un ciclo de pensamientos autocríticos o pesimistas sobre uno mismo y el futuro. Sentimiento de inutilidad: Experimentar sensaciones de vacío o de no tener un propósito claro en la vida. Aislamiento social: Alejarse de amigos y familiares, prefiriendo la soledad por miedo al juicio o rechazo. Estrategias para superar la autodestrucción emocional Afortunadamente, la autodestrucción emocional se puede superar con el tiempo y el esfuerzo adecuado. Algunas estrategias que pueden ayudar incluyen: Terapia psicológica: Contar con el apoyo de un terapeuta o psicólogo es crucial para explorar las causas profundas de la autodestrucción emocional y trabajar en sanar esas heridas internas. La terapia cognitivo-conductual (TCC) es particularmente eficaz para modificar patrones de pensamiento negativos. Prácticas de autocuidado: Establecer rutinas que favorezcan el bienestar emocional y físico, como el ejercicio, la meditación o el descanso adecuado, puede mejorar la salud mental de manera significativa. Desarrollar la autocompasión: Aprender a ser amable contigo mismo, a perdonarte por los errores pasados y a aceptar que todos somos humanos, puede ser una herramienta poderosa en el proceso de sanación. Fomentar relaciones saludables: Rodearse de personas que respeten tus límites, te apoyen y te valoren es fundamental para mejorar tu autoestima y romper con patrones de dependencia emocional. Establecer metas realistas: En lugar de buscar la perfección, es importante enfocarse en objetivos alcanzables y aprender a celebrar los pequeños logros. Esto ayuda a construir una mentalidad positiva y constructiva. Educación emocional: Aprender a identificar y gestionar las emociones de manera adecuada puede ser un paso importante hacia la autorregulación y el bienestar emocional.  

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¿Es tu Hijo o Familiar Difícil de Manejar?

Cuando un niño o un miembro de la familia muestra comportamientos que parecen desafiantes, impulsivos o destructivos, es natural sentirse preocupado, frustrado y sin saber cómo manejar la situación. A veces, esos comportamientos son una fase pasajera, pero en otras ocasiones pueden ser un indicio de un trastorno más profundo, como el Trastorno Destructivo de la Conducta (TDC). ¿Qué es el Trastorno Destructivo de la Conducta? El Trastorno Destructivo de la Conducta es un trastorno psicológico que se caracteriza por patrones persistentes de comportamiento agresivo, destructivo, desobediente y retante. A menudo, quienes padecen este trastorno muestran actitudes hacia la autoridad, los compañeros y las normas sociales que afectan su vida cotidiana. El TDC puede surgir en la infancia o la adolescencia, pero sus efectos pueden prolongarse hasta la adultez si no se trata adecuadamente. Síntomas Comunes Identificar el Trastorno Destructivo de la Conducta no siempre es sencillo, pero hay ciertos signos que pueden ayudar a los padres y familiares a reconocerlo. Algunos de los síntomas más comunes incluyen: Comportamientos Desafiantes: Actitudes desobedientes, negarse a seguir instrucciones o reglas, incluso de forma repetitiva. Ira y Agresión: Estallidos de ira, peleas físicas o verbales, y respuestas violentas ante situaciones de frustración. Daño a Propiedad: Romper objetos, destruir pertenencias o causar daños a la propiedad sin arrepentimiento. Mentiras y Manipulación: Tendencia a mentir, manipular situaciones o a los demás para obtener lo que desean. Intolerancia hacia la Autoridad: Una constante resistencia a figuras de autoridad, como padres, maestros o adultos en general. Causas del Trastorno Destructivo de la Conducta Aunque no se comprende completamente la causa exacta del TDC, hay varios factores que pueden contribuir a su aparición. Estos incluyen: Genética: Existe cierta evidencia de que los trastornos de la conducta pueden tener un componente hereditario, lo que significa que si alguien en la familia tiene antecedentes de este trastorno, otros miembros pueden estar en mayor riesgo. Ambiente Familiar y Social: Un entorno familiar inestable, abuso físico o emocional, o una falta de supervisión puede desencadenar o agravar los síntomas. Trastornos del Cerebro: En algunos casos, alteraciones en el cerebro o en la química cerebral pueden influir en la aparición de comportamientos impulsivos o agresivos. ¿Cómo Abordarlo? Si crees que tu hijo o un familiar podría estar experimentando el Trastorno Destructivo de la Conducta, es fundamental buscar ayuda profesional. Algunos enfoques que pueden ser útiles incluyen: Terapia Conductual: Los psicólogos o terapeutas especializados pueden trabajar con el paciente para ayudarlo a manejar mejor sus impulsos y mejorar su relación con los demás. Intervención Familiar: Involucrar a la familia en el tratamiento es clave. Los miembros de la familia pueden aprender a establecer límites claros, ofrecer apoyo positivo y abordar los problemas de comportamiento de manera constructiva. Educación y Conciencia: Ayudar a los niños y adolescentes a comprender las consecuencias de sus acciones y enseñarles a manejar la frustración o la ira de manera saludable. Tratamiento Médico: En algunos casos, pueden ser útiles los medicamentos para controlar los síntomas, especialmente si existen trastornos comórbidos como el TDAH o la depresión. ¿Cuándo Buscar Ayuda Profesional? Si los comportamientos destructivos de un niño o familiar son graves, persistentes y afectan su bienestar o el de los demás, es esencial buscar el apoyo de un profesional en salud mental. La intervención temprana es crucial para evitar que el trastorno evolucione hacia problemas más complejos en la adultez. Conclusión Si sientes que un miembro de tu familia está mostrando comportamientos destructivos y desafiantes, es importante no ignorarlo. El Trastorno Destructivo de la Conducta puede ser tratado con el enfoque adecuado, pero requiere de la intervención temprana y el apoyo constante. Reconocer el problema y buscar ayuda profesional puede marcar la diferencia en el bienestar del individuo y la armonía de la familia.  

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¿Dónde está el límite entre la rebeldía y un trastorno mental?

En muchas ocasiones, nos encontramos con comportamientos destructivos en adolescentes o incluso adultos que tienden a ser etiquetados como simples «etapas» o «crisis temporales». Sin embargo, lo que en un principio podría parecer una reacción normal frente a cambios o dificultades emocionales, podría estar relacionado con un trastorno psicológico más serio que necesita atención y tratamiento. El Estigma de la «Etapa» Es común que cuando un joven se comporta de manera impulsiva, destructiva o autodestructiva, los adultos tiendan a restarle importancia, pensando que simplemente están pasando por una fase rebelde o que eventualmente «lo superarán». Frases como «es solo una etapa» o «todos pasamos por eso» son muy frecuentes. Sin embargo, este tipo de razonamiento puede tener consecuencias graves, ya que puede llevar a la minimización de un trastorno subyacente. El Trastorno de Comportamiento Destructivo: Más Allá de la Rebeldía Los comportamientos destructivos pueden estar vinculados a diversos trastornos mentales que requieren una evaluación profesional adecuada. Algunos de estos incluyen: Trastorno de Conducta (TC): Este trastorno implica patrones persistentes de comportamiento en los que la persona viola normas sociales, legales y éticas. Los adolescentes con trastorno de conducta pueden mostrar conductas agresivas, vandalismo, mentiras y manipulación, entre otras actitudes que no deben ser confundidas con simples travesuras. Trastorno Límite de la Personalidad (TLP): Las personas con TLP pueden experimentar emociones intensas y, en ocasiones, comportamientos impulsivos y destructivos. Esto puede incluir autolesiones, destrucción de pertenencias personales, entre otros, como resultado de la inestabilidad emocional. Trastornos del Ánimo (como la Depresión o el Trastorno Bipolar): La depresión no siempre se manifiesta con tristeza o desesperanza; en algunos casos, puede estar vinculada con comportamientos autodestructivos o destructivos hacia los demás. Los episodios maníacos de personas con trastorno bipolar también pueden incluir conductas irresponsables o dañinas. Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT): Las personas con TEPT, especialmente aquellas que han experimentado trauma, pueden mostrar comportamientos destructivos como una forma de lidiar con el dolor emocional que sienten. Trastornos Alimentarios: La anorexia, la bulimia o el trastorno por atracón pueden llevar a una persona a desarrollar comportamientos autodestructivos que incluyen no solo conductas alimentarias, sino también el rechazo o el daño a su cuerpo de diversas maneras. ¿Por Qué No Es Solo una Etapa? Identificar que un comportamiento destructivo es un trastorno y no solo una fase es fundamental para prevenir complicaciones a largo plazo. Estos trastornos, si no son tratados adecuadamente, pueden tener efectos devastadores en la vida emocional, social y profesional de la persona. Emocionales: La persona afectada podría enfrentarse a una constante sensación de vacío, desesperación o incapacidad para manejar sus emociones, lo que a menudo puede generar una espiral destructiva de pensamientos negativos y autoengaños. Sociales: La familia y los amigos pueden verse distanciados o incluso abandonados debido a la incapacidad de la persona para manejar sus relaciones. A medida que se perpetúan los comportamientos destructivos, las relaciones interpersonales pueden deteriorarse gravemente. Físicos: Los daños autoinfligidos, el abuso de sustancias, o las conductas alimentarias peligrosas son solo algunas de las consecuencias físicas que pueden surgir si no se busca ayuda. ¿Qué Hacer al Respecto? Si bien cada trastorno requiere un enfoque individualizado, existen varias acciones clave que pueden hacer la diferencia: Reconocimiento Temprano: Reconocer que lo que parece ser una simple fase podría ser un trastorno puede ser crucial para iniciar el tratamiento adecuado. Es vital no ignorar las señales de alarma. Buscar Ayuda Profesional: Psicólogos, psiquiatras y terapeutas son fundamentales en el diagnóstico y tratamiento de trastornos mentales. La terapia cognitivo-conductual, la terapia dialéctico-conductual (especialmente útil en el TLP) y otras modalidades pueden ser de gran ayuda. Apoyo Familiar y Social: La participación de la familia y los amigos en el proceso de tratamiento y recuperación puede ser un factor importante. Estar informados y ser comprensivos ayudará a la persona a sentirse más apoyada y menos aislada. Educación y Conciencia: Muchas veces, el desconocimiento es uno de los principales obstáculos para el tratamiento. Cuanto más se hable sobre los trastornos mentales, más personas se sentirán capacitadas para identificar señales de alerta y buscar ayuda. Conclusión Lo que parece ser una simple «etapa» de rebeldía o crisis temporal podría, en realidad, ser un trastorno serio que requiere atención. La clave está en identificar estos comportamientos de manera temprana y buscar la ayuda adecuada. No permitir que los prejuicios o el estigma se interpongan en el camino de una intervención eficaz puede ser crucial para la salud mental y el bienestar general de una persona.  

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¿Qué son los comportamientos autolesivos?

Los comportamientos autolesivos son aquellos actos en los que una persona se causa daño a sí misma de manera intencional, como cortarse, quemarse o golpearse. Estos comportamientos son a menudo una manifestación de un dolor emocional profundo o de una lucha interna, y pueden estar asociados con trastornos de salud mental como la depresión, la ansiedad, el trastorno límite de la personalidad, entre otros. Entender estos comportamientos es crucial para ofrecer apoyo adecuado y evitar consecuencias graves. ¿Qué son los comportamientos autolesivos? Define qué son los comportamientos autolesivos (como cortarse, quemarse, rascarse hasta sangrar, entre otros) y cómo se diferencian de otros tipos de comportamiento destructivo. Menciona la importancia de reconocer que no siempre son un intento de suicidio, sino una forma de lidiar con el dolor emocional. Causas y factores de riesgo Explora los factores que pueden contribuir a los comportamientos autolesivos: Trastornos mentales: Depresión, trastorno límite de la personalidad, trastornos de ansiedad, etc. Factores biológicos: Alteraciones en la regulación emocional y en el sistema nervioso. Trauma y abuso: Experiencias pasadas de abuso físico, emocional o sexual pueden aumentar el riesgo. Entorno social: Aislamiento social, falta de apoyo emocional y estrés interpersonal. Problemas familiares: Conflictos familiares graves o disfunción en el hogar. Señales de advertencia Explica las señales de advertencia que podrían indicar que alguien está involucrado en comportamientos autolesivos: Cambio en el comportamiento (aislándose, pérdida de interés en actividades cotidianas). Lesiones inexplicables o ocultas. Expresiones frecuentes de desesperanza o de «no poder soportar más». Cambios en el estado emocional, como irritabilidad, tristeza profunda o ansiedad extrema. ¿Por qué las personas recurren a comportamientos autolesivos? Aclarar que las personas que se autolesionan no lo hacen porque quieran morir, sino como una forma de gestionar emociones intensas. Algunas razones pueden ser: Liberación emocional: El dolor físico puede servir como una forma de liberar o enfocar el dolor emocional. Control: Puede ser una manera de recuperar el control sobre su vida cuando todo lo demás parece fuera de control. Alivio temporal: Un intento de calmar la angustia emocional de manera inmediata, aunque no resuelve el problema subyacente. Prevención y tratamiento Aborda cómo prevenir y tratar los comportamientos autolesivos: Psicoterapia: Terapias como la terapia cognitivo-conductual (TCC) o la terapia dialéctico-conductual (TDC) son eficaces en la reducción de estos comportamientos. Apoyo social: El papel fundamental de amigos, familiares y profesionales de salud mental para ofrecer apoyo emocional y escuchar sin juzgar. Estrategias de afrontamiento saludables: Fomentar el desarrollo de habilidades para gestionar el estrés y las emociones de manera efectiva sin recurrir al autodaño. Medicamentos: En algunos casos, los medicamentos pueden ser necesarios para tratar trastornos subyacentes como la depresión o la ansiedad. Cómo apoyar a alguien que se autolesiona Proporciona recomendaciones sobre cómo las personas pueden ayudar a alguien que está lidiando con comportamientos autolesivos: Escuchar sin juzgar: Mostrar empatía y comprensión sin hacer comentarios que minimicen su sufrimiento. Animar a buscar ayuda profesional: Ayudarles a encontrar un terapeuta o un consejero con experiencia en el manejo de estos comportamientos. Evitar la confrontación: No insistir en que dejen de hacerlo sin proporcionar un plan para recibir ayuda. Reitera la importancia de tratar el comportamiento autolesivo con seriedad, apoyo y compasión. Además, recuerda que la prevención y la intervención temprana son esenciales para reducir el riesgo de daño más grave y mejorar la salud mental a largo plazo. Llamado a la acción: Invita a los lectores a compartir el artículo, a buscar ayuda si experimentan estos comportamientos o a apoyar a personas cercanas que los estén viviendo. Este enfoque no solo educa sobre el tema, sino que también proporciona recursos útiles para quienes enfrentan o apoyan a alguien con estos desafíos.  

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¿La violencia en televisión tiene efectos sobre el niño?

No existe ninguna investigación que por sí sola haya demostrado suficientemente que la violencia televisiva engendre comportamientos agresivos en el niño. Sin embargo, la convergencia de numerosas investigaciones al respecto es tan abrumadora que se puede afirmar que bajo determinadas condiciones, la violencia televisiva puede influir sobre el ulterior comportamiento agresivo del telespectador. Para muchos la conexión entre la violencia televisiva y la conducta agresiva ha sido establecida más allá de una duda razonable. Aunque en algún caso se habla de esta relación en términos de conexión causal, los investigadores suelen utilizar términos más matizados como efectos establecidos bajo ciertas condiciones. Ello significa que hay un efecto facilitador pero no determinista. Niños sometidos a televisión violenta pueden no manifestar esos efectos perniciosos. La investigación ha señalado, entre las variables facilitadores, unas ligadas al sujeto y otras al contexto. Para cada caso se tratará pues de analizar qué factores facilitadores están presentes, si lo que se presente es evaluar el eventual efecto sobre la conducta final del niño. Los mayores efectos de la violencia en televisión pueden situarse en las siguientes ocho categorías: Desplazamiento de otras actividades saludables Moldeamiento de conductas inapropiadas Desinhibición Desensibilización Distorsión Aumento del arousal agresivo Asociación con conductas de alto riesgo Afectar al estilo de ensoñaciones Desplazamiento de otras actividades saludables. Por ejemplo, en lugar de mostrar al niño una conducta de juego y colaboración con otros niños, le induce otra de lucha que desplaza a la anterior. Al mismo tiempo, ver mucha televisión de tipo violento produce una reducción del juego en general y del juego dramatizado en particular, en el que el niño despliega su imaginación y creatividad mediante la acción de la que es guionista, director y actor Modelamiento de conductas inapropiadas. Por ejemplo, un niño que quiere molestar a su hermano ve en televisión un acto violento que le sugiere la manera de hacerlo. Desinhibición. Hacer algún acto violento al que antes no se atrevía porque, según su manera de razón, si en la tele lo hacen yo también puedo hacerlo. Es una manera de atribuir la justificación y responsabilidad del propio acto a la televisión. Desensbilización. Ver a alguien pegando brutalmente a otra persona puede producirle menos pena Distorsión. Incrementar las percepciones del espectador de vivir en un mundo peligroso del que hay que defenderse. Aumento del arousal agresivo. El programa agresivo puede hacer que al provocar que aumente el nivel de arousal o activación cortical del niño, éste reaccione más violentamente ante una contrariedad de lo que le hubiera hecho antes de ver el programa, cuando su nivel era más bajo Asociación con conductas de alto riesgo. El niño ha visto a un personaje luchando con otro con cuchillos. Sale ileso y le parece fácil manejarlo. Decide jugar con un amigo suyo y con cuchillos de verdad porque seguro que no pasa nada y es más divertido. Afectar el estilo de ensoñaciones. En un estudio a lo largo de un año con niños entre 8 y 11 años, aquellos que veían programas dramáticos violentos tenían ensoñaciones en las que dominaban los héroes agresivos, mientras que aquellos que veían programas no violentos presentaban ensoñaciones cada vez más positivas a medida que discurría el año. ¿La violencia afecta igual a todos los niños? La respuesta es no. La misma violencia que aparece en televisión puede afectar mucho, algo o poco a diferentes niños dependiendo de algunas variables como las siguientes: Predisposiciones a la violencia. Los chicos propensos a la violencia o que presentan conductas delincuentes en la vida cotidiana ven mucha televisión violenta o presentan niveles de agresividad previos y tienen mayor probabilidad de ser influidos por la violencia televisiva trasladándola a su comportamiento en su entorno. Hay determinados periodos críticos para fortalecer esta relación violencia-conducta agresiva. Así, en un estudio longitudinal se pudo comprobar que aquellos jóvenes que mantenían conductas agresivas habían mostrado preferencias por la violencia televisiva cuando tenían 8-9 años. La violencia televisiva puede afecta tanto a chicas como a chicos, aunque estos últimos suelen presentar mayores índices de violencia, sobre todo con relación a series de lucha como Power Rangers. La estructura de la personalidad es un buen indicador de la eventual inclinación del niño a percibir o ignorar la violencia televisiva. La violencia televisiva influye sobre la forma en que el superyó se construya La actitud hacia la violencia es también otro factor que indica la forma en que el niño será o no influido por la violencia televisiva. No parece haber correlación significa entre el nivel de inteligencia y el de agresividad. Ello quiere decir que el niño no manifiesta más o menos agresividad si es más o menos inteligente. Puede ser muy agresivo y poco inteligente. Puede ser muy agresivo y muy inteligente. El grado de agresividad depende pues de otras causas La cantidad de televisión a la que se expone el niño influye sobre su evaluación de la violencia que ve.   (Información extraída de Mi hijo y la televisión / Jesús Bermejo Berros, 2006)  

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¿Cómo se puede gestionar la ira en los niños de manera efectiva?

Las características expresivas de la ira son muy conocidas: la frente deprimida, mejillas levantadas, boca abierta mostrando los dientes y ojos abiertos, aunque realmente la posición de los ojos es muy cambiante puesto que se pueden apretar  o distender los parpados y fruncir o no el ceño. Otros autores han recogido otra serie de gestos típicos: descenso de las cejas, tensión y estrechamiento de la abertura de los parpados, aleteo de las ventanas nasales, abertura de la boca mostrando los dientes. Todos estos gestos parecen adecuados para preparar al sujeto para el ataque. La posición de los ojos mejoraría la agudeza visual, el movimiento de la nariz, la ingestión de oxigeno y la posición de la boca intimidaría al oponente. La expresión de ira es evolutiva, se ha descrito la pauta corporal de la cólera en el bebé: luchar, agitarse o llorar. A partir de los 18 meses la ira se manifiesta con movimientos faciales, corporales, cierto tono de voz y expresiones verbales en los que se imita la conducta paterna en tales ocasiones. En niños entre 18 y 60 meses se han listado estas conductas relacionadas con la ira: arquear la espalda, estirar las piernas, tirarse al suelo, gritar, chillar, llorar, empujar, pegar, pellizcar, dar patadas, tirar cosas, correr alejándose, morder, pinchar, arañar, tirar del pelo, etc. En los niños más mayores: chillar, dar patadas, arañar, morder, hablar rápido y entrecortado, insultar, ojos brillantes y en casos muy extremados, temblores. Las pautas expresivas son aquí muy próximas a las de otras emociones negativas tales como la incomodidad y el dolor. Solo difieren en la posición de los ojos, que en las dos últimas permanecen cerrados y contraídos, mientras que en la ira están abiertos. Los estudios de Izard et al. (1987), filmando niños de 2 meses en situación de ponerse una inyección, han mostrado que los sujetos responden con expresión de dolor en un 41% de casos y con expresión de cólera en el 36%; sin embargo, a medida que los niños crecen (18 meses) aumentan las respuestas de cólera 54% y disminuyen las del dolor 13%. Los mismos resultados los encontramos también en los trabajos de Stenberg y Campos (1990) y Camras (1980). Esto ha llevado a pensar que entre el dolor y la ira parece haber más diferencias cuantitativas que cualitativas, sobre todo en los primeros meses. La ira es una emoción muy común en los niños. En la famosa encuesta de Lapouse y Monk (1959) llevada a cabo sobre 482 niños de la población general, entre 6-12 años, aparecía que los ataques de ira ocurrían en un 10% de la muestra. La duración de los episodios de ira es variable. Se estima que la intensidad es un modulador de la duración ya que a mayor intensidad se asocia una mayor duración del episodio. La duración media de un ataque de ira en un niño se estima entre 5 a 15 minutos aunque puede ser mucho más corto o también mucho más largo. Las rabietas infantiles son un ejemplo de estos accesos. Cuando se cronometra una rabieta en edad preescolar se encuentra una variabilidad altísima. Algunos especialistas han encontrado unos valores promedio de 23 segundos, mientras que para otros la duración podía oscilar entre 1 minuto y 75 minutos. Otros estudiosos encuentran medias de 4,7 minutos en niños entre 18 y 60 meses. Las conductas asociadas a los ataques de ira parecen tener un patrón constante. Conductas como pegar, empujar y tirar cosas suelen darse al comienzo del episodio, en sus primeros 30 segundos, mientras que el llorar se produce ya en el medio del episodio. (Información extraída de Emociones infantiles: evolución, evaluación y prevención / María Victoria del Barrio, 2002)

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¿Es lo mismo perdonar que olvidar?

Cuando se menciona el perdón por primera vez, puede parecer algo extraño e inaceptable. Para ayudar, suele ser útil distinguir el perdón de otros conceptos relacionados pero diferentes. El procedimiento puede contemplarse como una modalidad de entrenamiento en discriminación cognitiva. A través de la discusión, a los pacientes se les enseña a diferenciar el perdón de otras posibles reacciones frente a una ofensa. La diferenciación de las siguientes palabras y conceptos de cara a los pacientes son las siguientes: Aceptar. Esta palabra implica indiferencia y una falta de motivación para cambiar los aspectos aversivos del mundo que nos rodea. Por contraste, el perdón deja abierta la opción de luchar por el cambio. Por ejemplo, perdonar la conducta de unos estudiantes que copian en los exámenes, no implica aceptar el copiar como algo inevitable. Los educadores que perdonan no dejan por ello de querer cambiar las condicionar para minimizar la probabilidad de que los estudiantes vuelvan a copiar en el futuro. De forma similar, perdonar a un niño que enciende un fuego o que pega a otros niños del vecindario no implica indiferencia ante tales conductas. Disculpar. Esta palabra implica minimización. Los pacientes pueden decir cosas por estilo de “tampoco es tan importante que mi mujer se gastara todo nuestro dinero en las maquinas tragaperras. En el fondo es una buena persona y me consta que no volverá a hacerlo” o “Así que cada vez que bebe se pone a darme gritos. Pero hay cosas mucho peores en la vida. Por lo menos sigue trabajando y nos mantiene, y jamás me ha puesto la mano encima. De modo que, en el fondo no es para tanto”. Perdonar es muy diferente e disculpar sin más. Perdonar implica admitir que las conductas son negativas. Perdonar no implica minimizar los problemas, ni tampoco ignorar la necesidad de buscar soluciones. Adoptar una postura neutral. Esta palabra implica que no hay que tomar ningún partido en los conflictos. No podemos esperar que las víctimas sean neutrales frente a las acciones de los terroristas, dictadores y demás malhechores. Sus acciones provocaron mucho sufrimiento y la neutralidad puede acarrear más problemas en el futuro. Las victimas están del lado contrario de los ofensores, ya se trate de la discriminación en el trabajo o de los crímenes reiterados de los asesinos en serie y puede que se precisen fuertes medidas para erradicar tales soluciones. Los partidos están tomados de antemano, pero es la victima quien elige perdonar al ofensor. Olvidar. Douglas sirve de ejemplo para explicar este caso, él murió en un estúpido accidente de coche hace más de 35 años. El perdón ha permitido introducir un cambio en el centro de atención. En lugar de recordar obsesivamente la inapropiadisima conducta del conductor temerario que provocó el accidente, los recuerdos se centran ahora en los buenos momentos con Douglas. Los recuerdos del accidente y las ideas de culpabilización son ahora menos frecuentes que cuando ocurrieron los hechos. Justificar. “Es el alcohol lo que hace que se ponga así. En el fondo me quiere y en realidad no es él quien me pega. Es como si lo hiciera otra persona”. Si bien el perdón implica el análisis de las causas de la conducta, no supone una justificación de los actos aversivos de los demás. Tranquilizarse. Es muy útil, pero no es sinónimo de perdonar. Parte del perdón, incluye la conciencia de que en la vida existen conflictos y de que disponemos de procedimientos legales para resolver las disputas. Perdonar implica dejarlo estar en el sentido de reducir la alteración fisiológica, cambiar de actitud y permitir que otros nos ayuden a zanjar la disputa de una forma justa. El perdón forzado, las treguas y el pseudoperdón. El autentico perdón implica un proceso de análisis y de reestructuración cognitiva por las partes ofendidas. El deseo de justicia, de compensación y de sentirse bien. La justicia retributiva supone que una víctima se sentirá bien únicamente cando haya podido llevar a cabo algún tipo de revancha. Por contraste, el perdón no es un arreglo del tipo de un quid pro quo. No exige una compensación de entrada. De hecho como dijo Gandhi: “Si llevamos a la práctica el ojo por ojo y diente por diente, pronto el mundo se quedará ciego y sin dientes”. El perdón puede o no conducir a sentirnos bien. Y dado que el perdón es un proceso que requiere tiempo, el sentirnos bien puede crecer y decrecer. Desgraciadamente, la justicia, las compensaciones económicas y demás formas de compensación, junto con la satisfacción que generan, no nos devolverán al ser amado muerto por un conductor borracho o al amigo que murió en el atentado contra las Torres Gemelas. Además, aunque algún bienestar transitorio pueda extraerse ciertamente del hecho de ver sufrir a una antigua pareja, ello no reparará la relación sentimental del paciente. Perdonar significa, algo más y algo diferente de sentirse bien y recibir una compensación. A propósito de las víctimas de la tortura procedentes de otros países, Gorman (2001) escribió: “cuando los supervivientes refugiados se deciden a hablar de sus muchas pérdidas traumáticas, también deben afrontar la toma de conciencia de que puede que no haya ninguna respuesta o compensación adecuada a las atrocidades perpetradas contra ellos”. Al mismo tiempo, renunciar a la agresividad, el resentimiento y las fantasías de venganzas no significa renunciar al deseo de justicia. El ofensor continuo siendo responsable de sus crímenes. Condenar. El perdón no se deriva de un sentido de condena, que da por sentada la culpabilización y la censura. La actitud de la persona que condena puede ser algo así como: “A fulano le trae todo absolutamente sin cuidado y se merece saber lo mucho que me hirió ¡no tiene corazón!”. Este supuesto perdón refleja un sentido de la superioridad moral que está ausente en el perdón autentico.   (Información extraída de El manejo de la agresividad manual de tratamiento completo para profesionales Howard Kassinove, Raymond Chip Tafrate, 2005)  

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¿Cuál es la mejor manera de reaccionar ante una rabieta infantil?

Pedir, reclamar, exigir implican en el niño un mínimo de agresividad. El pequeño tiene a veces ataques de rabia. Grita, patalea, se debate en todos los sentidos cuando no obtiene lo que desea. Entre los dos y tres años, el niño se vuelve más antagónico, más irascible. Algunos atacan a otros niños, muerden, arañan, tiran de los cabellos. Después, hacia los cuatro años, el niño que muerde se calma. Expresa su agresividad a través de las palabras y menos a través de gestos. Generalmente, los niños son más agresivos que las niñas, rivalizando en imaginación cuando inventan juegos violentos. Afortunadamente, con la edad, se instala cierta moderación. Desafortunadamente para los padres, algunos niños continúan mostrándose irascibles. Pegan a sus compañeros y a veces a los adultos, rompen todo lo que cae en sus manos, sus juguetes y los de los demás, ante la más mínima contrariedad. Son niños que, según los psiquiatras, no soportan la frustración. En algunos casos de gran intolerancia a la frustración, el niño puede entrar en verdaderas crisis de rabia por el más mínimo motivo, como por ejemplo porque no encuentra un juguete que está buscando. El niño empieza a dar puñetazos, patadas a diestro y siniestro y a veces acaba por dañarse a sí mismo, por ejemplo golpeándose la cabeza contra la pared. Nos podemos imaginar hasta qué punto tales explosiones de cólera pueden dejar a los padres desconcertados. Cuando un niño va haciéndose mayor y no se calma, cuando tiende a ponerse en posiciones extremas por una simple advertencia o reprimenda, podemos hablar en estos casos de trastorno del comportamiento. Al hacerse mayor, si los trastornos del comportamiento persisten, habrá otras incidencias. Al niño le costará mucho adaptarse a normas sociales y por lo tanto a integrarse en la escuela, relacionarse con otros niños, hacer amigos o expresar sus emociones tanto si son positivas como negativas. Le costará proyectarse en el tiempo, expresado solo deseos momentáneos. Frágil, poco seguro de sí mismo, será incapaz de cuestionarse o asumir la responsabilidad de una falta. Muy dependiente de su entorno, buscará el conflicto permanentemente, como si quisiera castigar a su entorno por su propia falta de autonomía. En algunos niños, el dominante ansioso estará también presente, pudiéndose traducir en trastornos obsesivos, fobia escolar, la aparición de tics, etc. Algunas formas de trastorno del comportamiento no se manifiestan de entrada mediante la agresividad sino a través de una inhibición muy fuerte. El niño se encuentra la mayor parte del tiempo en un estado amorfo, evita las relaciones con los demás. De inteligencia normal, sin embargo, fracasa en la escuela, como paralizado cuando tiene que esforzarse en pensar. El niño se muestra muy dependiente de su entorno. La clasificación americana de las enfermedades distingue diferentes tipos de trastorno del comportamiento: los trastornos del comportamiento con hiperactividad, falta de atención, impulsividad, los trastornos del comportamiento en los que el niño infringe sistemáticamente las normas y reglas sociales, tanto en casa como en la escuela y los trastornos del comportamiento en los que el niño se muestra particularmente hostil y desafiante. Una última categoría, el trastorno explosivo intermitente que designa cóleras patológicas en las que el niño es incapaz de resistirse a impulsos agresivos espectaculares, totalmente desproporcionados con respecto al factor desencadenante. Estos trastornos coexisten con trastornos de conducta y trastornos de oposición. ¿Cuántos niños padecen un trastorno del comportamiento? Los trastornos del comportamiento son uno de los motivos más frecuentes de consulta en psiquiatría infantil. El trastorno oposicionista con desafío afectaría del 2 al 10%, incluso al 16% de niños y adolescentes de la población general. Antes de entrar en la pubertad, son más los varones que las niñas, más o menos dos niños por niña, los que padecen este tipo de trastorno. Pero pasada la pubertad, la tendencia es a la inversa. No existen estudios sobre el trastorno explosivo intermitente en el niño. Es más frecuente que este tipo de trastorno empiece en la adolescencia con un predominio masculino. El trastorno de la conducta es uno de los diagnósticos mas establecidos en los servicios de psiquiatría. Resulta difícil dar cifras, en razón de los métodos de evaluación utilizados que pueden variar de un servicio a otro. Además, los niños y los adolescentes se contabilizan casi siempre juntos, aunque exista una diferencia notoria entre los trastornos que aparecen en la infancia o en la adolescencia. Según los estudios se estima que del 6 al 16% de varones menores de dieciocho años padecen un trastorno de conducta y en niñas en la misma franja de edad solo del 2 al 9%. El reparto proporcional es de cinco varones por una niña. La proporción de niños es mucho más elevada antes de los diez años de edad. ¿Por qué algunos niños son más violentos que otros? Pueden ser varias las causas que expliquen un comportamiento agresivo, incluso auto agresivo. Frecuentemente se menciona el carácter. Mi hijo pequeño tiene un carácter de mil demonios mientras que los otros son más manejables dicen a veces los padres. El carácter, aunque puede entrar en la comprensión del niño, no justifica todo el trastorno. El hecho de que un niño continúe mostrándose violento mas allá de los cinco, seis años puede ser debido a ciertas carencias educativas, como por ejemplo la falta de autoridad por parte de los padres, por una permisiva excesiva o a la inversa por una actitud demasiado rígida que predispone al niño. En algunos casos, un cambio de actitud, una organización familiar diferente podrán aportar una ligera mejora. En otros casos, la actitud de los padres y el contexto educativo no son la causa. Algunos niños al hacerse mayores siguen mostrándose agresivos, incapaces de hacer amistad con otros niños, de adaptarse al marco escolar, de respetar un mínimo de reglas y disciplinas, sin que el origen de este trastorno sea realmente explicable. Estos niños tienen un fracaso escolar masivo y están en oposición constante con cualquier forma de autoridad. La causa de estos trastornos es multifactorial. La agresividad puede ser

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¿Qué es la respuesta de ataque o fuga?

La respuesta de ataque o fuga está muy desarrollada y a lo largo de la historia nos ha ayudado a adaptarnos a un mundo hostil y a asegurarnos la supervivencia fisca. Esta respuesta también puede observarse fácilmente en otros mamíferos. Por ejemplo, antes de que un animal se decida a huir de un oponente mas fuerte, primero puede ofrecer un espectáculo agresivo y bravucón. Antes de batirse en retirada puede sisear, cambiar de color, ponerse erecto, dar zarpazos en el aire o bufarse. Estos gestos amenazadores pretenden ahuyentar al oponente. Podemos ver fácilmente el equivalente en la persona agresiva que grita, enrojece, se endereza y se inclina hacia adelante, señala con el dedo al blanco de su agresividad y dice cosas tales como: ¡Mas te vale que te andes con cuidado! Cuando la supervivencia fisca está en peligro, esta reacción constituye un sistema de respuesta de enorme importancia. La respuesta de ataque o fuga provoca una liberación de adrenalina y de otras hormonas asociadas al estrés. La respiración, el consumo de oxigeno y la vigilancia se incrementan, y el organismo se siente fuerte. Ganamos fuerza y empuje que pueden conducirnos o no a comportarnos sabiamente. Por ejemplo, cuando en la oscuridad de la noche tropiezan con un atracador que podría causarles un grave daño físico, las víctimas potenciales experimentan esta reacción cognitiva, conductual y fisiológica intensa y concebida con el propósito de ayudar a identificar una respuesta apropiada. Ahora bien, en el caso de los seres humanos de hoy en día tal vez la respuesta más apropiada no sea el ataque ni la fuga. Las autoridades suelen recomendar que nos limitemos a entregar el dinero y nos libremos así del posible daño físico. La respuesta de ataque o fuga también puede activarse cuando observamos que la supervivencia física de otras personas se está viendo amenazada. Por ejemplo, en tiempos de guerra la respuesta de ataque o fuga puede conducir al heroísmo, como cuando decidimos proteger y defender vidas humanas y valores colectivos a los que concedemos mucha importancia. Pero también puede conducir a la propia destrucción en un esfuerzo por proteger al grupo, como cuando una persona arriesga su seguridad para intervenir en una gresca o en un robo. En términos generales la respuesta de ataque o fuga constituye un vestigio de necesidades pasadas. La mayoría de los desencadenantes aversivos a los que nos enfrentamos no suponen una amenaza para la supervivencia fisca. Aunque ciertamente se cometen crímenes contra las personas, los pacientes tratados por la mayoría de los profesionales suelen encontrarse con desencadenantes que amenazan a la supervivencia social. Los desencadenantes suelen ser del tipo de tener una discusión verbal, ser objeto de bromas, abandonar nuestro asiento preferido en el teatro a requerimiento de otras personas, ser objeto de un escupitajo por parte de un compañero de instituto y observar a otros conductores, a los amigos, a los compañeros de trabajo o a los familiares comportarse de una forma inadecuada. Solo raramente los modernos desencadenantes amenazan nuestro bienestar físico y solo raramente nos vemos obligados a recurría a una reacción intensa de ataque. Los desencadenantes de hoy en día tales como los insultos verbales o el hecho de ser ignorado en una fiesta, con frecuencia suele ser activar una intensa reacción de ataque o fuga exactamente igual que si la supervivencia física estuviera amenazada. Son muchos los pacientes agresivos que despotrican de la desgracia social como si la propia supervivencia dependiera de que los acontecimientos  se desarrollasen tal y como estaba previsto. Además de los efectos negativos sobre el cuerpo del paciente derivado del aumento de la activación fisiológica, es útil enseñarles a los pacientes que en la sociedad actual la reacción de ataque o fuga suele ser contraproducente de cara a encontrar una solución a largo plazo al problema en cuestión. De hecho, no podemos ni luchar ni huir ante muchos de los desencadenantes cotidianos. Cuando tropezamos con un jefe, compañeros de trabajo, vecinos o unos hijos aversivos, en realidad disponemos de pocas opciones salvo controlar nuestras reacciones y encontrar soluciones que no impliquen el ataque ni la fuga. En la mayoría de los casos, pegar o salir corriendo no hará más que agravar los problemas. En el caso de los pacientes agresivos, los desencadenantes aversivos de la sociedad actual siguen conduciendo a la plena activación de la respuesta de ataque o fuga y provocando agresividad, discusiones, agresión, hipervigilancia, secreciones hormonales, tensión muscular y aumento de la reactividad. Ello conduce a su vez a una serie de reacciones conductuales que suelen ser contraproducentes de cara a encontrar una solución al problema. Junto con las cogniciones/verbalizaciones y las manifestaciones conductuales agresivas, los pacientes con una agresividad excesiva suelen comunicar síntomas de activación físicas tales como tensión muscular y aumento del ritmo cardiaco y de la respiración, sudoración e hipervigilancia. La activación agresiva le impide al paciente identificar las opciones apropiadas frente al desencadenante interpersonal o social. Dicha activación no solo inhibe la conducta motriz efectiva sino que inhibe igualmente la claridad de pensamiento. De hecho, nadie querrá ser el paciente de un dentista o de un cirujano agresivo y sumamente alterado. Ni tampoco querríamos que un presidente de la nación agresivo y sumamente alterado negociara tratados internacionales en los que se jugará un importante beneficio para el país. Las habilidades motrices y la capacidad de juicio se ven ambas afectadas por la agresividad. De cara a solucionar la mayoría de los problemas sociales, los pacientes pueden aprender a reducir sus pensamientos desadaptativos y conductas reactivas de base agresiva y sustituirlos por pensamientos y actitudes que tengan menos probabilidades de conducir a la agresividad. Pero ello no constituye una tarea fácil cuando el cuerpo está sumamente activo y lleno de hormonas de ataque o fuga y cuando los músculos están tensos y/o la respiración es excesiva. A los pacientes siempre les resulta difícil llevar a la práctica nuevas estrategias, pero especialmente cuando el nivel de activación física es elevado. Así pues, un primer paso para reducir la agresividad consiste

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¿Cuáles son los diferentes tipos de violencia?

Es necesario establecer una tipología que caracterice, de forma cuantitativa, las diferentes clases de violencia, así como las relaciones entre ellas. La investigación científica ha dado lugar a pocas tipologías generales, habiéndose centrado la mayoría de ellas en una parte del fenómeno, como, por ejemplo, en el tipo de acto violento, el tipo de víctima o en combinaciones especificas. En cualquier caso, una tipología integradora tendría que estar basada en diferentes criterios que cubran el espectro completo. Existen varias posibilidades algunas de las cuales pueden estar basadas en: Las características del acto violento Quién es el individuo violento La motivación que guía al individuo a realizar el acto violento Las características de la víctima. Aunque se pueden llevar a cabo combinaciones de todos ellos. Sin embargo, cuanto más especifica es la clasificación, mayor es la probabilidad de hacer un diagnóstico más preciso de cada uno de los tipos de violencia: En función de las características del acto violento se puede diferenciar entre violencia física, sexual, psicológica y negligencia-omisión. Esta clasificación es bastante objetiva y la información sobre cada subtipo de violencia puede ser completada con la frecuencia, intensidad y duración con que se lleve a cabo. La negligencia-omisión ha sido incorporada y se caracteriza por no llevar a cabo conductas necesarias para el bienestar de otro individuo. Dependiendo de quién comete el acto violento, la violencia puede ser clasificada en: Violencia dirigida hacia uno mismo en la cual el individuo lleva a cabo actos que atentan contra sí mismo, como, por ejemplo, las autolesiones o la conducta suicida Violencia interpersonal, en la que el acto violento es infringido por otro individuo o por un grupo reducido de individuos, como es el caso del abuso infantil, el maltrato de la pareja o la violación Violencia colectiva, que, generalmente es llevada a cabo por grupos más grandes como los estados, grupos con una organización política u organizaciones no institucionalizadas, como, por ejemplo, las guerras o el terrorismo. Por otro lado, también se puede utilizar como criterio la edad o el género del perpetrador de la violencia. En función de la edad, se diferencia entre violencia infantil, juvenil y adulta, mientras que en función del género se puede distinguir entre violencia masculina o femenina. Centrándose en el objetivo principal y el control consciente de la conducta que lleva a cabo el perpetrador del acto violento, una clasificación propuesta por Barrat diferencia entre Violencia impulsiva Violencia premeditada Violencia relacionada con alteraciones médicas, lo que implica una patología La dicotomía entre violencia impulsiva y premeditada se considera como el constructo más útil, si bien se han planteado algunas controversias. La diferencia entre estos dos subtipos de violencia está basada en tres aspectos: El objetivo principal La presencia de ira-hostilidad El grado de planificación implicado La violencia impulsiva es llevada a cabo con el deseo de dañar a otro individuo, siendo considerada como reactiva, y caracterizándose por ir acompañada de un estado de ánimo agitado o irritado y una pérdida del control sobre la propia conducta. Este tipo de violencia está determinada por altos niveles de activación del SNA y por una respuesta ante la provocación que va asociada a emociones negativas como la ira o el miedo. Ante la presencia de una amenaza de peligro inminente, este tipo de violencia puede ser considerada como una respuesta defensiva, que forma parte del repertorio adaptativo de la conducta humana. Por el contrario, esta violencia se convierte en patológica cuando las respuestas agresivas con exageradas en relación al estimulo que ha provocado la reacción emocional. Sin embargo, los límites entre la agresión patológica y otra forma “normales” de agresión no son claros en muchas ocasiones, por lo que individuos con agresión patológica pueden vivir o racionalizar su agresión dentro de los límites normales de la agresión defensiva o protectora. Por otra parte, la violencia premeditada está motivada por objetivos que van más allá de hacer daño a otro individuo (por ejemplo, conseguir dinero), no está relacionada con un estado de agitación ni va precedida por una potente reacción afectiva, siendo llevada a cabo con una baja activación del SNA y un alto grado de consciencia y planificación. Representa una conducta planificada que no va asociada a la frustración o a una respuesta inmediata a la amenaza. Los trastornos mentales como el trastorno explosivo intermitente, el trastorno por estrés postraumático, la agresión irritable y la depresión relacionada con la agresión, están asociados a una activación incrementada del SNA que puede contribuir a una violencia de tipo impulsivo. Por el contrario, los individuos diagnosticados de trastorno de conducta o trastorno de personalidad antisocial muestran baja responsibidad del SNA que puede llevar a una violencia premeditada, incrementada a través de una amortiguación de las respuestas emocionales habituales, de tal manera que las respuestas agresivas exageradas pueden aparecer tanto en estados de alta como de baja activación y estar influidas por diferentes sistemas bioquímicos y anatómicos. Por último, la violencia relacionada con las alteraciones médicas se caracteriza por ser un síntoma secundario a una condición médica, que incluye alteraciones psiquiátricas y neurológicas entre otras. Además, se pueden producir algunas combinaciones de estas tres categorías ya que la violencia impulsiva se asocia a los trastornos de personalidad, mientras que la violencia premeditada ha sido asociada a la psicopatía. Finalmente basándose en la características de la víctima, se pueden utilizar dos criterios: Cuando la víctima guarda alguna relación con el perpetrador Cuando la víctima se clasifica en función de algunas características propias como la edad o el genero En el primer caso, se puede diferenciar entre Violencia llevada a cabo por uno mismo Por un familiar (maltrato infantil o de la pareja) Por alguien de la comunidad que no pertenece al entorno familiar Considerando la edad de la víctima, se puede diferenciar entre: niños, jóvenes, adultos y mayores.   (Información extraída de Neurocriminología: psicobiología de la violencia / editor y coordinador, Luis Moya Albiol; [autores, María Consuelo Bernal Santacreu… et al.], 2015)

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