En esta entrevista converso con Raquel Córdoba, psicóloga especializada en trauma, sobre algunos de los grandes retos de la salud mental en la actualidad: la importancia de comprender nuestra historia personal antes de intentar cambiarla, los tiempos que requiere un proceso terapéutico, los mecanismos de protección que desarrollamos para sobrevivir, el impacto de las redes sociales en la divulgación psicológica y la necesidad de desterrar mitos y etiquetas que dificultan el verdadero autoconocimiento. Con una mirada cercana, rigurosa y profundamente humana, reflexiona sobre el papel de la psicoterapia como un espacio seguro desde el que comprender el sufrimiento, favorecer el crecimiento personal y recordar que el cambio es posible cuando existe acompañamiento, compromiso y respeto por el proceso de cada persona.
Raquel tu propia historia personal ha influido en la forma en que entiendes la psicoterapia. ¿Cómo consigues que esa experiencia vital enriquezca tu trabajo sin que interfiera en el proceso terapéutico de las personas que acompañas? Creo que mi historia personal ha sido, sin duda, una parte muy importante de la profesional que soy hoy. De hecho, cuando terminé la carrera de Psicología no me dediqué directamente a la consulta. Pasé varios años trabajando en el ámbito de los Recursos Humanos, posteriormente en comunicación y también como docente en un posgrado relacionado con la psicología. Siempre estuve cerca de esta profesión, pero todavía no era el momento de ejercerla desde la clínica. Hubo una etapa de mi vida en la que toqué fondo. Fue un momento de inflexión muy importante en el que tuve la enorme suerte de encontrar profesionales que supieron acompañarme y sostenerme. Gracias a ese proceso terapéutico pude reconstruirme, comprender mi propia historia y descubrir el profundo poder reparador que puede tener una relación terapéutica cuando se establece desde el respeto, la seguridad y la humanidad. Fue entonces cuando decidí emprender el camino que hoy me ha traído hasta aquí. Entendí que quería dedicar mi vida a acompañar a otras personas a comprender su historia, aliviar su sufrimiento y construir una vida más en paz consigo mismas. Mi experiencia personal me permite conectar con mucho respeto y sensibilidad con el dolor ajeno, pero nunca doy por hecho que la historia de quien tengo delante es igual que la mía. Cada persona es única y vive el sufrimiento de una forma distinta. Precisamente por eso considero imprescindible mantener una formación continua, realizar supervisión clínica y seguir cuidando mi propio proceso terapéutico. Esa es la manera de asegurar que mi historia aporte empatía y comprensión, pero nunca interfiera en el proceso de la persona que acompaño. Si hay algo que mi propia historia me ha enseñado es que nadie necesita que le digan cómo debe vivir su proceso; lo que necesita es un espacio seguro en el que poder descubrirlo por sí mismo. Para mí, ese es el verdadero papel de la psicoterapia y el que intento ofrecer cada día en consulta.
Muchas personas llegan a consulta convencidas de que tienen un problema concreto, pero descubren que el origen es muy diferente. ¿Cuál ha sido el aprendizaje más sorprendente que te ha dejado ese contraste entre lo que el paciente cree necesitar y lo que realmente necesita? Cada persona necesita sus propios tiempos, y precisamente por eso me gusta hablar de lo que sucede en consulta como un «proceso terapéutico». Entiendo la intervención psicoterapéutica como un baile en el que hemos de acompañarnos sin correr, prestando mucha atención y respetando los tiempos de cada paciente. Muchas veces, las personas llegan a consulta con una idea muy clara sobre cuál es su problema. Sin embargo, desde nuestro conocimiento como psicólogos, nuestra función es tratar de ver más allá y ayudarles a comprender e identificar no solo qué les sucede, sino también en qué momento pudo originarse y qué es lo que, a día de hoy, puede estar manteniendo ese malestar.
Por eso, aunque los pacientes pueden tener una idea muy clara de lo que les sucede, a veces encuentran dificultades para poder trascenderlo. Me gusta pensar que nosotros somos una especie de limpiadores y ordenadores de la mente: ayudamos a arrojar luz sobre aquellos huecos en los que hay mucha sombra y cuyo contenido todavía desconocemos. A partir de ahí, organizamos una intervención a medida, adaptada a lo que necesita cada persona, para acompañarla en la consecución de sus objetivos terapéuticos.
En una sociedad que busca soluciones rápidas, ¿cómo ayudas a una persona a aceptar que sanar una herida emocional profunda requiere tiempo, paciencia y, en ocasiones, atravesar momentos incómodos? No todo el mundo está dispuesto a pasar por ello, algo que me parece totalmente lícito. Desde el contexto terapéutico, explicamos cómo funciona este proceso y los retos que puede conllevar, así como los riesgos que puede tener continuar tapando lo sucedido y bloqueando todo aquello que hay debajo de la experiencia. A partir de ahí, es cada persona quien decide hasta dónde quiere llegar y cuál es el momento adecuado para hacerlo, respetando siempre sus propios tiempos y decisiones.
Hablas con frecuencia de comprender la historia personal antes de intentar cambiarla. ¿Crees que vivimos en una cultura demasiado centrada en eliminar síntomas y poco interesada en escuchar el mensaje que esos síntomas intentan transmitir? Totalmente, y es algo que veo mucho en mis sesiones, sobre todo al inicio. La desesperanza y el malestar nos generan mucha incomodidad. Tanta, que queremos quitárnoslos de encima cuanto antes. Creo que en esto ha influido mucho la sociedad en la que vivimos, en la que queremos todo de forma inmediata y nos hemos olvidado de cultivar la paciencia. Hoy en día tenemos casi todo a nuestro alcance con un solo clic, y pensamos que con nuestros problemas podemos hacer lo mismo. Pero no existen recetas mágicas ni herramientas emocionales que nos permitan hacer desaparecer el malestar en cuestión de segundos. Hay algo que siempre digo: si eso que te produce tanto malestar lleva instalado en ti tantos años de tu vida, ¿qué te hace pensar que en un par de sesiones o con cuatro indicaciones eso va a cambiar? Los cambios necesitan tiempo y, dentro de ese tiempo, también existe espacio para la dificultad, para equivocarnos y para aprender de todo ello. Al final, es un proceso.
Cuando una persona ha construido durante años mecanismos de protección para sobrevivir emocionalmente, ¿cómo le explicas que aquello que un día la salvó puede convertirse ahora en el principal obstáculo para vivir con libertad? Para mí, aquí la autocompasión es importantísima. Somos demasiado duros con nosotros mismos y con las experiencias que vivimos; nos pegamos demasiada caña. Desarrollar una mirada de comprensión hacia nosotros mismos y hacia nuestras experiencias vitales nos permite adoptar una perspectiva más amorosa sobre el modo en el que hemos aprendido a salir adelante. Aquello que aprendimos en un determinado momento quizá siga instalado en nosotros y aparezca de forma automática, aunque ya no cumpla la misma función que cumplía entonces. Por eso, actualizar la manera en la que nos protegemos es crucial. No se trata de deshacernos de esos mecanismos, sino de comprender por qué están ahí y aprender nuevas maneras de gestionar los conflictos, más adaptativas a nuestra situación actual y más acordes con quienes somos hoy. A partir de ahí, poquito a poco, podemos ir sustituyendo aquellas estrategias que han quedado desactualizadas, pero que en su momento nos permitieron sobrevivir.
Desde tu experiencia, ¿qué señales te hacen pensar que una persona ha comenzado realmente a sanar, aunque todavía siga teniendo dificultades o momentos de sufrimiento? La ausencia de problemas no existe. Lo que sí puede cambiar es la manera que tenemos de percibirlos y de hacerles frente. Para mí, esta es una de las señales más representativas de que las cosas están empezando a colocarse en su sitio: cuando la persona comienza a sentirse capaz, deja de ir detonando emocionalmente ante todo lo que le sucede y ya no se bloquea frente a aquello que antes le dolía. Es algo que, además, se puede observar en su comunicación no verbal: en su mirada, en su tono de voz, en su postura corporal e incluso en las relaciones que empieza a establecer.
En ocasiones se idealiza la terapia como un camino lineal hacia el bienestar. ¿Qué aspectos del proceso terapéutico consideras que la sociedad conoce poco y deberían explicarse con mayor honestidad? Cuando iniciamos un proceso psicoterapéutico, creo que debemos estar abiertos a lo que pueda suceder porque, bajo ninguna circunstancia, se trata de un proceso lineal. En ocasiones, podemos tener la sensación de avanzar en línea recta porque tenemos un objetivo en mente muy claramente definido, pero, durante el transcurso del proceso, pueden ir apareciendo cosas que no habíamos contemplado. Al final, acompañamos a los pacientes en sus vivencias partiendo de unos objetivos concretos, pero a esas personas, en su día a día, les siguen pasando cosas. Por eso, no creo que sea sano entender la terapia como un proceso lineal hacia el bienestar. De hecho, creo que las personas que parten de esa expectativa pueden llegar a sentir mucha frustración al intentar controlar sus propias vivencias y la evolución del proceso. La incertidumbre es algo que no nos gusta porque nos coloca en un lugar de indefensión, en el que sentimos que aquello que nos sucede escapa a nuestro control. Pero, paradójicamente, cuanto menos intentamos controlar todo aquello que sucede, mayor sensación de control podemos llegar a experimentar. Aprender a habitar estas sensaciones y convivir con cierto grado de incertidumbre es indispensable para entender la salud en todas sus vertientes.
Diriges un equipo de profesionales con una filosofía compartida. ¿Qué cualidades humanas valoras más en un psicólogo cuando sabes que va a acompañar procesos emocionales especialmente delicados? Por desgracia, he trabajado en lugares donde no me han tratado nada bien, incluso en centros de psicología. Y creo que no se puede trabajar bien ni acompañar adecuadamente a los demás cuando tú misma estás en un entorno hostil. Por eso, para mí es importantísimo que las personas que trabajan conmigo se sientan como en su propia casa: en un lugar lleno de respeto, amabilidad, compañerismo, honestidad y libertad. Trabajar en un espacio en el que te sientes valorada y cuidada creo que no tiene precio, e intento aportar eso cada día a las profesionales que forman parte de mi equipo. Me esfuerzo muchísimo en ofrecerles formación continua, supervisión de casos y acompañamiento ante aquellas historias más complejas. Pero, sobre todo, en lo que más me esfuerzo es en estar presente y emocionalmente disponible para ellas. Son trabajadoras de mi empresa, sí, pero también son personas y, como tales, tienen sus propias necesidades y sus propias vivencias, además de todo aquello que les va sucediendo en la vida. Creo que es precisamente desde ahí desde donde se construye y se respira una filosofía común que también acaba llegando a todos nuestros pacientes: sensibilidad, amabilidad, empatía, respeto y, sobre todo, calidad humana.
Las redes sociales han acercado la psicología a millones de personas, pero también han simplificado muchos conceptos complejos. ¿Qué idea sobre el trauma o el apego te gustaría desterrar definitivamente porque consideras que genera más confusión que ayuda? Ojalá no existieran en redes sociales personas que hablan de temáticas complejas sobre las que no tienen formación. Es muy peligroso hablar de algo de lo que no se tiene conocimiento y, además, realizar afirmaciones desde lo absoluto y lo general. En redes sociales tenemos que tener especial cuidado con ello y procurar seguir cuentas que realmente tengan un respaldo científico detrás y que no se basen únicamente en opiniones. Se ha puesto muy de moda hablar de trauma y también de apego. Pero no todo es trauma ni todas las personas tienen apego evitativo o ansioso. A veces, en consulta, veo cómo algunas personas llegan a la primera sesión con un autodiagnóstico sobre algo que han leído o escuchado en redes sociales y nuestra tarea principal, en muchas ocasiones, es precisamente desmitificar ese concepto que se han adjudicado como una etiqueta. En cuanto a si un acontecimiento ha supuesto un trauma o no para una persona, considero que debe evaluarlo de forma exhaustiva un profesional de la salud formado en ello. Y respecto al apego, siempre digo que no me gusta tanto hablar desde la idea de «tengo este tipo de apego», sino más bien de tendencias. No con todas las personas, en todas las etapas de la vida ni en todas las situaciones desarrollamos la misma manera de vincularnos con los demás. Además, aquí también influye muchísimo la forma en la que los demás se relacionan con nosotros, ya que no podemos obviar las reacciones que esos vínculos nos despiertan ni lo que generan en nosotros a nivel emocional y comportamental.
Si tuvieras que elegir una conversación que toda persona debería mantener consigo misma antes de iniciar un proceso terapéutico, ¿qué preguntas le invitarías a hacerse? Creo que le recomendaría decirse a sí misma algo así: «Voy abierta a lo que pueda surgir y voy a intentar ser sincera con todo aquello que me sucede y pienso. La especialista está aquí para ayudarme, no para juzgarme». Muchas veces, sobre todo en la primera sesión, existen muchos nervios y miedos derivados de no saber qué nos vamos a encontrar al otro lado, además de la propia dificultad para poner en palabras aquello que nos sucede. Por eso, también es importante poder ser sinceros con la profesional y, si hay algo de lo que no queremos hablar o que todavía no estamos preparados para abordar, poder transmitirlo para que sea recogido y tratado con mucho más mimo y respetando los tiempos de cada persona. Hay cosas que llevan mucho tiempo enterradas y es natural que cueste desenterrarlas. Eso también forma parte del proceso terapéutico y es algo con lo que los profesionales formados en trauma estamos acostumbrados a trabajar.
A menudo se habla de poner límites como una solución universal. ¿Cómo diferencias un límite sano de un límite que, en realidad, nace del miedo, la evitación o una herida todavía no resuelta? Cuando una persona pone un límite sano, suele sentirse en paz consigo misma, porque sabe que ha hecho lo que necesitaba hacer para preservar su salud mental, física y emocional. En cambio, cuando ponemos límites desde algo que todavía no está resuelto, suele aparecer la rumiación como consecuencia. Es entonces cuando se generan todas esas conversaciones en nuestra mente en las que recreamos una y otra vez diferentes escenarios y resolvemos la situación de la manera en la que nos hubiera gustado que sucediera.
Después de acompañar a tantas personas en procesos de transformación, ¿hay alguna enseñanza que hayas incorporado a tu propia vida y que nunca imaginaste aprender ejerciendo como psicóloga? Sí. Mis pacientes me curan a mí cada día. Hay veces en las que yo, como humana, también tengo muchísimos conflictos por resolver, pero verlos a ellos enfrentarse a sus mayores miedos, a sus inquietudes y a todo aquello que les resulta difícil también me transforma a mí. Creo que soy adicta a acompañar a las personas a mejorar su salud mental porque, de alguna manera, yo también me mejoro a mí misma con cada historia que acompaño. Todos ellos son una fuente de inspiración para mí y, sin saberlo, también me enseñan y me ayudan a crecer cada día.
¿Crees que existe el riesgo de que algunas personas conviertan el lenguaje psicológico en una forma de etiquetarse constantemente en lugar de conocerse mejor? ¿Cómo evitar caer en ese fenómeno? Totalmente. De hecho, pasa, y creo que sucede especialmente porque cada vez tenemos más información accesible sobre salud mental. Lo hemos visto recientemente, por ejemplo, con la palabra «narcisista», que se utiliza con mucha frecuencia para etiquetar a personas que tienen comportamientos manipuladores. Pero no todo el mundo lo es, aunque pueda presentar determinados rasgos que coincidan con algunas características del trastorno. Por eso, hemos de ser críticos con nosotros mismos, pero también justos, y tener mucho cuidado con las afirmaciones que realizamos. No debemos olvidar que todas esas etiquetas que nos adjudicamos pueden ir moldeando nuestra identidad y nuestra autopercepción y, por ende, afectar a la manera que tenemos de relacionarnos tanto con nosotros mismos como con nuestro entorno más cercano.
Si pudieras cambiar una única creencia profundamente arraigada sobre la salud mental en nuestra sociedad, ¿cuál elegirías y por qué consideras que transformaría la vida de tantas personas? Detesto cuando escucho: «Las personas nunca cambian». Si eso fuera así, estaríamos todos destinados a la involución más profunda. Claro que las personas cambiamos. Los profesionales de la salud mental vemos esto a diario. Pero, para que el cambio pueda producirse, primero hemos de querer hacerlo y, segundo, estar dispuestos a buscar ayuda cuando la necesitamos. Creer que las personas podemos cambiar nos permite entender que no estamos condenados a repetir para siempre los mismos patrones, comportamientos o maneras de relacionarnos. Y creo que comprender esto puede transformar profundamente la manera en la que afrontamos nuestra propia vida. Y, además de hablar de creencias, si pudiera cambiar algo de nuestra sociedad, sería que hubiera más psicólogos en Atención Primaria para poder atender a todas las personas que lo necesitan. Me gustaría que dejáramos de vivir en una cultura tan psicofarmacológica, en la que, en muchas ocasiones, se recurre rápidamente a la medicación ante diferentes problemas de salud mental sin que exista un acompañamiento terapéutico paralelo. Creo que necesitamos una atención a la salud mental mucho más accesible, integral y centrada en las necesidades de cada persona.
Imagina que dentro de veinte años una persona recuerda el trabajo realizado contigo como uno de los momentos más importantes de su vida. ¿Qué te gustaría que dijera que aprendió sobre sí misma gracias a ese proceso? Simplemente, me gustaría que me recordara con cariño y que estuviera satisfecha con aquello que pude aportarle en esa etapa de su vida, pero, sobre todo, con todo lo que fue capaz de conseguir por sí misma. Porque los psicólogos no somos magos. Arrojamos luz allí donde hay oscuridad, ayudamos a ordenar muchas cosas, promovemos el cambio y acompañamos durante el proceso, pero el verdadero esfuerzo lo hacen ellos. Y para mí es muy importante que sean capaces de entenderlo, verlo y valorarlo. Sin el compromiso de los pacientes, su voluntad de cambio y su constancia, nuestro trabajo no tendría sentido. Por eso, si dentro de veinte años alguien recordara su proceso conmigo, me gustaría que, más allá de recordarme a mí, pudiera mirar hacia atrás y reconocer todo aquello que fue capaz de hacer por sí mismo.
Raquel Cordoba
@raquelcordobapsicologia
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