Adolescentes

¿Cómo hablan los jóvenes de su salud mental?

La salud mental de los jóvenes es un tema cada vez más relevante, pero a menudo se pasa por alto cómo ellos mismos la expresan. Entender sus formas de comunicar emociones, estrés o ansiedad es clave para ofrecer apoyo adecuado y fomentar un bienestar emocional duradero. Formas de Expresión de la Salud Mental en los Jóvenes Los jóvenes no siempre hablan directamente de cómo se sienten; sus señales pueden ser sutiles o manifestarse de manera distinta según la personalidad, la cultura o el entorno. Algunas formas comunes incluyen: Redes sociales: Muchos jóvenes utilizan plataformas como Instagram, TikTok o Twitter para compartir sus emociones a través de publicaciones, historias o videos. Mensajes sobre frustración, tristeza o agotamiento pueden ser una forma de pedir ayuda de manera indirecta. Arte y creatividad: Dibujos, música, escritura o fotografía son vías de expresión que permiten procesar emociones difíciles sin necesidad de verbalizarlas. Conducta y hábitos: Cambios en el comportamiento, como aislamiento, irritabilidad, pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban o cambios en el sueño y la alimentación, pueden ser señales de problemas de salud mental. Lenguaje y humor: Algunos jóvenes recurren al sarcasmo o al humor negro para hablar de sus emociones, ocultando tristeza, ansiedad o estrés detrás de bromas. Factores que Influyen en la Expresión de la Salud Mental Estigma social: El miedo a ser juzgado hace que muchos jóvenes eviten hablar abiertamente sobre sus emociones. Educación emocional: La capacidad para reconocer y expresar emociones depende de la formación emocional que hayan recibido en la familia, la escuela o su entorno social. Redes de apoyo: Contar con amigos, familiares o profesionales confiables facilita la comunicación de lo que sienten. Cómo Ayudar y Apoyar a los Jóvenes Escucha activa: Prestar atención sin juzgar permite que los jóvenes se sientan seguros para expresar sus emociones. Fomentar la comunicación: Incentivar a que hablen de sus sentimientos de manera regular, usando preguntas abiertas y comprensivas. Apoyo profesional: Psicólogos, orientadores escolares y servicios de salud mental pueden ofrecer recursos y herramientas para gestionar emociones y conflictos internos. Promover la autoexpresión creativa: Animar a los jóvenes a usar la escritura, el arte o la música como un medio para procesar lo que sienten. Conclusión Los jóvenes expresan su salud mental de formas diversas, a veces indirectas o no convencionales. Reconocer sus señales y brindar un entorno de comprensión y apoyo es fundamental para que puedan desarrollarse emocionalmente de manera saludable. Fomentar espacios de escucha, acompañamiento y creatividad no solo ayuda a detectar problemas a tiempo, sino que también fortalece la resiliencia y el bienestar emocional de las nuevas generaciones.  

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¿Cómo se detecta la dislexia en niños y adolescentes?

La dislexia es un trastorno del aprendizaje que afecta la forma en que las personas leen, escriben y procesan las palabras. Aunque no es una discapacidad intelectual, puede presentar desafíos significativos en la vida cotidiana y en el rendimiento académico. Si sospechas que podrías tener dislexia, es importante reconocer los signos comunes y comprender cómo puede impactar tu vida. Este artículo te ayudará a identificar si estás experimentando síntomas relacionados con la dislexia y qué pasos seguir si lo crees necesario. ¿Qué es la dislexia? La dislexia es un trastorno neurológico que se caracteriza por dificultades para leer con precisión y fluidez, a pesar de tener una inteligencia normal o incluso superior. Las personas con dislexia pueden tener problemas con la decodificación de palabras, la ortografía y la comprensión lectora. Sin embargo, la dislexia no es un reflejo de la inteligencia; más bien, es una dificultad específica en la forma en que el cerebro procesa el lenguaje escrito. Signos comunes de la dislexia La dislexia se manifiesta de manera diferente en cada persona, pero algunos de los signos más comunes incluyen: Dificultad para leer y escribir Leer lentamente o con dificultad: Las personas con dislexia suelen tener problemas para reconocer palabras y leer fluidamente. Esto puede llevar más tiempo del que debería para leer un texto. Inversiones o omisiones de letras: Es común que se intercambien letras (como escribir «p» en lugar de «b»), se omitan letras o se agreguen letras incorrectas al escribir. Dificultad con la ortografía: Las personas con dislexia tienden a cometer errores ortográficos frecuentes, incluso cuando la palabra debería ser fácil de escribir. Problemas con el procesamiento de sonidos Dificultad para identificar sonidos o sílabas: Las personas con dislexia pueden tener dificultades para segmentar palabras en sonidos más pequeños (como las sílabas) o para reconocer la relación entre sonidos y letras. Confusión con palabras similares: Las palabras que suenan de forma similar pueden ser confusas para las personas con dislexia, como «banco» y «vanco» o «papa» y «mama». Dificultades con la comprensión lectora Problemas para recordar lo leído: Es común que las personas con dislexia no recuerden lo que han leído debido a las dificultades para decodificar las palabras rápidamente. Desinterés por leer: La frustración con la lectura puede llevar a la evitación de libros o actividades que requieran leer, incluso si la persona disfruta de la lectura cuando no hay barreras. Problemas con la organización y el tiempo Dificultad para organizar pensamientos y tareas: Las personas con dislexia a menudo tienen problemas para organizar sus ideas al escribir o hablar, lo que puede llevar a una expresión desordenada. Falta de coordinación entre letras y números: La confusión con los números y las letras es otra característica frecuente, lo que afecta tanto la lectura como la escritura de números. Dificultad con la memoria a corto plazo Dificultades para recordar secuencias de información: Las personas con dislexia pueden tener problemas para recordar secuencias, como los días de la semana o las instrucciones que se dan verbalmente. ¿Cuándo debo preocuparme? Es normal que las personas tengan dificultades en ciertos aspectos del aprendizaje, pero si experimentas varios de los signos mencionados de manera continua, puede ser una señal de que tienes dislexia. Es importante que no te frustres ni te sientas culpable; la dislexia es un trastorno común y puede ser tratado con intervenciones adecuadas. ¿Cómo se diagnostica la dislexia? El diagnóstico de la dislexia generalmente involucra una evaluación profesional que incluye pruebas de lectura, ortografía, comprensión, y habilidades cognitivas. Los especialistas, como psicólogos educativos o terapeutas del lenguaje, pueden ayudar a identificar si la dificultad de aprendizaje está relacionada con la dislexia u otro trastorno. Esta evaluación también ayudará a determinar el tipo de intervención o apoyo que podrías necesitar. ¿Qué hacer si creo que tengo dislexia? Si crees que podrías tener dislexia, sigue estos pasos: Habla con un profesional: Consulta con un psicólogo educativo, pedagogo o terapeuta especializado en dislexia para obtener una evaluación completa. Explora opciones de apoyo: La dislexia no tiene cura, pero existen muchas estrategias y herramientas que pueden ayudar a las personas a superar sus dificultades. La intervención temprana y el apoyo adecuado pueden mejorar significativamente el rendimiento. Sé paciente contigo mismo: Si te diagnostican dislexia, recuerda que no define tu inteligencia ni tu potencial. Existen muchas personas exitosas que han superado las barreras que plantea la dislexia. Considera recursos de aprendizaje: Existen aplicaciones, programas y libros que pueden ayudarte a mejorar tus habilidades de lectura y escritura, y a enfrentar los desafíos de manera eficaz. Conclusión La dislexia puede ser un reto, pero con el apoyo adecuado y estrategias de intervención, las personas pueden aprender a manejar sus dificultades y alcanzar su máximo potencial. Si sospechas que tienes dislexia, no dudes en buscar ayuda profesional. El diagnóstico temprano y el acceso a las herramientas correctas pueden marcar la diferencia en tu experiencia de aprendizaje y en tu bienestar general.  

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¿Cómo educar a los jóvenes sobre los riesgos del alcoholismo?

  Es fundamental para promover estilos de vida saludables y reducir los riesgos asociados con el consumo excesivo de alcohol. Aquí tienes algunas actividades que pueden ser efectivas para prevenir el alcoholismo en esta población:   Educación y Concienciación: – Organizar charlas y talleres en escuelas y comunidades sobre los riesgos del consumo de alcohol, los efectos en la salud y las consecuencias sociales. – Utilizar campañas de sensibilización atractivas y dirigidas específicamente a los jóvenes a través de medios de comunicación, redes sociales y materiales educativos.   Promoción de Estilos de Vida Saludables: – Fomentar la participación en actividades extracurriculares, deportes y pasatiempos que promuevan el bienestar físico y emocional. – Organizar eventos y actividades alternativas sin alcohol, como fiestas temáticas, excursiones, noches de cine, o eventos deportivos.   Desarrollo de Habilidades para la Vida: – Impartir programas de desarrollo de habilidades sociales y emocionales que ayuden a los jóvenes a lidiar con el estrés, la presión de grupo y la toma de decisiones. – Ofrecer talleres de resolución de problemas, comunicación efectiva y manejo del estrés.   Participación de la Comunidad: – Involucrar a padres, maestros, líderes comunitarios y otros adultos en la vida de los jóvenes para proporcionar modelos a seguir y apoyo. – Organizar actividades comunitarias que promuevan la cohesión social y fortalezcan los lazos familiares y comunitarios.   Acceso a Recursos y Apoyo: – Proporcionar información sobre servicios de asesoramiento, grupos de apoyo y líneas telefónicas de ayuda para jóvenes que necesiten orientación o apoyo emocional. – Crear espacios seguros y confidenciales donde los jóvenes puedan buscar ayuda sin temor a ser juzgados.   Legislación y Políticas: – Apoyar y promover la implementación y cumplimiento de políticas y regulaciones que restrinjan el acceso de los jóvenes al alcohol, como el aumento de la edad legal para beber y la prohibición de la venta de alcohol a menores. – Promover la responsabilidad social de los establecimientos que venden alcohol para prevenir la venta a menores de edad y promover prácticas de consumo responsable.   Modelos a Seguir: – Fomentar la participación activa de jóvenes en la comunidad como líderes y modelos a seguir para sus compañeros. – Destacar historias de éxito de jóvenes que han tomado decisiones saludables y han evitado el consumo de alcohol.   Al integrar estas actividades en programas educativos, comunitarios y familiares, podemos trabajar juntos para prevenir el alcoholismo en jóvenes y promover un futuro más saludable y próspero para ellos.

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¿A qué especialista acudir cuando mi hijo tiene un problema?

La orientación hacia un especialista puede proponerse cuando un trastorno resiste a los tratamientos o va acompañado de otras manifestaciones. Nos podemos imaginar el caso de un niño que padece trastorno de ansiedad, principalmente con miedos nocturnos repetidos, que no reacciona positivamente ni a un seguimiento comportamental ni a los medicamentos. El niño continúa despertándose por la noche. Se queja también de los conflictos familiares y los mismos padres subrayan que tiene dificultades escolares importantes. En este caso, el pediatra podrá juzgar que el miedo y el despertarse por la noche es tan solo uno de los trastornos y que el niño manifiesta varios síntomas de dificultades psíquicas, reforzados sin duda por un ambiente familiar perturbado. Por lo tanto, orientará a su paciente y a sus padres hacia un psiquiatra para niños. Esta gestión debe explicarse de forma clara a los pares. No debe en ningún caso percibirse como una renuncia por parte del pediatra. Durante esta gestión los padres deberán sentirse acompañados y animados, el niño implicado. Es importante explicarle al niño con palabras sencillas por qué debe visitar al psiquiatra. En algunos casos, el pediatra puede volver a ver a su paciente después de la consulta con el psiquiatra indicado así que sigue siendo el médico de referencia, lo que puede tranquilizar a unos padres asustados ante la idea de tener que entrar en relación con el mundo de la psiquiatría. Llevar a su hijo al psiquiatra no es un paso fácil. Es muy legítimo que este trámite suscite cierta inquietud o reticencia. Por otro lado, la desconfianza en la psiquiatra no procede solo de padres o algunos pediatras. Un pediatra que envía a su paciente al psiquiatra raramente obtiene respuesta. Esta falta de trasparencia es uno de los reproches recurrentes dirigidos a los psiquiatras por los médicos de familia o los pediatras. Con los bebés muy pequeños, el ortofonista juega un papel de prevención y su intervención toma la forma de educación precoz: consejos prácticos y entrevistas con el niño y sus padres. Con niños más mayores, el ortofonista puede empezar una verdadera reeducación. El especialista en psicomotricidad El especialista en psicomotricidad igual que el ortofonista no es médico. Ejerce una actividad paramédica, homologado en Francia con un diploma de Estado. El objetivo del trabajo del especialista en psicomotricidad es reeducar las funciones psicomotrices. Estas funciones pueden haber sido alteradas por un problema específico (dispraxia), una enfermedad, un accidente o por dificultades psicológicas que pueden conllevar una torpeza excesiva en el niño pequeño. La intervención de un especialista en psicomotricidad raramente es aislada. Se inserta la mayoría de las veces en un control multidisciplinario. Pero atención, este especialistas no es solo un técnico en tonicidad o en motricidad. Está también muy atento a las dificultades psicológicas del niño. Igual que los psicólogos y los psiquiatras, numerosos especialistas en psicomotricidad han sido influenciados por la corriente psicoanalítica. El especialista en psicomotricidad ayuda al niño a establecer un puente entre el cuerpo y el psiquismo, entre lo que expresa a través de su cuerpo y lo que siente. Puede utilizar técnicas de relajación, de educación gestual, de expresión corporal o de plástica. Los psi Para algunos psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas que piensan que las enfermedades mentales tienen ante todo un origen psíquico, no puede explicarse toldo solo buscando una causa orgánica. El cerebro, aunque hace posible el pensamiento, no puede desconectarse del entorno y de la historia del individuo. En lo que comúnmente llamamos locura, no encontramos solo desordenes neuronales, los daños cerebrales que entorpecen el pensamiento. Prueba de ello es que la locura alcanza a personas “normales” exentas de toda deficiencia cerebral En un niño hiperactivo, que padece trastorno de la atención por ejemplo, encontramos un problema de orden instrumental. Hay que ayudar al niño a concentrarse o a hacer trabajar su memoria, pero todo este aprendizaje no es solo cuestión técnica de reeducación. Para un “psi” el componente psicológico es esencial. El psiquiatra infantil El psiquiatra infantil es un psiquiatra que se ha especializado en el cuidado de los niños. En tanto que medico está habilitado para prescribir medicamentos psicótropos y él es el más apto para manipularlos. El psiquiatra infantil aborda al paciente de forma particular ya que el reconocimiento no reposa sobre un examen médico corporal sino que asume los síntomas expresados por el paciente: lo que el paciente dice o cuando se trata de un niño pequeño, la manera como se comporta con su entorno y lo que dicen sus padres. De entre las herramientas terapéuticas de que dispone el psiquiatra, aparte de los medicamentos, la palabra tiene una importancia primordial. El psiquiatra infantil diagnostica observando al niño, intentando comunicarse con él y escuchando a los padres. Algunas psiquiatrías utilizan escala de evaluación estándar. Éstas se presentan a menudo como formularios y se utilizan como ayuda en el diagnostico de ciertas patologías. El psiquiatra infantil puede también pedir chequeos complementarios o incluso reorientar hacia un médico especialista en somatología si finalmente piensa que el problema es orgánico y no psíquico. El papel del psiquiatra puede restringirse a unos simples consejos pero puede proponer también un apoyo o un control más marcado. La psiquiatría francesa ha estado muy influenciada por el psicoanálisis. La mayoría de los psiquiatras que trabajan en servicios infantojuveniles han recibido una formación psicoanalítica y practican psicoterapias de inspiración analítica. El psicoanalista Es a menudo psiquiatra o psicólogo de formación inicial. Sin embargo, algunos psicoanalistas provienen de disciplinas totalmente distintas. Verdad es que la única exigencia para ser psicoanalista es haberse psicoanalizado uno mismo. Pero la mayoría de psicoanalistas tiene una experiencia clínica importante porque han ejercido ya sea como psiquiatras o como psicólogos. Cada escuela decide la formación de sus psicoanalistas. El tratamiento analítico sigue modalidades muy precisas. Además de lo que llamamos cura-tipo, los psicoanalistas practican diferentes psicoterapias. Así las psicoterapias conjuntas madre-bebé o padres-bebé, que interesan cada vez más a los psicoanalistas, se han desarrollado bajo una óptica particular: curar las dificultades de la relación entre la madre

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¿Qué temas debes abordar cuando hables de sexo con un adolescente?

La adolescencia es una etapa de nuevas experiencias con los demás, las cuales, sin duda, están delimitadas por la aparición de una nueva forma de vivir y expresar la sexualidad. El deseo que siente el adolescente debe ser independiente y su mayor desarrollo intelectual le llevan a querer resolver sus propios problemas sin solicitar ayuda, aunque a veces no tenga la competencia suficiente para hacerlo, lo cual puede tener graves implicaciones para su sexualidad. Con el comienzo de la pubertad aparece también el deseo sexual. Es un deseo diferente de todos los que hasta ese momento se habían experimentado. El deseo sexual dirige la atención y la conducta hacia otras personas, provocando la necesidad de contacto, de comunicación de conocimiento mutuo. Esta nueva adquisición será la principal responsable de que algunos adolescentes decidan iniciarse en conductas propiamente sexuales antes de estar preparados para encajar emocionalmente los que éstas suponen. Las características de la conducta sexual de esta etapa son diferentes de las de periodos anteriores. Se trata de una conducta de mayor intensidad y mas impulsiva. Los chicos y las chicas pueden empezar a salir en pareja, iniciarse en besos y caricias de índole sexual, auto estimularse, tener fantasías homosexuales, etc. todos estos comportamientos son naturales tanto en adolescentes como en adultos y es importante que el adolescente no se sienta culpable por su práctica, ya que constituye el primer avance de lo que más adelante será una sexualidad bien desarrollada. Curiosidad, aprendizaje, acceder al mundo de los adultos, intercambio de afectos… de alguna forma, estas sensaciones y deseos permiten desarrollar relaciones y vínculos más allá del hogar paterno, lo cual es necesario para el proceso de socialización del adolescente. El desarrollo adecuado de habilidades de comunicación y de resolución de problemas; saber decir que no, expresar opiniones contrarias, pedir cambios y negociar con otras personas, ser capaces de establecer un grupo de amigos, conseguir citas, vencer la timidez, saber resolver los sentimientos y expresarlos correctamente, todas estas herramientas básicas en esta etapa para manejar los conflictos que en torno a la sexualidad se les van planteando La primera vez Les guste o no a los padres, la adolescencia es la etapa en que la mayoría de los chicos tiene sus primeras experiencias sexuales. En general, las características del entorno social influyen en que estas primeras experiencias sexuales sean cada vez más precoces. Dicha precocidad conlleva una serie de dificultades añadidas por varios motivos. En primer lugar, se suelen dar en un momento evolutivo en el que el resto de competencias, cuyo desarrollo debe ir parejo al de la sexualidad, no se ha completado. Este hecho implica que el adolescente no sepa gestionar los sentimientos y emociones que una relación tan intima le puede producir. Al mismo tiempo, la inexperiencia y la inmadurez, así como la ausencia en muchos casos de una educación sexual adecuada, o muy mediatizada por tópicos, conducen a creencias erróneas, mitificaciones, información parcial y ambigua, miedos, dudas, etc. que en muchos casos no superan la presión del grupo de iguales y pueden desembocar en embarazos no deseados, contagio de enfermedades, relaciones ajenas a un contexto afectivo, miedos, tensiones, problemas sexuales futuros, baja autoestima, etc. Cómo hablar de sexo con un adolescente La alternativa no puede ser la de prohibir las relaciones sexuales sino dar información adecuada y mantener una actitud de respeto por parte de los adultos. Este tipo de consecuencias desafortunadas tenderán a evitarse en mayor medida si se propicia en los adolescentes una aproximación a la sexualidad de manera progresiva, fomentando la idea de no tener prisa en tener relaciones sexuales completas y no obsesionándose por el aspecto puramente genital. Es importante asimilar que la educación sexual de los hijos no se improvisa, no es cosa de un día. Quien más quien menos, todos hemos sido “victimas” de la charlita de papá y mama, encabezada casi siempre por el consabido “hija creo que hay determinadas cosas que tienes que saber, porque ya no eres una niña” La realidad es que no existe o no debería existir una edad concreta para hablar sobre sexualidad con los hijos. No hay que esperar a la adolescencia para tener el primer encuentro comunicativo con ellos. Probablemente, a esa edad los hijos disponen ya de un alto porcentaje de información adulterada y equivoca. Nos hacemos cargo de que no siempre es fácil hablar con los hijos acerca del sexo. En muchas ocasiones, los padres se sienten abrumados ante la expectativa de tener que informar de determinadas cosas a sus hijos menores, razón por la que muchos de ellos reciben con alivio las negativas de sus hijos a hablar de algo que “ya conocen de sobra”. Obviamente, el hecho de que a los padres les resulte violento hablar de sexo con sus hijos no les exime de hacerlo, de ejercer su responsabilidad como formadores. Pensando en estas limitaciones, no tanto de índole intelectual cuanto emocional, se proponen una serie de pautas que pueden facilitar y orientar esta completa labor de los padres. Informar, ¿hasta dónde? Cuando un chico/a llega a la adolescencia, debe tener ya una determinada información sexual, como por ejemplo: Saber que la sexualidad es una forma de relación entre personas que supone una fuente de placer tanto físico como psíquico Saber que el cauce natural para tener hijos es la relación hombre-mujer Tener conocimientos básicos sobre los aspectos fisiológicos del aparato reproductor y los caracteres sexuales que diferencian al hombre de la mujer Saber lo que es la auto estimulación y la función que cumple Ir tomando conciencia de la importancia de implicar los sentimientos en la experimentación de la sexualidad. Ya en la adolescencia, nuestra forma de comunicación con los hijos deberá ser más clara y especifica. Hay que tener en cuenta que a diferencia de lo que ocurría en la niñez, ahora sí van a tener la oportunidad de poner en práctica la información que reciben. Al llegar a la adolescencia, el menor debería ser informado como mínimo de los siguientes temas: Es habitual,

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¿Cuáles son las formas más efectivas de acabar con la depresión en los jóvenes?

En un estudio llevado a cabo en un instituto de Oregón, uno de cada cuatro estudiantes mostraba lo que los psicólogos denominan una “depresión moderada”, una depresión que, aunque no reviste la suficiente gravedad como para afirmar que excede el grado de insatisfacción natural, bien podría constituir la antesala de una depresión auténtica. Setenta y cinco estudiantes aquejados de esta depresión moderada aprendieron, en una clase especial fuera del horario habitual lectivo, a modificar las pautas de pensamiento generalmente asociadas a ese estado, a hacer amigos, a relacionarse mejor con sus padres y a comprometerse en aquellas actividades sociales que les resultaban más atractivas. El 55% de los participantes en el programa, de ocho semanas de duración, logró recuperarse de su depresión, algo que solo consiguió el 25% de los estudiantes deprimidos que no se había beneficiado del programa. Un año más tarde, el 25% de los componentes del grupo de control había caído en una depresión mayor frente al 14% de los alumnos que habían participado en el programa de prevención. Así pues, aunque el programa solo durase ocho sesiones, redujo a la mitad el riesgo de contraer una depresión. El mismo tipo de conclusiones esperanzadoras nos ofrece un programa especial de frecuencia semanal dirigido a niños de edades comprendidas entre los diez y los trece años que tenían frecuentes disputas con sus padres y que también presentaban síntomas de depresión. Durante esta sesiones extraescolares los niños aprendían ciertas habilidades emocionales básicas, como hacer frente a los problemas, pensar antes de actuar y tal vez lo más importante, revisar y modificar las creencias pesimistas ligadas a la depresión (como por ejemplo, tomar la firma resolución de esforzarse más en el estudio después de haber obtenido malos resultados en un examen, en vez de pensar “no soy lo suficientemente listo”). En opinión del psicólogo Martin Seligman, uno de los creadores de este programa de doce semanas de duración: “en estas clases los niños aprenden que es posible hacer frente a estados de ánimo como la ansiedad, el abatimiento o el enfado y que la transformación de nuestros pensamientos nos permite, en cierto modo, transformar también nuestros sentimientos”. Según Seligman, el hecho de hacer frente a los pensamientos depresivos disipa las tinieblas del estado de ánimo negativo y “solo depende del esfuerzo sostenido momento a momento el que esto termine convirtiéndose en un hábito”. Estas sesiones especiales también redujeron a la mitad la frecuencia de las depresiones después de dos años de haber concluido el programa. Al cabo de un año, solo el 8% de los participantes arrojaron unos resultados en un test sobre depresión que los situaba en un nivel entre moderado y grave mientras que dos años después, el 20% de los muchachos que habían seguido el curso mostraban algunos síntomas de depresión moderada. El aprendizaje de estas habilidades emocionales, puede resultar especialmente útil en plena adolescencia. Como observa Seligman: “estos chicos suelen estar mejor preparados para afrontar la ansiedad normal que experimenta el adolescente frente al rechazo y parecen haber aprendido esta habilidad en un periodo especialmente crítico para la depresión que tiene lugar alrededor de los diez años de edad. Después de aprendida, esta lección parece persistir e incluso fortalecerse en el curso de los años posteriores, sugiriendo claramente su aplicabilidad a la vida cotidiana”. Los especialistas en la depresión infantil se muestran sumamente esperanzados con la aparición de estos programas. Según Kovac: “si queremos intervenir eficazmente en problemas psiquiátricos tales como la depresión, tenemos que hacer algo antes de que los niños enfermen. La única solución aparece pasar por algún tipo de vacuna psicológica”.     (Información extraída de Inteligencia emocional / Daniel Goleman; traducción de David González Raga y Fernando Mora, 1996)  

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¿Cómo identificar el trastorno disocial en los adolescentes y qué señales deben preocupar?

La primera característica que uno podría esperar de un niño, niña o adolescente que presenta trastorno disocial es que tenga malas relaciones con las personas que han sido víctimas directas o indirectas de sus actos antisociales. Debido a ello, es común que estos niños y adolescentes sean rechazados por los pares que no presentan este tipo de comportamientos. Los niños que presentan dificultades de agresividad tienden a ser rechazados por sus pares desde el comienzo de los años escolares, lo que los lleva a asociarse con otros niños con dificultades similares. Es posible que este rechazo no se deba solamente a los actos agresivos por sí mismos, sino a falta de habilidades sociales. Estos individuos presentan una serie de dificultades en la forma en la que reaccionan ante el comportamiento de sus semejantes que son coherentes con este déficit en habilidades interpersonales. Varios estudios muestran que son frecuentes los individuos que han estado implicados en actos delictivos en su adolescencia y que tuvieron malas relaciones con sus pares en su infancia, lo que indica que estos individuos pudieran haber sido objeto de rechazo por partes de los pares “normales” en su infancia y que, por ello, se pudieron haber involucrado con pares que también tenían problemas de comportamiento. Otro rasgo entre los individuos con desorden de conducta, es el mantenimiento de una relación caracterizada por el uso de la agresividad y la coerción con los hermanos Problemas académicos Como consecuencia de sus conductas antisociales, los niños con desorden de conducta son objeto de continuas sanciones disciplinarias en el ámbito escolar, que en el peor de los casos pueden llevarlos a la expulsión del plantel educativo. Tal vez por esta razón estas personas tienden a prestar un nivel educativo inferior al promedio. El fracaso académico por su parte, ha sido considerado factor de riesgo por los problemas de conducta antisocial en la adolescencia. Existen varios estudios que señalan que el bajo interés académico, manifestado por aspectos como las fugas del plantel y el bajo rendimiento, puede relacionarse con la delincuencia juvenil junto con otros factores. El rechazo social y el fracaso académico como factores asociados con la delincuencia juvenil Patterson y sus colegas (1989) elaboraron un modelo descriptivo que muestra que los niños que presentan problemas de comportamiento desde temprana edad, tienen alta probabilidad de ser objeto de rechazo por partes de sus pares y fracasar académicamente en los años escolares. De acuerdo con este modelo, debido a estas dos circunstancias es muy probable que estos niños se junten con niños que también presentan problemas de comportamiento, entre los cuales encontrarían reconocimiento y aceptación por las conductas problemáticas por las cuales fueron objeto de exclusión y rechazo social. Estos niños mostrarían alta probabilidad de involucrarse en actos delictivos y otras conductas criminales en su adolescencia, si llegan a entrar en contacto con grupos dedicados a este tipo de actividades. Patterson y sus colegas han resaltado que los problemas de comportamiento infantil que se presentan en los años preescolares, en la primera etapa de este modelo progresivo de conducta antisocial, son el resultado de una disciplina paterna débil y de malos tratos infantiles. Así mismo, hacen énfasis en la transmisión intergeneracional de la violencia, al resaltar como estos mismos niños se convertirán en delincuentes juveniles y quizá también ejercerán una débil disciplina y violencia hacia sus propios hijos favoreciendo la repetición de este modelo progresivo en su descendencia. Características emocionales y de la personalidad Autoestima Los individuos con desorden de conducta suelen tener baja autoestima, los estudios demuestran que estos individuos demuestran un ego “inflado” que hace que tengan alta autovaloración, se jacten de sí mismos y respondan con agresividad cuando alguien ataca su autoestima. Impulsividad Los individuos con desorden de conducta presentan una serie de características que señalan claramente dificultades para controlar sus impulsos y anticipar las consecuencias de sus actos. La APA (2002) señala en este sentido, que estos individuos suelen llevar a cabo actos imprudentes o que ponen en riesgo su salud, incluyendo su salud sexual y reproductiva. Por ello, es común que sufran lesiones físicas producto de accidentes y peleas y que presenten tasas más altas de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual que los adolescentes sin desorden de conducta. Suelen comenzar a consumir cigarrillo, bebidas alcohólicas y sustancias ilegales a edad mucho menor que la del promedio. Además de la imprudencia, otro indicador de dificultades en el control de los impulsos, es el hecho de que los individuos con desorden de conducta presentan mayor frecuencia de ideaciones suicidas e intentos de suicidio consumados y no consumados que la población general. Debido a ello, se han considerado que dicho desorden es un factor de riesgo del suicido en la adolescencia Daderman (1998) evaluó la impulsividad en un grupo de 47 adolescentes varones con trastorno disocial, comparándolos con 82 varones normales. Encontró que dichos adolescentes tenían un promedio de puntuaciones significativamente mayor en la impulsividad con sus pares normales. Otros rasgos emocionales La APA (2002) también ha señalado que los individuos con desorden de conducta tienden a presentar baja tolerancia a la frustración, irritabilidad, baja empatía y ataques de ira. Trastorno disocial y psicopatía La psicopatía es un trastorno de la personalidad que según Hare, Hart y Harper incluye las siguientes características: Ausencia total de remordimiento Autovaloración exageradamente alta, arrogancia Ausencia total de remordimiento Ausencia de empatía en las relaciones interpersonales Manipulación ajena y con recursos frecuentes al engaño Problemas de conducta en la infancia Conducta antisocial en la vida adulta Impulsividad Ausencia de autocontrol Irresponsabilidad Quay (1965) ha señalado que otra característica fundamental del psicópata es una búsqueda patológica de la estimulación, es decir, tendencia a buscar experiencias excitantes a pesar de los peligros potenciales. Esto se debe a que el psicópata posee baja reactividad de sus Sistema Nervioso Autónomo, el cual regula la excitación fisiológica ante el peligro y la amenaza. Esta búsqueda de estimulación fue bautizada como “búsqueda de sensaciones” y ha sido definida como la búsqueda de experiencias y sensaciones intensas, novedosas,

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¿Cómo Distinguir la Depresión Normal de un Trastorno Depresivo Mayor en Jóvenes?

Los síntomas de los criterios diagnósticos del trastorno depresivo mayor deberían aparecer casi cada día para poder considerar, con la excepción del cambio de peso y la ideación suicida. Debería haber ánimo deprimido la mayor parte del día, además de casi cada día. A menudo los síntomas de presentación son el insomnio y la fatiga, y el trastorno se infra diagnóstica si no se reconocen los otros síntomas depresivos acompañantes. Al principio, el paciente quizá niegue que está triste, pero la tristeza se podría reconocer a través de la entrevista o deducir de la expresión facial o la conducta. En los pacientes que se centran en una queja somática, los clínicos deberían determinar si el malestar de esa queja se asocia a síntomas depresivos específicos. Aparecen fatiga y alteración del sueño en una alta proporción de casos, y las alteraciones psicomotoras son mucho menos frecuentes, pero son indicativas de una mayor gravedad global, al igual que la presencia de una culpa delirante o casi delirante. El rasgo principal del episodio depresivo mayor es un periodo de tiempo de al menos dos semanas durante el cual existe ánimo depresivo o pérdida del interés o del placer en casi todas las actividades. En los niños y adolescentes, el ánimo suele ser irritable más que triste. El paciente debe experimentar además al menos cuatro síntomas adicionales de una lista que incluye cambios en el apetito o el peso y en la actividad psicomotora, energía disminuida, sentimientos de culpa, dificultades para pensar, para concentrarse o para tomar decisiones y pensamientos recurrentes de muerte o ideación suicida, o planes o intentos de suicidio. Para que un síntoma cuente como parte de un trastorno depresivo mayor ha de ser nuevo o debe haber empeorado en comparación con el estado de la persona antes del episodio. Los síntomas deben ser persistentes la mayor parte del día, casi a diario, durante al menos dos semanas consecutivas. El episodio debe acompañarse de un malestar significativo o de una alteración del funcionamiento social, ocupacional o de otras áreas importantes. En algunos pacientes con episodios leves, el funcionamiento puede parecer normal, pero requiere un esfuerzo notablemente elevado. El ánimo en el episodio depresivo mayor lo describe a menudo la persona como deprimido, triste, desesperanzado, desanimado o “por los suelos”. En algunos casos se puede negar parcialmente la tristeza, pero ésta se puede reconocer posteriormente a través de una entrevista. En algunos pacientes que se quejan de sentirse “sosos”, sin sentimientos o que se sienten ansiosos se podría deducir la presencia de un ánimo deprimidos partir de la expresión facial del paciente y de su conducta. Algunos pacientes enfatizan las quejas somáticas (ej., dolores y sufrimientos corporales) en lugar de manifestar sentimientos de tristeza. Muchos pacientes refieren o presentan un aumento de la irritabilidad (ej., ira persistente, tendencia a responder a los acontecimientos con accesos de ira o culpabilizando a los otros, o un exagerado sentido de la frustración por acontecimientos menores). En los niños y adolescentes aparece un ánimo irritable o malhumorado más que un ánimo triste o abatido. Esta forma de presentación debería diferenciarse de los patrones de irritabilidad frente a la frustración. Casi siempre se produce una pérdida del interés o del placer, al menos en algún grado. Los pacientes pueden referir que se sienten menos interesados por los hobbies, “que no les importan” o que no sienten el placer en las actividades que antes consideraban placenteras. Los familiares notan a menudo un mayor aislamiento social o el abandono de los pasatiempos con los que disfrutaban. En algunos pacientes, en comparación con los niveles previos, existe una reducción significativa del interés o el deseo sexual. La alteración del apetito puede producirse en forma de disminución o aumento. Algunos pacientes deprimidos refieren que tienen que forzarse para comer. Otros pueden comer más y pueden tener ansia por determinadas comidas (ej., dulce u otros hidratos de carbono). Cuando los cambios del apetito son graves, hay una pérdida o ganancia significativa de peso y en los niños no se alcanza la ganancia ponderada esperada. Las alteraciones del sueño se pueden presentar en forma de dificultad para dormir o de sueño excesivo. Cuando existe insomnio, normalmente se presenta como un insomnio medio (ej., el paciente se despierta a lo largo de la noche y tiene dificultades para volverse a dormir) y también puede existir insomnio precoz (ej., dificultad para quedarse dormido). Los pacientes que presentan un exceso de sueño (hipersomnia), pueden presentar periodos de sueño prolongado durante la noche o un aumento del suelo durante el día. A veces, el motivo que lleva al paciente a buscar tratamiento son las alteraciones del sueño. Los cambios psicomotores incluyen la agitación (ej., incapacidad para sentarse y estar quietos, caminar de un lado a otro, retorcerse las manos o tocarse o frotarse la piel, la ropa u otros objetos) y la lentificación (ej., discurso, pensamiento y movimientos corporales ralentizados, aumento de las pausas antes de contestar, disminución del volumen, la inflexión, la cantidad o la variedad del contenido del discurso o mutismo). La agitación y el retardo psicomotor deben ser lo suficientemente graves como para ser observables por otras personas y no deberían representar únicamente sensaciones subjetivas. Son frecuentes la disminución de la energía, el cansancio y la fatiga. Una persona puede referir una fatiga mantenida sin haber realizado ningún esfuerzo físico. Incluso las tareas más pequeñas parecen requerir un esfuerzo considerable. Es posible que se reduzca la eficiencia con la que se realizan las tareas. Por ejemplo, un paciente puede quejarse de que lavarse y vestirse por las mañanas resulta extenuante y requiere el doble de tiempo de lo habitual. El sentimiento de inutilidad o de culpa que se presenta en el episodio depresivo mayor puede incluir evaluaciones negativas, fuera de la realidad, de la propia valía, preocupaciones de culpa, rumiaciones sobre pequeños errores del pasado. Estos pacientes a menudo malinterpretan los acontecimientos diarios neutros o triviales como si probasen los propios defectos personales y tienen un exagerado sentido de la responsabilidad hacia los

¿Cómo Distinguir la Depresión Normal de un Trastorno Depresivo Mayor en Jóvenes? Leer más »