Hablar de salud mental ya no debería ser un acto de valentía, sino una parte natural del cuidado de nuestra salud. Sin embargo, todavía existen muchos mitos, tabúes y falsas creencias que dificultan que las personas pidan ayuda cuando la necesitan o aprendan a cuidar de su bienestar emocional antes de que aparezca el sufrimiento.
En esta entrevista conversamos con Patri Psicóloga, psicóloga general sanitaria y divulgadora, una profesional que lleva décadas acercando la psicología a la vida cotidiana con un objetivo claro: hacer que el conocimiento científico sea accesible para cualquier persona. A lo largo de esta conversación reflexionamos sobre la importancia de la prevención, la autoexigencia, la vulnerabilidad, el impacto de las redes sociales, la felicidad, la resiliencia y los grandes desafíos emocionales de nuestro tiempo.
Con un lenguaje cercano y basado en la evidencia, Patri comparte su experiencia tras años acompañando a cientos de personas en consulta y nos recuerda que la salud mental no consiste únicamente en tratar los problemas cuando aparecen, sino en aprender a construir una vida más equilibrada, consciente y coherente con nuestros valores.
Porque cuidar de nuestra mente no es un lujo ni un signo de debilidad: es una inversión en bienestar, calidad de vida y salud. Te invitamos a leer esta entrevista con calma y descubrir algunas de las reflexiones que pueden ayudarte a mirar tu mundo emocional desde una perspectiva diferente.
Patri, ¿qué experiencia personal o profesional te hizo comprender que la psicología debía salir de la consulta para llegar a la vida cotidiana de las personas? Desde muy temprano cuando empecé a pasar consulta, en el año 95, me di cuenta de que no se hablaba de salud mental en los medios de comunicación, y que debía dejar de ser tabú. Y empecé a divulgar en COPE Granada todas las semanas sobre psicología. La mayoría de las personas no llegaban a consulta cuando aparecía el problema, sino cuando el problema ya llevaba demasiado tiempo instalado. Pensé que, si conseguíamos acercar la psicología a la vida cotidiana, podríamos prevenir mucho sufrimiento. La psicología no debería ser solo un recurso para cuando estamos mal, sino una herramienta para vivir mejor. Esa fue la razón por la que empecé a divulgar. Y quería que se dejara de ver como un tabú, igual que n o es un tabú ir a cualquier médico.
Después de tantos años escuchando historias humanas, ¿qué crees que tienen en común las personas que logran reconstruirse tras atravesar momentos muy difíciles? No son las más fuertes ni las que menos sufren. Son las que aceptan que el dolor forma parte de la vida, dejan de luchar contra lo que ya ha ocurrido y empiezan a preguntarse: «¿Qué puedo hacer ahora?» en lugar de preguntarse “¿por qué a mí?”. Mantienen cierta flexibilidad psicológica, piden ayuda cuando la necesitan y entienden que reconstruirse no significa volver a ser quienes eran, sino aprender a vivir de otra manera.
Si pudieras cambiar una sola creencia que la sociedad tiene sobre la salud mental, ¿cuál sería y por qué? Que cuidar la salud mental es solo para quien tiene un trastorno psicológico. Igual que hacemos ejercicio para prevenir enfermedades cardiovasculares, deberíamos entrenar nuestras habilidades psicológicas antes de que aparezca el sufrimiento intenso. La salud mental se construye todos los días, en cómo pensamos, descansamos, nos relacionamos y afrontamos las dificultades.
¿Hay algún aprendizaje que hayas obtenido de tus propios pacientes que haya transformado tu forma de entender la vida? Muchísimos. Quizá el más importante es que todos somos mucho más parecidos y vulnerables de lo que creemos. Cambian las circunstancias, las historias y los nombres, pero el miedo, la culpa, la necesidad de ser queridos o el deseo de encontrar sentido son universales.
Vivimos rodeados de estímulos, información y exigencias constantes. ¿Qué habilidades emocionales consideras imprescindibles para mantener el equilibrio psicológico en el siglo XXI? La capacidad de dirigir la atención, porque donde ponemos el foco construimos nuestra experiencia. Saber regular las emociones sin intentar eliminarlas. Aprender a poner límites. Tolerar el aburrimiento y la frustración. Y desarrollar pensamiento crítico para no dejarnos arrastrar por el ruido constante de las redes sociales o las comparaciones. Y sobre todo, tener clara nuestra escala de valores y entender que ser adulto implica muchas veces compromiso, responsabilidad y esfuerzo. La actitud no lo es todo, pero sí que es algo importantísimo.
A menudo buscamos la felicidad como una meta. Desde tu experiencia, ¿qué aspectos estamos descuidando cuando perseguimos una idea idealizada de felicidad? Estamos descuidando la serenidad. Hemos confundido felicidad con euforia permanente. Una buena vida no es una vida sin tristeza, sin miedo o sin problemas. Es una vida con propósito, relaciones sanas, descanso, valores, crecimiento y capacidad para atravesar las emociones difíciles sin que nos definan.
¿Qué conversaciones sobre salud mental siguen siendo incómodas o tabúes y deberían ocupar más espacio en el debate público? Hablar del suicidio de forma responsable, de la soledad, del duelo, del impacto psicológico de cuidar a un familiar dependiente, de la salud femenina, de la salud mental de los hombres y de cómo el exceso de trabajo y la hiperproductividad están deteriorando nuestro bienestar. Son conversaciones necesarias porque afectan a millones de personas.
¿Crees que las nuevas generaciones están emocionalmente mejor preparadas que las anteriores o se enfrentan a desafíos diferentes que requieren nuevas herramientas? Creo que hablan con más naturalidad de las emociones, y eso es un avance enorme. Pero también viven expuestas a desafíos inéditos: redes sociales, comparación permanente, sobreestimulación y dificultad para regular y gestionar el aburrimiento o la espera. No necesitan ser más fuertes; necesitan herramientas diferentes para gestionar un entorno que nunca antes había existido.
¿Qué impacto tiene la autoexigencia silenciosa en nuestro bienestar y cómo podemos aprender a relacionarnos de una manera más amable con nosotros mismos? Un miramiento con la exigencia puede ser un gran aliado cuando nos impulsa a crecer, pero se convierte en un problema cuando nuestro valor depende únicamente del rendimiento. Muchas personas creen que si dejan de exigirse dejarán de avanzar, cuando la investigación muestra que la autocompasión favorece la motivación sostenible. Podemos ser sanamente ambiciosos sin tratarnos como enemigos.
Como observadora privilegiada del comportamiento humano, ¿qué cambios has percibido en la forma en que las personas se relacionan consigo mismas en la última década? Nos hablamos peor. Nos comparamos más. Nos exigimos muchísimo. Tenemos menos espacios de silencio y de reflexión. Vivimos tan pendientes de mostrar una vida hacia fuera que a veces olvidamos construir una vida que realmente nos guste por dentro. También veo algo esperanzador: cada vez más personas quieren conocerse mejor y entienden que pedir ayuda no es una derrota.
¿Qué papel juega la vulnerabilidad en una sociedad que sigue premiando la fortaleza y el rendimiento por encima de casi todo? La vulnerabilidad no es debilidad. Es la condición necesaria para conectar de verdad con los demás y aceptarse y conocerse uno mismo. Solo cuando podemos reconocer que tenemos miedo, dudas o limitaciones aparecen la confianza, la intimidad y el aprendizaje. La fortaleza auténtica no consiste en no venirse abajo nunca, sino en poder reconstruirse cuando la vida nos presenta una dificultad.
Muchas personas sienten que están sobreviviendo en lugar de vivir. ¿Qué señales indican que hemos perdido la conexión con nuestras verdaderas necesidades emocionales? Cuando vivimos permanentemente con prisa. Cuando no encontramos tiempo para descansar sin culpa. Cuando dejamos de disfrutar de las pequeñas cosas. Cuando todo se convierte en obligaciones y llevamos meses sin preguntarnos qué necesitamos realmente. Muchas personas no están cansadas porque hagan mucho; están agotadas porque llevan demasiado tiempo olvidándose de sí mismas.
Si tuvieras la oportunidad de impartir una asignatura obligatoria sobre bienestar psicológico en todos los colegios, ¿qué contenidos consideras fundamentales? Educación emocional basada en evidencia, habilidades de comunicación, resolución de conflictos, pensamiento crítico, autoestima entendida como aceptación más que como halago constante, gestión del fracaso, tolerancia a la frustración, uso saludable de la tecnología, autocuidado, hábitos saludables y entrenamiento en valores como la empatía, la gratitud, la responsabilidad y la cooperación. No enseñaría a evitar el sufrimiento, sino a convivir con él de manera saludable.
¿Cuál ha sido el desafío más complejo que has encontrado como divulgadora de salud mental y qué te ha enseñado esa experiencia? El mayor desafío es simplificar sin trivializar. En redes sociales tienes pocos segundos para compartir un mensaje serio y con rigor, pero la psicología rara vez admite respuestas simples. He aprendido que se puede comunicar con claridad sin perder el rigor científico y que tenemos una enorme responsabilidad para no convertir mensajes complejos en eslóganes vacíos.
Mirando al futuro, ¿qué te gustaría que las personas entendieran sobre la salud mental dentro de diez años que todavía no comprenden hoy? Me gustaría que entendieran que la salud mental no depende únicamente de lo que ocurre dentro de nuestra cabeza. También depende de cómo dormimos, de cómo nos alimentamos, de cuánto nos movemos, de la calidad de nuestras relaciones, del tiempo que dedicamos a descansar y del sentido que damos a nuestra vida. Ojalá dentro de diez años hablar de salud mental sea tan cotidiano como hablar de colesterol o de tensión arterial, porque significará que hemos aprendido a cuidarla antes de que aparezca el sufrimiento.





