Durante mucho tiempo no supe ponerle nombre a lo que me pasaba. Solo sentía que algo dentro de mí no estaba bien.
Vengo de una infancia marcada por experiencias que normalicé sin entender el daño que dejaban. El bullying en el colegio fue uno de los momentos que más me marcó. Ahí empezó una inseguridad profunda, una tristeza que se fue quedando dentro y una forma de mirarme a mí misma desde el rechazo. Llegó un punto en el que mirarme al espejo no era algo neutro… era difícil. Crecí aprendiendo a callar, a aguantar, a seguir. A sobrevivir.
Con los años, todo eso empezó a salir en forma de ansiedad y depresión. Al principio no lo entendía, solo sabía que algo me sobrepasaba. Había días en los que simplemente intentaba llegar a la noche. No era vivir… era aguantar.
Y lo más duro no siempre fue lo que me pasaba por dentro, sino muchas veces sentir que no había acompañamiento fuera. Hubo personas que no supieron estar, que miraron hacia otro lado, incluso en momentos en los que más lo necesitaba. Eso también duele. Eso también deja huella. Pero también hubo luz.
Mi marido ha sido un pilar en los momentos en los que yo no sabía ni cómo sostenerme. Sin soluciones mágicas, pero estando. Sin soltar. Y mis hijos… han sido una de las razones más profundas para seguir. No desde la obligación, sino desde el vínculo. Incluso cuando yo no tenía fuerzas por mí, ellos me conectaban con algo que me hacía no rendirme del todo.
Y luego llegó la escritura.
Empecé a escribir porque no podía seguir guardándolo todo dentro. Porque necesitaba entenderme. Porque había demasiado que no sabía cómo decir en voz alta. Escribir fue, primero, una forma de no ahogarme… y después, una forma de reconstruirme.
Así nació “No me rompí del todo”.
No como un libro de respuestas, sino como un libro de verdad. De lo vivido. De lo que duele, de lo que pesa, de lo que muchas veces se calla. Escribirlo fue volver a atravesar mi historia, pero también darle un sentido.
Y en algún momento entendí que ya no era solo mi historia.
Que ahí fuera había muchas personas sintiéndose igual. Callando igual. Aguantando igual.
Hoy sigo en proceso. Sigo teniendo días difíciles, pero ya no estoy en el mismo lugar. Ahora me escucho más, me exijo menos y he aprendido algo que lo cambia todo: a no abandonarme.
Sigo escribiendo, en mis blogs y en todo lo que aún necesito sacar. Porque hay partes de mi historia que durante mucho tiempo se quedaron guardadas en un cajón… y ahora estoy preparada para abrirlo. Por eso también estoy trabajando en la segunda parte del libro. No porque todo esté resuelto, sino precisamente porque no lo está. Si algo define mi historia no es haber estado bien… es no haberme rendido del todo.
Y si alguien se reconoce en mis palabras, si alguien se siente un poco menos solo después de leerme… entonces todo habrá tenido sentido.
Porque al final, de eso va todo esto: de dejar de sobrevivir en silencio… y empezar, poco a poco, a vivir sin abandonarte.
(testimonio de María, 40 años)




