Cuando entendí que tenía solución

Siempre he sido una persona nerviosa, de las que le da muchas vueltas a todo, pero durante años lo vi como parte de mi forma de ser. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en un problema.

Todo empezó de una manera bastante sutil. Me notaba más tensa, más pendiente de si hacía las cosas bien o mal, de lo que podían pensar los demás. Revisaba varias veces los correos antes de enviarlos, me costaba tomar decisiones y tenía la sensación constante de que algo podía salir mal en cualquier momento.

Con el tiempo, ese miedo fue ocupando cada vez más espacio.
Empecé a evitar planes que antes me apetecían, como quedar con gente nueva, ir a reuniones o hacer actividades en grupo. Me decía que era por cansancio, pero en realidad lo que sentía era un nudo en el estómago solo de pensarlo.

Las noches se volvieron especialmente difíciles. Me acostaba agotada, pero mi cabeza no paraba. Repasaba conversaciones, errores pequeños, situaciones sin importancia… y todo parecía enorme dentro de mi mente. Dormía mal y al día siguiente estaba todavía más irritable y sensible.

Hubo un momento en el que me di cuenta de que ya no elegía lo que quería hacer, sino lo que mi ansiedad me permitía. Y eso me hizo sentir muy pequeña y muy limitada.

Lo que más me costó fue aceptar que no podía gestionarlo sola. Me daba vergüenza reconocer que algo tan “invisible” me estuviera afectando tanto. Pensaba que debía ser más fuerte, más positiva, más práctica.

Pedir ayuda fue un paso difícil, pero también fue el primero en mucho tiempo que sentí que hacía algo por mí. Empecé a entender qué me estaba pasando, a identificar mis miedos y a tratarme con un poco más de paciencia.

Sigo teniendo momentos de inseguridad y de nervios, pero ya no vivo con esa sensación constante de amenaza. Ahora sé que lo que me pasa tiene un nombre, tiene explicación y, sobre todo, tiene solución.

Y eso, para mí, ha cambiado muchas cosas.