3 de febrero de 2026

La depresión que marchitó mi vida

Siempre había sido una persona alegre, divertida, espontánea y con ganas de vivir. Escribo esta historia con un » había » en pasado, ya que desde marzo del año 2025, poco a poco fui cayendo en una depresión que marchitó mi vida. Lo que empezó con olvidos frecuentes, tristeza inmensa, apatía, era solo la punta del iceberg. En pocas semanas, vino el diagnóstico de la mano de una psicóloga, es depresión me dijo, días después, me derivó a psiquiatría y allí el diagnóstico fue algo más completo; depresión moderada acompañada de ansiedad. A partir de ese diagnóstico, me tocó tomar medicación y lo acepté, no puse ninguna resistencia y es algo que hay que normalizar, porque en muchos casos, es necesaria y a tiempo, salva vidas. Fue un año muy duro, me sentía rota, vulnerable, perdida, con mucho dolor, con rabia hacia mi misma…. seguí con tratamiento psicológico y el tratamiento psiquiátrico se tuvo que reajustar y cambiar en varias ocasiones. En el presente día de hoy, en este año que acaba de empezar, aún sigo en ese proceso de sanación, no es lineal y se vale caer tantas veces y no por eso quiere decir que he fracasado. La depresión me ha hecho conocer cosas de mi misma que no sabía, como que tengo una inmensa capacidad de llorar y que nunca pensé que podía romperme en trozos y con esos mismos trozos, volver a reconstruirme. A veces, es necesario atravesar la oscuridad para volver a ver aunque sea un poco de luz y la posibilidad de reconciliarme con la vida. Por último, unas palabras aquellos y aquellas que estéis en una depresión os mando mucha compresión y empatía y vuestro dolor importa, no estáis sol@s, a las personas que la habéis superado, sois unos valientes y a los que no soportaron el peso de la depresión y decidieron dejar de luchar, no os juzgo, os comprendo porque hay días que el dolor se hace insoportable. (testimonio de Covadonga, 28 años)

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¿Trabajar agotados tiene consecuencias?

La baja laboral es un derecho que protege a las personas trabajadoras cuando, por motivos de salud, no pueden desempeñar su actividad profesional con normalidad. Aunque muchas veces se asocia únicamente a enfermedades físicas, la realidad es que la salud mental es una de las causas más frecuentes y, a la vez, más invisibilizadas de las bajas laborales. En este artículo te explicamos, de forma clara y divulgativa, qué es una baja laboral, cuándo se necesita, cómo se vive emocionalmente y por qué puede ser una herramienta clave para cuidar tu salud mental. ¿Qué es una baja laboral? La baja laboral es una situación en la que una persona deja temporalmente de trabajar porque su estado de salud —físico o psicológico— le impide hacerlo. Durante ese periodo, el objetivo principal no es producir, sino recuperarse. No se trata de “parar por capricho”, sino de proteger la salud y evitar que un problema se agrave. Trabajar sin estar bien no solo empeora la situación personal, sino que también puede afectar al rendimiento, a las relaciones laborales y a la seguridad. ¿Cuándo se puede necesitar una baja laboral? Una baja puede ser necesaria cuando: Existe una enfermedad física que impide trabajar con normalidad. El dolor, el cansancio o los síntomas interfieren en el día a día. Aparecen problemas de salud mental como ansiedad, depresión, estrés crónico o agotamiento emocional. El trabajo se convierte en una fuente constante de malestar, bloqueos o sufrimiento. En el caso de la salud mental, muchas personas llegan a la baja cuando ya están al límite, tras meses o incluso años forzándose a “aguantar”. La baja laboral y la salud mental Cada vez es más frecuente que las bajas laborales estén relacionadas con: Ansiedad generalizada Depresión Síndrome de burnout o desgaste profesional Trastornos del sueño Crisis de pánico Estrés laboral prolongado Aun así, sigue existiendo un gran estigma. Frases como “no parece tan grave”, “eso se pasa trabajando” o “todos estamos estresados” hacen que muchas personas se sientan culpables por necesitar parar. La salud mental también enferma, aunque no siempre se vea desde fuera. Emociones frecuentes durante una baja laboral Estar de baja no siempre es fácil a nivel emocional. Es habitual sentir: Culpa por no estar trabajando Miedo al qué dirán Sensación de fracaso o debilidad Incertidumbre sobre el futuro laboral Alivio por poder parar, mezclado con vergüenza Todas estas emociones son normales. Vivimos en una sociedad que valora la productividad por encima del bienestar, y eso deja huella. ¿La baja laboral significa rendirse? No. Pedir una baja no es rendirse, es responsabilizarse de la propia salud. A veces, parar es la única manera de: Escuchar lo que el cuerpo y la mente llevan tiempo avisando Iniciar un tratamiento adecuado Replantear ritmos, límites y prioridades Evitar una cronificación del problema Lejos de ser un paso atrás, puede convertirse en el primer paso hacia una recuperación real. ¿Qué hacer durante una baja por salud mental? Cada proceso es único, pero puede ser útil: Seguir las indicaciones médicas y terapéuticas Mantener rutinas suaves y realistas Evitar aislarse completamente Trabajar la autoexigencia y la culpa Reflexionar sobre los factores laborales que han influido en el malestar La baja no es solo “no trabajar”: es un tiempo para sanar, comprender y prevenir recaídas. Un mensaje importante Si estás atravesando una situación de malestar y te preguntas si necesitas una baja laboral, recuerda esto: Cuidar tu salud mental no es un lujo, es una necesidad. Pedir ayuda, parar y priorizarte no te hace débil, te hace humano.

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Cuando entendí que tenía solución

Siempre he sido una persona nerviosa, de las que le da muchas vueltas a todo, pero durante años lo vi como parte de mi forma de ser. Nunca pensé que eso pudiera convertirse en un problema. Todo empezó de una manera bastante sutil. Me notaba más tensa, más pendiente de si hacía las cosas bien o mal, de lo que podían pensar los demás. Revisaba varias veces los correos antes de enviarlos, me costaba tomar decisiones y tenía la sensación constante de que algo podía salir mal en cualquier momento. Con el tiempo, ese miedo fue ocupando cada vez más espacio. Empecé a evitar planes que antes me apetecían, como quedar con gente nueva, ir a reuniones o hacer actividades en grupo. Me decía que era por cansancio, pero en realidad lo que sentía era un nudo en el estómago solo de pensarlo. Las noches se volvieron especialmente difíciles. Me acostaba agotada, pero mi cabeza no paraba. Repasaba conversaciones, errores pequeños, situaciones sin importancia… y todo parecía enorme dentro de mi mente. Dormía mal y al día siguiente estaba todavía más irritable y sensible. Hubo un momento en el que me di cuenta de que ya no elegía lo que quería hacer, sino lo que mi ansiedad me permitía. Y eso me hizo sentir muy pequeña y muy limitada. Lo que más me costó fue aceptar que no podía gestionarlo sola. Me daba vergüenza reconocer que algo tan “invisible” me estuviera afectando tanto. Pensaba que debía ser más fuerte, más positiva, más práctica. Pedir ayuda fue un paso difícil, pero también fue el primero en mucho tiempo que sentí que hacía algo por mí. Empecé a entender qué me estaba pasando, a identificar mis miedos y a tratarme con un poco más de paciencia. Sigo teniendo momentos de inseguridad y de nervios, pero ya no vivo con esa sensación constante de amenaza. Ahora sé que lo que me pasa tiene un nombre, tiene explicación y, sobre todo, tiene solución. Y eso, para mí, ha cambiado muchas cosas.

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