Entrevista a Mara Sánchez psicóloga general sanitaria

En un momento en el que la salud mental ocupa cada vez más espacio en la conversación pública, también proliferan los mensajes simplistas, la búsqueda de soluciones inmediatas y la presión por mostrarnos siempre felices. En esta entrevista, la psicóloga Mara García comparte una mirada honesta, rigurosa y profundamente humana sobre algunos de los grandes retos emocionales de nuestro tiempo: la patologización de las emociones, el impacto de las redes sociales, la importancia de aprender a tolerar la frustración, el papel del silencio, el autoconocimiento y la necesidad de normalizar pedir ayuda psicológica. Una conversación que invita a reflexionar, desmontar mitos y recordar que sentir emociones difíciles no es un signo de debilidad, sino una parte esencial de la experiencia humana.

¿Qué crees que la sociedad está normalizando a nivel emocional que dentro de unos años veremos como un grave error para nuestra salud mental? Creo que estamos normalizando la patologización de la vida cotidiana y el autodiagnóstico rápido a través de las redes Sentir tristeza ante una pérdida, frustración ante un fracaso o estrés ante un desafío es humano. Etiquetar y tratar de medicalizar cualquier emoción que nos resulte mínimamente incómoda nos desconecta de nuestra propia naturaleza.

También me resulta inevitable hablar del llamado positivismo tóxico; ese “tener que estar bien” a cualquier precio, porque nos hemos tragado mensajes como “puedes conseguir todo lo que te propongas” o “un día sin sonreír es un día perdido”. Y no; podemos tener días malos, estar tristes, no conseguir nuestras metas… y también está bien, es válido y forma parte de la vida. No podemos pretender que todos los días sean bonitos. En la vida tenemos que esperar días malos, momentos incómodos, problemas, malas noticias…, para así poder responder mejor cuando pasen.

Después de tantos años acompañando a personas en terapia, ¿qué has aprendido sobre el ser humano que nunca imaginaste cuando empezaste a ejercer como psicóloga? La inmensa e inagotable capacidad de resiliencia que tenemos. A consulta llegan personas que han atravesado situaciones verdaderamente devastadoras, y es profundamente conmovedor ver cómo, con el espacio seguro y las herramientas adecuadas, el ser humano siempre tiene un impulso vital hacia la recuperación y la reconstrucción. También me llama la atención el poder del autoengaño y nuestra lealtad a lo conocido, aunque nos haga daño. Me sigue sorprendiendo cómo el ser humano prefiere, en muchas ocasiones, aferrarse a un sufrimiento familiar antes que enfrentarse a la incertidumbre de un cambio positivo. He aprendido que el miedo a lo desconocido paraliza mucho más que el propio dolor, y que acompañar a alguien a soltar esa certeza es un gran reto terapéutico.

¿Hay emociones que intentamos eliminar cuando, en realidad, cumplen una función esencial para nuestro equilibrio psicológico? ¿Cuáles son y por qué? Principalmente tres: la tristeza, el miedo y el enfado. El miedo nos protege de peligros reales; el enfado es la energía necesaria para poner límites y defendernos frente a injusticias; y la tristeza es fundamental para procesar las pérdidas, asimilar los cambios y pedir apoyo a nuestro Intentar eliminarlas es ir contra nuestro propio sistema de supervivencia.

Cada vez veo más frecuentemente en consulta gente que se siente mal por estar mal (lo que es un círculo vicioso), o que, por ejemplo, cree que el enfado no es adaptativo, y que siempre está mal enfadarse. Obviamente habrá momentos donde esas emociones puedan ser desadaptativas, pero de partida no conviene demonizarlas ya que forman parte de nuestra naturaleza y de nuestra capacidad de reacción/respuesta al entorno y a lo que vivimos.

Vivimos en una cultura obsesionada con sentirse bien ¿Qué riesgos psicológicos tiene convertir la felicidad en una obligación? Como comentaba antes, lo que conocemos como «positividad tóxica» genera una doble carga de sufrimiento. Por un lado, sufres por el dolor lógico que estés atravesando y, por otro, te sientes culpable por no ser capaz de «estar bien» o de «verle el lado positivo». Convertir la felicidad en una obligación nos invalida emocionalmente y nos impide procesar la realidad. Nos obligamos a ir a sentir cosas que en algún momento son contraproducentes, negando lo que realmente sentimos… y eso nos puede hacer un daño horrible.

¿Cuál es la diferencia entre conocerse a uno mismo y quedarse atrapado en un análisis constante de todo lo que pensamos y sentimos? El autoconocimiento es observarse con curiosidad y compasión (que no victimismo) para llegar a una conclusión que nos permita actuar o aceptar; promueve una autocrítica constructiva. En cambio, caer en esos análisis constantes de todo, es lo que en psicología llamamos «rumiación»: darle vueltas a los pensamientos en bucle sin llegar a ninguna solución. La rumiación paraliza y alimenta la ansiedad; el autoconocimiento

Yo siempre digo en terapia a mis pacientes que generalmente los extremos no suelen ser buenos, y aquí tenemos el caso. No nos conviene darle vueltas sin parar a todo, de forma obsesiva, igual que tampoco nos hace bien el no promover ninguna reflexión sobre lo que nos pasa. Y ahí es donde tenemos el autoconocimiento y la reflexión proactiva como punto intermedio, sano.

¿Crees que las redes sociales están cambiando nuestra forma de construir la identidad personal? ¿Cómo afecta esto especialmente a los jóvenes? Están externalizando nuestra autoestima. Históricamente, la identidad se construía explorando hacia dentro y en interacciones reales. Hoy, muchos jóvenes construyen su autoconcepto basándose en una métrica externa (los likes y la validación constante). El riesgo más grave radica en que realizan una comparación totalmente asimétrica: miden su propia realidad en crudo frente a un escaparate digital diseñado para parecer perfecto.

Por ejemplo, he visto pacientes preocupadas por no llegar a ser las madres perfectas que ven en las redes sociales (tiempo para trabajar, para cocinar sano, para limpiar la casa, para hacer actividades creativas, sin poner pantallas, sin gritos ni enfados, sin un día tristes o cansadas…); y no podemos llevar esta carga encima. Donde más estoy viendo que nos afecta, especialmente a la población joven, es en la imagen corporal, con verbalizaciones como “es que no consigo tener ese cuerpo (perfecto)…”. Y el problema es que primero, ese cuerpo de referencia no tendría que ser un cuerpo perfecto. Son cuerpos excepcionales, y los cuerpos válidos son los que tenemos los demás, personas normales y corrientes que a lo mejor no tenemos 4 horas disponibles al día para ir al gimnasio, ni un entrenador personal, ni un nutricionista que nos mande pautas de alimentación personalizadas, ni a una persona que nos cocine platos elaborados y perfectos…

Muchas personas buscan respuestas rápidas para aliviar su ¿Por qué el crecimiento personal suele requerir más paciencia de la que estamos dispuestos a aceptar? Vivimos en la era del clic: compramos algo y llega al día siguiente, queremos ver una serie y la tenemos entera disponible. Hemos trasladado esa exigencia de inmediatez a nuestra salud mental, buscando tips rápidos para dejar de sufrir ya. Si buscamos el parche y el alivio inmediato, estamos anestesiando el síntoma sin llegar a entender por qué apareció y, por lo tanto, sin llegar a soluciones de raíz (que son las que promovemos siempre en terapia, no parches rápidos que a la larga dejan de aliviar). El verdadero crecimiento personal exige la paciencia (y la valentía) de sentarnos frente a esa incomodidad, escucharla y desentrañar qué nos está pidiendo que cambiemos en nuestra vida.

¿Qué comportamientos aparentemente inofensivos observas cada vez con más frecuencia en consulta y que pueden terminar afectando seriamente a la salud mental? Podría hablar de diferentes comportamientos. Por ejemplo, la evitación del aburrimiento y la hiperconexión. Estar siempre escuchando un podcast, mirando el móvil o viendo series impide que tengamos momentos de silencio para procesar nuestras emociones diarias.

También me parece destacable la incapacidad para descansar sin sentir culpa. Socialmente aplaudimos a personas que no paran de hacer cosas (viajes, planes, eventos…) o idealizamos una agenda llena, pero no vemos la cara B, y es que cuando descansamos nos sentimos mal, en vez de entender que es totalmente necesario, y que no tenemos por qué, ni podemos, ser productivos siempre.

Y, por último, destaco las conductas de evitación desadaptativas: conductas que realizamos buscando un alivio rápido (como no ir a un plan que nos da ansiedad o evitar decir “no” para esquivar un conflicto) pero que nos tienden una sigilosa trampa: aunque nos alivien a corto plazo, a largo plazo le confirman a nuestra mente que no somos capaces de tolerar esa incomodidad. Al no darnos la oportunidad de afrontarlo, nuestra zona segura se encoge y acabamos limitando nuestra vida cada vez más.

¿Cómo podemos distinguir entre escucharnos emocionalmente y utilizar nuestras emociones como excusa para evitar afrontar determinadas responsabilidades? Escucharnos emocionalmente nos da información válida («estoy agotada de este ritmo, necesito organizarme mejor»). Usarlo como excusa detiene la acción y evita el compromiso («tengo ansiedad, así que abandono este proyecto»). La clave está en la responsabilidad: valido lo que siento, pero busco cómo gestionarlo para actuar de forma congruente con mis valores, en lugar de usar la emoción como freno.

Si pudieras eliminar una creencia profundamente arraigada sobre la salud mental en la sociedad, ¿cuál sería y qué consecuencias positivas tendría hacerlo? La creencia de que ir a terapia es «para los locos”, una señal de debilidad, o esa frase tan repetida de «yo no creo en los psicólogos». Es importante recordar que la psicología es una ciencia, no una pseudociencia ni una cuestión de fe, y que nuestras intervenciones se basan en evidencia científica rigurosa. Eso sí, para garantizar que el paciente está en buenas manos, mi recomendación siempre es que se asegure de que eligen a un profesional debidamente cualificado.

Si elimináramos estas ideas erróneas, no sólo pedirían ayuda más personas que lo necesiten, sino que la pedirían probablemente mucho antes. Y esto nos dejaría unas consecuencias maravillosas: intervendríamos en las primeras fases del malestar, evitando que el sufrimiento se cronifique.

En tu experiencia, ¿qué papel juega el silencio en el bienestar psicológico? ¿Hemos perdido la capacidad de convivir con él? El silencio es fundamental para la regulación de nuestro sistema. Vivimos en un estado de hiperalerta casi crónico debido a la sobreestimulación diaria. Convivir con el silencio es, literalmente, darle permiso a nuestro cerebro para que pase del modo ‘alerta’ al modo ‘recuperación’. Más que perder la capacidad de convivir con él, hemos perdido el hábito de darle a nuestra mente el descanso cognitivo que necesita para procesar, archivar y así poder gestionar, si es necesario, todo lo que nos ocurre.

¿Crees que estamos educando a las nuevas generaciones para gestionar la frustración o, por el contrario, intentamos evitarles cualquier experiencia incómoda? Lamentablemente, tendemos a la sobreprotección. Al intentar evitarles cualquier incomodidad, tristeza o aburrimiento, les estamos «robando» la oportunidad de desarrollar herramientas de afrontamiento. Cuando de adultos se enfrentan a un inevitable “no” en la vida real, se pueden quebrar ante el primer obstáculo por no haber practicado la tolerancia a la frustración. Y aquí los padres principalmente tenemos mucha responsabilidad en su educación.

¿Qué preguntas debería hacerse una persona antes de iniciar un proceso terapéutico para aprovechar realmente esa experiencia de crecimiento? Creo que hay tres preguntas fundamentales:

    • «¿Estoy dispuesto a sostenerme en la incomodidad?»
    • «¿Estoy dispuesto a ser totalmente honesto conmigo mismo?»
    • «¿Cuál es mi nivel de motivación y compromiso real para implicarme en este proceso?»

La terapia es un espacio de trabajo activo donde el profesional guía, pero el paciente es el verdadero motor del cambio. En consulta a menudo se abordan cuestiones dolorosas, el paciente puede sentirse desbordado en algunos momentos, los terapeutas confrontamos dinámicas que cuesta asumir y no siempre vamos a dar la razón o a decir cosas que al paciente le gustaría escuchar (aunque todo lo que hacemos es desde el máximo respeto, cuidado y cariño clínico).

Es completamente normal que aparezcan ganas de tirar la toalla y hay que estar preparado para ello. Siendo honesta, la terapia no siempre es un camino de rosas, pero, siguiendo con esa misma honestidad, puedo afirmar con total seguridad que siempre merece la pena.

¿Qué pequeñas decisiones cotidianas pueden transformar nuestra salud mental a largo plazo aunque apenas les prestemos atención? Cuidar las horas de sueño, aprender que podemos decir «no» en cosas pequeñas sin dar demasiadas explicaciones, permitirnos descansar y no ser productivos y dedicarnos un ratito todos los días para preguntarnos “¿Cómo estoy?”. Algo tan simple puede generar grandes

Si tuvieras la oportunidad de dejar un único mensaje sobre bienestar emocional que pudiera leer cualquier persona del mundo, ¿cuál sería y por qué? Está bien no estar bien todo el tiempo, es parte inherente de la experiencia humana; y permitirte sentir ese malestar sin juzgarte es el primer paso para empezar a estar mejor. Elegiría este mensaje porque en consulta veo a diario cómo el sufrimiento se multiplica cuando peleamos contra él. Gastamos tanta energía intentando reprimir o esconder la incomodidad que nos quedamos sin recursos para gestionarla de verdad. Cuando dejamos de juzgarnos por estar mal, desactivamos esa guerra interna; y es justo en ese espacio de aceptación donde se produce el verdadero alivio emocional.

Algo que añadir… Simplemente darte las gracias, Eva, por abrir este espacio y por tu dedicación a dar visibilidad a la salud mental. Iniciativas como la tuya son fundamentales para acercar la psicología a la sociedad de una manera humana y rigurosa.

Por último, me gustaría recordar que si alguien siente que es el momento de pedir ayuda, en nuestro equipo estaremos encantadas de acompañarle. Pasamos consulta presencial en Madrid (zona de Moncloa) y también disponemos de formato online. Trabajamos siempre desde la cercanía y el rigor, entendiendo que construir un buen vínculo terapéutico es el cimiento imprescindible para que cualquier proceso funcione.