Ataque de pánico

¿Qué es un shutdown emocional y cómo reconocerlo?

En los últimos años, términos como ansiedad, burnout o sobreestimulación han entrado con fuerza en nuestro vocabulario cotidiano. Sin embargo, hay otro fenómeno menos conocido pero cada vez más frecuente: el shutdown. Lejos de ser simplemente “estar cansado”, el shutdown es una respuesta profunda del organismo ante una sobrecarga emocional, mental o sensorial. Es, en cierto modo, una forma de “apagado” que el cerebro activa para protegerse. ¿Qué es exactamente un shutdown? El shutdown (traducido como “apagón” o “bloqueo”) es un estado en el que la persona reduce drásticamente su capacidad de respuesta. Puede afectar al habla, al movimiento, a la toma de decisiones o incluso a la conexión emocional con el entorno. No se trata de una elección consciente. Es una reacción automática del sistema nervioso cuando percibe que la situación supera los recursos disponibles para afrontarla. A diferencia de otras respuestas como la ansiedad intensa o el pánico —que implican una activación elevada—, el shutdown pertenece al extremo opuesto: una desconexión. ¿Por qué ocurre? Nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir. Ante situaciones de amenaza o sobrecarga, activa mecanismos de defensa. Normalmente hablamos de tres respuestas clásicas: lucha, huida o congelación. El shutdown estaría relacionado con esta última, pero en una versión más profunda. Cuando ni luchar ni huir parecen posibles, el organismo opta por “apagarse”. Algunas causas frecuentes son: Exceso de estrés mantenido en el tiempo Sobrecarga sensorial (ruidos, luces, multitudes) Emociones intensas difíciles de gestionar Situaciones de conflicto o presión extrema Fatiga mental acumulada También es especialmente común en personas con alta sensibilidad o dentro del espectro del autismo, aunque cualquier persona puede experimentarlo en determinados momentos de su vida. ¿Cómo se manifiesta? El shutdown no siempre es fácil de identificar, ni por la persona que lo sufre ni por quienes la rodean. Algunas señales habituales incluyen: Dificultad para hablar o quedarse en silencio Sensación de “mente en blanco” Falta de energía para moverse o reaccionar Necesidad urgente de aislarse Desconexión emocional o sensación de irrealidad Lentitud en pensamientos y respuestas En ocasiones, puede parecer desde fuera que la persona está ignorando lo que ocurre o que “no quiere colaborar”, cuando en realidad su sistema nervioso está saturado. Shutdown, burnout y ansiedad: ¿en qué se diferencian? Aunque pueden estar relacionados, no son lo mismo: Ansiedad: activación elevada, inquietud, pensamientos acelerados Burnout: agotamiento crónico, especialmente ligado al ámbito laboral Shutdown: desconexión, bloqueo, reducción de la actividad mental y emocional Una misma persona puede pasar de la ansiedad al shutdown si la sobrecarga se mantiene durante demasiado tiempo. ¿Qué hacer durante un shutdown? Lo más importante es entender que no se trata de “forzarse a reaccionar”. Intentar salir del estado de golpe suele empeorarlo. Algunas estrategias útiles son: Buscar un entorno tranquilo y seguro Reducir estímulos (luz, ruido, interacción) Permitir el descanso sin culpa Practicar respiraciones suaves y conscientes Hidratarse y, si es posible, comer algo ligero Aceptar el estado sin juzgarse El objetivo no es “activar” rápidamente, sino permitir que el sistema nervioso se regule de forma natural. ¿Cómo prevenirlo? Aunque no siempre se puede evitar, sí es posible reducir su frecuencia: Identificar señales previas de saturación Establecer límites en el trabajo y las relaciones Introducir pausas reales durante el día Cuidar el descanso y el sueño Practicar técnicas de regulación emocional Pedir ayuda cuando sea necesario Escuchar al cuerpo antes de llegar al límite es clave. La importancia de comprenderlo Uno de los mayores problemas del shutdown es la incomprensión. Muchas personas que lo experimentan sienten culpa, vergüenza o frustración. Entender que se trata de una respuesta automática y protectora permite mirarlo con más amabilidad. No es debilidad, ni falta de interés, ni pereza: es el cuerpo diciendo “necesito parar”. Cuándo buscar ayuda profesional Si los episodios de shutdown son frecuentes, intensos o afectan significativamente a tu vida diaria, es recomendable consultar con un profesional de la salud mental. Un acompañamiento adecuado puede ayudarte a comprender mejor lo que ocurre, identificar desencadenantes y desarrollar herramientas para gestionarlo. En resumen El shutdown es una forma en la que el cerebro intenta protegernos cuando la carga es demasiado alta. Aunque puede resultar desconcertante, aprender a reconocerlo y respetarlo es un paso fundamental hacia el autocuidado. En una sociedad que valora la productividad constante, quizá el verdadero reto sea aprender a parar antes de que el cuerpo tenga que hacerlo por nosotros.

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¿Por qué estar solo puede generar tanta ansiedad?

En una sociedad hiperconectada, donde parece que nunca estamos realmente solos gracias al móvil o las redes sociales, hablar de miedo a la soledad puede resultar paradójico. Sin embargo, existe una realidad silenciosa que afecta a muchas personas: la autofobia, también conocida como el miedo intenso a estar solo. ¿Qué es la autofobia? La autofobia es un tipo de fobia específica que se caracteriza por un temor irracional y desproporcionado a quedarse solo. No se trata simplemente de preferir la compañía o de sentirse incómodo en soledad ocasionalmente, sino de una ansiedad intensa que puede interferir significativamente en la vida diaria. Las personas que la padecen pueden experimentar angustia incluso al anticipar momentos en los que estarán solas, lo que les lleva a evitar estas situaciones a toda costa. ¿Por qué aparece? Las causas de la autofobia pueden ser diversas y, en muchos casos, están relacionadas con experiencias emocionales previas. Algunos factores que pueden influir son: Experiencias de abandono en la infancia o adolescencia Pérdidas significativas (rupturas, fallecimientos) Baja autoestima o dependencia emocional Trastornos de ansiedad previos Miedo a enfrentarse a los propios pensamientos o emociones La autofobia no surge de la nada: suele estar conectada con una sensación interna de inseguridad o vacío. Síntomas más comunes Cuando una persona con autofobia se enfrenta a la posibilidad de estar sola, puede experimentar: Ansiedad intensa o ataques de pánico Sensación de vacío o desesperación Pensamientos catastróficos (“me pasará algo”, “no podré soportarlo”) Necesidad constante de compañía o contacto Evitación de situaciones donde pueda quedarse sola Dependencia emocional de otras personas En algunos casos, incluso puede haber síntomas físicos como taquicardia, sudoración o dificultad para respirar. ¿Cómo afecta a la vida cotidiana? La autofobia puede limitar mucho la vida de quien la padece. Algunas consecuencias frecuentes son: Dificultad para disfrutar del tiempo a solas Relaciones dependientes o poco equilibradas Miedo a tomar decisiones de forma autónoma Evitación de actividades cotidianas (viajar solo, dormir solo, estar en casa sin compañía) Esto puede generar un círculo vicioso: cuanto más se evita la soledad, más miedo produce. La diferencia entre soledad y estar solo Es importante distinguir entre dos conceptos: Estar solo: una situación física, objetiva Sentirse solo: una experiencia emocional Una persona puede estar sola y sentirse bien, o estar acompañada y sentirse profundamente sola. La autofobia está más relacionada con el miedo a lo que se experimenta internamente al quedarse solo. ¿Se puede superar la autofobia? Sí, la autofobia se puede trabajar y superar con el enfoque adecuado. Algunas estrategias útiles incluyen: 1. Exposición progresiva Ir enfrentándose poco a poco a momentos de soledad, comenzando por periodos cortos, puede ayudar a reducir el miedo. 2. Trabajo emocional Identificar qué hay detrás del miedo (abandono, inseguridad, necesidad de validación) es clave para sanar. 3. Fortalecer la autoestima Desarrollar una relación más sólida con uno mismo reduce la dependencia de los demás. 4. Aprender a disfrutar de la soledad La soledad también puede ser un espacio de descanso, creatividad y autoconocimiento. 5. Terapia psicológica Un profesional puede ayudar a entender el origen del problema y ofrecer herramientas para gestionarlo. La importancia de reconciliarse con uno mismo En el fondo, la autofobia no es solo miedo a estar solo, sino miedo a estar con uno mismo. Aprender a escucharse, a sostener las propias emociones y a disfrutar del propio espacio es un paso fundamental hacia el bienestar. Porque estar solo no tiene por qué ser sinónimo de vacío. Puede ser, también, una oportunidad para encontrarse.

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¿Trabajar agotados tiene consecuencias?

La baja laboral es un derecho que protege a las personas trabajadoras cuando, por motivos de salud, no pueden desempeñar su actividad profesional con normalidad. Aunque muchas veces se asocia únicamente a enfermedades físicas, la realidad es que la salud mental es una de las causas más frecuentes y, a la vez, más invisibilizadas de las bajas laborales. En este artículo te explicamos, de forma clara y divulgativa, qué es una baja laboral, cuándo se necesita, cómo se vive emocionalmente y por qué puede ser una herramienta clave para cuidar tu salud mental. ¿Qué es una baja laboral? La baja laboral es una situación en la que una persona deja temporalmente de trabajar porque su estado de salud —físico o psicológico— le impide hacerlo. Durante ese periodo, el objetivo principal no es producir, sino recuperarse. No se trata de “parar por capricho”, sino de proteger la salud y evitar que un problema se agrave. Trabajar sin estar bien no solo empeora la situación personal, sino que también puede afectar al rendimiento, a las relaciones laborales y a la seguridad. ¿Cuándo se puede necesitar una baja laboral? Una baja puede ser necesaria cuando: Existe una enfermedad física que impide trabajar con normalidad. El dolor, el cansancio o los síntomas interfieren en el día a día. Aparecen problemas de salud mental como ansiedad, depresión, estrés crónico o agotamiento emocional. El trabajo se convierte en una fuente constante de malestar, bloqueos o sufrimiento. En el caso de la salud mental, muchas personas llegan a la baja cuando ya están al límite, tras meses o incluso años forzándose a “aguantar”. La baja laboral y la salud mental Cada vez es más frecuente que las bajas laborales estén relacionadas con: Ansiedad generalizada Depresión Síndrome de burnout o desgaste profesional Trastornos del sueño Crisis de pánico Estrés laboral prolongado Aun así, sigue existiendo un gran estigma. Frases como “no parece tan grave”, “eso se pasa trabajando” o “todos estamos estresados” hacen que muchas personas se sientan culpables por necesitar parar. La salud mental también enferma, aunque no siempre se vea desde fuera. Emociones frecuentes durante una baja laboral Estar de baja no siempre es fácil a nivel emocional. Es habitual sentir: Culpa por no estar trabajando Miedo al qué dirán Sensación de fracaso o debilidad Incertidumbre sobre el futuro laboral Alivio por poder parar, mezclado con vergüenza Todas estas emociones son normales. Vivimos en una sociedad que valora la productividad por encima del bienestar, y eso deja huella. ¿La baja laboral significa rendirse? No. Pedir una baja no es rendirse, es responsabilizarse de la propia salud. A veces, parar es la única manera de: Escuchar lo que el cuerpo y la mente llevan tiempo avisando Iniciar un tratamiento adecuado Replantear ritmos, límites y prioridades Evitar una cronificación del problema Lejos de ser un paso atrás, puede convertirse en el primer paso hacia una recuperación real. ¿Qué hacer durante una baja por salud mental? Cada proceso es único, pero puede ser útil: Seguir las indicaciones médicas y terapéuticas Mantener rutinas suaves y realistas Evitar aislarse completamente Trabajar la autoexigencia y la culpa Reflexionar sobre los factores laborales que han influido en el malestar La baja no es solo “no trabajar”: es un tiempo para sanar, comprender y prevenir recaídas. Un mensaje importante Si estás atravesando una situación de malestar y te preguntas si necesitas una baja laboral, recuerda esto: Cuidar tu salud mental no es un lujo, es una necesidad. Pedir ayuda, parar y priorizarte no te hace débil, te hace humano.

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¿Cómo la respiración profunda puede ser clave para superar un ataque de pánico?

La respiración es necesaria para sobrevivir. Cuando tomas aire, tus pulmones separan de él el oxigeno que pasa a la sangre, donde es trasportado por la hemoglobina que lo distribuye por todo el cuerpo para ser utilizado por las células. Como resultado de esa utilización por las células, se produce un producto de desecho llamado anhídrido carbónico que pasa también a la sangre, es trasladado a los pulmones y desde allí se expulsa al tirar el aire Así cada vez que respiras se produce el siguiente proceso: Tomas aire que llega a tus pulmones En los pulmones el oxigeno del aire pasa a la sangre, que lo lleva a todas las células del cuerpo Las células toman ese oxigeno, lo utilizan y liberan un producto de desecho; el anhídrido carbónico El anhídrido carbónico es trasportado por la sangre a los pulmones Al expulsar el aire de tus pulmones, expulsas el anhídrido carbónico La hiperventilación Si respiramos demasiado rápido o tomamos demasiada cantidad de aire aumenta el nivel de oxigeno en la sangre porque tomamos mas oxigeno del que gastamos. Así se produce el estado de hiperventilación definido como respiración demasiado intensa o frecuente, para las necesidades del organismo en un momento dado. La hiperventilación produce una serie de alteraciones físcas, destacando las siguientes: Disminuye el anhídrido carbónico en la sangre Reduce el contenido acido de la sangre, haciéndola más alcalina Ambas llevan el estrechamiento de ciertos vasos sanguíneos, lo que disminuye la cantidad de sangre que lleva a diversas zonas del cerebro y del resto del cuerpo También se produce un aumento de retención de oxigeno en la sangre, que tiene el efecto de disminuir la llegada de oxigeno a determinados lugares, incluyendo diversas áreas del cerebro. Todo lo anterior puede producir una serie de sensaciones internas, siendo las más comunes las siguientes: Disminución de oxigeno en ciertas áreas del cerebro: mareo, confusión, sensación de ahogo, visión borrosa, sensación de irrealidad Disminución de oxigeno en otras partes del cuerpo: aumento del latido cardiaco, hormigueo, pinchazos en las extremidades, escalofríos, manos o pies fríos y húmedos. En ocasiones: rigidez muscular o sensación de ahogo, atragantamiento o asfixia Esfuerzo que supone hiperventilar: calor, sofoco y sudor mantenimiento de los músculos del tórax estirados y tensos durante mucho tiempo. Cansancio, agotamiento, dolores intercostales, sensación de opresión o tirantez o incluso dolores intenso en el pecho La hiperventilación es una reacción normal de nuestro organismo cuando se activa la ansiedad o el pánico, o si hacemos ejercicio físico. Cuando experimentamos una reacción de alarma acompañada de ejercicio físico intenso no se producen la mayoría de las sensaciones típicas de hiperventilación porque el exceso de oxigeno es consumido mediante el ejercicio. Los pacientes con pánico suelen hiperventilar sin darse cuenta, sobre todo si lo hacen ligeramente durante largos periodos de tiempo. En muchos de estos casos, se produce un aumento de oxigeno y un descenso de anhídrido carbónico, compensados, que no llega a producir síntomas; pero que puede actuar “como el vaso lleno que es colmado por unas gotas”. Es decir, la hiperventilación puede mantenerse en un nivel tal, que un leve incremento de esta puede desencadenar las sensaciones temidas. Pero hay  que tener en cuenta, que la hiperventilación no supone ningún peligro. De hecho, se utiliza en los tratamientos más eficaces para superar el pánico. Además la hiperventilación no desencadena el pánico. Solo da lugar a sensaciones que pueden malinterpretarse como señal de peligro. Recuerda que lo que da lugar al pánico es la interpretación catastrofista de esas u otras sensaciones internas, que crees que indican un peligro inminente. Esa percepción de peligro es la que hace que se active el sistema de alarma y que aumenten las sensaciones y se inicie el círculo vicioso del pánico.     (Información extraída de Cómo superar el pánico (con o sin agorafobia) programa de autoayuda / Elia Roca, 2009)

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¿Qué es la respuesta de ataque o fuga?

La respuesta de ataque o fuga está muy desarrollada y a lo largo de la historia nos ha ayudado a adaptarnos a un mundo hostil y a asegurarnos la supervivencia fisca. Esta respuesta también puede observarse fácilmente en otros mamíferos. Por ejemplo, antes de que un animal se decida a huir de un oponente mas fuerte, primero puede ofrecer un espectáculo agresivo y bravucón. Antes de batirse en retirada puede sisear, cambiar de color, ponerse erecto, dar zarpazos en el aire o bufarse. Estos gestos amenazadores pretenden ahuyentar al oponente. Podemos ver fácilmente el equivalente en la persona agresiva que grita, enrojece, se endereza y se inclina hacia adelante, señala con el dedo al blanco de su agresividad y dice cosas tales como: ¡Mas te vale que te andes con cuidado! Cuando la supervivencia fisca está en peligro, esta reacción constituye un sistema de respuesta de enorme importancia. La respuesta de ataque o fuga provoca una liberación de adrenalina y de otras hormonas asociadas al estrés. La respiración, el consumo de oxigeno y la vigilancia se incrementan, y el organismo se siente fuerte. Ganamos fuerza y empuje que pueden conducirnos o no a comportarnos sabiamente. Por ejemplo, cuando en la oscuridad de la noche tropiezan con un atracador que podría causarles un grave daño físico, las víctimas potenciales experimentan esta reacción cognitiva, conductual y fisiológica intensa y concebida con el propósito de ayudar a identificar una respuesta apropiada. Ahora bien, en el caso de los seres humanos de hoy en día tal vez la respuesta más apropiada no sea el ataque ni la fuga. Las autoridades suelen recomendar que nos limitemos a entregar el dinero y nos libremos así del posible daño físico. La respuesta de ataque o fuga también puede activarse cuando observamos que la supervivencia física de otras personas se está viendo amenazada. Por ejemplo, en tiempos de guerra la respuesta de ataque o fuga puede conducir al heroísmo, como cuando decidimos proteger y defender vidas humanas y valores colectivos a los que concedemos mucha importancia. Pero también puede conducir a la propia destrucción en un esfuerzo por proteger al grupo, como cuando una persona arriesga su seguridad para intervenir en una gresca o en un robo. En términos generales la respuesta de ataque o fuga constituye un vestigio de necesidades pasadas. La mayoría de los desencadenantes aversivos a los que nos enfrentamos no suponen una amenaza para la supervivencia fisca. Aunque ciertamente se cometen crímenes contra las personas, los pacientes tratados por la mayoría de los profesionales suelen encontrarse con desencadenantes que amenazan a la supervivencia social. Los desencadenantes suelen ser del tipo de tener una discusión verbal, ser objeto de bromas, abandonar nuestro asiento preferido en el teatro a requerimiento de otras personas, ser objeto de un escupitajo por parte de un compañero de instituto y observar a otros conductores, a los amigos, a los compañeros de trabajo o a los familiares comportarse de una forma inadecuada. Solo raramente los modernos desencadenantes amenazan nuestro bienestar físico y solo raramente nos vemos obligados a recurría a una reacción intensa de ataque. Los desencadenantes de hoy en día tales como los insultos verbales o el hecho de ser ignorado en una fiesta, con frecuencia suele ser activar una intensa reacción de ataque o fuga exactamente igual que si la supervivencia física estuviera amenazada. Son muchos los pacientes agresivos que despotrican de la desgracia social como si la propia supervivencia dependiera de que los acontecimientos  se desarrollasen tal y como estaba previsto. Además de los efectos negativos sobre el cuerpo del paciente derivado del aumento de la activación fisiológica, es útil enseñarles a los pacientes que en la sociedad actual la reacción de ataque o fuga suele ser contraproducente de cara a encontrar una solución a largo plazo al problema en cuestión. De hecho, no podemos ni luchar ni huir ante muchos de los desencadenantes cotidianos. Cuando tropezamos con un jefe, compañeros de trabajo, vecinos o unos hijos aversivos, en realidad disponemos de pocas opciones salvo controlar nuestras reacciones y encontrar soluciones que no impliquen el ataque ni la fuga. En la mayoría de los casos, pegar o salir corriendo no hará más que agravar los problemas. En el caso de los pacientes agresivos, los desencadenantes aversivos de la sociedad actual siguen conduciendo a la plena activación de la respuesta de ataque o fuga y provocando agresividad, discusiones, agresión, hipervigilancia, secreciones hormonales, tensión muscular y aumento de la reactividad. Ello conduce a su vez a una serie de reacciones conductuales que suelen ser contraproducentes de cara a encontrar una solución al problema. Junto con las cogniciones/verbalizaciones y las manifestaciones conductuales agresivas, los pacientes con una agresividad excesiva suelen comunicar síntomas de activación físicas tales como tensión muscular y aumento del ritmo cardiaco y de la respiración, sudoración e hipervigilancia. La activación agresiva le impide al paciente identificar las opciones apropiadas frente al desencadenante interpersonal o social. Dicha activación no solo inhibe la conducta motriz efectiva sino que inhibe igualmente la claridad de pensamiento. De hecho, nadie querrá ser el paciente de un dentista o de un cirujano agresivo y sumamente alterado. Ni tampoco querríamos que un presidente de la nación agresivo y sumamente alterado negociara tratados internacionales en los que se jugará un importante beneficio para el país. Las habilidades motrices y la capacidad de juicio se ven ambas afectadas por la agresividad. De cara a solucionar la mayoría de los problemas sociales, los pacientes pueden aprender a reducir sus pensamientos desadaptativos y conductas reactivas de base agresiva y sustituirlos por pensamientos y actitudes que tengan menos probabilidades de conducir a la agresividad. Pero ello no constituye una tarea fácil cuando el cuerpo está sumamente activo y lleno de hormonas de ataque o fuga y cuando los músculos están tensos y/o la respiración es excesiva. A los pacientes siempre les resulta difícil llevar a la práctica nuevas estrategias, pero especialmente cuando el nivel de activación física es elevado. Así pues, un primer paso para reducir la agresividad consiste

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¿Cómo influye el trastorno de pánico?

El trastorno de pánico se refiere a ataques de pánico inesperados y recurrentes (Criterio A). Un ataque de pánico es una oleada repentina de miedo intenso o malestar intenso que alcanza su máximo en cuestión de minutos y durante ese tiempo, se produce cuatro o más síntomas físicos y cognitivos de una lista de 13 síntomas. El término recurrente significa literalmente mas de una crisis de pánico inesperada. El término inesperado se refiere a un ataque de pánico para el que no hay señal obvia, o desencadenante en el momento de la aparición, es decir, el ataque parece ocurrir a partir de la nada, como cuando el individuo se relaja o aparece durante el sueño (ataque de pánico nocturno). En contraste, los ataques de pánico esperados son aquellos para los cuales existe una señal obvia o un desencadenante, como una situación en la que normalmente aparecen los ataques de pánico. La determinación de si los ataques de pánico son esperados o inesperados debe hacerla el clínico, que realiza este juicio basándose en la combinación de un interrogatorio cuidadoso en cuanto a la secuencia de los eventos anteriores o previos al ataque y la propia opinión del individuo sobre si el ataque ha aparecido con una razón aparente o sin ella. Pueden influir en la clasificación de los ataques de pánico, según sean inesperados o esperados las interpretaciones culturales. En Estados Unidos y en Europa, aproximadamente la mitad de los individuos con trastorno de pánico presenta ataques de pánico esperados y también inesperados. Por lo tanto, la presencia de ataques de pánico esperados no descarta el diagnóstico de trastorno de pánico. La frecuencia y la gravedad de los ataques de pánico varía. En cuanto a la frecuencia, algunos individuos presentan las crisis con una periodicidad moderada, pero regular desde unos meses antes hasta el momento actual. Otros describen breves salvas de crisis más frecuentes (ej., cada día) separadas por semanas o meses sin padecer un solo ataque, o bien los presentan con una frecuencia considerablemente menor (ej., dos cada mes) durante un periodo de varios años. Las personas que tienen ataques de pánico infrecuentes se parecen a que tienen ataques más frecuentes en lo que se refiere a síntomas, características demográficas, comorbilidad con otros trastornos, antecedentes familiares y datos biológicos. En cuanto a la gravedad, las personas con trastorno de pánico pueden tener ataques completos (cuatro o más síntomas) o limitados (menos de cuatro síntomas) y el número y el tipo de los síntomas con frecuencia difieren entre un ataque de pánico y el siguiente. Sin embargo, va a ser necesaria más de una crisis inesperada con síntomas completos para el diagnóstico del trastorno de pánico. Los individuos con ataque de pánico se preocupan de manera característica por las implicaciones o consecuencias que éstos pueden tener sobre sus vidas. Algunos temen que las crisis de pánico sean el anuncio de una enfermedad no diagnosticada que pueda poner en peligro la vida (ej., la enfermedad coronaria, un trastorno comicial), a pesar de los controles médicos repetidos que descartan esa posibilidad. Son frecuentes las preocupaciones sociales, como la vergüenza o el miedo a ser juzgados negativamente por los demás, debido a los síntomas evidentes del ataque de pánico, y la creencia de que las crisis de pánico indican que uno se está “volviendo loco” que se está perdiendo el control o que suponen cierta debilidad emocional (Criterio B). Algunos individuos con crisis de angustia recidivantes experimentan un cambio de comportamiento significativo (ej., abandonan su puesto de trabajo), peo niegan tener miedo a nuevas crisis de angustia o estar preocupados por sus posibles consecuencias. La preocupación por la posible aparición de nuevas crisis de angustia o sus posibles consecuencias suele asociarse al desarrollo de comportamientos de evitación que pueden reunir los criterios de agorafobia en cuyo caso debe efectuarse el diagnóstico de trastorno de angustia con agorafobia. Puede haber cambios de comportamiento desadaptativos para intentar minimizar o evitar nuevos ataques de pánico y sus consecuencias. Algunos ejemplos incluyen evitar el esfuerzo físico, reorganizar la vida diría para garantizar la disponibilidad de ayudar en caso de que los síntomas se repitan, lo que restringe las actividades habituales y evitar situaciones agorafóbicas como salir de casa, usar el transporte público, ir de compras. Un tipo de ataque de pánico inesperado es el ataque de pánico nocturno. En Estados Unidos se ha estimado que este tipo de ataque de pánico se produce al menos una vez en aproximadamente la tercera parte de las personas con trastorno de pánico. Además de preocuparse por los ataques de pánico y sus consecuencias, muchas personas con trastorno de pánico refieren sensaciones constantes o intermitentes de ansiedad, que están más relacionadas en líneas generales con problemas de salud o de salud mental. Además, puede haber preocupaciones generalizadas sobre si será posible completar las tareas diarias: soportar el estrés diario, uso excesivo de drogas para controlar los ataques de pánico o comportamientos extremos dirigidos a controlar dichos ataques. (información extraída de DSM-5 manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales / American Psychiatric Association, 2014)

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¿Cuáles son los síntomas que experimentan las personas con ansiedad?

La reacción de las personas ante el estrés forma parte de un instinto de supervivencia innato que les capacita para acentuar de modo instantáneo frente a las amenazas. En una situación de peligro, el organismo experimenta un proceso que incluye diversos cambios físicos. La frecuencia cardiaca aumenta y el corazón bombea sangre hacia todos los músculos, mientras que la presión arterial se eleva. El nivel de azúcar en la sangre aumenta y los pulmones aportan el oxigeno necesario para que los músculos transformen ese azúcar en energía, lo que se manifiesta con una respiración acelerada e incluso jadeante. Desde que el organismo posee un aporte sanguíneo limitado, se produce una redistribución entre los distintos sistemas, de tal modo que se reduce la cantidad de sangre que irriga al estómago, lo cual provoca alteraciones en el proceso digestivo. Se seca la boca, se dilatan las pupilas y la piel comienza a transpirar para enfriar el cuerpo, que experimenta un exceso de calor. Mientras, las glándulas suprarrenales liberan adrenalina, que mantiene las reacciones ante el estrés. Cuando el peligro desaparece, el individuo se relaja y su organismo libera la tensión mantenida. Por el contrario, una persona con ansiedad padece los mismos cambios físicos y químicos, pero mantiene la tensión de forma constante. Síntomas Si una persona sufre un ataque de ansiedad se sentirá aprensiva y nerviosa, le invadirá el temor, será incapaz de concentrarse, de pensar claramente y de descansar. Algunas veces puede sufrir pesadillas y síntomas ocasionales de terror, como palpitaciones, sudor en la palma de las manos, temblores, pérdida de la voz, dificultad al tragar e incluso diarrea. También pueden producirse dificultades respiratorias, dolores torácicos e incluso episodios de asma, debido a que los pulmones se encuentran bajo una presión constante. Al cabo de un tiempo de sufrir ansiedad, algunas personas se vuelven hipocondriacas, convencidas de que sufren trastornos cardiacos o digestivos. También resulta afectada la capacidad sexual de las personas ansiosas: los hombres experimentan serias dificultades para mantener la erección o bien tiene eyaculación precoz, mientras que las mujeres padecen diversas disfunciones orgásmicas. La contracción prolongada de los músculos puede causar calambres, dolor de espalda, hombros y cuello o cefaleas. Los trastornos digestivos pueden incluir irritación de colon, náuseas, dolor de estómago y úlceras gástricas. Si la ansiedad se prolonga se pueden desarrollar síntomas secundarios, como erupciones cutáneas o trastornos de peso, tanto por aumento como por pérdida. Cómo controlar la ansiedad Es necesario el conocimiento de las causas que motivan la ansiedad, e incidir sobre ellas para tratar de modificarlas Conviene practicar regularmente ejercicios de relajación, sentarse, leer o escuchar música Hay que tener en cuenta que el tabaco y el café aumentan el estrés El médico debe determinar si la ansiedad obedece a alguna dolencia física, como el hipertiroidismo En casos concretos, se puede recomendar un tratamiento con medicación ansiolítica o con psicoterapia (Información extraída de Guía médica familiar, 1994)  

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¿Cómo es un ataque de pánico y cuánto dura?

Llamamos crisis o ataque de pánico, siguiendo los criterios del DSM-IV-TR de la American Psychiatric Association, a la aparición repentina de un miedo intenso seguido de una serie de síntomas, de los cuales el sujeto debe tener un mínimo de cuatro para serle diagnosticado. La definición que el DSM-IV-TR hace de la crisis de pánico es la siguiente: “La característica principal de una crisis de angustia es la aparición aislada y temporal de miedo o malestar de carácter intenso, que se acompaña de al menos de un total de trece síntomas somáticos o cognoscitivos. La crisis se inicia de forma brusca y alcanza su máxima expresión con rapidez (habitualmente en 10 minutos o menos), acompañándose a menudo de una sensación de peligro o de muerte inminente y de una urgente necesidad de escapar”. Los trece síntomas somáticos o cognoscitivos vienen constituidos por: Palpitaciones o taquicardia Sudoración Temblores o sacudidas Sensación de ahogo Sensación de atragantamiento Opresión o malestar torácico Náuseas o molestias abdominales Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo Desrealización o despersonalización Miedo a volverse loco o descontrolarse Miedo a morir Parentesias (hormigueos o entumecimientos) Escalofríos o sofocaciones De igual forma, si seguimos las pautas de diagnóstico de la Organización Mundial de la Salud (OMS), definimos el ataque de pánico como: “La presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave (pánico) no limitadas en ninguna situación o conjunto de circunstancias particulares. Son por tanto imprevisibles. Como en otros trastornos de ansiedad, los síntomas predominantes varían de un caso a otro, pero es frecuente la aparición repentina de palpitaciones, dolor precordial, sensación de asfixia, mareo o vértigo y sensación de irrealidad. Casi constantemente hay un temor secundario a morirse, a perder el control o a enloquecer. Cada crisis suele durar solo unos minutos, pero también puede persistir más tiempo. Tanto en la frecuencia como el curso del trastorno, que predomina en mujeres, son bastante variables. A menudo el miedo y los síntomas vegetativos del ataque van creciendo de tal manera que los que los padecen terminan por salir, escapar de donde se encuentran. Si esto tiene lugar en una situación concreta, por ejemplo, en un autobús o en una multitud, el enfermo puede en el futuro tratar de evitar esa situación. Del mismo modo, frecuentes e imprevisibles ataques de pánico llevan a tener miedo a estar solo o ir a sitios públicos. Un ataque de pánico a menudo se sigue de un miedo persistente a tener otro ataque de pánico”. Es conveniente (por parte del autor) transmitir las premisas que necesitas conocer sobre los ataques de pánico, teniendo en cuenta nuestra forma de entender la enfermedad y la salud: Un ataque de pánico es un aviso, una comunicación que nos indica que las estructuras más arraigadas de nuestra supervivencia están en crisis Con el ataque de pánico, advertimos que vivimos en situación de carencia en los afectos que desde muy temprana edad nos indican que estamos a salvo El ADN de nuestra estabilidad se encuentra en los distintos tipos de amor que necesitamos para vivir sintiéndonos seguros El ataque de pánico se refiere a una fisura en estos pilares que nos contienen y nos dan confianza Esta base emotiva desencadena bioquímicas propias de situaciones de emergencia, que nos conducen hacia reacciones súbitas de alarma y amenaza La solución no la encontramos en el dominio del entorno, para poder salir seguros al exterior, es necesario que en nuestro mundo emocional todas las piezas estén colocadas, y nuestros apegos, interiorizados. Este libro quiere ayudar a cambiar la forma de afrontar una situación que seguro podemos nombrar de crisis vital. Por lo tanto, lo primero que tenemos que tener en cuenta, tanto si hemos padecido crisis de pánico como si no, es que aquellas personas que son capaces de solucionar el entramado que les hace padecerlas son posteriormente mucho más sanas y más conocedoras de su psiquismo y por qué no, después están mejor conectadas con el universo exterior con el que conviven, prueba de ello es saber decir que “no” con mayor seguridad y saben decir más veces que “sí” a más cosas de su vida. Tras un ataque de pánico, hay un antes y un después. La vida tras una crisis de este tipo siempre es distinta, para bien o para mal ya no es la misma; eso sí, el después no tiene por qué ser negativo si sabes entender el mensaje. Un ataque de pánico son muchos mensajes y todos ellos tienen un denominador común “tu vida ha llegado a un punto de inflexión, a un punto y aparte”. Algo tienes que cambiar. En consecuencia, debes realizar cambios en la forma de relacionarte con tu entorno y sobre todo contigo mismo. Lo único que te sacará de esa sensación de amenaza permanente y por consiguiente de estar bajo peligro vital será: Entender el mensaje Saber cambiar todo aquello que te ha hecho hasta hoy ser no solo dependiente sino incapaz de ser autónomo Darte cuenta de que detrás de un ataque de pánico hay un fallo en el sistema y solo entendiendo el sistema podrás encontrar la solución Somos un sistema de sistemas: Biológico: átomo, molécula, macromolecular, organela, célula, tejido, órgano Psicológico: emocional, cognitivo, conductual Social: pareja, familia, grupo, sociedad, cultura Y sobre todo comunicacional-relacional como la integración de los sistemas anteriores y como escenario en los que éstos se representan. De esta forma, el ataque de pánico nos indica que el sistema de sistemas identifica que nos encontramos ante una amenaza vital, algo ocurre en alguno de estos sistemas que influye de forma esencial en nuestro sistema global. Como mamíferos, estamos programados con mecanismos de defensa, de tal forma que ante situaciones de peligro vital éstos se disparan para conseguir una respuesta tanto física como psicológica que nos ayude a escapar, y a sobrevivir. De esta forma ante un incendio, un animal que nos ataca, una enfermedad, etc., estamos programados para desarrollar una serie de cambios químicos, psicológicos y sociales que nos ayuden a salir airosos. No obstante, ante un

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