Entrevista a Jose Manuel Molinero Roldán psicólogo clínico

José Manuel Molinero Roldán es investigador y docente especializado en psicología, con una sólida trayectoria en el estudio de la evaluación psicológica, la personalidad y el sufrimiento humano desde una perspectiva contextual y científica. Su trabajo se centra en comprender los procesos que subyacen al malestar psicológico, promoviendo una visión que trasciende las etiquetas diagnósticas para poner el foco en la historia, el contexto y la singularidad de cada persona. En esta entrevista comparte una reflexión crítica sobre algunos de los principales retos de la salud mental en la sociedad actual, desde el impacto de las redes sociales y la inteligencia artificial hasta la importancia de construir una vida con sentido más allá de la ausencia de sufrimiento.

La sociedad actual parece estar cada vez más preocupada por su bienestar emocional. Desde su experiencia como investigador y docente, ¿cree que realmente entendemos qué significa tener una buena salud mental o seguimos asociándola únicamente a la ausencia de trastornos psicológicos? Creo que seguimos teniendo una comprensión bastante limitada de lo que llamamos salud mental. De hecho, incluso el término “salud mental” no tiene demasiado sentido. Y digo esto aquí porque las “mentes”, de hecho, no pueden enfermar luego no puede haber salud o enfermedad mental. Lo que si existe es el sufrimiento humano. Con frecuencia la definimos por oposición: no tener ansiedad, no estar deprimido, no sufrir, no tener síntomas. Pero una vida psicológicamente saludable no es una vida sin malestar. Eso sería una ficción.

Lo que se denomina “salud mental” tiene más que ver con la capacidad de vivir de manera flexible, significativa y vinculada a lo que importa, incluso en presencia de dolor, incertidumbre o contradicciones. No se trata de eliminar toda emoción desagradable, sino de poder relacionarnos de otra manera con lo que sentimos, pensamos y recordamos.  Quizá uno de los problemas de nuestra época sea haber convertido el bienestar emocional en una especie de obligación. Parece que sentirse mal se ha vuelto sospechoso y que cualquier experiencia dolorosa requiere una explicación psicológica o una intervención inmediata. Desde mi punto de vista, una buena salud psicológica tiene más que ver con la flexibilidad para vivir, amar, trabajar y comprometerse con lo que importa, incluso cuando el dolor está presente, que con la ausencia absoluta de sufrimiento.

En los últimos años hemos visto un aumento notable de personas que buscan respuestas sobre sí mismas a través de etiquetas diagnósticas. ¿Qué riesgos y beneficios encuentra en esta tendencia a identificar experiencias personales complejas mediante categorías psicológicas? Las etiquetas diagnósticas pueden tener cierta utilidad. A veces ayudan a ordenar la experiencia, a pedir ayuda, a acceder a recursos o a que una persona deje de sentirse culpable por lo que le ocurre. En ese sentido, pueden ofrecer un alivio inicial y favorecer una mayor comprensión de algunas dificultades.

El problema aparece cuando la etiqueta deja de ser una descripción provisional y se convierte en una identidad. Cuando alguien pasa de “me ocurre esto en determinadas circunstancias” a “soy esto”. Ahí corremos el riesgo de empobrecer la comprensión de la persona. Una categoría diagnóstica puede nombrar una forma de sufrimiento, pero no explica por sí misma la historia que la ha hecho posible ni las condiciones que la mantienen.

Existe además, un problema menos evidente, pero importante: el riesgo de caer en explicaciones tautológicas. Es decir, acabar utilizando la propia categoría diagnóstica como si fuera la causa de aquello que pretendemos explicar. Por ejemplo, decir que una persona evita determinadas situaciones porque “tiene ansiedad”, o que es muy impulsiva porque “tiene TDAH”, puede dar una sensación de explicación, cuando en realidad estamos describiendo el problema con otras palabras. Es una especie de razonamiento circular: la conducta se utiliza para construir la categoría y, después, la categoría se emplea para explicar la conducta. Esto puede dar una falsa sensación de comprensión y hacer que dejemos de preguntarnos por la historia de aprendizaje, las relaciones, las circunstancias y las funciones que esas conductas cumplen en la vida de esa persona.

También, existe el riesgo de la estigmatización. A veces el diagnóstico no solo cambia la forma en que otros miran a la persona, sino también la forma en que la persona acaba mirándose a sí misma. Puede favorecer expectativas de limitación, sentimientos de diferencia o una especie de identidad cerrada en torno al problema. Paradójicamente, algo que inicialmente pretendía ayudar puede terminar estrechando las posibilidades de cambio y reforzando una visión excesivamente fija de uno mismo.

También existe el riesgo de releer retrospectivamente toda la biografía a través de esa categoría. Una vez recibida la etiqueta, algunas personas comienzan a reinterpretar gran parte de su historia desde ella, como si hubiera estado presente explicándolo todo desde siempre. Este fenómeno, conocido como “timetización”, puede aportar una sensación de coherencia, pero también simplificar en exceso la complejidad de una vida y oscurecer otros factores relevantes relacionados con la historia de aprendizaje, las relaciones y el contexto.

El sufrimiento humano suele tener una trama: relaciones, aprendizajes, contextos, reglas familiares, exigencias sociales y formas de protegerse que en algún momento tuvieron sentido. Si reducimos todo eso a una etiqueta, podemos ganar rapidez, pero perder profundidad. El diagnóstico puede ser un mapa útil, pero nunca debería convertirse en la totalidad del territorio ni en una definición de la persona.

Muchas personas afirman sentirse agotadas emocionalmente sin que exista una causa concreta o un acontecimiento traumático detrás. ¿Qué factores psicológicos y sociales podrían explicar este fenómeno tan frecuente en la actualidad? No todo sufrimiento procede de un gran trauma visible. Muchas veces el desgaste se va construyendo por acumulación: pequeñas renuncias, exigencias continuas, hiperconectividad, precariedad, comparación social, falta de descanso real, relaciones poco nutritivas o vidas organizadas más alrededor del rendimiento que del sentido.

Vivimos en una cultura que pide disponibilidad permanente. Hay que responder, producir, mejorar, mostrarse, cuidarse, optimizarse. Incluso el bienestar se ha convertido a veces en una obligación más. Y eso genera una forma de cansancio que no siempre tiene una causa única, sino muchas condiciones sostenidas en el tiempo.

Desde el análisis funcional, no buscaría solo “qué trauma ocurrió”, sino qué vida está teniendo que vivir esa persona, qué demandas soporta, qué evita, qué reglas la gobiernan, qué espacios de recuperación ha perdido y qué aspectos valiosos han quedado arrinconados

La personalidad influye en la forma en que afrontamos los problemas, nos relacionamos con los demás y gestionamos nuestras emociones. ¿Hasta qué punto podemos modificar aspectos de nuestra personalidad a lo largo de la vida mediante el aprendizaje y la experiencia? Podemos cambiar más de lo que a veces creemos, aunque no de cualquier manera ni por simple voluntad. La personalidad no es una esencia fija encerrada dentro de la persona. Es, en gran medida, una organización relativamente estable de repertorios aprendidos: formas de responder, de vincularse, de protegerse, de interpretar lo que ocurre, de anticipar consecuencias.

Eso no significa que todo sea fácil de modificar. Algunos patrones llevan muchos años cumpliendo una función. Una persona complaciente, evitativa, controladora o perfeccionista no suele ser así por capricho, sino porque en algún momento esas formas de actuar le sirvieron para obtener seguridad, afecto, reconocimiento o protección.

El cambio psicológico no consiste en “convertirse en otra persona”, sino en ampliar el repertorio. Que alguien pueda responder de formas nuevas donde antes solo podía repetir. Que pueda decir no, pedir ayuda, exponerse, descansar, confiar o equivocarse sin quedar atrapado en los mismos patrones de siempre.

La evaluación psicológica ha evolucionado enormemente en las últimas décadas. ¿Qué avances considera más prometedores para comprender mejor el sufrimiento psicológico sin perder de vista la singularidad de cada persona? Me parecen especialmente valiosos los enfoques que van más allá de clasificar síntomas y tratan de comprender procesos. La evaluación no debería limitarse a responder “qué tiene esta persona”, sino “qué le ocurre, en qué contexto, desde cuándo, qué función cumple su conducta y qué consecuencias mantiene el problema”.

En ese sentido, el análisis funcional sigue siendo una herramienta fundamental. Permite mirar la singularidad de cada caso: la historia de aprendizaje, las relaciones significativas, las reglas verbales, las evitaciones, los reforzadores, las pérdidas y los intentos de solución que quizá se han convertido en parte del problema.

También son prometedores los modelos transdiagnósticos, la evaluación ecológica en contextos naturales y las formas de evaluación centradas en procesos. Pero el mayor avance, a mi juicio, no será solo técnico. Será ético y clínico: no olvidar que evaluamos a una persona, no a un conjunto de puntuaciones.

Las redes sociales han cambiado la manera en que construimos nuestra identidad y mostramos quiénes somos. ¿Qué efectos puede tener esta exposición constante en el desarrollo de la personalidad, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos? Las redes sociales introducen un contexto muy potente de comparación, validación y exposición. La identidad, que siempre se ha construido en relación con los demás, ahora se construye también bajo una mirada permanente, cuantificada y muchas veces idealizada.

En adolescentes y jóvenes esto puede tener un impacto importante, porque están en una etapa en la que la pertenencia, la aceptación y la imagen de uno mismo tienen un peso enorme. El problema no es solo usar redes, sino aprender a mirarse desde fuera de manera constante: “cómo aparezco”, “qué pensarán”, “cuántos me aprueban”, “qué versión de mí resulta más aceptable”.

Esto puede favorecer una identidad más dependiente de la aprobación externa y menos conectada con la experiencia propia. También puede aumentar la comparación, la insatisfacción corporal, la ansiedad social o la sensación de no estar nunca a la altura. Aunque también hay usos positivos: comunidad, expresión, apoyo, acceso a información. La clave está en qué función cumplen en la vida de cada persona.

Existe una creciente preocupación por la llamada “hipervigilancia emocional”, es decir, estar continuamente analizando cómo nos sentimos. ¿Puede esta atención excesiva a nuestras emociones llegar a convertirse en un problema para el bienestar psicológico? Sí, claramente. Atender a las emociones puede ser útil, pero vivir examinándolas continuamente puede convertirse en una trampa. Hay personas que ya no solo sienten ansiedad, tristeza o inseguridad, sino que además se vigilan sintiendo: “¿por qué me siento así?”, “¿será normal?”, “¿y si esto significa algo grave?”, “¿cómo puedo quitarlo?”.

Esa relación de control con la experiencia interna puede amplificar el malestar. La emoción deja de ser una señal o una parte de la vida y se convierte en un objeto de análisis permanente. Paradójicamente, cuanto más intentamos controlar ciertos estados internos, más centrales se vuelven.

No necesitamos estar continuamente monitorizando cómo estamos. A veces necesitamos volver al mundo: a la conversación, al cuerpo en acción, a los vínculos, a las tareas con sentido. La pregunta no siempre debería ser “¿cómo me siento?”, sino “¿qué está pidiendo esta situación de mí?” o “¿qué tipo de vida quiero construir incluso sintiéndome así?”.

A menudo se habla de resiliencia como una capacidad fundamental para afrontar la adversidad. Desde una perspectiva científica, ¿qué elementos ayudan realmente a desarrollar la resiliencia y cuáles son algunos mitos frecuentes sobre este concepto? La resiliencia no es una especie de fortaleza individual heroica. No consiste en aguantarlo todo ni en salir indemne de cualquier experiencia. Muchas veces se presenta como si dependiera solo de la actitud personal, y eso puede ser injusto, porque las condiciones de vida importan mucho.

Lo que favorece la resiliencia suele tener que ver con vínculos seguros, apoyo social, habilidades de regulación emocional, flexibilidad psicológica, sentido vital, posibilidad de pedir ayuda, condiciones materiales mínimamente estables y experiencias previas de afrontamiento eficaz.

Uno de los grandes mitos es pensar que ser resiliente significa no sufrir. En realidad, una persona resiliente puede sufrir mucho. La diferencia está en que el sufrimiento no destruye por completo su capacidad de seguir respondiendo, vinculándose y orientándose hacia algo valioso. La resiliencia no es dureza; es flexibilidad con apoyo.

En consulta psicológica es habitual encontrar personas que sienten que nunca son suficientemente buenas a pesar de sus logros. ¿Por qué el perfeccionismo parece haberse convertido en una característica tan extendida en nuestra cultura? Porque vivimos en una cultura que ha convertido el valor personal en rendimiento. No basta con trabajar: hay que destacar. No basta con cuidar a los hijos: hay que hacerlo de forma óptima. No basta con estar bien: hay que estar mejorando. No basta con vivir: hay que aprovechar la vida.

El perfeccionismo no es simplemente querer hacer las cosas bien. Es vivir bajo una regla implacable: “solo estaré a salvo, seré querido o tendré valor si no fallo”. Esa regla puede producir logros, pero también mucho miedo, rigidez y agotamiento.

En consulta vemos a menudo personas aparentemente exitosas que viven perseguidas por una sensación íntima de insuficiencia. El problema no es la exigencia en sí, sino que la vida queda organizada alrededor de evitar el error, la crítica o la decepción. Y cuando uno vive para no fallar, deja de vivir para elegir.

¿Cómo cree que debería abordarse la prevención en salud mental para que no se limite únicamente a intervenir cuando aparecen los problemas, sino que fomente un bienestar psicológico duradero desde edades tempranas? La prevención no debería consistir en enseñar a los niños que tienen que sentirse bien todo el tiempo. Debería ayudarles a relacionarse de manera más flexible con sus emociones, con los demás y con las dificultades inevitables de la vida.

Desde edades tempranas habría que enseñar habilidades de convivencia, tolerancia a la frustración, expresión emocional, cooperación, demora de gratificación, pensamiento crítico, cuidado del cuerpo, uso responsable de la tecnología y capacidad para pedir ayuda. Pero también habría que revisar los contextos: familias sobrecargadas, escuelas hiperexigentes, falta de juego, falta de comunidad, presión por el éxito.

No hay prevención real si solo entrenamos individuos para adaptarse a contextos enfermos. El bienestar psicológico también se construye en las condiciones de vida: vínculos, tiempo, estabilidad, pertenencia, posibilidades de participación y sentido.

A medida que aumenta el uso de la inteligencia artificial en diferentes ámbitos, también empiezan a surgir herramientas relacionadas con la salud mental. ¿Qué oportunidades y desafíos plantea esta tecnología para la evaluación y el tratamiento psicológico? La inteligencia artificial puede ofrecer oportunidades interesantes: facilitar el acceso a información, apoyar tareas de seguimiento, detectar patrones de riesgo, ayudar en la psicoeducación o complementar ciertos procesos de evaluación. Puede ser especialmente útil como herramienta auxiliar.

Pero hay riesgos importantes. El primero es confundir acompañamiento psicológico con respuesta automatizada. La terapia no es solo dar consejos correctos. Es una relación clínica situada, sensible al contexto, a la historia y a lo que ocurre momento a momento entre dos personas. La flexibilidad de dos seres humanos donde uno, el terapeuta debe ser un experto en detectar patrones que nos desvían de importante y nos hace sufrir, no creo que pueda sustituirse por un algoritmo. Un momento experiencial no sólo consiste en las palabras que se utilizan.

También hay desafíos éticos: privacidad, uso de datos, sesgos, dependencia, banalización del sufrimiento o sustitución de atención profesional por herramientas insuficientes. La IA puede ayudar, pero no debería reemplazar la responsabilidad clínica ni la complejidad del encuentro terapéutico.

Las relaciones interpersonales desempeñan un papel clave en nuestro equilibrio emocional. ¿Qué señales deberían alertarnos de que una relación está afectando negativamente a nuestra salud mental, incluso cuando no existen conflictos evidentes? No siempre una relación dañina se expresa mediante grandes discusiones. A veces se nota en que uno empieza a empequeñecerse. Deja de decir lo que piensa, mide cada palabra, siente culpa con facilidad, pierde espontaneidad o vive intentando no molestar.

Una señal importante es observar en qué nos vamos convirtiendo dentro de esa relación. Si nos volvemos más temerosos, más rígidos, más dependientes, más desconectados de nuestros valores o más aislados de otras personas, conviene prestar atención.

También es relevante si la relación funciona a costa de nuestra autenticidad: si para mantener el vínculo tengo que dejar de ser, dejar de pedir, dejar de expresar o dejar de crecer. No hace falta que haya violencia explícita para que una relación tenga efectos psicológicamente empobrecedores.

En una época caracterizada por la inmediatez y la búsqueda constante de resultados rápidos, ¿cómo afecta esta cultura de la urgencia a nuestra capacidad para tolerar la frustración y gestionar el malestar emocional? La cultura de la urgencia nos entrena en la evitación rápida del malestar. Si algo incomoda, se cambia, se consume, se desplaza, se responde, se anestesia. Esto reduce nuestra práctica cotidiana de esperar, sostener, elaborar y atravesar.

El problema es que muchas cosas importantes de la vida no funcionan con la lógica de la inmediatez: aprender, amar, criar, sanar, construir confianza, cambiar patrones, elaborar una pérdida. Todo eso requiere tiempo, repetición y contacto con cierta incomodidad.

Cuando esperamos resultados rápidos en procesos que son necesariamente lentos, interpretamos la frustración como fracaso. Y quizá no lo sea. A veces la frustración es simplemente parte del camino. Necesitamos recuperar una pedagogía de la demora, del proceso y de la paciencia activa.

Desde su experiencia académica, ¿qué aspectos de la personalidad humana siguen siendo especialmente difíciles de comprender o medir a pesar de los avances científicos alcanzados hasta ahora? Sigue siendo difícil captar la función viva de la conducta en contexto. Podemos medir rasgos, tendencias, estilos de respuesta, pero la persona no se agota en una puntuación. Dos personas pueden obtener resultados similares en un cuestionario y, sin embargo, comportarse así por historias y funciones muy distintas.

También es difícil medir cómo cambian las personas en relación con contextos específicos. No somos exactamente los mismos con nuestra pareja, con nuestros padres, en el trabajo, en terapia o ante una situación de amenaza. La personalidad no es solo algo que “tenemos”, sino algo que se expresa en interacción.

Otro aspecto complejo es el papel del lenguaje: las reglas que una persona sigue, las historias que se cuenta, las relaciones simbólicas que organizan su identidad. Mucho de lo que llamamos personalidad está tejido verbalmente, pero no siempre es fácil evaluarlo con instrumentos tradicionales.

Si tuviera la oportunidad de cambiar una sola creencia ampliamente extendida sobre la salud mental en nuestra sociedad, ¿cuál sería y por qué considera que transformarla tendría un impacto significativo en el bienestar de las personas? Cambiaría la creencia de que estar bien significa no sufrir. Me parece una de las ideas más dañinas de nuestra época. Ha convertido emociones normales en señales de alarma, y dificultades propias de la vida en supuestos indicadores de trastorno.

Sufrir no significa estar enfermo. A veces significa que hemos amado, que hemos perdido, que algo nos importa, que estamos ante una decisión difícil o que nuestra vida necesita ser revisada. El dolor psicológico forma parte de la condición humana.

Si pudiéramos dejar de perseguir una vida sin malestar, quizá podríamos empezar a construir vidas con más sentido. La pregunta no sería solo cómo eliminar lo que duele, sino cómo vivir de una manera más digna, más flexible y más conectada con lo que verdaderamente importa. Esa transformación tendría un impacto enorme, porque nos permitiría dejar de luchar contra nuestra propia humanidad.

Para terminar, quizá añadiría una reflexión que para mí es especialmente importante. En las últimas décadas hemos avanzado mucho en la comprensión del sufrimiento humano, y eso es algo valioso. Sin embargo, también corremos el riesgo de psicologizar excesivamente la vida cotidiana y de interpretar cada dificultad, cada emoción dolorosa o cada momento de incertidumbre como un problema que necesita ser corregido.

Creo que necesitamos recuperar una mirada más amplia y más humana. Las personas no somos simplemente cerebros averiados ni conjuntos de síntomas que haya que eliminar. Somos historias en marcha, configuradas por nuestras relaciones, nuestros aprendizajes, nuestras pérdidas, nuestros contextos y nuestros intentos —a veces muy comprensibles— de protegernos del dolor.

La psicoterapia y la psicología tienen mucho que aportar, pero quizá una de sus contribuciones más importantes no sea enseñar a las personas a sentirse bien todo el tiempo, sino ayudarles a comprenderse mejor, a flexibilizar patrones que les hacen sufrir y a construir una vida con más sentido, incluso cuando el malestar forma parte del camino.

Al fin y al cabo, no se trata tanto de preguntarnos qué le pasa a una persona, sino qué historia hay detrás de lo que le pasa. Y quizá ahí resida una forma más respetuosa, más profunda y más esperanzadora de entender el sufrimiento humano.