Entrevista a Tamara Arroyo psicóloga cíclica

Tamara es psicóloga y psicoterapeuta especializada en trauma, psicoterapia corporal y salud femenina. Desde hace más de veinte años acompaña procesos de cambio y recuperación, integrando distintas corrientes psicoterapéuticas desde una mirada que entiende a la persona como una unidad donde cuerpo, emociones, historia y contexto se influyen mutuamente. A través de Psicología Cíclica y Ágora Vitae también desarrolla formación y supervisión para profesionales, con el propósito de ampliar la comprensión de la salud mental femenina desde una perspectiva integradora, rigurosa y profundamente humana.

¿Cuál fue el momento en el que comprendiste que la psicología necesitaba integrar el cuerpo y el ciclo femenino para ofrecer una comprensión más completa de la experiencia de las mujeres? Más que un momento concreto fue una evidencia que se fue construyendo con los años. En consulta veía mujeres que comprendían perfectamente lo que les ocurría desde un punto de vista cognitivo, pero cuyos cuerpos seguían viviendo en alerta, agotamiento o desconexión. También observaba cómo muchas sufrían porque interpretaban como problemáticos cambios vinculados a su ciclo menstrual, al posparto o a la perimenopausia, cuando en realidad nadie les había enseñado a comprender esos procesos.

Entendí que era imposible hablar de salud mental femenina dejando fuera el cuerpo y la biología. No porque el ciclo explique todo, sino porque forma parte de la experiencia de muchas mujeres y dialoga constantemente con su historia, sus relaciones y su contexto.

Durante mucho tiempo, la psicología y la medicina han generado gran parte de su conocimiento a partir de investigaciones realizadas mayoritariamente con hombres, asumiendo que esos resultados eran universalmente aplicables. Poco a poco estamos comprendiendo que incorporar la salud femenina no significa crear una psicología distinta, sino hacer una psicología más completa y más precisa.

Hablas de la naturaleza, la artesanía y los cuidados como pilares de tu vida. ¿Cómo han moldeado estos tres escenarios tu forma de acompañar a las personas en consulta y qué enseñanzas te siguen ofreciendo hoy? Los tres tienen algo en común: me recuerdan que los procesos importantes no pueden acelerarse.

La naturaleza enseña que todo tiene ritmos y estaciones. La artesanía me recuerda el valor de lo imperfecto y del trabajo paciente. Y los cuidados me han enseñado que el vínculo es profundamente transformador.

Creo que la psicoterapia comparte mucho con esas experiencias. No consiste en «arreglar» personas, sino en crear las condiciones para que puedan reorganizarse desde sus propios recursos.

Tras dos décadas de trayectoria profesional, ¿qué creencias sobre la salud mental has tenido que desmontar en ti misma para seguir evolucionando como psicoterapeuta? Quizá la más importante ha sido abandonar la idea de que comprender un problema basta para resolverlo.

Hoy sabemos mucho más sobre trauma, neurobiología y memoria implícita. Hay experiencias que no se modifican únicamente hablando sobre ellas. Necesitan ser vividas de otra manera también desde el cuerpo y desde una relación terapéutica suficientemente segura.

Otra creencia que he dejado atrás es pensar que existe un método válido para todas las personas. Cada proceso necesita una escucha distinta,

En una sociedad que sigue premiando el rendimiento constante, ¿qué consecuencias psicológicas observas cuando las mujeres intentan vivir desconectadas de sus ritmos biológicos y emocionales? Veo muchísimo agotamiento.

Muchas mujeres viven intentando mantener siempre el mismo nivel de productividad, energía y disponibilidad, ignorando señales de cansancio, necesidad de descanso o cambios naturales en su estado físico y emocional.

No se trata de afirmar que todas las dificultades psicológicas tengan un origen biológico, ni mucho menos. La salud mental siempre surge de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. Pero ignorar cualquiera de esas dimensiones empobrece nuestra comprensión de las personas.

Cuando una persona aprende a desconectarse de esas señales para responder continuamente a las exigencias externas, acaba perdiendo también la capacidad de reconocer sus propias necesidades. Eso favorece la ansiedad, la culpa, el burnout y, en muchos casos, una sensación muy profunda de haberse perdido a sí misma.

La expresión «Psicología Cíclica» despierta mucha curiosidad. Si tuvieras que explicarla a alguien que nunca ha oído hablar de ella, ¿qué aspectos consideras imprescindibles para entender su verdadero alcance? Psicología Cíclica no significa que todas las mujeres sean iguales ni que todo dependa de las hormonas. Tampoco propone una visión esencialista de lo femenino.

Es una forma de comprender la salud mental integrando una realidad que durante mucho tiempo apenas se ha tenido en cuenta: que muchos procesos biológicos femeninos interactúan con las emociones, el estrés, el trauma, las relaciones y el contexto social.

Durante décadas, estas variables apenas estuvieron presentes en la investigación psicológica y médica, lo que ha contribuido a que muchas experiencias específicamente femeninas fueran malinterpretadas, invisibilizadas o incluso patologizadas.

La Psicología Cíclica propone ampliar la mirada. No sustituye a la psicología basada en la evidencia, sino que incorpora conocimientos procedentes de la neurociencia, la psicología del trauma, la endocrinología y la salud emocional femenina para comprender mejor la experiencia de las mujeres desde una perspectiva integradora.

Con frecuencia escuchamos a mujeres describirse como «demasiado sensibles», «intensas» o «inestables». ¿Cómo influye el contexto cultural en estas etiquetas y qué impacto tienen sobre la autoestima y la identidad? Las etiquetas nunca aparecen en el vacío.

Muchas mujeres han aprendido desde pequeñas que expresar determinadas emociones es un exceso. Cuando esa mirada externa se interioriza, terminan dudando de sí mismas incluso cuando sus reacciones son completamente comprensibles.

Uno de los trabajos más importantes en terapia consiste precisamente en diferenciar lo que realmente pertenece a la persona de aquello que ha aprendido a pensar sobre sí misma.

Has estudiado diferentes modelos de psicoterapia corporal y abordaje del trauma. ¿Qué aportaciones únicas encuentras en cada uno y cómo las integras sin perder la esencia de tu propia mirada clínica? Cada modelo aporta una pieza distinta.

Algunos ayudan especialmente a comprender el funcionamiento del sistema nervioso; otros ofrecen herramientas muy valiosas para trabajar el trauma del desarrollo, la regulación emocional o la relación terapéutica.

Con los años he aprendido que integrar no significa mezclar técnicas, sino construir una forma coherente de trabajar donde cada intervención tenga sentido para esa persona concreta. El criterio clínico siempre está por encima del método.

Vivimos una época en la que cada vez se habla más de regulación emocional. Desde tu experiencia, ¿qué papel desempeña realmente el cuerpo en ese proceso y qué errores solemos cometer al intentar regularnos únicamente desde la razón? El cuerpo no es un complemento de la regulación emocional; es uno de sus protagonistas.

Cuando el sistema nervioso está en estado de amenaza, explicar racionalmente que «no pasa nada» suele tener muy poco efecto.

Uno de los errores más frecuentes es intentar convencernos de que deberíamos sentirnos de otra manera. La regulación comienza mucho antes: aprendiendo a percibir las señales del cuerpo, aumentar la sensación de seguridad y recuperar gradualmente la capacidad de autorregularnos.

En tu recorrido mencionas la importancia del autodescubrimiento. ¿Crees que un buen terapeuta necesita seguir trabajando en sí mismo durante toda su carrera? ¿Cómo influye ese compromiso en la calidad del acompañamiento que ofrece? Sin ninguna duda.

La formación es imprescindible, pero también lo es el trabajo personal. Ningún terapeuta deja de ser persona cuando entra en consulta.

Cuanto mejor conocemos nuestros propios límites, nuestras heridas y nuestros puntos ciegos, más libres somos para acompañar al otro sin colocar sobre él nuestras necesidades o interpretaciones.

Creo que la supervisión y el trabajo personal forman parte de la ética profesional.

Has señalado que muchos procesos naturales femeninos han sido históricamente patologizados. ¿Qué ejemplos encuentras con mayor frecuencia en consulta y cómo puede cambiar la vida de una mujer cuando deja de interpretar esas vivencias como un problema? Lo veo especialmente en torno al ciclo menstrual, la maternidad, la perimenopausia y la menopausia.

Por supuesto que pueden existir dificultades clínicas que necesiten atención especializada, pero también encontramos muchísimo sufrimiento generado por la desinformación.

Cuando una mujer comprende mejor lo que está viviendo deja de luchar constantemente contra sí misma. Y esa comprensión suele disminuir la culpa, aumentar el autocuidado y permitir decisiones mucho más ajustadas a sus necesidades.

En consulta encuentro con frecuencia mujeres que durante años han pensado que «tenían algo mal» porque nadie les explicó cómo podían influir determinados momentos del ciclo vital femenino en su bienestar psicológico. Comprender estas interacciones no significa normalizar el sufrimiento ni dejar de buscar ayuda cuando existe un problema clínico; significa distinguir entre un proceso fisiológico, una reacción adaptativa y un trastorno que requiere intervención.

Tu proyecto nace también desde el deseo de ofrecer formación y supervisión a otros profesionales. ¿Qué cambios te gustaría ver en la formación de los futuros psicólogos y psicoterapeutas respecto al trabajo con el cuerpo, el trauma y la salud femenina? Me gustaría que estos contenidos dejaran de ser considerados una especialización opcional. Todo profesional que trabaja en salud mental debería tener una formación sólida sobre trauma, regulación del sistema nervioso, apego, psicoterapia corporal y salud femenina.

También sería deseable que la investigación incorporara de manera sistemática las diferencias relacionadas con el sexo y el ciclo vital femenino, para que las recomendaciones clínicas estén realmente fundamentadas en la evidencia disponible para toda la población y no sólo para una parte de ella.

Y, sobre todo, me gustaría que hubiera más diálogo entre disciplinas. La complejidad humana no entiende de compartimentos estancos.

En ocasiones se contrapone la evidencia científfica con los enfoques más experienciales o corporales. ¿Cómo dialogan ambos mundos dentro de tu práctica clínica y qué importancia das a mantener ese equilibrio? Para mí no existe una contradicción.

La evidencia científica es el punto de partida de cualquier práctica responsable. Pero la evidencia no es un conjunto de verdades inmutables; evoluciona conforme aparecen nuevos datos y nuevas preguntas de investigación.

Durante mucho tiempo, aspectos específicos de la salud femenina quedaron poco representados en los estudios científicos. Precisamente por eso considero importante integrar el conocimiento que hoy aportan disciplinas como la neurociencia, la psicotraumatología, la endocrinología o la medicina de la mujer.

Después, ese conocimiento debe ponerse al servicio de cada persona concreta. La experiencia clínica nunca sustituye a la evidencia, pero tampoco puede ignorar la singularidad de quien tenemos delante.

Si una mujer siente que vive constantemente desconectada de sí misma, de su cuerpo o de sus necesidades, ¿cuáles serían los primeros pasos que le recomendarías para comenzar a reconstruir esa relación desde el respeto y no desde la exigencia? Le diría que empiece por dejar de exigirse hacerlo perfectamente.

La reconexión suele comenzar con gestos muy pequeños: aprender a notar cómo está el cuerpo, identificar cuándo aparece el cansancio, reconocer las emociones sin juzgarlas y reservar espacios cotidianos donde preguntarse qué necesita realmente.

La relación con una misma no se reconstruye desde la disciplina, sino desde la curiosidad y la amabilidad.

 

A menudo hablamos del legado familiar desde el dolor, pero tú también haces referencia a la herencia como fuente de recursos. ¿Qué aprendizajes positivos recibidos de tu linaje consideras que siguen presentes en tu manera de entender la psicoterapia y la vida? Creo profundamente que heredamos tanto heridas como recursos.

En mi caso siento muy presentes el valor de los cuidados, el respeto por la naturaleza, la creatividad ligada a la artesanía y la capacidad de encontrar fortaleza incluso en los momentos difíciles.

Me gusta recordar que sanar no consiste únicamente en reparar el dolor, sino también en recuperar aquello valioso que ya formaba parte de nuestra historia.

Mirando hacia el futuro, ¿qué conversación sobre salud mental femenina te gustaría que dentro de diez años dejara de ser necesaria porque, por ffin, la sociedad la hubiera integrado con naturalidad? Me gustaría que dejáramos de tener que explicar que la salud mental femenina merece ser investigada y comprendida teniendo en cuenta las particularidades biológicas, psicológicas y sociales de las mujeres.

Ojalá dentro de unos años resulte completamente natural que la salud mental incluya el cuerpo, el trauma, el ciclo vital femenino y el contexto, sin que eso implique estereotipos ni reduccionismos.

Algo que añadir… Creo que estamos viviendo un momento muy esperanzador.

Cada vez hay más profesionales interesados en construir una psicología integradora, rigurosa y profundamente humana. Una psicología que no enfrente mente y cuerpo, ciencia y experiencia, sino que comprenda que la complejidad de las personas exige precisamente esa integración.

Mi deseo es seguir contribuyendo a ese diálogo, tanto acompañando a las mujeres en sus procesos como formando a otras profesionales para que podamos ofrecer una atención cada vez más completa, respetuosa y basada en el conocimiento.

Me gustaría que dejáramos de enfrentar conceptos que nunca debieron ser incompatibles: cuerpo o mente, ciencia o experiencia, razón o emoción, naturaleza o conocimiento.

La salud mental es compleja precisamente porque las personas somos complejas. Cuanto más capaces seamos de integrar distintas perspectivas respaldadas por la evidencia y por una práctica clínica ética, más cerca estaremos de ofrecer un acompañamiento verdaderamente humano.

Ese es el propósito que inspira tanto psicologiaciclica.com como agoravitae.com: contribuir a una psicología que amplíe la mirada, que siga haciéndose preguntas y que acompañe a las personas desde el rigor, la sensibilidad y el respeto por la singularidad de cada historia.