Casos personales

La depresión que marchitó mi vida

Siempre había sido una persona alegre, divertida, espontánea y con ganas de vivir. Escribo esta historia con un » había » en pasado, ya que desde marzo del año 2025, poco a poco fui cayendo en una depresión que marchitó mi vida. Lo que empezó con olvidos frecuentes, tristeza inmensa, apatía, era solo la punta del iceberg. En pocas semanas, vino el diagnóstico de la mano de una psicóloga, es depresión me dijo, días después, me derivó a psiquiatría y allí el diagnóstico fue algo más completo; depresión moderada acompañada de ansiedad. A partir de ese diagnóstico, me tocó tomar medicación y lo acepté, no puse ninguna resistencia y es algo que hay que normalizar, porque en muchos casos, es necesaria y a tiempo, salva vidas. Fue un año muy duro, me sentía rota, vulnerable, perdida, con mucho dolor, con rabia hacia mi misma…. seguí con tratamiento psicológico y el tratamiento psiquiátrico se tuvo que reajustar y cambiar en varias ocasiones. En el presente día de hoy, en este año que acaba de empezar, aún sigo en ese proceso de sanación, no es lineal y se vale caer tantas veces y no por eso quiere decir que he fracasado. La depresión me ha hecho conocer cosas de mi misma que no sabía, como que tengo una inmensa capacidad de llorar y que nunca pensé que podía romperme en trozos y con esos mismos trozos, volver a reconstruirme. A veces, es necesario atravesar la oscuridad para volver a ver aunque sea un poco de luz y la posibilidad de reconciliarme con la vida. Por último, unas palabras aquellos y aquellas que estéis en una depresión os mando mucha compresión y empatía y vuestro dolor importa, no estáis sol@s, a las personas que la habéis superado, sois unos valientes y a los que no soportaron el peso de la depresión y decidieron dejar de luchar, no os juzgo, os comprendo porque hay días que el dolor se hace insoportable. (testimonio de Covadonga, 28 años)

La depresión que marchitó mi vida Leer más »

Cuando entendí que tenía solución

Siempre he sido una persona nerviosa, de las que le da muchas vueltas a todo, pero durante años lo vi como parte de mi forma de ser. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en un problema. Todo empezó de una manera bastante sutil. Me notaba más tensa, más pendiente de si hacía las cosas bien o mal, de lo que podían pensar los demás. Revisaba varias veces los correos antes de enviarlos, me costaba tomar decisiones y tenía la sensación constante de que algo podía salir mal en cualquier momento. Con el tiempo, ese miedo fue ocupando cada vez más espacio. Empecé a evitar planes que antes me apetecían, como quedar con gente nueva, ir a reuniones o hacer actividades en grupo. Me decía que era por cansancio, pero en realidad lo que sentía era un nudo en el estómago solo de pensarlo. Las noches se volvieron especialmente difíciles. Me acostaba agotada, pero mi cabeza no paraba. Repasaba conversaciones, errores pequeños, situaciones sin importancia… y todo parecía enorme dentro de mi mente. Dormía mal y al día siguiente estaba todavía más irritable y sensible. Hubo un momento en el que me di cuenta de que ya no elegía lo que quería hacer, sino lo que mi ansiedad me permitía. Y eso me hizo sentir muy pequeña y muy limitada. Lo que más me costó fue aceptar que no podía gestionarlo sola. Me daba vergüenza reconocer que algo tan “invisible” me estuviera afectando tanto. Pensaba que debía ser más fuerte, más positiva, más práctica. Pedir ayuda fue un paso difícil, pero también fue el primero en mucho tiempo que sentí que hacía algo por mí. Empecé a entender qué me estaba pasando, a identificar mis miedos y a tratarme con un poco más de paciencia. Sigo teniendo momentos de inseguridad y de nervios, pero ya no vivo con esa sensación constante de amenaza. Ahora sé que lo que me pasa tiene un nombre, tiene explicación y, sobre todo, tiene solución. Y eso, para mí, ha cambiado muchas cosas.

Cuando entendí que tenía solución Leer más »

Aprender a pedir ayuda cuando ya no podía más

Durante mucho tiempo pensé que lo mío no era para tanto.Siempre había alguien peor que yo, con problemas más graves, así que me repetía que debía aguantar y seguir adelante. Trabajo en un entorno con mucha presión y responsabilidades. Al principio solo era cansancio. Luego empecé a dormir mal, a darle vueltas a todo y a sentir que nunca hacía nada lo suficientemente bien. Me costaba concentrarme y cada pequeño error lo vivía como un fracaso enorme. Lo peor no era el trabajo en sí, sino cómo me hablaba a mí misma por dentro.Todo el tiempo me decía que era débil, que exageraba, que no tenía derecho a estar mal. Con el paso de los meses empecé a evitar quedar con amigos, dejé de hacer cosas que antes me gustaban y me sentía constantemente irritable. En casa decía que estaba bien, pero por dentro tenía una sensación permanente de agobio y de tristeza difícil de explicar. Hubo un día concreto en el que, sin que pasara nada especialmente grave, me puse a llorar sin poder parar. Fue la primera vez que pensé de verdad que quizá necesitaba ayuda. Hablar con un profesional me dio mucho miedo al principio. Pensaba que me iban a juzgar o que mis problemas no serían “suficientes”. Sin embargo, fue justo lo contrario. Poder explicar cómo me sentía sin tener que justificarme fue un alivio enorme. No todo se arregló de golpe, pero entendí algo muy importante: pedir ayuda no es fracasar, es empezar a cuidarse. Hoy sigo teniendo días malos, pero ya no me siento tan sola con lo que me pasa. Y, sobre todo, he aprendido a escucharme antes de llegar al límite.

Aprender a pedir ayuda cuando ya no podía más Leer más »